Cuando rasgué el sobre del radiograma,
confieso que estaba un poco intrigado. Mi familia se
encontraba en Florida, pero los chicos gozaban de excelente
salud. Tengo algunos amigos en el Canadá, pero no son tipos
que despilfarran los dólares. Tampoco aguardaba noticias de
mi socio, porque no lo tengo. Así, pues, pude paladear ese
minuto de angustia tonta que produce en cualquier mortal la
llegada de un inesperado radiograma. Media hora después, con
el nombre de ELITE en el bolsillo y en la memoria, me
encontraba en la calle alzando la mano para detener un taxi.
-
4.308, Broadway – dije al chauffeur y salté en el
interior del amarillo vehículo.
En tanto desfilaban rascacielos
y señales de tráfico, releí el radiograma que me enviaban
mis buenos amigos de ELITE, como corresponsal de esa
magnifica revista que soy y me puse a barajar todos los
recuerdos que se agitaban en mi en torno a la figura de
Carlos Gardel, el malogrado y simpático ídolo de tanta
parisién, neoyorquina y suramericana.
Recordé la voz cálida del gaucho
cantor. Recordé su silueta amable y el enérgico apretón de
manos que nos diéramos un día en Hollywood. Me calosfrié un
poco recordando su pavorosa muerte llameante y me complací
en imaginar cómo sería esa Estrellita del Regil, idólatra de
Gardel, a la cual debía interviuvar en nombre de ELITE.
Sabía de ella lo que saben todos a través de la esuela
información periodística. Pero su romántico gesto de
envenenada despertaba en mi una profunda curiosidad por
conocer sus ojos, su atormentada persona de mujer enamorada
de una sombra con voz de guitarra… El taxi frenó
violentamente y mis divagaciones tomaron otro rumbo
distinto. Involuntariamente pensé en Rodolfo Valentino,
aquel otro ídolo de las mujeres, cuya muerte dejó una
prolongada estela de lágrimas en los ojos de tantas
admiradoras. Pensé también en Werther, el pálido héroe de
Goethe, que desató una epidemia de suicidios. Pensé en esa
como sugestión colectiva que se produce siempre en torno a
la desaparición de uno de esos afortunados mortales a
quienes las mujeres prodigan toda, su loca aventura desde la
anonimia de una butaca, en las noches plateadas del cine.
Pensé…
Pero estábamos ya frente al
3.408 de Broadway. Y salté al suelo.
-
Estrellita del Regil, por casualidad se encuentra
aquí? – pregunté a la simpática anciana que me abriera la
puerta del apartamento.
-
Si, señor – me contestó la anciana con un marcado
acento mexicano en la voz.
-
Tenga la bondad de decirle que un periodista desea
verla – respondí.
-
¿Otro periodista? Creo difícil que lo reciba. Mi hija
está aburrida de ustedes.
De todos modos le preguntaré.
Aguarde un momento.
Pero antes de que la anciana
tuviese tiempo de alejarse, una arrogante silueta de mujer
penetró en la estancia. Alta, hermosa, con esa hermosura
cálida de las morenas que nacieron bajo un sol de fuego.
Estrellita del Regil vino a mi encuentro.
-
¿Tengo el honor de saludar a la señorita Estrellita
del Regil?
-
La misma, señor…
-
Robert Robertson – me apresuré a contestar,
presentándome.
Al escuchar mi nombre yanqui,
aun cuando me expresara en un español bastante correcto, el
rostro de Estrellita adquirió una expresión de cansancio
casi hostil.
-
Me parece que ha perdido su tiempo, señor Robertson.
Nada tengo que decirle, pues la prensa neoyorquina conoce mi
vida y milagros, mejor que yo misma. Estoy aburrida y hasta
asustada con el asedio de los reporteros que nada entienden
y todo inventan…
-
Perdón, señorita de Regil – le contesté,
interrumpiéndola antes de que me pusiese de patitas en la
calle.
