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YO FUÍ AMIGO DE CARLOS GARDEL Por Adolfo Rafael
Avilés Revista Cantando No necesitó el apoyo económico ni el café con leche "que le pagaron". El gran cantor que llora aun el pueblo, tuvo un capital enorme en amigos verdaderos, pero también padeció --después de muerto-- ¡de muchos más!... ¡Oh... los generosos! ESTA afirmación, que desde luego no asume carácter de solemne, poro sí de verdad incontrovertible, se hace necesaria, Después de su prematura desaparicíón, y hasta el día de hoy, son tantos los "amigos" del genuino representante de la canción ciudadana, que si cada uno de los presuntos confidentes, y desde luego íntimos, generosos pagadores de un café con leche al buen Carlitos, formaran fila, la misma sería casi interminable. Pero aseguro que todo ello es pura patraña. Carlos no necesitó nunca el apoyo económico de nadie. Siempre ganó su vida, bien vivida, de manera fácil, y de esto pueden dar fe muchos que lo trataron como yo, en su carácter de muchacho simple y generoso.
Era humilde en su inmensa proyección popular. Sabía, como nadie, ganar el afecto de la gente que muchos ubican en la zona pequeña, y sus sentimienton eran las de un hombre que había recibido, a manera de compensación, una dote inapreciable, su voz, trasunto de sensiblidad. Cuando lo conocí, yo cumplía una función que puede calificarse de especifica en la Asociación Cristiana de Jóvenes, la YMCA, semillero de vida moral y normal. Ella fue la cuna de los más grandes deportistas. Mi primer desempeño había sido de pianista. Todavía encuentro concurrentes a las diversas clases de gimnasia, afecutadas al compás de números musicales, adaptados al ritmo. Más tarde, fui secretario del Departamento Fisico, y finalmente profesor de gimnasia.
LA CLASE DE LAS 7.15 Cuando en la primera clase del día, que se realizaba a las 7.15, salíamos a correr por Paseo Colón, porque la rentidad estaba ubicada en esa calle en el número 161, siempre recuerdo la reacción de la gente del puerto, en especial los conductores de carros, que ya íban a sus tareas. Parí ellos era inadmisible que se pudiera perder tiempo, corriendo en traje de gimnasia, pantalón corto y camiseta blanca, por las calles de la ciudad. Eso era, simple y llanamente cosa de locos, y nos gritaban "¡Vayan a trabajar¡!"... En esas circunstancias fue que conocí a Carlos Gardel. En compañia de José Razzano, don Enrique Glüsksman, para cuya casa grababa, Mauricio Goddard y otros, ingresó a la YMCA. Vivía obsesionado por su peso. Fue el único que se sometió en parte a la rigurosa disciplina de una clase de gimnasia sueca. Concurria asiduamente, por lo general en hloras del mediodía, y algunas veces practicaba la calistenia, particularmente poleas. Usaba una gruesa tricota blanca, con cuello alto, que absorbía su generoso esfuerzo, traducido en copiosa transpitación. Después del baño solía someterse a un férreo masaje. Enrique Pascual, que si lee estos recuerdos sentirá, como yo y otros, nostalgias por los tiempos idos, era kinesicologo y profesor de box. Cuando tomaba por su cuenta los músculos abdominales de Gardel, eran de oir sus alaridos Todo lo aguantaba en aras de su línea..., pero lo bueno del caso era que. totalmente deshidratado, apenas trasponía los umbrales de institución, buscaba amparo en la Sonámbula, un restaurante de la recova, en plaza de Mayo. Allí, mas que reponer sus fuerzas. cubría el déficit de humedad perdida. Y siempre causaban hillaridad sus relatos de deportista con tendencia a violar la dlseaplina impuesta.
