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Una
familia humilde y buena |
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Para completar esta parte tan íntimamente ligada a la vida de Gardel, resolvimos, junto con Armando Defino que nos acompañó en toda esta búsqueda, visitar a la familia Franchini, que vive en un extremo de Villa Devoto. Allí nos fuimos un frío sábado a la tarde. Una de esas tristes tardes del otoño porteño. Es una casita modesta, con un arbusto de mandarina tras la reja de entrada. Allí viven varios hermanos, que nos reciben con las manos extendidas en una franca cordialidad. Saben a qué vamos. Vamos a hablarles de aquel muchachito que durante cinco años fué hermanito de ellos, en quien adivinaban un destino extraño a la humildad de ellos mismos. En las paredes del modesto comedor donde nos sentamos, hay muchas fotografías de Gardel. Ellos las ponen sobre la mesa, y sobre los vidrios fríos pasan los dedos de este hombre y sus hermanas, gente de trabajo, de dedos rudos pero con una sensibilidad tan tierna... Miran con orgullo una fotografía casi reciente de Gardel, en la que éste aparece vistiendo un pulcro frac, con su sonrisa de muchacho triunfante sobre la vida poderosa. -En esta foto -dice una de ellas- doña Berta nos había prometido hacernos dedicar una frase por Carlitos...Pero después, cuando sucedió "aquéllo"...-Y "aquéllo" es lo que ellas no quieren nombrar: la desgracia que todavía no pueden olvidar...-Nosotros vivíamos en la calle Corrientes entre Paraná y Uruguay, en una casa de inquilinato. Nuestra
madre lo quería a Carlitos entrañablemente,
y éste la llamaba " mamá Rosa
". Doña Berta venía a verlo
muy a menudo, y se puede decir que
tenía dos amores maternos. No lo
olvidamos nunca. Era de un carácter
muy vivaz, muy travieso, pero tan
bueno...-Y las mujeres, solteras
todas ellas, piensan acaso en el
hijo que la vida no les dió, y en cómo
lo hubieran querido, si fuese así
como el Carlitos de hace cuarenta años.-¡Cuarenta
años! Si parece que fué ayer
cuando se escapó de casa, y alguien
nos vino a decir que lo habían
visto en el puerto, con otros
chicos, vendiendo fósforos. Pero el
pobrecito no tenía noción ninguna
de maldad. Tampoco era para tener
monedas y malgastarlas. "Yo creo que desde muy chiquito soñaba con ser cantor. Él mismo lo decía. Muchas veces, de noche, cuando se acostaba, lo veíamos en la cama con un pequeño palo, a manera de guitarra, y cantaba las canciones de la época, mientras decía: Yo voy a ser un gran cantor "....Y esas palabras que entonces se le oían como ocurrencias de chico, cobran ahora, a través de tantos años, valor de predestinación. "Yo seré un gran cantor". Y asoma al recuerdo de todos los que estamos alrededor de esa humilde mesa, la evocación de sus ruidosos triunfos, de los públicos que lo aplaudieron en París, en Nueva York, en Madrid, y en tantos escenarios, desde los que despertó la ensoñación de hombres y mujeres, de ricos y pobres, de humildes y poderosos... Manos que se unieron en el aplauso frenético... Ojos de mujer que se humedecieron de emoción. Corazones de madre que apresuraron su latir después de su muerte. Carlitos... Cómo te ha querido esta gente... Bendito sea tu destino breve; tu destino de pájaro que quemó sus alas, que supo despertar esta ternura que vamos recogiendo en este bucear de recuerdos. "Su infancia fué toda así. Pasamos por él más de un sobresalto. A los siete años se sentaba en las puertas de calle a cantar, y en seguida lo rodeaba un mundo de muchachitos y por intermedio de ellos, muchas familias se lo llevaban a sus hogares durante días enteros. Después volvía como si nada hubiese pasado, y su ternura borraba toda intención de castigarlo. Más tarde doña Berta lo inscribió en el colegio San Carlos y algún tiempo después volvía a vivir con ella. La
Canción Moderna Aportado por: Angel Yonadi, 9/28/2003 |
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