LAS MUJERES DE CARLITOS

Por Enrique Espina Rawson y Lucía Gálvez
http://www.quienesgardel.com.ar/trabajos/las_mujeres.html

Como confiesa el “Patotero” del tango, Gardel podría haber dicho también: “En mi vida tuve muchas muchas minas, pero nunca una mujer”. Un mito viviente no podía estar sujeto a una sola mujer, pues esto hubiera privado a todas las demás la posibilidad de soñar con él, sobre todo en tiempos en los que casi no existía el divorcio.

Una diferencia con la actualidad era que, en general, no se hacían nombres: la vida privada de los artistas era realmente vida privada. Encontramos todos estos elementos en las respuestas de Gardel al periodista del diario Nacional de Bogotá, que lo entrevistó pocos días antes del accidente, cuando éste le preguntó por sus amores y por el tipo de mujer que prefería:

He amado muchas veces en mi vida y conservo de ello gratísimos recuerdos, como que en casi todos mis amores he sido feliz. He querido de diferentes maneras, según el temperamento de la chica, las circunstancias y el ambiente. Sin embargo, cada vez que me enamoro creo ser ésta la única ocasión en la que verdaderamente he querido. Prefiero las latinas, indudablemente, por comprender mejor mi temperamento, pero todas las mujeres atractivas e inteligentes me agradan. No obstante, las mujeres sajonas que tienen fama de frías y calculadoras, cuando encuentran un hombre que las enamora y comprende, son tan sensibles y apasionadas como las latinas, y por lo tanto, también me seducen”.

Como buen tanguero exitoso de principios de siglo, Gardel tenía una activa vida noctámbula, iniciada ya en su infancia cuando deambulaba por los camarines del teatro Politeama donde, según su madre, todos los actores le demostraban simpatía. El “Francesito” que, según sus propias palabras, “había nacido en Buenos Aires a los dos años y medio”, estaba totalmente acriollado. A los 14 años se escapó con un amigo a Montevideo, donde conoció a payadores y cantores. Luego pasó a cantar en los cafés y restaurantes del Abasto, como “O’Rondeman” o el “Chantacuatro”, etapas previas a los lujosos cabarets, verdaderas escuelas de amoríos efímeros hacia los cuales lo condenaba su misma profesión. Mantuvo, sin embargo, dos relaciones bastante largas: la primera con Madame Jeanne, una mujer madura, luego conocida como la “Ritana” y la segunda, que duró doce años, con la casi niña Isabel Martínez del Valle.

Una noche de diciembre de 1913, Razzano había sido invitado por un grupo de alegres y pudientes trasnochadores para que cantara en lo de Madame Jeanne, que quedaba en la calle Viamonte, entre Esmeralda y Maipú. Pidió llevar a un amigo e invitó a Carlitos, que podría así ganarse unos pesos. Después de disfrutar de una excelente comida y copiosos brindis, en compañía de Madame Jeanne y sus pupilas, Gardel y Razzano cantaron acompañados en el piano por el chileno Omar Pérez Freyre, autor del famoso “Ay, ay, ay”. Fue un éxito y todos decidieron continuar la noche en el “Armenonville”. En uno de los reservados, José y Carlitos cantaron juntos. En otro de los palcos estaba Jorge Newbery con algunos amigos pertenecientes a la alta burguesía porteña. Al oírlos, ellos y otros que estaban en el salón exigieron que el dúo cantara para todos. Cuando lo hicieron provocaron tal entusiasmo que fueron llevados en andas. Los dueños del establecimiento los contrataron por una suma que a ellos les pareció fabulosa: setenta pesos por noche, comida y bebidas a discreción, más lo que les dieran en los reservados. “Por esa plata canto y le lavo los platos”, comentó risueño Gardel, entonces de 23 años. Esa noche del 28 de diciembre de 1913 quedó, pues, constituido el dúo Gardel-Razzano y comenzó la relación del “Morocho” y la “Ritana”.

