Sigue una serie de entrevistas que le hiciera la revista ANTENA a José María Aguilar en 1950, un año antes de su muerte tragica (lo atropelló un auto al salir de una sala de billar, el 21 de diciembre de 1951 a los 60 años de edad).

Aporte: Jorge Finkielman


YO ACOMPAÑÉ A CARLOS GARDEL
Por José María Aguilar

JOSE MARIA AGUILAR… 
UN HOMBRE QUE NOS EVOCA A GARDEL PROLONGA EN VIDA LOS RESPLANDORES DE LA TRAGEDIA DE MEDELLIN

Originalmente publicado en ANTENA durante 1950

Se nombra a José María Aguilar, y, casi sin pensarlo, como si estuvieran unidos nombres y recuerdos, se evoca a Carlitos Gardel.

Aguilar es el compañero, el amigo fraternal. También es la tragedia, por ser el sobreviviente.

Medellín es un lugar, una fecha, un día, un instante…

Un negro mojón iluminado por las llamaradas sangrientas del incendio.

De pronto se hace la noche. Se han extinguido las llamas.

Por el mundo se echan a rodar los nombres: Medellín…, Gardel…, Aguilar…

El destino hace cabriolas caprichosas. El destino es Dios. Omnipotente. Absoluto.

Hay quienes filosofan al cabo de la noticia: hay quienes se quejan. Hay quienes, anegados en llanto, cierran los puños con ira.

De entre las sombras -se han apagado las llamas y ha caído una noche tremenda de dolor y amargura- sale, efigie dolorosa pero viviente, el fantasma de un hombre.

Es Aguilar.

Es Aguilar, sí.

Es el sobreviviente.

Rescatado del fuego, de la muerte fulmínea, del martirio… No. Del martirio, no.

Ahora comienza el martirio.

Larga y terrible agonía que no desemboca en la muerte -que es el descanso y el fin de todo dolor-, sino que desemboca en la vida, donde los dolores se renuevan. Dolores del espíritu, unas veces: tenazas que no sueltan a su presa. Dolores de la carne castigada hasta más allá de todas las crueldades. Dolor, un día y otro día. Dolor en la recordación del pasado; dolor en la contemplación del porvenir.

Aguilar sobrevive al dolor, como ha sobrevivido a la tragedia.

Pero la tragedia y el dolor dejan sus huellas.

Y, pese a todo, el dolor ennoblece.

Por eso, desde atrás de la noche obscura de sus negros anteojos, y desde el ademán mutilado de las manos que fueron dueñas de todas las armonías, el alma del sobreviviente se ofrece en palabras emocionadas, sinceras, definitivamente nobles.

LA GUITARRA, ¡SEÑOR!

Allí está, muda, pudiendo estar vibrando armoniosa bajo la caricia de los dedos de tanto tiempo atrás amados de sus cuerdas.

Aguilar ve que la miramos. Que la miramos sin decir nada. Y se siente alcanzado por esa mirada.

Guitarra y guitarrista, son una misma cosa.

Y la voz grave de Aguilar nos dice, adivinando nuestros pensamientos:

-¡La guitarra, señor!...

Sí. Esa es las guitarra.

Esa es la guitarra que acompañaba a Gardel.

Esa es la guitarra que unía sus resonancias a la voz nunca extinguida.

Música y palabras iban juntas, buscando los corazones.

Sola, apoyada sobre los brazos de un sillón que la sostienen, tensas las cuerdas… ¡pero silenciosa!…

Aguilar camina lentamente. Se acerca. La contempla, acaso, como nosotros la contemplamos. Pero un mundo de sueños, de recuerdos, de evocaciones está pasando por sus ojos. Lo sabemos, aunque se oculten detrás de los negros anteojos.

¿QUE PODEMOS DECIR AHORA?

Y bien… ¿No hemos venido buscando respuestas a un puñado de preguntas?…

Pero ¿qué podremos preguntar?…

Aguilar se sienta. Busca encender un cigarrillo. Luego fuma despaciosamente.

En las paredes hay varias fotografías de Gardel.

Recuerdos, dedicatorias.

Y allí, como abandonada, como olvidada, ¡pero nunca tan dentro de la vida que sobrevivió a la tragedia!, la guitarra.

¿Qué podemos decir ahora?

Callamos, mientras la presencia intangible nos hunde en silenciosa meditación.

No hay nada que decir… Alguna vez, acaso muy pronto, Aguilar reunirá sus recuerdos, sus anécdotas, su visión fraterna del que se fue.

Nos dirá entonces muchas cosas que se ignoran. Nos contará él lo que nadie ha contado; porque nadie estuvo allí, a su lado, en los años aquellos en que Gardel culminaba y definía su estupenda personalidad; en los años en que conquistaba a los públicos más extraños y diversos; en los años en que se juntaban en su pecho las añoranzas de la patria -barrio, calle, rincón célula mínima en que todo se concreta' con las satisfacciones del triunfo sin limitaciones.

Y también, junto a él en la labor íntima.

En el ensayo.

