Este es un relato que me
llega, digamos, de familia. En él se aúnan recuerdos de
mi abuelo, mi tío, mi viejo Enrique y amigos comunes de
todos ellos.
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Gardel en 1912
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En primer lugar, deseo
mencionar que ya a fines del siglo XIX mi abuelo surtía
de pizza a todo el Mercado de Abasto y que mi tío, al
igual que la vieja, nacieron frente a ese emporio de
muchas cosas, entre otras, del trabajo.
Para ese entonces la zona
era uno de los sitios más peligrosos de la naciente urbe
proletaria. Las crónicas resaltan -por ejemplo- que para
1901 se enfrentaron a cuchillo limpio, Juan Carlos
Argerich y José "Cielito" Traverso. Mi abuelo
Pedro intentaba siempre en su cuarto de lengua castiza,
explicar lo que él recordaba de ese entrevero. Decía que
la pelea había sido por cuestión de "soldi";
porque al no haber querido Argerich pagar, el
"Cielito" se cobró con la vida del deudor y
agregaba "O pobera América li", según versión
fonética que mis oídos han retenido y que nunca entendí
o mejor dicho, si comprendí, preferí ignorar.
El Nono solía ir al
O'Rondeman a tomar su consabido "Pineral"; sana
costumbre que por suerte heredó su nieto, quien todavía
hoy le sigue agradeciendo al abuelo, haberlo iniciado en
el culto de rendirse ante la bebida que elaboraba Pini
Hermanos.
Algunos amigos de mi tío,
algo mayores que él y a los que yo conocí al frisar
ellos los cincuenta años, eran en aquel entonces
"peones de mudanza" y nunca dejaron de usar la
faja negra alrededor de la cintura. Eran bastante
"roperos" y, según mi viejo, muchachos de no
achicarse ante cualquier parada.
Frecuentaban los boliches
del Abasto, donde "chupaban" su copita o
copitas, no recuerdo exactamente el término y en las
fondas del lugar se comían sus buenos pucheros y
"minestrunes".
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Mercado del Abasto
en 1930
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Uno de ellos, el rubio
Emilio, contaba haber estado presente el día en que en la
casa de Gigena de la calle Guardia Vieja, célebre arteria
porque en ella nació mi "Mama", se encontraron
Carlitos y el "Oriental"
Razzano. "El
Morocho" jugaba de local, pues el otro era de
Balvanera Sur, una zona donde según se decía, la gente
era algo más tranquila que la del Abasto.
Sin embargo, contaba
Emilio, el día del encuentro, la mayoría de los
presentes estaban "calzados". El primero en
cantar fue Razzano
y tan pronto terminó de hacerlo, "El Morocho"
se levantó de su asiento y le extendió la mano, después
de lo cual se volvió y le dijo a Emilio que lo había
seguido: "¡Este sí que canta lindo!". Cada vez
que recordaba el "sucedido", al
"Rubio" le temblaba la voz y decía más o menos
esto: «Carlitos
era tan grande, pero tan grande y tan humilde, tan
humilde, que desde purrete no sentía mayor felicidad que
ser cordial con la gente que lo prendaba.» Y así debe
haber sido no más. ¡Lo decía Emilio! Después cantó
Gardel y el "Oriental" se entusiasmó tanto que
la noche terminó a puro vino, ginebra y mate. Se cuenta
que días después, la escena se repitió en el boliche
"El Pelado", en Balvanera Sur, pero en esa
Emilio no estuvo.
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Carlos Gardel y José
Razzano
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Otro habitué de la rueda
era Primo Gómez, de quién mi tío Luis, sentado frente a
un "Branca con soda", contaba que también fue
amigo de Gardel y que solía decir que «por esos tiempos
deambulaba por el Abasto un mocito francés cantando
sentidas canciones. Era un pibe pintón, de pantalones
cortos, siempre jovial». Primo era hijo del dueño de la
empresa de mudanzas donde trabajaba el "Rubio" y
decía que habían sido ellos quienes, mucho tiempo después,
hicieron la mudanza de Gardel
y su madre, a una casa de la calle Jean Jaures. Sentía
gran aprecio por Carlitos -así lo llamaba él- y el
muchacho le correspondía. Todo esto lo contaba mi tío
Luis, de profesión bombero primero y luego taxista.
A don Generoso Albi, un señor
ya mayor que tenía mucha afinidad con mi viejo y el
hermano menor de Primo, don Amable Segundo Gómez, lo
escuché contar cosas sobre Gardel en la cocina de la casa
de éste, allá por Floresta, donde mis padres alquilaban.
Conversaban mientras le daban al mate y la baraja, junto
al "Tano" Juan Torello que también había
conocido a "Don
Carlos" y que tuvo el privilegio de que siendo
muy joven y laburando entonces para mi abuelo, firmó como
testigo el acta de nacimiento de mi madre, doña Rosa.
Juan Torello se ufanaba de
haberle despachado infinidad de veces, desde su caballete
portátil, pizza con fainá a Carlos y de haberlo
escuchado cantar, mucho antes que alcanzara la fama.