La propia Isabel Martínez del Valle, la eterna novia de Carlitos que no retaceó declaraciones a la prensa, da un curioso testimonio de la “Ritana”. En un reportaje de la revista Nuestro Tiempo, Osvaldo Ardizzone preguntó a Isabel si no había tenido celos de un novio tan famoso y pintón, que tenía tantas admiradoras. Ella contestó muy segura de sí misma, como en todas las entrevistas, con un pintoresco relato:
“ -¿Sabe cuántas mujeres se adjudicaron amoríos con Carlos? Igual que la cantidad de amigos que comenzaron a aparecer después de su muerte... Todos eran amigos, y yo conocía a los verdaderos, no a los oportunistas... Respondiendo a su pregunta, le voy a contar el caso de una mujer que, según llegó a mis oídos, mantenía una relación con Carlos. Se llamaba ‘Ritana’, o le decían así. Era dueña de una pensión en el centro, y así fue que me decidí a ir a verla para comprobar qué había de cierto... No le dije nada a Carlos y me largué. La tal ‘Ritana’ era francesa. Me admitió que sí, que ella era la amante de Carlos a quien acababa de regalarle una perra pequinesa. Con su lenguaje enrevesado decía ‘perla’ en vez de perra, y yo no le entendía hasta que me di cuenta de lo que se trataba, porque Carlos, a su vez, me había regalado la perra a mí.
“ -¿Y cómo terminó? Porque me imagino que le habrá exigido cuentas a Carlos por una evidencia como la perra.
“ -No, con la ‘Ritana’ no pasó nada. Le dije que ella era nada más que una aventura en la vida de Carlos, que a quien él quería era a mí, de manera que poco me importaba... Pero cuando Carlos fue a casa, le exigí que decidiese entre la ‘Ritana’ y yo... Él admitió que había sido una aventura sin trascendencia, que me quería a mí. Me juró como hacía siempre cuando me decía: ‘Vos sabés, gorda, que este grone te quiere sólo a vos, y nunca te olvidará ni te cambiará por otra’”.
En los hechos, siguió con las dos.
Gardel había conocido a Isabel en 1921, cuando ella tenía 14 años bien aprovechados, y él 31. al verla cruzar la esquina de Carlos Pellegrini y Sarmiento había quedado muy impresionado con su juvenil belleza y pidió que se la presentaran. Al día siguiente fue a almorzar a su casa. Isabel vivía con sus numerosos hermanos y su madre viuda. Gardel, que ya era alguien conocido y de buen pasar, se fue convirtiendo en una especie de protector de la familia, la cual, desde el primer día, aceptó muy complacida el romance. Aunque Isabel era menor de edad, vivió desde entonces con Carlitos en un despreocupado concubinato de más de doce años. Gardel tenía tres domicilios: vivía con su madre en Rodríguez Peña 451, con Isabel en una casa de Corrientes al 1700 y conservaba el clásico “cotorro”, símbolo de libertad para un porteño machista de los años 20. La existencia de ese “bulín” demostraba, según el modo de pensar de la época, que Gardel estaba prácticamente casado con Isabel, puesto que con ella vivía en otra casa. Así lo confirma Ireneo Leguisamo. Después de afirmar que las mujeres no habían dejado en él ninguna huella, agrega: “...salvo Isabelita del Valle que fue sin duda el amor del Zorzal” (5).
La actitud de doña Berta no era muy complaciente ante este pseudo y semioculto matrimonio. Los tres habían convivido un tiempo, pero la cosa no anduvo; doña Berta pensaba que una muchacha tan joven y dominada por la familia, no convenía a su hijo.
Lo cierto es que, con los años, Gardel se fue alejando de Isabel y de su familia, harto de sus exigencias y peticiones. Primero los hermanos y luego la misma madre cansaron al generoso Gardel con sus pedidos de dinero. Es evidente que Carlitos le había tenido cariño, sobre todo en los primeros años, pero que la relación fue superficial.
En esa misma nota el periodista había preguntado a Isabel por qué no se habían casado siendo ambos solteros. “Ni siquiera lo pensé –contestó ella, impertérrita-. Lo charlamos alguna vez con Carlos pero no nos preocupaba porque nos sentíamos muy bien en la relación... Carlos me presentó sus amistades más íntimas, como lo eran Razzano, Leguisamo, Maschio... La gente que él más quería. Cenábamos en “La Emiliana”, “La Sonámbula”, etcétera.
En 1931 Gardel viajó a Francia y esta vez lo acompañó Isabel, quien deseaba estudiar canto en Milán con la famosa profesora Gianina Ruzz. Desde París, Gardel viajaba a Italia en los intervalos de sus actuaciones. Por entonces le pidió a su viejo amigo, el periodista Edmundo “Pucho” Guibourg que visitara a Isabel en Milán para negociar de alguna manera el final de la relación. ¿Existía alguna especie de chantaje por parte de los hermanos y de la propia Isabel? Lo cierto es que las cartas de 1934 a su administrador Armando Defino son muy fuertes y categóricas: Carlitos está cansado de las ingratitudes y prepotencias de la familia y de su propia novia y quiere terminar de una vez la relación. Bastan algunos párrafos para demostrarlo:
“ Se acabaron las subvenciones mensuales y bajo ningún concepto debes darle un centavo más. En cuanto a la casa (de la calle Directorio) la iremos pagando poco a poco sin que nos pese, para no perder lo que ya pagamos y para devolver gentilezas por sinvergüenzadas. Vos sabés cuáles son mis ilusiones para el porvenir: quiero trabajar para mí, para poder darle una situación a mi viejita y para poder disfrutar con cuatro amigos viejos el trabajo de treinta años. Estoy dispuesto ano hacer más tonterías. La de Isabel y Cía. será la última (...) Es necesario separarnos de toda esa familia”.
Más adelante, reiteraba: “Ya te dije que para mí el asunto Isabel está terminado; definitivamente terminado. Le mandé una carta rajante que espero será la última. Si quiere conservarme como amigo, está bien. De lo contrario le corto la respiración sin mandarle más nada. Así debes decírselo, sobre todo a la familia (...) A ver si creen que estoy contratados por ellos para toda la vida. Si siguen cargándome se quedarán sin el pan y sin la torta. Que elijan”.
Estas rotundas palabras no impidieron que, después del accidente de Carlitos, Isabel asumiera el papel de viuda. Por cierto, lo debía haber querido y admirado. Después de su muerte se unió a doña Berta en el dolor y era muy común verlas juntas en la Chacarita.
Isabel Martínez del Valle, la niña caprichosa y Madame Jeanne, la poderosa veterana, fueron, pues las dos mujeres más estables, por así decirlo, en la vida de Carlos Gardel. Entre los incontables amoríos que se le atribuyeron, algunos fueron inventados o magnificados después de su muerte por las mismas que se decían amadas. Con el tiempo también aparecerían hijos del mítico cantante.