-
No vengo a importunarla para después urdir más
patrañas en las columnas de un periódico norteamericano. A
pesar de mi aspecto y de mi nombre, vengo a charlar
brevemente con usted en representación de una gran revista
suramericana, de la cual soy corresponsal.
-
Ah! ¿Una revista del Sur? – y Estrellita del Regil
sonrió débilmente, con un destello de simpatía en los
grandes ojos ardientes, en tanto me invitaba con un vago
gesto de su mano a tomar asiento. - ¿Acaso una revista de
Colombia? – agregó después que estuvo frente a mí,
arrellanada en un sillón.
-
Nó, de Caracas, la capital de Venezuela.
-
Bien. Estoy a su disposición, señor Robertson.
Tratándose de una información para esos públicos tan míos,
no sabría negarme. Usted dirá…
-
Mil gracias por su gentileza, señorita del Regil. Mis
amigos de ELITE sabrán apreciar en lo que vale su
amabilidad.
-
¿ELITE?
-
Si, ese es el nombre de la revista que represento.
Permítame obsequiarle algunos ejemplares que he traído
conmigo para usted.
-
Gracias.
Y en tanto Estrellita del Regil
hojeaba entre sus finas manos un ejemplar de ELITE, pude
observarla a mí antojo. Comprendí de inmediato todo el
interés que despertara en Carlos Gardel con su cálida
arrogancia de mujer tropical. El pelo negro y liso, enmarca
con su cabrilleo el rostro mate, de ojos rasgados y larga
boca sensual. Una hermosa dentadura, luce tras su sonrisa y
su voz caliente hace pensar en palmeras mecidas por la brisa
atlántica. Estrellita del Regil es lo que fue Lupe Vélez o
Dolores del Río antes de que el lienzo de plata las pusiera
a navegar por el mundo. Estrellita es una excelente heroína
de cualquier film con decoración tropical: mujer morena,
ardiente, pasional…
-
Bella revista, ¿verdad? – y Estrellita levantó sus
ojazos hacia mí, olvidando a ELITE que dormía en su regazo.
-
Si, es un hermoso exponente del Sur, que puede
equiparse a cualquier otra de Hispanoamérica y aun de los
Estados Unidos. Por algo la llaman “la mejor revista
venezolana”. Pero hablemos de usted, Estrellita. De usted y
si no le es muy doloroso hablemos también de Carlos Gardel.
-
Prefiero hablar de Carlos. Mi persona no ofrece
ningún interés ahora cuando él ha desparecido. Si usted
supiera cuántos hermosos proyectos se me han derrumbado con
su muerte. Ha sido algo horrible. Tan horrible que no sé si
odiar a quienes me hicieron regresar de la muerte…
Estrellita no disimula su
congoja y me impresiona fuertemente el dolor que se esconde
en su acento. Tanto es así que no pronuncio palabra y
aguardo silenciosamente a que ella misma continúe hablando,
con su voz atragantada por la emoción.
-
Créame, señor. Todavía estoy desorientada, como
perdida. Carlos Gardel era tan generoso, tan bueno! No se
imagina usted cómo me daba alientos y me contagiaba con su
optimismo de hombre triunfador… Le conocí en Hollywood
durante la filmación de “Tango Bar” y “El Día que me
Quieras”. A pesar de que figuré como una de tantas, Carlos
me distinguió de inmediato y me persuadió de que debía,
tener mucha fe en el futuro. El futuro…! Una hoguera enorme,
que habría de consumir su gran corazón…
Estrellita, casi sollozante, se
lleva las manos al rostro. Estoy por marcharme. Pero ella
continúa hablando con una voz lejana, olvidada de mí
presencia.
