LA VIDA DE CARLOS GARDEL CONTADA POR SU CHOFER

RELATO DE ANTONIO SUMAJE (“EL AVIADOR”), RECOGIDO POR ALFREDO VARELA. AQUÍ ESTÁ, MARZO DE 1944. VARIAS ENTREGAS.

Aporte: Julián Barsky

Publicado 4 de junio de 2011.

Editorial por Jack Lupic: Antonio Sumaje (El Aviador)

Así se llamaba y así le puso ese apodo nada menos que Carlos Gardel. Fue su chofer durante toda su vida. Desde niño había sido canillita y luego, pudo alcanzar su sueño más deseado: adquirir un coche tirado a caballo, que en Buenos Aires se conocieron como “Victorias o Mateos”. En las madrugadas, era vehículo muy utilizado en la primera década del siglo pasado, cuando aún no estaba muy extendido el uso de automóviles para el servicio de alquiler. Sumaje ha contado en series de notas realizadas por Felipe Varela para la revista “Aquí está”, en marzo de 1944, que conoció a Gardel en 1911, y que paulatinamente, el cantor se fue habituando a tomar su coche casi exclusivamente. “Carlitos no iba a ninguna parte si no era en mi ‘carroza’, como él le decía. Pues bien, nos tocó un invierno bravo... con el peligro que eso encerraba para la garganta de Carlos. Hasta que un día, con su marcado porteñismo, me dijo: Che Aviador, dejate de jorobar, hay que ver el frío que estoy chupando por viajar en este colador. Te voy a comprar un auto con calefacción”. Sumaje cambió, de esa manera, su condición de auriga de un vehículo de tracción a sangre, abierto y apenas con una capota de hule, por la más confortable de conductor de un automóvil cerrado. La humanidad de su pasajero corría menos riesgo y él mismo podía soportar mejor ciertas esperas a las que el cantor lo sometía en sus citas. A partir de 1928, el hábito de ser chofer casi exclusivo de El Morocho se convirtió, directamente, en la condición de empleado exclusivo para ese menester. En la fotografía vemos a Antonio Sumaje junto a la madre de Gardel: doña Berthe Gardès.- Antonio Sumaje falleció 15 de julio de 1958.

 (...) Pero en don Antonio Sumaje permanecía inalterable (...) la fidelidad hacia Gardel, hacia todo lo que Gardel fue y significó. Tan inalterable como en aquellos lejanos tiempos de 1915, en que, erguido sobre el pescante de una “victoria”, esperaba a Carlitos durante horas, soportando el frío y la incomodidad, a la puerta de esos salones y teatros donde los públicos comenzaban a encontrar al futuro ídolo de Buenos Aires (...)

Gardel lo tuteaba, pero él no...pero en cambio, lo expresaba todo en el diminutivo y en la forma de pronunciarlo: Carlitos (...) 

El taxi lo esperaba en la puerta. Su instrumento de trabajo. Porque, igual que antes, “El Aviador” sigue ganándose la vida como chofer. Ese oficio que -tal como él nos contaría después- lo empujó al mismo Carlos Gardel.

 

LA INFANCIA DE CARLITOS

-La infancia de Carlitos...Yo lo conocí mucho después, así que sólo puedo contar lo que me iba refiriendo su madre, doña Bertha, en algunas de las tantas tardes en que fui a visitarla a su casita de la calle Jean Jaurés, para aliviar su soledad. (...)Por lo que recuerdo de esas confidencias, llegó con él a Buenos Aires el 10 de marzo de 1893. Carlitos contaba entonces dos años y medio, porque había nacido el 11 de diciembre de 1890, en Toulouse, Francia. Su padre, Paúl Gardés, había fallecido unos meses antes de que él naciera. Era un hombre tan bueno, según decía doña Bertha, que Carlitos heredó de él sus mejores condiciones.