La verdad es que el “Morocho” tenía un éxito arrollador entre las mujeres.


Durante su estadía en Francia, Carlos Gardel intimó con una mujer, Sadie Baron Wakefield, que fue una verdadera protectora para las finanzas del actor. Su padre, Bernhard Baron, le había dejado una fortuna calculada en cinco millones de libras, cifra inconcebible para 1929. Entre otras cosas, era dueña de la fábrica de cigarrillos “Craven A”. En cuanto conoció a Gardel lo distinguió con toda clase de atenciones y le ofreció apoyo económico para financiar sus películas. Fue, sin duda, una relación de mutua conveniencia: el matrimonio Wakefield ganó mucho dinero con las películas de Carlitos, y “Madame Chesterfield”, como algunos la llamaban en broma, se daba lustre por su íntima amistad con tan famoso artista. También a Gardel le convenía una amistad que lo relacionaba con círculos muy altos del arte y las finanzas.
Madame Baron Wakefield poseía una enorme mansión en Niza. Allí pasó Gardel algunas temporadas, y en alguna oportunidad lo acompañó Leguisamo, quien recuerda con nitidez el ambiente de lujo y la facilidad con que en él se movía el “Morocho”.
Se dice que la coupé Chrysler 31 blanca, que en su momento fue única en Buenos Aires, y que usó Gardel hasta 1933, fue un regalo del matrimonio Wakefield.
Entre sus amoríos parisinos, fue famoso el que tuvo con la actriz Gaby Morlay, muy conocida por entonces. Tenía su casa en París vecina al Bois de Boulogne y poseía casa también en Niza. Gardel la visitaba asiduamente, pero, como era su costumbre y la de la época, nunca dijo nada al respecto. La divulgación de romances, amoríos y relaciones fugaces que hoy son tapa de revista y material de chismes televisivos, es una plaga de nuestros tiempos. Entonces hubiera resultado inconcebible. Más aún en la Argentina.
También en España tuvo Gardel sus amores. La primera de la que se habló fue de la “tonadillera” Teresita Zazá, con quien el dúo Gardel-Razzano había compartido varias veces el escenario. Más adelante, en Barcelona, mostró un gran entusiasmo por una tal Blanquita, a la que el bailarín de tango Adolfo Tuñón recordaba en una entrevista de los años ’70.