-
Qué horrible noticia! Nunca he sentido un dolor
semejante, uno de esos dolores que nos dejan perplejos, sin
voluntad. Cuando salí de mi estupor, mi único pensamiento
fue acabar con la vida que se me presentaba tan desolada,
tan absurda. Me fuí al Hotel Midletown. No recuerdo bien
como hice para ingerir la esencia de yodo. Solo recuerdo
sombras en torno, muchas sombras interminables. Después una
sala del City Hospital. El rostro atribulado de mi madre y
médicos. Fué como una pesadilla…
Estrellita se ha levantado y
recorre la estancia lentamente. Luego se detiene frente a un
retrato de Carlos Gardel, que ostenta una dedicatoria. Lo
contempla largamente y regresa hacia mí.
-
Ese retrato es todo cuanto me queda de aquel que fué
mi mejor amigo, mí camarada. ¿Cómo es posible que la vida
haya sido tan cruel con él? Si usted supiera cuanto le
querían todos! Era un amigo insuperable, un compañero como
no hay dos en el mundo. He pensado más en él que en mí. Se
lo aseguro. No me duele su muerte porque mi carrera se haya
truncado. Me duele porque sé de sus ilusiones más queridas.
De sus proyectos. No me olvido un instante de su pobre
madre, de esa “vieja” que él adoraba y para quien eran todos
sus triunfos…
-
Comprendo su dolor, Estrellita. Pero hay que tener fé
en la vida, esa vida, esa misma vida que dá y quita con
tanta crueldad. Usted es joven. El tiempo todo lo mitiga…
-
Si usted supiera que muchas veces pienso en llegar a
ser algo para rendirle mi mejor homenaje. Gardel creyó en mí
y debo ser digna de su fé. Estoy dispuesta a luchar
bravamente…
¿………….?
-
Si. Mi padre era guatemalteco y mi madre es mexicana.
Nací en Bilbao y luego viví en México hasta la edad de trece
años. Después nos trasladamos a Nueva Orleáns, donde
permanecí hasta la adolescencia.
¿………….?
-
Conocí a Gardel en el invierno de 1934 y desde
entonces trabajé con un gran empeño, siguiendo sus consejos.
Quién sabe cuál sería mi destino hoy día si él no hubiese
muerto. Pero, ya le digo que estoy resuelta a enfrentarme a
la vida con valiente desesperación. Ojalá pueda abrirme
camino en el cine, que es mi anhelo más grande. Hoy por hoy
bailo rumba y danzas tropicales para ganarme la vida, en
tanto aguardo una oportunidad para regresar a los Estudios…
Estrellita se muestra tan
fatigada y ha sido tan gentil conmigo que me dispongo a
partir, a no molestarla más con mi presencia.
-
Adiós, Estrellita – No sé cómo agradecerle su bondad.
Le prometo relatar todo cuanto me ha dicho sin adulterar
nada. Usted leerá esta entrevista en ELITE. Mil gracias y
mil perdones.
-
No tiene nada que agradecerme. A través de ELITE
envío un cordial saludo al público de Venezuela y
especialmente a todas aquellas mujeres que como yo supieron
admirar tiernamente a Carlos Gardel, el gran amigo
malogrado.
Me dispongo a partir, luego de
haber estrechado la mano de Estrellita. Esta me acompaña
hasta la puerta y, repentinamente, se detiene y me dice:
-
Aguarde un momento, quiero demostrarle el
reconocimiento que me ha inspirado el gesto de esa revista
al pedirle una interviú con mi insignificante persona.
Estrellita se aleja y regresa
con una fotografía suya y luego va hasta el retrato de
Gardel y lo arranca de su marco.
-
Voy a confiarle este recuerdo precioso para mí, con
la condición de que usted me lo devolverá luego.
-
Me abruma usted, le doy mi palabra de honor,
Estrellita de que ese retrato lo tendrá usted nuevamente,
tan pronto sea publicado en ELITE.
Y Estrellita del Regil, después
de autografiarme su fotografía, me despide cordialmente.
Cuando me encuentro otra vez en
el taxi no puedo menos de emocionarme pensando en esa
radiante Estrellita y en sus negros ojos tapatíos, profundos
bajo las lágrimas, profundos sobre el rostro canela de mujer
tropical y apasionada.
Robert ROBERTSON
Corresponsal de ELITE
en
New York.