Ella tuvo que afrontar momentos muy difíciles. Sin recursos, en país extraño, debió hacer frente a las necesidades de ambos mediante su voluntad y su abnegación. La mayor parte del día trabajaba como planchadora, para reunir los centavos necesarios. En cuanto a Carlitos, pasaba mucho tiempo en la calle, y a veces, inesperadamente, aportaba algunas monedas haciendo de “canillita” o vendiendo fósforos por el puerto. (...)

Gordito, siempre contento, simpático, Carlitos se había ganado la estima de todas las gentes del barrio, lo llamaban “El Francesito” o también “El Morocho”, como siguieron conociéndolo durante mucho tiempo. No era raro que alguna de las veces que le enviaban a llevar ropa a los clientes o a hacer cualquier otro mandado, se olvidara de todo por un encarnizado partido de fútbol jugado de esquina a esquina. Era uno de los infaltables de la “barra”, de la cual formaban parte Maffia y otros que luego llegaron a ser figuras conocidas.

 

CARLITOS EN LA ESCUELA

Mientras tanto, concurría a la escuela primaria, en la que llegó normalmente hasta el sexto grado. Pero no tan normalmente. La verdad es que a dos por tres llamaban a la madre al colegio para señalarle alguna nueva travesura de Carlitos, algún nuevo desaguisado. “Casi siempre estaba en penitencia” -me contaba ella. Y a pesar de todo, cuando llegaban los exámenes, él era el primero de la clase. Los maestros se asombraban ante la rapidez con que superaba las dificultades y la facilidad con que se hacía cargo de los temas a los que generalmente no había dedicado atención en todo el año.

“-Mi hijo era muy inteligente -afirmaba a menudo doña Bertha-. Creo que hubiera debido seguir la carrera de médico. O de ingeniero, mejor; y se hubiera destacado, porque no sólo tenía talento, sino que era emprendedor y capaz...”

Yo recuerdo bien que la viejecita había colgado orgullosamente en una de las paredes de la casita de Jean Jaurés el diploma que se le extendiera en un colegio de la calle Tucumán al 2600 a “Carlos Gardés”, quien, según el mismo, aprobaba el sexto grado llevando un deslumbrante “10” en cada una de las materias...

 

EL MOROCHO DESAPARECE

De vuelta junto a su madre, Carlitos ensayó veinte oficios diferentes. Yo no recuerdo bien todo lo que emprendió, y la misma doña Bertha había olvidado muchas cosas. Pero sé que fue mensajero y aprendiz de tipógrafo, que trabajó en una cartonería, en una joyería, en una empresa de mudanzas...Tenía notables condiciones para el aprendizaje de cualquier materia, pero por una causa u otra no duraba en sus distintos empleos, a pesar de que los patrones siempre intentaban retenerlo. El andaba siempre inquieto, queriendo cambiar, siempre en busca de horizontes nuevos. Y mientras tanto, cantaba. O, mejor dicho, seguía cantando, porque ya lo hacía desde los siete u ocho años, cuando se sentaba en el escalón de su casa y alegraba las tardes del vecindario con su voz precozmente vigorosa y bien modulada.

Pero por entonces ya tenía unos quince años, y su auditorio se había ampliado. Ya el canto se había revelado en él como una poderosa vocación, aunque ni “El Morocho” ni los demás parecían darle más importancia que a otro pasatiempo cualquiera. Solía cantar por los cafés del Abasto, y en su gorra quedaban a veces algunas monedas. Su madre seguía batiéndose duramente contra las dificultades de la vida. Y de pronto, Carlitos desapareció. Se fue, según le dijo, para trabajar como tipógrafo en Montevideo, pero después no dio señales de vida. Pasaron meses, un año, varios...Doña Bertha llegó a pensar, en sus momentos de desesperación, que ya no volvería a ver a su hijo. Parecía como si la ciudad se lo hubiera arrebatado definitivamente.