Carlos Gardel, del grupo que había ingresado para matizar la tarea con la gimnasia, fue el único consecuente con sus propósitos. En esas circunstancias fue que le conocí, traté y aprendí a estimar sus dotes de muchacho bueno y generoso. Había escrito mi aire de zamba "Los ojazos de mi negra", y con la natural timidez del principiante, le pedí un día si me la quería cantar en duo con su compañero. Gardel no conocia música, pero era un intuitivo maravilloso. Pidió escucharla, y con las naturales vacilaciones de quien hacia sus primeras armas, se la interpreté. Le gustó, y de y de inmediato fue al disco. Eso creó una cálida vinculación. Más tarde, cuando escribí "Cicatrices", también rogué me lo cantara. y con ese aire, tan propio --lo tengo tan presente como si fuera hoy--, me dijo: -Esperá. pibe, que me vista... --el encuentro había sido en el vestuario. después de una violenta clase y de un baño reconfortante--, y me lo hacés oír en el piano. La YMCA de aquellos tiempos, en el primer piso tenía un salon amplio con piano, donde también Juan de Dios Filiberto, socio, había dado ocasión de conocer su primer tango "Guaymallén". Pues al filo del mediodia fuimos al piano y le entoné mi nueva composición. Oirla y manifestar su agrario fue todo uno. --Dámela --dijo--; te la grabo en seguida. Voy a hacer que los muchachos la saquean y va... Y así fué. Su palabra era ley. Después, a "Cicatrices" síguió "La borrachera del tango", "Micifuz", "Tesorito", "Desolación" y otros títulos ya perdidos en la memoria. De cada uno de ellos, su voz, su sentir, hizo una creación. Nuestra amistad siguió cultivándose, hasta que salí de la casa. Solíamos encontrarnos en lo de Glücksman, cuando iba a llevar, firmadas las estampillas para mis composiciones grabadas en disco, o para las obras que mi jazz había perpetuado en la cera. Siempre la cordialidad era característica entre nosotros. Un saludo, una broma y cada cual en su camino. Un día, cuando partí para Nuava York, se lo hice saber. El también iba a realizar el mismo viaje. Quedamos en encontrarnos, y así fue. En la ciudad de los rascacielos, donde junto con él estaba Alfredo Lepera, periodista, poeta del buen amigo, por sobre todo nos encontramos. Ellos vivían en dos departamentos de un hotel bien situado. Yo me hospedaba en el Astor, en plena calle 42. Estaba de paso, porque mi propósito era ir a Hollywood. Pero mientras estaba allí, fui muchas veces a verle filmar.
Gardel rodaba "El día que me quieras", en las afueras de Nueva York, en un lugar próximo a la ciudad y en unos estudios que habían servido para la filmación de algunos productores independientes, arrendados por la Paramount para cumplir algo asi coma un ensayo con el cantor argentino, en base a libros de Lepera. Después de los primeros intentos y ante el interés del público de habla hispana, el sello productor concedió mayor importancia al muchacho de Buenos Aires. De esta manera se rodaron varias peliculas. Una tarde que, como otras cuando disponia de tiempo para hacerlo, fui a verlo filmar, ocurrió un hecho gracioso. Por exigencias del libro, debia llevar en sus brazos a Rosita Moreno para penetrar en la casa. El ritual del recién casado lo exigía. Pero sucedió que Gardel dio un traspié y la pareja rodó por ef suelo, entre las carcajadas de espectadores y protagonistas..
Lejos del terruño, y recordando familiares y amigos, nuestra amistad se tornó más profunda y afectiva. Nos encontrábamos solos entre gente cordial, pero distinta en su idiosincasia, y el pequeño grupo de argentinos en el país del Norte, que formaban algo así como una guardia de Corps de Gardel, estrechaba filas... Cuando un día llegó Osvaldo Frcsedo para solucionar ciertos diferendos con las autoridades de circulos de autores de Estados Unidos, en su condición de presidente de una de las dos entidades musicales que más tarde, en su fusión, dieron por resultado la actual SADAIC, se organizó en la National Broadcasting una transmisión para la Argentina. Terig Tucci, extraordinario músico arreglador nuestro radicado en America del Norte desde hace años, y quien le escribía a Gardel sus obras, agrupó un número selecto de ejecutantes, y para cantar algunos números se le habló u Carlos. Pero no fue posible contar con su valioso aporte. La tarea filmica exigiale un enorme esfuerzo, y no pudo complacer el deseo de hacer llegar su voz hasta la ciudad y la gente que tanto quería. La transmisión fue interesante, pero mucho mas pudo haber resultado de intervenir Carlos Gardel.