En la creación.

En la selección del repertorio. Probando una y otra vez. Buscando en cada estrofa el sentido de la emoción capaz de sacudir a la multitud.

Y en el minuto fatal.

HASTA EL ULTIMO MOMENTO

-Estaba escrito que así tenía que suceder… Así tenía que ser…

-¿Fatalismo?…

-Hechos. Tantos años a su lado, ¿cómo no estar juntos aquel día?… Cuando, pasado el tiempo, recuperé el conocimiento, sólo pude hacer una pregunta: "¿Y Carlitos?…" No me dijeron la verdad. Me hubiera muerto… porque no hubiera tenido ni ganas ni fuerzas para luchar contra la muerte que me rondaba… Puedo decir que me escapé engañado… Creí que volveríamos él a cantar y yo a acompañarlo…

(La tarde ha comenzado a teñirse de violeta a través de las ventanas.)

-Después supe la verdad… Y a la vida me había tomado de nuevo entre sus brazos… ¿Qué hacer?… Vivir… Con una pena muy honda; demasiada pena para un hombre solo. Toda mi vida se había orientado hacia él. En el trabajo diario había llegado a comprender muchas cosas… Rasgos de su carácter, de su psicología; gestos de su bondad sin límites… Porque Carlitos era fundamentalmente bueno…

-¿Fundamentalmente bueno?

-Sí,,,; la bondad formaba parte de él mismo… Y de la bondad nacía su culto por la amistad; colocaba la amistad por sobre todas las cosas. Y era generoso, por bondad, por amistad… Porque así como se derrochaba en sentimientos, se derrochaba en bienes… Bienes materiales, que no le importaba poseer… No era eso lo que le atraía. No era eso por lo que trabajaba sin descanso, ascendiendo siempre…

-¿Había llegado a ser muy rico?…

-No… Había llegado a ganar mucho… Se lo cotizaba muy alto… Recuerdo, a propósito…

PARA CONTRATAR A GARDEL

-Fue después de su triunfo en Nueva York… Triunfo extraordinario… Triunfo tanto más grande, cuanto que en aquellos momentos surgía sobre el firmamento de la ciudad de los rascacielos un astro indiscutible: Bing Crosby…

Hay una pausa.

-Gardel había impuesto el tango, el tango-canción, el estilo… Un gran director americano pronosticaba para 1938 su consagración como gran figura de la pantalla… No solamente un cantor excepcional: cantor de un pueblo, de una manera, de un sentimiento. Actor también. Gran actor, de enorme fuerza dramática. Ya hablaremos de eso…

-Sí… ya pondremos en orden los recuerdos…

-Lo que quería contarles es otra cosa.. Después de aquellos éxitos, una broadcasting argentina, que ya no existe y que no vale la pena recordar, mandó preguntar: "¿Pedirá mucho Gardel por hacer una temporada?… ¿Tiene muchas pretensiones?"

"OFREZCANLE LA BROADCASTING…"

-La forma en que estaba hecho el sondeo resultaba poco simpática. Y precisamente fue a mí a quien sondearon… Yo respondí:

"-Señores… Carlitos ha cantado hasta por 50 centavos la entrada… Ha cantado por menos… Por 30 centavos… En la Boca… En el Kalisay. Pudieron haberlo contratado muy barato…

"-Bueno… pero, ¿y ahora?…

"-Ahora está ganando 4.000 pesos diarios…

"-Y nosotros, ¿qué podríamos ofrecerle para tenerlo en exclusividad?

" -Y… ofrézcanle la broadcasting… A lo mejor la acepta."

Aguilar sonríe y comenta:

-Claro… Carlitos no les hubiera contestado así. Era demasiado bueno… Perdonaba todo, hasta los olvidos… Y esto, sin dejar de ser muy hombre, muy entero, muy varón y categórico y definitivo.

-Algo oímos de un director que lo consideraba un futuro gran actor dramático…

-Es verdad… Después de su primera película en Francia, y durante su actuación en Nueva York, comentamos su trabajo de intérprete… Carlitos nunca había representado, ni en el teatro ni en el set… El era cantor y nada más… Así se sentía, y así lo decía el mismo…

-Pero en la película fue un verdadero actor…

-Claro que lo fue… Es que él mismo parecía no darse cuenta de que cuando cantaba estaba interpretando… Estaba viviendo pasiones, emociones… Que cada palabra que salía de sus labios iba acompañada de un gesto, lleno de expresión y humanidad… Por eso era extraordinario su éxito y el alcance de la emoción que transmitía…

-¿Qué dijo el director?…

-Lo vio en una exhibición de aquella película… Lo vio luego en el escenario… Y nos aseguró categóricamente: "No tengan la menor duda… Para 1938, a más tardar, Carlitos Gardel será considerado un astro de la canción y de la interpretación dramática. Superará todo lo que conocemos".

Era un tiempo en que algunos actores latinos triunfaban en Hollywood. Y Hollywood se preparaba para abrirle sus puertas de par en par y llevarlo por todo el mundo.