 

UNA PAUSA DE CINCO AÑOS

La separación duró alrededor de cinco años. Era difícil que uno pudiera encontrar al otro, porque doña Bertha no sabía por dónde andaba Carlitos, y por su parte, él no podía ubicarla porque a su vez ella se había mudado. Un día la madre se enteró de que por los cafés del Abasto andaba haciendo oír canciones camperas y valsecitos criollos un cantor ya bastante mentado, al que llamaban “El Morocho”. La similitud de motes y su certera intuición maternal la indujeron a ir a conocerlo, para comprobar si en realidad se trataba de su hijo. Sin embargo, no logró dar en los primeros momentos con el cantor, que se había ausentado momentáneamente. Sin embargo, Gardel -pues no era otro “El Morocho” del Abasto”- se enteró casualmente de las andanzas de doña Bertha y fue a su encuentro, que se produjo en forma emocionante. Puede decirse que desde entonces ya no habrían de separarse más, exceptuando los viajes de Gardel (...)

 

LAS PRIMCIAS DE GARDEL, PARA LA “BARRA”

Alrededor de esa época lo conocí yo. Me han quedado grabados esos encuentros, allá por el año 1911. Era el viejo café “Los Angelitos”, situado entre Congreso y Once. Imagínense una de las escenas habituales. Hombres de chambergo requintado y pantalón “bombilla” ocupan las manoseadas mesas. Sentado junto a una de ellas, un joven de sombrero claro y de tez marcadamente morocha, entona una canción a media voz, mientras la “barra” escucha en devoto silencio, estrechando las cabezas alrededor del cantor. Es “El Morocho”, que está ofreciendo a sus amigos la primicia de una de las canciones que acaba de agregar a su repertorio. (...) Pero ahora se trata del estreno, bastante modesto, por cierto. Este público que le describo es bastante limitado y humilde. Pero en cambio, comprende y aprecia a Carlitos más que a cualquier otro. (...)

Entre los que lo aplauden al terminar y siempre se mantiene cerca del cantor, expresándole su adhesión en una forma u otra, hay un muchacho de pantalones cortos, de doce o catorce años. “El Morocho” está acostumbrado a encontrarlo junto a su mesa o por el barrio, y le ha tomado cariño. A veces le hace algunos chistes, se interesa por sus asuntos, o le hace algunos encargos que el pibe cumple diligente y feliz, por que son para Carlitos, el cantor del Abasto.

Ese pibe era yo...

 

EL PROTECTOR DE GARDEL

Así como le digo comenzó esa amistad que no iba a interrumpirse jamás. Cuando llegaron mismos pantalones largos, se notó menos la diferencia de edades con Carlitos; ya éramos más camaradas y alguna vez lo enfrentaba taco en ristre en alguna disputada partida de billar. Yo vivía entonces a la vuelta de “Los Angelitos”, en la calle Alsina. Gardel ya tenía legiones de admiradores, que lo seguían por todas partes, pregonaban su fama y concurrían a escucharlo al bodegón donde cantaba habitualmente. El dueño era a la vez el protector de Carlitos, el verdadero. Muchas veces se le ha dado tal título a los que nunca lo fueron más que en su imaginación. Por eso creo importante aclarar este punto...

Creo que se llamaba Traverso, o algo así. Pero casi nadie se acordará de eso. Todos le llamaban “el gordo Giggio” y no se lo conocía por otro nombre (...) “El gordo Giggio” era un criollo hijo de genovés, que exhibía unas dimensiones descomunales y un buen humor todavía mayor. (...) él (Gardel, lo agrego yo) lo recordaba siempre con intenso agradecimiento y cariño. A menudo iba a su restaurante; y cuando salía de viaje, una de las primeras visitas que hacía al regresar era dedicada al “Gordo Giggio”. En esas ocasiones, y como un homenaje especial, le cantaba para él solo algunas “canzonetas”. ¿Se imagina a Gardel, siempre tan criollo en sus cosas, cantando, por ejemplo, “Párlame d´amore, Mariú?... Y, sin embargo, no le molestaba hacerlo por su viejo amigo, que se desvivía por esas cosas. Las visitas de Gardel, que a pesar de su celebridad no lo olvidaba, constituían una alegría inmensa para “el gordo Giggio”. Murió hacia 1927, creo... (...)