En 1931, al terminar la filmación de Luces de Buenos Aires, el cantor y Gloria Guzmán regresaban a Buenos Aires en el mismo barco. La vedette, considerada entonces como la más bonita de los escenarios porteños, tenía una relación muy fuerte con un conocido deportista argentino. No obstante, era un secreto a voces que en ese viaje los dos artistas compartieron muchas cosas. Ya en Buenos Aires, cada uno volvió a lo suyo.
Existe el curioso testimonio de una ignota admiradora de Gardel. Es una carta que resistió al paso del tiempo porque no llegó nunca a destino. Una carta como las miles que debió haber recibido el “Morocho”. Es de una joven brasileña que coincidió con él en 1923, en el “Antonio Delfino”, barco que llevaba a España al dúo Gardel-Razzano. Habían convivido un tiempo en Buenos Aires en 1925 sin que, por lo que puede saberse, hubiera dejado huella alguna en el cantor. En 1933, sin embargo, ella lo había visto en una película. Le escribió a Buenos Aires en el preciso momento en que Gardel acababa de partir hacia su último destino. La carta, que quedó en casa del editor Max Glucksmann, donde Gardel recibía su correspondencia, decía así:*


S.PAULO, 24-11-1933
Carlos:
Nunca es tarde cuando uno se recuerda...
Antonio Delfino, un encantador viaje. 1923, París Hotel; Sarmiento y Florida, 1925... La Brasileirita, Ñatita... ¿se acuerda usted todavía de mí? No lo creo... Yo nunca lo he olvidado.
Mis felicitaciones por su éxito en Espérame. Sería muy amable en contestarme pronto. La que sigue siendo siempre su admiradora
ELSITA
P.S. Puede escribir para:
Rua Salvador Lema 14 Sao Paulo
Brasil. Senhorita Elsa Braga


Hace tiempo que los protagonistas no están pero el pedazo de papel celeste guarda todavía sus recuerdos...

La relación de Gardel con Mona Maris fue breve pero intensa. Compartieron cinco semanas den Nueva York en la filmación de Cuesta Abajo y simpatizaron mucho. Tenían planes para hacer otras películas juntos y cuando Gardel inició su gira por Latinoamérica, ella le mandó al barco un telegrama en un tono muy íntimo de complicidad. Pocos meses después, en el hotel Savoy de Londres, el maître, gran admirador de Carlitos, tuvo la tristeza de darle la noticia de su muerte. La profunda impresión la deprimió de tal manera que, según ella misma relata, pasó un mes casi sin comer. Cuando estuvo en Buenos Aires en 1971 para participar en la filmación de Camila, tuvo oportunidad de dar su opinión sobre Gardel en la revista Gente del 18 de febrero.

En el ABC de Madrid apareció en julio de 1935 una nota titulada: “Carlitos Gardel-hombre de amor”. Y más abajo:
Perlita Greco, novia del gran artista que acaba de morir trágicamente, recuerda sus amores con el rey del tango”.