Y TAMBIEN BING CROSBY

Naturalmente, un recuerdo trae otro. Y el recuerdo que asoma es el de un comentario de Bing Crosby.

-¿Conocía a Gardel?…

-Lo había escuchado…

-¿Lo impresionó?

-Gradel impresionaba siempre… Podía o no entenderse el tango, su sentido, la manera personal y única de Gardel… Pero cualquiera que fuera la nacionalidad del público, se emocionaba… Además, cuando se canta así, se universalizan las emociones y los sentimientos…. Dejan de ser argentinos (sin dejar de serlo) para ser humanos… Y eso explica el comentario de Bing Crosby…

-¿Cuales fueron sus palabras?…

-Nos dijo, según mis recuerdos: "Lo único que yo ambicionaría sería cantar para Nueva York como Gardel canta para Buenos Aires".

-Juicio definitivo…

-Es claro… La suprema ambición de todo intérprete de canciones populares consiste en alcanzar esa perfección que había alcanzado Gardel cantando lo suyo, lo de su pueblo, lo que le era propio... Era el camino que aspiraba a seguir Bing Corsby… Y no titubeaba en decirlo… También él tenía la sencillez de su grandeza…

EL MONUMENTO A CARLOS GARDEL

Hacemos una pausa, abriendo un paréntesis en esta charla que hemos de continuar más adelante…

Ahora queremos hablar del monumento a Gardel.

La idea surge del propio Aguilar.

Recordamos que hace unos días se ha cumplido el décimo quinto aniversario de la muerte de Gardel y que en esa fecha, por primera vez desde la tragedia de Medellín, Aguilar accedió a salir de su casa para ir hasta la tumba de Carlitos.

-Allí, junto a esa tumba, he hablado por primera vez de esta idea que desde hace tiempo me apasiona… La ciudad le debe a Gardel un monumento… Un monumento que debe nacer del pueblo que tanto lo recuerda, que tanto lo quiere, que tan alto lo ha colocado en su devoción y en su memoria…

-¿Hay algo concreto o proyectado al respecto?…

-Voy viendo amigos… Pidiendo el apoyo espiritual de su adhesión y la ayuda física de su colaboración en el trabajo… Así he visto a hombres como don Santiago Roca, o don Ricardo Vacarezza… Y muchos otros… No interesa la profesión… Interesa simplemente que quieran ayudar en el trabajo… Que comprendan que éste debe ser un esfuerzo en el cual participaremos muchos, tomando trabajo y responsabilidades con absoluto espíritu de sacrificio y desinterés…

-¿Piensa que será difícil la tarea?…

-Pienso que el pueblo responderá unánimamente… Que no habrá vacilaciones… Pero hay que encauzar esa inmensa masa de voluntades: encauzarlas y darle formas de realidad…

-Seguiremos hablando…

-Seguiremos, sí… Porque Gardel es algo más que un tema. Es una pasión popular.


EL MONUMENTO A GARDEL SERA LA EXPRESION DE LA VENERACION DEL PUEBLO A SU CANTOR

JOSE MARIA AGUILAR TRABAJA AL PAR EN SUS MEMORIAS Y EN LA ORGANIZACION DE ESTE GRAN HOMENAJE POPULAR

El pueblo quiere a sus poetas, a sus cantores, a sus músicos…A todos aquellos que, de un modo u otro, hablan a su corazón,conmueven sus sentimientos, intrepretan su vida…

Cuando José María Aguilar -el compañero inseparable de los últimos años de Gardel- nos habla del monumento que ya le han levantado en sus sueños de amigo y que propicia con todo el derecho que le da la posición que ocupara al lado del hombre, cuya voz sigue emocionando a millones de seres, transfigura.

Parece que, levantando el rostro hacia una altura imaginaria, en una esquina, en una plaza, viera la figura de Gardel, tal como era en vida; así como en Chiclana nos sale al paso, con la pesadumbre de sus tristezas bohemias, la figura de ese otro dueño del corazón popular: Florencio Sánchez.

EL MONUMENTO A GARDEL

¿Cómo ha de ser el monumento a Gardel?… Cuando una iniciativa como ésta florece en el corazón y en la mente de quien se siente obligado a perpetuar en bronce o mármol la efigie de un amigo, que a la vez lo fue, con intimidad nacida de su penetración emocional, de todo un pueblo, no hay quien permanezca indiferente. Y no hay quien no crea necesario sugerir algo.

El monumento a Gardel tendrá millares de colaboradores espontáneos en este sentido. Y no hay que ver en ello un peligro para la idea original.Por el contrario, será una demostración más de cómo el pueblo quiere a quiénes, como Gardel, saben ganar un sitio en su corazón.

Unos propondrán que se le vea de pie: otros, querrán simbolizar la tragedia, y otros desearán que esté en actitud de cantar, pulsando la guitarra. El número de proyectos será interminable. Pero habrá uno sólo para realizar. Ese, cualaquiera que sea, no será otro que el que resuma lo fundamental de la idea: será, simplemente, el monumento a Gardel.