 

TIEMPOS DIFÍCILES

En el “Rondeman” Carlitos encontró techo y comida siempre que los necesitó -y por ese entonces los necesitaba bastante-, y además el refugio del pecho noble de Giggio y el afecto cordial de los mozos “tauras” de la barriada, que se reunían diariamente para escuchar a su brillante representante y cantor. A veces solía cantar a dúo con otros que hoy están perdidos definitivamente en la niebla del pasado: “el pibe Rafael”, y D´Angelo, por ejemplo. Por entonces le hablaron de otro mozo muy capaz en el mismo oficio. Solía andar por Avellaneda y lo llamaban “el Uruguayito”. Gardel se encuentra con él en una noche de fiesta, en la vecina ciudad, y los dos guapos se trenzan en payada hasta sacarse chispas. (...)

 

EL PRIMER SUELDO ALTO

Por entonces, el dúo Gardel-Razzano solía trabajar en el teatro Moderno, cuyo empresario era José Messutti, y donde por cantar en los intervalos les pagaban quince pesos por noche. No era mucho. En realidad, apenas daba para los cigarrillos y demás gastos. Pero, por lo menos, se iba tirando. Un día les llega una noticia alentadora. Los llaman del Armenonville. Allí les ofrecen -¡al fin!- un contrato para actuar diariamente. Les van a pagar... Y aquí se ha creado una polémica: unos dicen que se trataba de 30 pesos diarios; otros aseguran que eran 70, y unos terceros, 100. Dejemos un término medio, que de todas maneras era bastante elevado en relación a lo que ganaran hasta entonces. (...)

 

CON MUIÑO-ALIPPI

(...) Hacia 1915 actuaba en el Teatro San Martín la compañía Tradicionalista Argentina, a cargo de Elías Alippi y González Castillo, que representaban “Martín Fierro”. Gardel estaba a cargo del fin de fiesta, y su éxito fue rotundo. Un año después hacía otro tanto en el Teatro Argentino, donde se imponía el género “boulevardier”, a cargo de la compañía Ducasse-Alippi, con Muiño de primer actor cómico. La temporada fue muy satisfactoria, también. En cambio, no puede decirse lo mismo de la que realizaron en 1917 en el Teatro Nuevo de entonces, con Muiño-Alippi, donde Gardel y Razzano se ocupaban del fin de fiesta.

 

“ESPERAME, VIEJO...”

Para trasladarse de un lado a otro, Carlitos usaba una “victoria” arrastrada por dos pacientes rosines. En el pescante estaba ese muchacho que lo admiraba desde que tenía pantalones cortos. Es decir, yo. Ya todos comenzaban a llamarme “El Aviador” por la costumbre de salir disparando con el coche a la primera oportunidad. A veces, Gardel bajaba en algún café donde lo esperaba la admiración de los amigos o alguna partida de billar. Al dejar el coche, me decía:

“-Espérame, viejo...”

Con la charla, el juego y la grata compañía, se distraía, olvidándose del que estaba esperándolo en la calle para seguir viaje. Lo más que hacía era salir a la vereda y pedirme, con ese gesto de simpatía tan suyo que impedía a nadie negarle lo que solicitara:

“- Espérame un cacho más, viejo. Salgo en seguida.”

Pasaban las horas. Hacía frío o era necesario comer. Los caballos se impacientaban, agitándose. Pero allí me estaba hasta que, a las pérdidas, Carlitos se aproximaba, muy apurado, borrando toda la molestia de la espera con una sonrisa y una frase cordial:

“-¿Te cansaste mucho, viejo? Discúlpame...”

 

“¡TENER QUE CANTAR CON ESTE FRÍO!”

A veces había un frío de mil diablo. Eran las doce, o la una de la mañana, y yo estaba con mi coche en la calle desierta, esperándolo. Él salía solo o acompañado del teatro donde había estado actuando, y subía.