También en Montevideo, en 1937, apareció una novia de Gardel. La cursilería de la nota plagada de lugares comunes como la anterior, eran características de un tipo muy particular de periodismo.
“ En cada puerto un amor... Sí... En cada puerto había un corazón que palpitaba fuertemente por el magistral intérprete de tango. Se hizo romance su vida. Y entonces... bien que podemos decir: en cada puerto un capítulo. Montevideo, como Buenos Aires, como América, como el mundo todo, tiene también el suyo... El capítulo nuestro se llama Magali de Herrera”. (Aquí el reportero pide mil perdones a Magali de Herrera por haber tenido que romper el pacto de silencio impuesto por ella). “Pero era necesario revelarlo –continúa-. Periodísticamente nos debemos a los lectores y si, sabiéndolo, guardamos el anonimato, no cumplimos con ellos. Por eso, si Montevideo también tenía la novia del cantor del tango, era un deber mostrarla al mundo”. Sigue luego una enumeración de los méritos artísticos de Magali de Herrera, quien se dedicaba al recitado de poesías en las horas que le dejaba libre su profesión de manicura. “Era como una princesita soñadora a la espera del bien amado que había partido sin fecha de regreso. Sus pensamientos, su sentir, todo estaba envuelto en una atmósfera poética y romántica. Ella también, como Isabelita del Valle en Buenos Aires, creía ser la única... Ese chalet de la Rambla en Punta Gorda, sería para vivir los dos...” etc., etc. (Interesa destacar el conocimiento que se tenía de Isabel Martínez del Valle en una publicación uruguaya de 1937).

Entre tanta grandilocuencia y amaneramiento, las notas hechas a Gardel suenan, en general, mucho más simples y sinceras. El 19 de abril de 1933, por ejemplo, el periodista Chaz de la Cruz le hace una entrevista donde recalca: “Éste es Carlitos Gardel. Eternamente joven, de mentalidad sana, sin complicaciones. Su existencia se desarrolla al margen del teatro. Dueño de un ‘stud’, le gustan los burros; no se echa atrás ante unos ojos negros –o no negros- o una partida de póker. Y del mismo modo que pone toda el alma cuando canta en un teatro, canta de todo corazón para los pibes del barrio que, en la vereda cordial, le dicen padrino y lo tutean como si fuera un pibe más... Y es que Gardel tiene corazón de niño.
“ -...¿Qué hubo con la viuda millonaria?
“ -¿qué viuda? –me responde Gardel, haciendo que no entiende, aunque entiende muy bien...
“ -Aquella millonaria que te mandaba al hotel gardenias frescas en floreros de oro.
“ -Dejate de macanas... Ésas son cosas que no deben contarse...”
De todos estos testimonios podemos sacar la conclusión de que Gardel, como muchos de los “hombres de Corrientes y Esmeralda”, que están solos y esperan, no llegó a enamorarse nunca en serio. El amor para él era sinónimo de diversión, comparable a una partida de póker o a una carrera como insinúa el periodista.
Quizá la que más cerca estuvo de la verdad fue aquella vedette española, Perlita Greco, que alardeaba de haber sido uno de los amores de su vida. Al enterarse de su muerta, le comentaba al periodista José Montero Alonso:
“ A veces he pensado que él no quiso de veras a ninguna mujer, que su única y verdadera pasión era su madre. Siempre hablaba de ella con cualquier motivo, contaba anécdotas y frases suyas que repetía con emoción. En realidad su madre era la mujer que llenaba su vida, la que colocaba por encima de todo. Sentía por ella verdadera veneración. El primer dinero en cantidad que ganó fue para regalarle una casa. En su recuerdo quedó una vez grabado un fandanguillo que una noche oímos juntos:
Cómo quieres que te quiera
Lo mismo a ti que a mi madre
Eso es pedirme la luna.
Mujeres tengo a millares
Y madre no hay más que una...

Carlos Gardel estaba de acuerdo con la copla. Y doña Berta era una auténtica madre de tango.


(Extraído de “ROMANCES DE TANGO”, capítulo IV. Ed. Norma, Bs.As., 2002)

Referencias:

(1) SALAS, HORACIO: El Tango. Ed. Planeta – Bs. As., 1997
(2) SCALABRINI ORTIZ, RAÚL: El hombre que está solo y espera. Manuel Gleizer – Bs. As., 1931
(3) SALAS, HORACIO
(4) LEGUISAMO, IRENEO: DE PUNTA A PUNTA – SESENTA AÑOS EN EL TURF - EMECÉ, BS. AS., 1984
(5) Idem.
(6) Idem.
(7) MADAME BILLY: La maîtresse de la maison. La table ronde, Paris, 1980.

* Nuestro agradecimiento al coleccionista Bruno Cespi, poseedor de esta carta.

Tomado del sitio: Centro de Estudios Gardelianos, Buenos Aires, Argentina http://www.quienesgardel.com.ar/trabajos.html

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