LO QUE NOS DICE AGUILAR

-Ya saben useteds que desde que ocurrió la tremenda desgracia he permanecido alejado de las demostraciones que períodicamente se hacían a la memoria de Carlitos. Y es cierto, como se ha destacado, que recién hace un mes, al cumplirse el decimoquinto aniversario de la tragedia de Medellín, donde me cupo el triste privilegio de sobrevivir en medio de un dolor que el tiempo no ha mitigado, me atreví a ir al cementerio. No lo había hecho… porque no me sentía con fuerzas para aproximarme a la tumba del amigo, del compañero… Del hombre que fue, para todos los que trabajábamos con él, algo más que un jefe… Porque deben saber que Gardel era como el comandante de ese grupo de argentinos que, llevando nuestras canciones, dábamos la vuelta al mundo… Nadie ha olvidado que Gardel llevó el tango tanto a París como a Nueva York, y que en todas partes supo imponerlo, acaso porque el tango es una exteriorización de pueblo, y los pueblos siempre se entienden los unos a los otros…

-¿Y cómo surgió en usted la idea de patrocinar este monumento?…

-Son mcuhos los motivos que me han impulsado a exponer esta idea a un grupo de amigos, primero, solicitando su colaboración. Recuerdo que alguien me sugirió que debía formarse una comisión de artistas de los más populares, porque ellos, indudablemente, atraerían fécilmente la adhesión popular. Yo contesté -sin valorar a nadie en menos, pero sí creyendo decir una verdad- que esto no era necesario… Algunos artistas se han encargado de decírmelo ellos mismos… ¿Qué nombre puede ser necesario para atraer al pueblo a colaborar en una inciativa si ya está por delante el nombre de Gardel?… Ese nombre levanta multitudes… Y nadie se atrevería a suponer que para obtener el apoyo del pueblo haya necesidad de otro nombre que ese: Carlos Gardel.

-Cierto… Es así… Sin embargo, habrá que dar forma a la organización del homenaje.

COMISIONES A FORMARSE

-En eso hemos pensado con los amigos, con quienes he conversado y continúo manteniendo conversaciones… En principio creemos que habrá necesidad de dos comisiones. Una comisión honoraria, que de las necesarias garantías de responsabilidad a todo lo que se haga, y, naturalmente, una personalidad, también responsible, que entienda en el manejo financiero. Aparte de esta comisión habrá otra, de carácter ejecutivo. Una comisión ágil, que asuma la parte directa del trabajo, que lo cumpla con eficacia y sin pérdidas de tiempo.

Estas dos comisiones deberán trabajar en perfecta armonía, compenetradas la una de la otra. Quienes supongan que la contribución popular ha de afluir de inmediato y que no será necesaria forma alguna de propaganda, más que la simple difusión de la idea, tendrán razón. Pero está en nuestros propósitos lograr que en este monumento se encuentre presente la voluntad y el afecto de todo el país. Es decir, que no sólo contribuya el pueblo de Buenos Aires. Que contribuyan también las provincias y territorios. De todas partes, desde el más lejano pueblo patagónico al más distante villorrio norteño, debe llegar esa contribución. El monumento será de este modo una obra colectiva; un esfuerzo de todos. Y tendrá, por lo tanto, mayor significación; puesto que representará, sin lugar a dudas, el sentimiento de una población que quiere testimoniar a un artista como lo fue Gardel, su admiración, perpetuando su memoria.

"YO NO PUEDO EQUIVOCARME"

Es tanto el entusiasmo, más que entusiasmo, pasión, que pone Aguilar en sus palabras, henchidas de fe en la respuesta que el pueblo dará, llegado el momento, a este llamado para levantar el monumento a Gardel, que le escuchamos en silencio, respetando su firmeza.

-Yo no puedo equivocarme -nos dice luego de una pausa- en cuanto a la forma en que el pueblo concurrirá para hacer efectivo esto que ha sido un sueño largamente acariciado y meditado…

Y viendo que le escuchamos esperando palabras, nos dice:

-Suelo salir a la calle… Yo no soy nadie… Un guitarrista, un amigo de Carlitos… Pero tuve, como les dijera hace un rato, el triste privilegio de estar allí, en Medellín… De salvar la vida de entre las llamas que consumieron a nuestro querido Carlitos. Y me encuentro a cada paso con ojos que me observan, que me reconocen… Oigo que a mi espalda, dicen mi nombre… Y, en muchos casos, he llegado hasta las lágrimas cuando alguien -que no olvida a Carlitos- me estrecha entre sus brazos, quebrándosele la voz en un sollozo… Yo sé que no es a mí a quien abrazan los que así lo hacen. Yo sé que no es por mí por quien se estremece llorosa la muchacha que no me conoce… Yo sé que todo eso es por Carlitos… Yo soy una sombra… una evocación, acaso, del que se nos fue tan trágicamente, como maravillosamente había vivido. Por eso, digo que no puedo equivocarme con respecto a la adhesión que el pueblo dispensará a la idea de levantar un monumento que sea digno de él y que además de formas dignas y permanentes a esa inmensa flor de afecto con que se rodea su nombre en todo momento…