Después, mientras cruzábamos las calles de la ciudad dormida, él frotándose las manos para entrar en calor, me decía, quejoso:

“-¡Qué ofri, che...!”

Y en ocasiones, agregaba:

“-¿Te das cuenta, tener que salir a cantar por ahí en noches perras como ésta? ¿Te das cuenta, “Aviador”?

Pero en seguida de la protesta venía su risa alegre, optimista, y se ponía a contarme el último cuento picante que había recogido ese día.

 

UN CONSEJO DE CARLITOS

(...) Antes de hacerme cargo de la “victoria”, que sólo tuve unos pocos meses, yo había practicado, como Gardel, incontables oficios. Desde que dejara los pantalones cortos, había sido gráfico, estuchero, decorador y aprendiz de muchas otras cosas. Me gustaba la variación, lo desconocido. Después comencé a trabajar con un taxi. Pero no hubiera durado mucho en mi nueva actividad de chofer. Comenzaba a aburrirme como las otras y pensaba dejarla. Pero Carlitos me disuadió enérgicamente:

“-¡No, hombre, qué vas a largar! Quédate quieto en ese oficio y seguí  con el coche. Conmigo vas a tener bastantes viajes...”

No sé si el consejo sería bueno o no. Pero era de Carlitos. Así que seguí siendo chofer (...)

 

EL TEMOR A LA VELOCIDAD

Desde entonces, Gardel, su compañero, y sus guitarristas fueron en auto, en mi taxi, a los teatros donde ya constituían la atracción principal. Recuerdo que el practicar la velocidad estaba lejos de constituir un placer para Carlitos. Y en ese sentido mis gustos eran completamente distintos. Siempre me apasionó apretar el acelerador, cuando era posible. No por casualidad me había bautizado “el Aviador”. Y, pese a todo, Gardel era siempre mi cliente infaltable. Al separarnos en la madrugada, me decía:

“-Che, mañana vení a buscarme a tal hora...”

Al principio, Carlitos estaba siempre alerta, temiendo una catástrofe. Y mucho más cuando le parecía tropezar con señales de “yetta”, porque era un poco supersticioso. Sin embargo, fue ganando confianza en mi habilidad de conductor. Tanta, que ya no se fijaba cómo ni por dónde íbamos, y muchas veces aprovechaba algún viaje largo para dormir. (...)

 

DOS GLORIAS NACIONALES

Fue tiempo después. Gardel había ofrecido llevar en el auto al “mono”, quien tenía que hacer una diligencia en el centro. Yo, que conocía el apuro de éste, aceleré la marcha. Carlitos se revolvía, intranquilo, y finalmente me llamó la atención:

-Che, tené cuidado...

-Lo tengo. Pero me apuro porque Leguisamo quiere llegar pronto...

-Bueno; pero si chocamos no vamos a llegar ni hoy ni nunca. Después de todo, tené en cuenta que llevás en tu coche toda una gloria nacional...

Ante el piropo, el popular “mono” lo miró sobradoramente y aflojó.

-Bueno, que vaya despacio. Pero en todo caso, somos dos...

 

(...) Para festejar el éxito que obtenía con su actuación, Carlitos solía concurrir por las noches, concluidos los espectáculos, al antiguo “Palais de Glace” con un gran amigo suyo, el actor Carlos Morganti, con Elías Alippi y Abelenda, secretario de la compañía. Allí solía lucir Alippi su agilidad y destreza de gran bailarín.

(El balazo) (...)Tomando la prudencia por cobardía, los siguieron. La pelea era inminente, y como casi todos estaban armados, iba a ser sangrienta. Entonces, Carlitos adoptó una decisión audaz. Separándose de su grupo, adelantóse solo hacia los provocadores y les dijo, con gesto conciliador:

-Pero, muchachos...No hay derecho a hacer esto. Si todos venimos a divertirnos, no más...