A don Generoso, que para
ese entonces vivía en un "petit hotel" de la
calle Lezica en el barrio de Almagro, muchas veces le oí
decir que a Gardel le había costado mucho conquistar el
éxito y que en el ínterin pasó necesidades, pero que
tuvo la suerte de contar con amigos de "fierro"
que lo bancaron. Don Generoso nunca lo dijo, pero yo creo
que él fue uno de esos amigos.
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Mercado del Abasto a
principios del siglo XX
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En esas tenidas de truco y
recuerdos, se hablaba del milagro de la
voz de Carlos, que según todos ellos lo había acompañado
desde su nacimiento. Risueñamente comentaban que era de
aguante para la bebida y que bien podía darle a la gola
todo el tiempo que quisiera, como si no hubiera probado
una gota de alcohol.
También mencionaban la
afición de Gardel por el "morfi". El
"Tano" don Juan hacía hincapié en que a los
boliches en los cuales Carlos comía y cantaba, concurrían
"de la buena y de la mala gente". Según él
iban a comer a esos sitios y a escuchar al
"Zorzal", un "cardumen" gracioso en el
que convivían las prostitutas con los puesteros del
Abasto y los guapos de daga portar, que concurrían a los
salones de bailes y prostíbulos de la zona. ¡Eran
tiempos bravos!, decía don Juan a cada rato.
Recuerdo en especial una anécdota
que contó don Generoso, veamos: «Poco antes de casarme
decidí darle una serenata a Olinda, mi novia de entonces
y esposa de hoy, para lo cual arreglé con Carlos el día
y la hora del evento. Llegado el momento, hacía ahí
partimos todos los convocados y tan pronto arribamos a
destino, "El Morocho" cantó hermosas canciones
durante largo rato. Al final, por un lado se abrió la
ventana desde donde Olinda agradeció atenciones y por el
otro la puerta de calle, desde donde el padre invitó a
pasar a toda la comitiva. Ya dentro de la casa, comimos
empanadas, tomamos vino y cuando llegó el momento del
postre el goloso de Carlos se devoró, acompañándolas
con vino "garnacha", más de dos buenas
porciones de torta.»
El postre en cuestión era
un delicioso manjar que ya se hacía en el Buenos Aires
colonial y que consistía en dos capas de masa ligera
unidas con dulce de leche y cubiertas con una tenue capa
de azúcar abrillantada. Este delicioso postre también yo
lo devoré muchos años después, en el "Repecho de
San Telmo", bajo el nombre de "Postre de la
Abuela".
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Interior del Mercado
del Abasto
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En tanto escuchaba la
charla de los mayores, yo me entretenía dándole vueltas
a la manija de la "vitrola"
y poniendo y sacando discos
de pasta que exhalaban la voz de Gardel. Pensar que
era chico y ya Carlos me fascinaba, al punto de alejarme
de mis juguetes. Esta conjunción de cosas me permitió
conocer desde pibe, sucesos relacionados con la vida de
Gardel, algunos de los cuales aún hoy guardo en mi
memoria y que no encuentro escritos en ningún libro.
Yo supe de la
muerte de Gardel, acostado en la cama junto a mi
viejo, que había comprado ese día la Crítica
"sexta" para leer los pormenores de tan
desgraciado suceso.
Hasta ese momento mi
admirado "Zorzal" de hoy, me era desconocido.
Con el tiempo mi padre, que había sido a los veinte años
chofer particular de Roberto Casaux, me contó que en
varias oportunidades, junto a su trompa, él lo había
llevado en el auto a Carlos Gardel.
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El padre del autor y
el auto de Roberto Casaux
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Pasaron los años, dejamos
la casa de la calle Santiago de las Carreras en Floresta y
en 1942 o 1943, no recuerdo exactamente el año, los
hermanos Aresi varones decidieron reunirse una noche para
comer afuera y hacerle conocer a los dos sobrinos mayores,
una parte típica de aquel ayer de "comilonas" y
tangos.
Recuerdo que nos llevaron a
mi primo Carlos y a mí, a cenar al "Chanta
Cuatro". Fue algo así como presentarnos en sociedad.
De ahí en más Carlitos, que es un "flaco"
mayor que yo, se largó a dibujar pasos de tango al compás
de su orquesta preferida, Ángel
D'Agostino. Durante la cena, el nombre de Gardel, fue
mencionado muchas veces. Es que las heridas estaban aún
frescas y su duende rondaba el lugar.
Así fue como yo conocí el
"Chanta", ya algo más acomodado en su aspecto
con relación a los tiempos bravos del Abasto y sin sus
canchas de bochas del "fondo", donde en algún
momento mí abuelo Pedro supo deslumbrar a sus paisanos
con certeros bochazos.
La nostalgia me lleva a
escribir estas cosas, como un desahogo del espíritu
respecto a todo el modernismo que se fue adueñando de un
Buenos Aires que muchos aún vivimos y no lo sentimos
perdido.