LOS GRANDES AMIGOS DE GARDEL

-Hay un puñado de amigos, de grandes amigos de Gardel… Amigos respetuosos de su memoria… Amigos que lo estimaron en vida, lo lloran en su muerte, lo recuerdan siempre… Esos amigos también tendrán parte en esta iniciativa… Es natural que así sea. Ellos, mejor que nadie, podrán decir la palabra oportuna, dar el asesoramiento adecuado. Habrá que elegir asimismo un artista de estrecho contacto con el pueblo. Que comprenda al pueblo y que comprenda esta pasión popular por alguien que no fue más que un cantor… Y digo "no fue más que un cantor", pudiendo decir; y fue todo eso… "¡un cantor!" Porque la significación de estas palabras está al alcance de cualquier comprensión. Cantores y poetas tienen muchos nombres, conservan su recuerdo, porque ellos han alcanzado un don extraordinario; el más difícil de conquistar: el don de decir por ellos lo que ellos sueñan, sienten, añoran o desean…

Aguilar no oculta la vehemencia que insensiblemente va poniendo en sus palabras. Comprende que le escuchamos, siguiendo paso a paso sus palabras, y se detiene.

-Me dejo llevar por estas cosas… por estos sentimientos. Pero es que no puedo hablar de Carlitos de otra manera. No podría hablar en un tono frío, indiferente. Ustedes comprenden…

Y, efectivamente, comprendemos.

LOS QUE NO LO CONOCIERON

-Hay también -nos dice luego Aguilar-, millares de jóvenes que no conocieron a Gardel. Es fácil comprenderlo. Eran niños cuando ocurrió la terrible desgracia. Ahora son hombres, han crecido oyendo hablar de Gardel, han sabido sus anécdotas, de sus hechos más diversos. Y, luego, lo han escuchado… Lo escucharon gracias a la técnica, que salvó su voz, perpetuando sus canciones. Y se ha dado el caso de que sean fieles y devotos defensores de su nombre, entusiastas y admiradores de su manera de cantar. Hablan de Gardel como de algo que les perteneciera. Alguien a quien hubieran conocido y tratado íntimamente. Saben todo lo que es posible saber de su vida, tienen sus discos, y no solamente los tienen, sino que son sus favoritos, por encima de cualquier otra preferencia. Esta generación de admiradores, también tendrá su participación en nuestro homenaje. Y no será -estoy seguro de ello- la menos entusiasta, ni la menos generosa.

A todo esto no hemos hablado aun de sus memorias, de sus recuerdos. Porque, como anunciáramos, Aguilar está poniendo en orden los mil y un episodios de su vida junto a Gardel, que habrá de confiarnos para que los lectores de ANTENA sean los primeros en conocerlos. Pero esto, naturalmente, es tema mucho más amplio, más extenso. Y hemos de comenzar con él desde nuestra próxima edición.


YO ACOMPAÑE A CARLOS GARDEL

 Por José María Aguilar

El guitarrista que compartió la vida luminosa del cantor, hasta el minuto de la tragedia 

COMO LLEGO A BUENOS AIRES “EL INDIO AGUILAR” TRAIDO DE LOS MONTES ORIENTALES POR UN AMIGO

   José María Aguilar es el único sobreviviente de la tremenda tragedia de Medellín. Pudo escapar del avión envuelto en fuego cuando las llamas habían hecho presa de carne: Salvó providencialmente. Diecisiete años atrás se había unido a Carlos Gardel y desde entonces anduvo con él por todas partes, compartiendo luchas y triunfos.

   Pocos hay, acaso nadie, que pueda narrar la vida del inolvidable jilguero criollo con mayor sinceridad y exactitud. Ahora escribe sus memorias y ANTENA tiene el privilegio de la primicia, comenzando en este número una serie de capítulos de apasionante interés, en los que menudean anécdotas desconocidas aun para el público.

    Debía estas páginas a la memoria de Carlos Gardel, en cuya vida artística y en cuya amistad fraternal -fruto de un corazón generoso- ocupé un lugar que evoco constantemente, resistiéndome aun, a pesar de los años transcurridos, a aceptar como cierta la infinita desgracia que tanto nos conmoviera.

   Haciendo el balance de mi vida, en este crepúsculo que me anuncia la noche, llego a la conclusión de que hay un puñado grande de días y más días transcurridos al lado de aquel muchacho admirable; porque muchachos éramos -con el corazón en primavera- cuando nos reunió la vida; y a su lado seguí, acompañando su voz con mi guitarra, hasta el instante mismo en que el fuego nos abrazó en sus llamas, en injusto holocausto rendido a la fatalidad.