Pero no pudo concluir. Al verlo acercarse, los contrarios supusieron que los desafiaba y le dispararon un tiro que recibió en el pecho.

Carlitos cayó y los heridores huyeron. Los primeros momentos fueron angustiosos. Se temió que la bala hubiera interesado el pulmón (...) Por su parte, puedo asegurarle que nunca dio a ese hecho trascendencia alguna. A su modo de ver, constituía “una desgracia” que ni valía la pena comentar. Yo no recuerdo haberle oído jamás la menor alusión a ese incidente lamentable.

La herida cicatrizó rápidamente. (...)

 

EL TANGO SE ABRE PASO

Es la época en que el tango comienza a abrirse camino. Con “mi noche triste” (...) se inicia la costumbre de ponerles letra. Tras sus huellas sigue “Flor de fango”, también de Contursi, con música de Gentile. (...) Y en seguida creo que vino “Romántico bulincito”, con letra de Dizeo, y tantos otros que se impusieron rápidamente. Pero claro está que no en todos los sectores. Nacido en las más humildes capas populares, fue ascendiendo lentamente con no pocos esfuerzos. Los círculos más elevados le llevaban una guerra violenta, a veces sorda y otras abierta y declarada. Los teatros y los salones negábanse a aceptarlo. Sólo seguía bailándose en los suburbios, de donde había salido, y donde los “orilleros” usaban aún los distintos cortes o figuras: la media luna, la corrida, el ocho, el abanico, etc. (...)

Hasta entonces, él y Razzano habían grabado muchos discos cantando a dúo, pero únicamente valses y estilos. Una firma vio la posibilidad de que Gardel, con su estilizada voz de barítono, pudiera constituir un suceso por sí solo, y entonces le hicieron grabar estilos, pero sobre todo tangos, que así fueron ganando terreno e introduciéndose por primera vez en muchos hogares porteños.

 

EL QUE NUNCA SE MAREÓ

(...) Alippi, que lo conocía desde 1905 y que a menudo trabajó con él, solía decir:

-No he conocido otro hombre más equilibrado para el éxito. Jamás noté en él una sombra de vanidad.

Es exacto. Nunca creyó ser la figura excepcional que decían sus admiradores y que las gentes aclamaban a donde iba. El primer sorprendido ante ciertas demostraciones del público era él...

A veces estábamos cerca del teatro donde debía actuar, pero no se apresuraba a aproximarse al local. Tenía sus razones. Brignolo, el autor de “Chiqué”, me recordaba que en una de esas oportunidades, Gardel le dijo algo que reflejaba verídicamente su manera de ser:

-Esperá un poco a que apaguen las luces. Quiero entrar cuando la sala esté a oscuras. Es que ¿sabés?...no me gusta que me campaneen...

 

LA GENTE PIDE “LEGUISAMO SOLO”

A menudo encontraba en los teatros, o en alguna reunión, a colegas y músicos a los que la suerte no sonreía, a lo mejor amigos y conocidos de sus épocas menos felices. No hacía preguntas indiscretas, pero los trataba afectuosamente. Al despedirse, les estrechaba la mano con fuerza y se iba. Luego, al abrir la suya, los otros encontraban, estrujado, algún billete grande que podía servir para afrontar la mala situación.

Igualmente procuraba ayudar en distintas formas a los autores que por diferentes causas no conseguían abrirse camino, o que pasaban por una mala racha. Con sólo entrevistarse con él, era suficiente. Ningún autor quedaba defraudado, porque Gardel buscaba la manera de arreglarlo o acomodarlo. O llevando al éxito una pieza determinada, o también, cuando eso no dependía de él, haciéndola grabar al dorso de un tango conocido, para que el autor de aquélla pudiera cobrar los correspondientes derechos salvadores.

Pero una vez le resultó difícil cumplir una de esas gauchadas (...) El asunto fue con Dizeo. Este tenía preparada una letra turfística, linda y pegadiza. Si no me equivoco se llamaba “Pan Comido” (...)