Parti para Hollywood, y al retorno volvimos a encontrarnos. Soliamos comer "spaghetti" en una cantina clásica de la calle 63, denominada "Santa Lucía", lugar predilecto de los integrantes de la Orquesta Filarmónica de Toscanini. Alli, Gardel lamentaba de no poder ingerir a su voluntad los suculentos platos preparador, a la manera italiana, pero la filmacion exigía sacrificios. Habia sido comprometido por Pepe Guerrico en nombre de Lumiton para filmar en base de libros de Lepera y todo estaba a punto de concretarse, pero el destino había dispuesto lo contrario, Carlos Gardel, corazón generoso, abierto siempre para sus amigos, era el mecenas de los compatriotas que "amurados" en Estados Unidos vivían al garete. Su generosidad sacó de un trance desagradable a más de, uno... A muchos años de su desaparición, lo recuerdo con el afecto que sólo ganan aquellos que saben llegarse al corazón. Fué siempre un muchacho grande, un niño al cual la vida le dio de si lo mejor: la virtud de ganar afectos, de conquistar amigos. Por ello, la muerte envidiosa se lo llevó. Carlos Gardel no es un mito, es una portentosa realidad. Vive en el recuerdo de quienes lo trataron, de quienes le conocieron en toda su simple y luminosa condición humana, y el pueblo, que consagia o repudia, le venera. De él surgió, y por cantarle ganó su estima perdurable a la acción de los años, que todo pretenden borrar. Humilde en su origen, su partida en plena suerte, cuando su obra y su nombre ya habían alcanzado la anhelada consagración de los predestinados, le confiere un halo de leyenda, y cuando circunstancialmente escucho sus multiples versiones de sucesos vinculados a esos "amigos" de hoy, que pretenden dar fe de una amistad íntima, me sonrío. Gardel fué de una época en que el culto
a la amistad --hoy casi extinguida-- se practicaba con fervor de rito.
Fué del Buenos Aíres al que tanto quería y del cual hoy sólo queda
una nostálgica evocación. Tal vez para convertirse en simbolo es que
un día desplegó sus alas y se fué derecho al sol... Transcripcion del
texto: Jack Lupic, 28 de marzo de 2004
Fuente: Todotango.com
LOS AUTORES
Nombre Completo: Avilés, Adolfo Rafael
Seudónimo: Populin
Músico, pianista, compositor y
director
Fue uno de los primeros
"Jazzman" que hubo en el país, pero también tuvo a sus órdenes
orquestas típicas, cultivó muy bien el género criollo y puso música
a la revista "Hay que ver para Creer" en 1925.
En la década del 20 su jazz fue gran atracción de los discos "Nacional" muy en especial cuando cantaban los estribillos Herminia Velich y Arturo Brown. También grabó en "Victor" y fue número fuerte de las primeras estaciones de radio, simplemente como pianista y cantando su obras o con sus formaciones orquestales. Con su "típica" inauguró el cine "París" y con Sureda formó el trío "América". Su primera composición es el tango
intitulado "El Amasijo", del año 1916, precursor de gran
cantidad de obras en todos los ritmos de las cuales citaremos algunas:
"Buenos Aires tenebroso", "Loro Viejo",
"Entre sombras", "Firpo", "Caballíto",
"La Culpa la tuve yo", "Sabañón", "En los
tientos del Recao", "El poncho del Olvido",
"Tonguero", "No hay derecho", tangos; "Sos
tan bonita", "Entre dos luces", zambas; "Musmé",
fox-trot; "Vidita", "Jazmín del país",
"Almafuerte", "A lo lejos", valses; "Fruto
bendito", tango, etc. y todas aquellas que cantó Carlos Gardel y
cuya mayoría el pueblo las recuerda aún: "Mal de Amores",
"Los Rosales se han Secao", "Los Ojazos de mi
Negra", zambas creadas por el dúo Gardel-Razzano, y los tangos
"Cicatrices", "Micifuz", "La Borrachera del
Tango", "Tesorito", "Desolación" y "La
Canción del Ukelele", el fox-trot que hiciera sobre el motivo
norteamericano de Conrad. Letras propias, de Eduardo Viera, de Juan
Caruso y de su colaborador preferido, Enrique
P. Maroni, llevan las obras que le grabó Gardel. Por 1930 se convierte en comentarista de cine, por radio y revistas, y realiza algunos viajes al gran país del norte visitando en 1935 a su antiguo amigo mientras filmaba en Nueva York "El día que me quieras". Colaboró en "El Diario", "Novela", "Leoplán", "¡Aquí está!" "Antena", "Tanguera", etcétera. Sus muchos años de trato en el
ambiente, como así la íntima amistad que a él lo unía, lo autorizó
a decir de Carlitos, después de su muerte: "Se dice que Gardel
no era argentino, que no ha nacido en nuestro suelo. Y eso, ¿qué
importa? ¿Quién ha hecho más que él por la Argentina y su música?
Para todos, Carlos era argentino; ha querido como ninguno nuestra
patria y como ninguno lo ha demostrado al entonar con tanta emoción y
ternura su "Buenos Aires querido", cantando sobre su
guitarra, y volcando el cariño a nuestra tierra ha hecho vibrar a
todos los públicos del mundo, y paseado triunfalmente nuestra canción. Avilés nació en Buenos Aires el 11 de mayo de 1898 y allí falleció el 9 de diciembre de 1971.
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