   Percibo también que en el transcurso de los años que llevo vividos, son aquellos -los que pasé a su lado- los más ricos en hechos y alternativas, que pueden interesar a alguien que no sea yo mismo. Porque yo no me engaño: he de habla de mí, naturalmente, en estas páginas, porque es preciso saber quién era yo, de dónde venía y cómo llegué al lado de Gardel. Pero lo cierto es que yo he muerto un poco: he desaparecido, en cierto modo, también allí, entre las llamas, el día aciago de Medellín. Y comenzando a ser, simultáneamente, este otro personaje, entristecido hasta la médula de los huesos, aunque siga mirando de frente a la vida. He comenzado a ser, para todos y en todas partes “el guitarrista de Gardel”, es decir, alguien que -guitarra en mano- acompañaba su voz, del mismo modo que acompañaba su vida por los derroteros del mundo, de ciudad en ciudad, de escenario en escenario, compartiendo ilusiones, esperanzas y alegrías. Porque fueron aquellos años los más intensos y admirables de su existencia artística.

   Triste privilegio el mío es éste de recordar. Pero crea el lector que es mi único consuelo; y que no de otro modo que de consuelo han de servirme estas páginas, dedicadas a todos cuanto quisieron y admiraron a Gardel. Es decir, a todo un pueblo; a ese pueblo grande del Río de la Plata, en ambas orillas y más allá de sus márgenes. Porque no hemos de ser tan egoístas como para reservarnos para nosotros la emoción de sentirle nuestro, pues también otros pueblos se emocionaron con él, abriendo su camino a la gloria.

   Y permítame el lector… Dejo aquí de templar, y vamos… 
 

CAPITULO 1

QUIEN SOY Y DE DONDE VENGO

   -Y usted ¿quién es?…

   En el campo suele hacerse esta pregunta. Que no ofende ni molesta a nadie.

   Es natural que se quiera saber, cuando alguien toma la palabra, en una reunión, quién es y de dónde viene.

   Sólo se enojan los que no pueden decirlo.

   Y ése no es mi caso.

   Hecha la pregunta, yo contestaría:

   -Me llamo José María Aguilar y soy de Montevideo, donde nací allá por el 1891… El 7 de mayo de ese año, para ser más exacto…

   -¿Hijo de don Francisco?…

   -Efectivamente. Hijo de don Francisco Aguilar, , muy criollo mi padre, y de doña Cecilia Porras Soca. Y si quieren saber si tuve estudios, les diré: teniendo seis años -flor de criatura- ingresé con mi hermano, llamado Francisco como mi padre, en el “Instituto Verdi”, de Montevideo, patrocinados ambos por el entonces excelentísimo señor Presidente de la República, don Máximo Tajes.

  

CON LA GUITARRA EN LA MANO

   Después de algunos años de estudio en el “Instituto Verdi”, nuestro padre vino a buscarnos y nos llevó con él. En ese tiempo yo había aprendido a tocar la guitarra. Algo más aprendí después con mi padre, y así fue cómo, casi sin darme cuenta, me encontré haciendo vida de artista… Yendo de pueblo en pueblo, tocando y cantando.

   Esto fue algo así como nacer con la guitarra en las manos.

   ¿Si me gustaba aquella vida?… Cuando se tiene devoción por la música, se quiere el instrumento elegido y además éste no ha sido elegido por casualidad o por capricho, todo lo que se le de es poco.

   Era mi destino, o la voluntad de Dios, que tomara ese rumbo. Y no estuve nunca descontento.

  

PAYANDO CON GABINO EZEIZA

   Tocando la guitarra y cantando anduve, pues, por los pagos orientales. 

  Eran los años de Gabino Ezeiza, de Casaux, de Lavalleja, Peña, Vázquez y muchos otros…

   En el Paso del Molino nos reuníamos a celebrar veladas criollas, como se usaba entonces… Allí estábamos, entre aquellos maestros de la payada y el contrapunto, los dos chicos Aguilar. Recuerdo que Gabino me había hecho unos versos para que yo los cantara… Decían así, más o menos:

“Atención pido, señores
si me quieren escuchar.
Estoy dispuesto a cantar
la escala de un payador.
Y principiante cantor
que he llegado a conocer
el paso voy a ceder
a quien merece la palma.
Estando herido en el alma,
yo debo condescender”.

 

  También mi padre solía componerme algunos versos para que yo los cantara. De entre ellos hubo uno que decía así:

  “Sé que me falta cultura,
pero Gabino me advierte
que debo mostrarme fuerte
aun cuando soy criatura.
No tengo literatura
y conozco que al cantar
muchos me podrán tachar
el metro y el consonante…
Señores, soy principiante,
yo no sé versificar.”
 

  Aquellas veladas se prolongaban por horas. A menudo se hacía la una de la madrugada, cuando emprendíamos el regreso a casa con mi padre. Al llegar oía a mi madre: 

  -Pero, Francisco… ¿Cómo vuelves recién con esta criatura?… No ves que no es ahora de que ande un chico cantando por ahí?… 

  -¿Qué le voy a hacer?… A él también le gusta… 

  Y era verdad que me gustaba aquello. 

  Y así seguimos, hasta que un buen día salimos a recorrer el país. Los dos hermanos, con nuestro padre. Después mi hermano se casó y seguimos solos, hasta que finalmente él también me abandonó… No por su gusto… Murió. 

