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Osvaldo Soriano
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Carlos Gardel es la
voz y la palabra de los
argentinos: quejumbrosos,
apretada de angustia, aterida de
dolor. A veces, alegre mascarita,
quiere ser más que un tango y es
la luz del sol, el aire suave,
embriagador, el dulce trino que
modula el ruiseñor. Un Buenos
Aires triste y desafiante sale
todavía de esa garganta quemada
hace 52 años en el aeropuerto de
Medellín.
¿Por qué los quieren tanto los
argentinos? ¿Por qué lo han
convertido en un mito intocable?
¿Por qué es su voz, su estampa
la única cosa a la que no
permanecen indiferentes? ¿Por
qué de algún modo todos son él?
Difícil de responder: era un
hombre simple, hijo de una
francesa soltera que emigró
al Río de la Plata para escapar
de la humillación y de la
miseria. Cantó en cafetines de
mala muerte, recorrió los
dormidos pueblos de la provincia
de Buenos Aires en dúo con
José Razzano, un uruguayo
ahora caído en el olvido, y un
buen día se fue a Barcelona y
París a ganar algún dinero
para pagar sus deudas de juego.
Allá empezó en el barrio de
Pigalle, como tantos otros
argentinos que se vestían de
gaucho para el público de la
“belle époque”, y de pronto,
como si los dioses se hubieran
encandilado con su sonrisa, fue
más que Maurice Chevalier.
«Vea, yo lo vi sólo una vez y no
cruzamos palabra. Yo estaba en
un café con unos amigos a la
madrugada, y lo vi entrar. Venía
como iluminado. Todo el bar se
quedó en silencio, o eso me
pareció. Él se llevó la mano al
sombrero y con una sola
inclinación de cabeza todo el
mundo se dio por saludado. Yo me
paré, le saqué esta foto y me
quedé ahí, contra el mostrador,
envidiando al tipo que le daba
la mano».
Ese fotógrafo vendió el retrato
de Gardel en 1973, a la salida
de un cine de barrio donde daban
dos de sus películas. Hace años,
quien escribe estas líneas
pregunta a quienes vivieron su
época cómo era Carlos Gardel,
quien era el hombre que dio
lugar al más gigantesco mito que
ha creado la ciudad de Buenos
Aires y que se extiende a toda
América Latina. Pero no hay caso,
no hay nada excepcional en él,
ninguna prueba de heroísmo,
ningún aparato publicitario que
haya modelado su figura. Al
contrario, es tan poco lo que se
sabe de Gardel hoy, que al
investigador uruguayo
Federico Silva le bastaron
cien páginas para recopilar
todos los instantes de la vida
de El Zorzal que han dejado un
rastro y suficientes pruebas:
documentos, reportajes,
encuentros, viajes, escasos
amores. Sin embargo vivió 45
años y tuvo amigos, furtivas
amantes (que luego florecieron
por centenares) una madre que lo
sobrevivió, un albacea —Armando
Defino— que escribió
honestamente sobre los días de
gloria.
No importa lo que fue, como fue.
Importa lo que es: un inmenso
depósito de sueños, ilusiones,
lealtades, callados odios. Lo
que la gente hizo de él. En uno
de sus viajes estuvo 48 horas en
Caracas; un periodista curioso
se tomó el trabajo de
reconstruir esos dos días
entrevistando a la gente que
dijo haberlo visto, haber estado
a su lado, en el
hipódromo, en el teatro, en
su mesa, en su cama. La
reconstrucción de esa estadía de
Gardel probó una verdad más rica
que la rutinaria realidad: para
hacer todo lo que se cuenta que
hizo, el cantor debió haber
permanecido en Caracas por lo
menos 45 días. Tantas fueron las
noches de juerga y los días de
amistad que la gente le ha
regalado.
Se ha dicho que antes de
marcharse a Europa era habitué
de comités conservadores y
compadrito en los bailongos. Hay
pruebas de que recibió un balazo
a la salida de un cabaret, pero
no es cierto que haya estado en
una
cárcel de la Patagonia. El
prontuario de quien estuvo allí
está a nombre de Carlos Gardel,
albañil y el nuestro se llamaba
en realidad Charles Romuald
Gardés, nacido el 11 de
diciembre de 1890 en
Tolouse. El
prontuario de El Zorzal —pocos
lo saben—, está en el museo de
la policía y descansa en una
caja fuerte confidencial
custodiada por un teniente
coronel. ¿Por qué tanto secreto
absurdo? ¿Por qué quien fue su
amigo más íntimo, el jockey
Irineo Leguisamo, repitió
siempre y así fue, que llevaría
a la tumba todo aquello que
Carlitos le pidió que no
divulgara? ¿Acaso porque en
realidad el cantor Carlos Gardel
no era el mismo Charles que
salió de Francia con su madre
rumbo a su destino sudamericano?
Hay quienes creen que Gardel
nació en el Uruguay y una
extensa investigación de Erasmo
Silva Cabrera, un periodista de
Montevideo, intenta demostrarlo.
Su historia es apasionante y
revela un drama deshilvanado y
poco probable, aunque
inquietante. Sin embargo, no hay
otra prueba que el acta de
nacimiento de Tolouse, de
donde Charles llegó a Buenos
Aires a los tres años. Hasta en
los más ínfimos detalles de su
vida aparece la duda. Grabó
algunos discos en francés como
quien lo aprende de memoria.
También cantó en italiano y en
inglés. Poco y mal. Gardel era
invencible en porteño, en el
lunfardo de aquellos años que
hoy aparece un tanto barroco y
lejano en el recuerdo. Nadie
llama ahora “percanta” o
“papusa” a una mujer, ni
“tamango” a los zapatos, pero no
hay un solo hombre, ni una sola
mujer, capaz de transmitir como
él una nostalgia, una pena, un
querer, una indignación.
Por eso Gardel crece en el
exilio de los otros. Para los
argentinos que viven en el
extranjero su voz restituye el
color, el sabor y los olores de
Buenos Aires. No importa lo
bella o absurdas que sean las
letras cantadas por El Morocho.
La patria sale de su garganta,
de esas grabaciones que suenan a
choque de cacerolas. Pero hay
algo más, algo que se escapa a
la explicación argentina, porque
los habitantes de Medellín en
Colombia, han instalado
parlantes en su monumento y se
reúnen a escucharlo igual que si
estuviera vivo, como si el avión
que iba a llevarlo a Cali no se
hubiera estrellado. La
generosidad, la lealtad, la
parábola exitosa y trágica de
Gardel identifica Buenos Aires
Como la Argentina, El Morocho
cultivó la apariencia y el
ocultamiento; llegó a la cumbre,
logró que los grandes de Europa
lo reconocieran como a un par y
cuando iba a entrar a las luces
de Hollywood, el destino lo
detuvo. Como a la Argentina. No
fue una falla del piloto lo que
abatió el avión, fue Dios. No
son los argentinos quienes han
destruido este país, simplemente
Dios que no los quiere. En la
escasa vida de Gardel, se puede
resumir esquemáticamente, la
saga del pueblo que lo ha hecho
inmortal.
Está claro, hay un Gardel para
cada argentino. Uno que nos mata
y otro que nos hace más
llevadera la vida. Cuestión de
oportunidad, para el exiliado el
lagrimón de la nostalgia; para
el supliciado, el preludio de la
muerte. Para todos, el símbolo
de lo que pretendimos ser:
grandes, bellos, leales,
exitosos. También el horroroso
espejo que devuelve la verdad de
52 años de fracaso.
Fuente: Diario Página 12, sábado
27 de junio de 1987.
Tomado de Todotango.com