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In 1915, as a
result of a bar room brawl, Gardel got shot by Ernesto Guevara Lynch. La Jornada Semanal, 7 de abril de 1996 Un balazo mudo Leonardo Tarifeño Leonardo Tarifeño nació en Mar del Plata, en 1967. Vivió en Barcelona, donde colaboró activamente en el periódico El Observador. A su regreso a Buenos Aires trabajó en la editorial Espasa-Calpe. En este ensayo, Tarifeño se enfrenta al mito de mitos de la canción argentina, el nombre más socorrido para bautizar canarios en el Río de la Plata y para demostrar que los muertos, si son grandes, cada día cantan mejor: Carlos Gardel.
De todas las incertidumbres que rodean la vida de Gardel, ninguna más fascinante que la historia de cómo fue que una bala llegó a su pulmón izquierdo y se quedó ahí hasta el día de su muerte. Como siempre que se habla de El Morocho, las versiones son varias y también contradictorias. De hecho, cada avance en una investigación no hace sino inventar una nueva teoría de la impredecible biografía del cantor. Según ha escrito el especialista en tango Jorge Göttling, "cualquier vida, en su más genuina desnudez, nunca es enteramente publicable". Es posible que Gardel haya sabido esto antes que nadie, y de ahí esa arrebatada obsesión por enmascarar su vida. En ese afán por el secreto y la impostura, llegó a nacer tres veces (dos, el 11 de diciembre de 1890, una en Toulouse y la otra en Avellaneda;la tercera vez, el 11 de diciembre de 1887, en Tacuarembó), y a tener dos pasaportes y dos documentos de identidad."La neblina intencionada con la que Gardel se inscribió en la leyenda", concluye Göttling, "refuerza la vieja idea de que no hay Dios sin misterio." Se sabe, entonces, que el gusto por el disfraz de la identidad era algo voluntario. Lo que aún se ignora es el porqué. Algunos creen que esa razón era puramente legal. Los líos con su documentación, que años más tarde derivaron en un conflicto sobre su verdadera nacionalidad, justifican esa hipótesis, y tienen como antecedente el pánico de Gardel hacia la posibilidad de que Francia lo llamar a a combatir en la primera guerra mundial. Efectivamente nacido en Toulouse, era lógico que su país de origen lo convocara en 1914 ya tenía un prestigio incipiente a luchar codo a codo con sus compatriotas. Quien iba a solucionarle el problema sería el caudillo conservador Alberto Barceló, político para el que cantó muchas veces, quien le consiguió una cédula de identidad a nombre de Carlos Gardel, nacido el 11 de diciembre de 1890 en Avellaneda. Años más tarde, y fiel a una fama de distraído que la mitología se ocupó de enterrar, Gardel perdió el documento. Y si bien la guerra había concluido, igual le cabía la pena de desertor si se descubría su nacionalidad francesa. Entonces, el cónsul de Uruguay, don Bernardo Milas, le agenció la fe de nacimiento número 10.052, donde decía que el señor Carlos Gardel había nacido el 11 de diciembre de 1887 en Tacuarembó. Este intríngulis, que el paso del tiempo ha convertido en un de los más confusos, podría avalar la teoría de que Gardel corría sus riesgos legales, y que por eso prefería esconderse a exponerse. Hay, también, otras trifulcas con la policía que explican esa bruma en el pasado. En palabras del cineasta Eduardo Morera, director de Viejo smoking y presidente de la Asociación Mundial Gardeliana, "Carlitos llegó a fugarse con su novia de siempre, Isabel del Valle, que por entonces era una menor. Sé que por ello lo metieron preso, y que a él no le importó porque realmente la quería". Otros aseguran que por este asunto, Gardel tuvo que cumplir condena en la Patagonia, y todo esto cuando ya había grabado su primer disco, filmado Flor de durazno, y estaba a punto de iniciar unas giras por todo el país junto a Razzano y Ricardo. El miedo de exponer a Isabel a una vergüenza pública, o el simple hecho de reconocer que con la policía no se jugaba, lo habría obligado a ser discreto y prudente en todo lo que tenía que ver con su equívoca disciplina legal. Sin embargo, y como auténtico mito que es, Gardel no acepta una única explicación para todas sus aventuras. En realidad, ni siquiera se conforma con que sus andanzas tengan una sola versión. Así sucede, entre otras, con la historia del balazo que recibió una noche de verano en el Palais de Glace. Su desenlace, al menos en la versión de su biógrafo Edmundo Eichelbaum, podría sugerir las verdaderas causas por las que Gardel todavía continúa haciéndose el enigmático. Pero y quizás ésa es otra venganza del hombre de "la sonrisa de cien dientes" todavía no se sabe bien qué fue lo que realmente pasó esa noche. Era diciembre de 1915. Por aquella época, las "patotas" tenían prohibido garufear por el centro; la policía las corría apenas cruzaban Callao, avenida que funcionaba como frontera para los "niños mal de familias bien" y también para los prontuarios. Los piringundines de malandras, proxenetas, curdas, poetas y ácratas estaban, entonces, alrededor de esa zona. En las calles Rincón y Junín, por ejemplo, abundaban los prostíbulos; la Cervecería Pilse de Corrientes y Junín servía como sede de los cafishios, y el ahora abandonado Café de los Angelitos, de la esquina de Rincóny Rivadavia, recibía con igual generosidad tanto a fiocas franceses y criollos como a sus habitués Alfredo Palacios y José Ingenieros. Otro templo medio tenebroso, en el límite geográfico planteado por la policía, era el Palais de