 

PASANDO LAS MIL Y UNA 

  No tenía coas que hacer en la vida que tocar la guitarra y cantar. Seguí, pues, adelante; fui por Artigas, llegué hasta el Brasil… Sin experiencia, muy jovencito, es natural que pasara las mil y una. 

  En Artigas me puse en relación con mi padrino, el mayor José María Castro, que había sido designado comisario del lugar… El me dio una mano… Pero al cabo de unos meses yo andaba por Río Grande, tocando y cantando. Más adelante volví para Montevideo y regresé a casa de mi madre; había salido criatura y volvía mocito. 

  Estuve quieto un tiempo; pero ya acostumbrado a aquella vida andariega, no pude contenerme mucho tiempo, y un día salí nuevamente a recorrer el país con mi guitarra. 

  Fue por ese tiempo que, en mis andanzas encontré a alguien que habría de ser uno de mis más grandes amigos: a Valentín Echenique; lo encontré en Mercedes. Me escuchó tocar y me instó para que me fuera con él. 

  Echenique era hacendado; tenía una estancia a unas leguas de Mercedes, donde nos habíamos encontrado en un asado. 

  Acepté su ofrecimiento y me fui con él. Pensé que sería por algunas semanas… Pero me quedé a su lado. Pasaron ocho años… 

  -¿Que hice durante tanto tiempo? 

  Muchas cosas. 

  En primer lugar aprendí los trabajos del campo. Aprendí a enlazar, a domar. Terminé de hacerme hombre. Y empecé a mirar la vida con otros ojos… 

 

MI LLEGADA A BUENOS AIRES 

  Un buen día, en una fiesta que se celebraba en Dolores, me encontré con un afamado guitarrista -y para mí, la mejor guitarra del mundo en su estilo-, don Mario Pardo. 

  Cuando me oyó acompañar, me invitó para venir a Buenos Aires. 

  -Allá -me dijo- hay muchas oportunidades… Y con un poco de suerte te podés labrar un porvenir… 

  Yo estaba en dudas. 

  Además me apenaba mucho la idea de separarme de mi amigo Echenique, que tan buen amigo había sido. Pero tampoco iba a quedarme para toda la vida en la estancia. 

  Pardo, por su parte, me insistía: 

  -Yo me voy para Buenos Aires… Venite conmigo y no te vas a arrepentir… 

  Terminé por acceder. Y en 1916 llegaba a Buenos Aires. 

 

MI PRESENTACION EN BUENOS AIRES 

  Al día siguiente de estar en Buenos Aires, nos alojábamos, con Pardo, en una finca de la calle Alsina al 2400; me dijo un amigo: 

  -Indio… Esta noche van a venir a escucharte unos señores… 

  A todo esto, Mario Pardo me había pintado a los amigos que iban a concurrir esa noche, como un indio de verdad, con “pelo en la espalda y púa en el talón”. Y les había dicho: 

  -Es un indio, pero, acompañando con guitarra, es lo más grande que he conocido… 

  Eran las 10 y 30 de esa noche, cuando entró Pardo en mi habitación a buscarme, diciéndome: 

  -Ya están aquí; vamos a ver cómo te portás… 

  Y asomándome a la sala, dijo desde la puerta.

  -Aquí viene el indio… 

  Pardo se hizo a un lado y yo quedé de pie en la puerta. 

  -Buenas noches, señores… -dije, y nadie me respondió. Un gran silencio acogió mis palabras. Todas las miradas estaban fijas en mí. Y luego, una carcajada general. 

  La impresión que me produjo aquello fue… medio desfavorable. 

  Lo que ocurría es que yo estaba vestido de “smoking”, con camisa dura, zapato de baile y peinado con gomina… 

  Ese era el indio… 

  Entre los visitantes estaba uno que, volviéndose a Pardo le dijo: 

  -¿Este es el indio?… No, Mario… Este es un “gentlemen”. 

  Aquel visitante era don Domingo H. Roca, a quien vi entonces por primera vez. 

  Estaban presentes, además –entre los que recuerdo por sus nombres-, Mariano Villar Sáenz Peña, Rufino Luro, Rocha Blaquier, Vicente Madero y algunos más. 

  Pardo me dijo: 

  -Sacá la guitarra y vamos a tocar algo. 

  Tocamos algunos tangos, y las felicitaciones -lo digo porque así fueron las cosas- resultaron unánime, especialmente para el indio. 

  Es que Pardo les había hecho creer en serio que yo era indio. 

  -Lo encontré por allá, por Dolores, en unos montes… Tuve un trabajo bárbaro para arrancarlo de la selva…


  La reunión duró muchas horas. Hasta la madrugada. Se cantó, se tocó, prometiendo Pardo que haríamos otras tenidas “con el indio Aguilar”.

PROFESOR EN HOGARES PORTEÑOS 

  Aquellas relaciones me abrieron un nuevo camino, y las puertas de muchos hogares porteños, comenzando a dar lecciones de guitarra. 