Una de las tantas veces que se encontraron en la calle Corrientes, tocaron el asunto. Dizeo se guardó mucho de mentarlo, pero fue el mismo Carlitos, molesto por no haber podido cumplir hasta ese momento, el que  habló:

-Mirá, Dizeo: todavía no pude estrenar tu tango. Vos creerás que me olvido; pero no. Hago lo posible por “meterlo”. Pero la gente es terrible, ché. Apenas quiero largarlo, ya sale alguien pidiendo “Leguisamo solo” y todos corean lo mismo, hasta que les hago caso y lo canto por millonésima vez...Me tienen seco, palabra.

 

CARUSO VERSUS GARDEL

(...)En uno de sus primeros viajes al Brasil, (...) se encontró con Caruso, que viajaba en el mismo barco. Según me contaron luego, el mismo tenor italiano, que había escuchado a bordo algunas de sus interpretaciones lo llamó:

-Venga, “bambino”... ¿Quiere explicarme cómo hace para darles tanto sentimiento y expresión a esas canciones de ustedes? Me gusta, me gusta mucho...

Lo que no conozco es el chiste que, con su gracia habitual, debe de haber hecho seguramente Carlitos, más tarde, a expensas del divo...

 

UN ASIENTO EN LA TERTULIA DEL COLÓN

A propósito de divos. Entre los numerosos amigos de Gardel se contaba el célebre barítono español Sagi Barba. Era un verdadero “hincha” de Carlitos, y cuando éste actuaba en Barcelona no se perdía ni una de sus actuaciones. Iba a visitarlo siempre a su camarín, y después salían juntos a dar vueltas por la gran ciudad catalana el cotizado barítono y el “tanguista” máximo.

Usted me pregunta si a su vez Carlitos iba a escucharlo a Sagi Barba. Francamente, no lo recuerdo. Pero estoy seguro de que el arte lírico lo atraía, porque cuando estaba en Buenos Aires yo solía acompañarlo, y ocupaba siempre un asiento en la tertulia. ¿Que a sus admiradores les extrañará saber que el autor de “El día que me quieras” era devoto de las óperas o los “ballets”? Posiblemente. Pero no por eso deja de ser cierto. Y además, esa anécdota permite apreciar la permanente inquietud de Gardel, su afán de superación, de conocimiento. Pero hubiera sido el primer disgustado si eso hubiese sido conocido y comentado, porque podría haberse supuesto que era una pose. (...)

  

(LA VIDA DE CARLOS GARDEL CONTADA POR SU CHOFER. RELATO DE ANTONIO SUMAJE, RECOGIDO POR ALFREDO VARELA. AQUÍ ESTÁ, MARZO DE 1944. VARIAS ENTREGAS)     

Una reseña que salió en un diario (?) el día de la muerte de Antonio Sumaje, 15 de julio de 1958.
Aporte: Julián Barsky

Berthe y "El Aviador", al fin de la década de los años 20
Antonio Sumaje "El Aviador", recorte de una revista

Antonio Sumaje, alias "El Aviador", fue durante muchos años y desde 1915 chofer personal de Gardel (que estaba al volante en el momento Gardel qué recibió un disparo después de una escena del bar en 1915). Él incluso le acompañó a Francia el 12 de septiembre de 1928 para devolver el coche 1928 Graham Paige qué el club de fútbol Barcelona ​​le habia regalado.

Lunes, 6 de noviembre de 1933: a las 20:30
La última despedida de Gardel de su público vía Radio Nacional (LR3)

Gardel, Charlo, Amadeo Mandarino (con moño  y pañuelo en el bolsillo superior del saco) y Julio Vivas. Abajo de Gardel está Barbieri y abajo de Mandarino el chofer de Carlitos "el aviador".

Del libro Carlos Gardel En Imagenes 
 por Roberto Daus
ALMENDRA MUSIC S.L. - Ediciones Musicales BLUE MOON S.L. - Producciones Discograficas
© Roberto Daus / All Rights Reserved

Copiado con permiso del autor.

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