Glace. Por sus puertas pasaban chorros, políticos y pesados de comité. Y, terminadas sus presentaciones, también Gardel y sus amigos Carlos Morganti, Abelenda y el actor Elías Alippi, quien destacaba por su destreza como bailarín se dejaban caer por allí. Antonio Sumaje, alias El Aviador, fue durante años el chofer particular de Carlitos. Es él quien ha recordado, como se cita en el Diccionario Gardeliano, que "en cierta ocasión los muchachos fueron provocados por una de esas barras compadronas entonces tan comunes, que no sabían divertirse sin ejecutar bromas bárbaras, destrozar locales y sacar a relucir armas, dejando el tendal de heridos a su alrededor. Para evitar la riña que los otros buscaban, Gardel y sus amigos dejaron el Palais e intentaron terminar pacíficamente la diversión dirigiéndose al Armenonville. Pero los patoteros no estaban tan dispuestos a abandonar tan fácilmente el asunto. Tomando la prudencia por cobardía, los siguieron. La pelea era inminente y, como casi todos estaban armados, iba a ser sangrienta. Entonces, Carlitos adoptó una decisión audaz. Separándose de su grupo, adelantóse solo hacia los provocadores y les dijo con gesto conciliador: pero muchachos, no hay derecho a hacer esto. Si todos venimos a divertirnos, no más Pero no pudo concluir. Al verlo acercarse, los contrarios le dispararon un tiro que recibió en el pecho." El relato de Sumaje, sin embargo, tiene imprecisiones sospechosas. Por ejemplo, no dice nada acerca de que esa noche era la del cumpleaños del cantor, tal como subraya la edición vespertinade La Razón del 13 de diciembre de 1915. Esto, que podría ser sólo un detalle mínimo, se vuelve importante si se tiene en cuenta que, como cita Eichelbaum, el agresor remata el tiro con una frase terrible: "Ya no vas a cantar más El Moro." Con estos dos datos, Eichelbaum sugiere que, precisamente porque El Zorzal andaba de festejos, la agresión estaba preparada de antemano. Pero, tratándose de Gardel, es posible que nada de esto sea así. Eso es, al menos, lo que se empeña en defender el gardeliano Andrés Amil, quien en una indignada carta publicada por el diario Clarín señala que Alippi se cansaba de desmentir esta misma versión. "Quedan como testigos Marcos Zucker, René Mugica, Carlos Rinaldi, Osvaldo Miranda y Ulderico Grazoglio, quienes recuerdan las violentas reacciones del actor frente al infundio", escribe. En su propia reconstrucción, Amil dice que "al salir para el Armenonville, donde cantaban Gardel-Razzano, un tal Guevara amenazó a Alippi, a quien le requería su compañera de baile en milongas y concursos. Encañonado de cerca, don Elías golpeó la muñeca del agresor y la pistola disparó hacia el piso, hiriendo a Gardel en la pierna, detrás de la rodilla,dañando la femoral y produciendoabundante hemorragia. El vasquito Echenagucía íntimo amigo de Morganti tironeó del mantel de una mesa desparramando comidas y bebidas y armó un torniquete para la hemorragia. En un coche de caballos lo llevaron al hospital Ramos Mejía, donde le sacaron la bala y lo curaron". El tal Guevara, según Eduardo Morera, era ni más ni menos que "Ernesto Guevara Lynch, el padre del Che Guevara". Sin embargo, el estudioso Simón Collier y otros han coincidido en señalar como heridor a Roberto Guevara, un conocido chico bien de entonces y protagonista de varias roscas. De la versión de Amil, sin embargo, habría que destacar algunas inexactitudes. Por ejemplo, el profesor de medicina Ricardo Donovan ha dicho que él mismo, personalmente, examinó la herida de Gardel, "y comprobé que había perforado el pulmón izquierdo, sin orificio de salida". La bala, como abrazada a un rencor, se metió en el pecho y nunca más salió de allí. "La posterior evolución del caso", señaló Donovan, "decidió a los facultativos a no extraerle el proyectil, que así permaneció alojado en el pecho toda su vida." Como otra bala igualmente célebre, la que habría dado mil y una vueltas antes de cruzar el cerebro de John F. Kennedy, ésta de Gardel también fue utilizada para exponer otra teoría. Por ejemplo, la que popularizó Yamandú Rodríguez y que el sociólogo Luis Feldman también ha comentado, acerca de una balacera, en el avión del trágico final, entre Lepera y el propio Gardel. Este improbable tiroteo fue la explicación que algunos dieron de que el cadáver del cantor guardara una bala en el pulmón, y de paso sirvió como alucinada justificación de un accidente que nunca se supo por qué ocurrió. Por una u otra razón, y en distintas anécdotas que se entrelazan, el misterio jamás abandona a Gardel. Pero él, como ya lo advertía Göttling, no era ajeno a ese destino. Quizás era su concepción de la vida la que se encargaba de hacer más densas las sombras que cubrían su personalidad. Las inmediatas consecuencias del balazo, por ejemplo, muestran esa fascinación de Gardel por inventar su propia historia. Cuenta Edmundo Eichelbaum que, internado en el Hospital Ramos Mejía, vendado y consciente, su madre fue a visitarlo. Todavía débil, Carlos le explica que un caballo del hipódromo le dio una patada en el pecho. Pero detrás de doña Berta aparece su amigo Roberto Casaux, quien desde lejos se lamenta con gritos como "qué cobardes" o "mirá que pegarle un balazo". Carlos, rapidísimo, le contestó: "Atenti, ¡la jaevi, viejo! ¡La jaevi! Un yobaca ¿manyás? ¡un yobaca!" Su amigo le entendió, y desde ese momento se hizo la voluntad de El Mudo.
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