  Fueron alumnas mías, por aquellos años, y excelentes alumnas por su afición a la guitarra, las señoritas Mercedes e Isabel Elortondo Anchorena,, las de Steigman, Urquiza Frías, Susana y Cora Frers, la marquesa de Salamanca, Lynch de Grondona, Susana Rodríguez Larreta y Dora Alvear, Perla Quintana de Sánchez Elía, las señoritas de Vivot, de Salas Anchorena, los señores Nicolás Achával, Rocha Blaquier, Alfredo Méndez (hoy juez de sentencia en la Capital Federal), Fernando y Rosita Carabassa del Carril… No puedo recordar todos los nombres; pero calculo que en aquellos años fueron no menos de 70 entre alumnas y alumnos. 

 

NUESTRO DEBUT EN EL EMPIRE 

  Por aquel tiempo también comenzamos a actuar y hacer teatro con Mario Pardo. Recuerdo que debutamos en el Empire, que entonces era una sala de categoría, ubicada en la esquina de las calles Corrientes y Maipú. A causa de nuestras relaciones con tantas familias, en las cuales teníamos entrada por ser profesores de guitarra, el público que concurría era muy numeroso; muchos de nuestros alumnos y alumnas iban a las funciones a escucharnos. 

  Algún tiempo después, ya con algún cartel, adquirido en esta actuación, y con más experiencia, resolví formar un cuarteto que fue el primer Cuarteto Nacional de Mujeres; naturalmente, nos separamos con Pardo, que no tomaba parte en esta inciativa. 

  Aquel cuarteto no duró mucho tiempo; se desvincularon de él dos de sus integrantes, las señoritas Quiroga del Carril, y entonces formé un nuevo conjunto con Nunzziatta, Monsalve e Iriarte. 

  Una noche en que actuábamos en el Porteño, alguien vino a decirnos: -Atención muchachos… ¿Saben quién está en la sala?… 

  No nos podíamos imaginar quién sería. La sala estaba llena… Y el informante agregó:

  Está Carlos Gardel, que ha venido a escucharlos… 

  Si más no recuerdo, era el nuestro el primer cuarteto masculino que se presentaba en el escenario vistiendo “smoking”.
 

ESCUCHANDONOS MUTUAMENTE

  Como he anotado antes, nosotros trabajamos en el Porteño, a donde venía Gardel a escucharnos. Nosotros por nuestra parte, ibamos a escuchar el dúo Gardel-Razzano, que entonces actuaba en el teatro Esmeralda, hoy teatro Maipú. 

  No era aquella la primera vez que yo oía a Gardel. 

  Ya había tenido oportunidad de escucharlo en el Pigall de Montevideo, allá por el año 1917, a donde lo había llevado contratado el empresario Barquitta. 

  Sin embargo, según he de contar después, no fue hasta 1920 que nos conocimos personalmente. Pero debo seguir el orden de mis recuerdos. 

  Después de escucharnos, Gardel incorporó a su número a dos guitaristas: Guillermo Barbieri y José Ricardo (El Negro). Como he dicho, yo iba a menudo a escucharlo cantar. 

  Entretanto, en nuestro cuarteto también hubo novedades. Después de unas cuantas temporadas en distintas salas, “El Chilenito” se separó y se fue rumbo a su patria. Nunziatta, por su parte, enfermó; dejó de actuar y no volvimos a vernos. La vida tiene estas cosas. 

  Une a unos, separa a otros. 

  Yo, deshecho el cuarteto, formé otros números; y por aquel tiempo acompañé al dúo Vega-Díaz -que grababan para la casa Victor-, siendo aquel el primer dúo nacional llevado al disco. 

  A raíz de mi trabajo con Vega-Díaz. la casa Victor resolvió contratarme para que ejecutara solos de guitarra. 

  Estaba, por decirlo así, en el comienzo de mi carrera. Este era el primer capítulo de mi vida; vida de andanzas por las tierras orientales…; vida de tocar y cantar de pueblo en pueblo… 

  Ahora la ciudad me envolvía llena de promesas, como me lo había anticipado Mario Pardo cuando fue a sacarme de Dolores…, acaso no de la selva, como dijera él, pero sí de la tierra a la que estaba adherido con alma y vida. 

  ¿Qué habría de ser de mí en Buenos Aires?… La urbe porteña crecía ya entonces desmesuradamente. 

  Sus calles se iluminaban en las noches con resplandores de tentación. 

  Y yo estaba en medio de todo eso soñando, queriendo, ambicionando ser alguien y llegar a alguna parte. 

  Tenía un camino por deltante… Había que recorrerlo… 

(Continuará) 

EN EL PROXIMO NUMERO

JOSE MARIA AGUILAR

REFIERE COMO COMENZO A ACOMPAÑAR A GARDEL CON SU GUITARRA


YO ACOMPAÑE A CARLOS GARDEL

 Por José María Aguilar

El guitarrista que compartió la vida luminosa del cantor, hasta el minuto de la tragedia 

MI PRIMER ENCUENTRO CON GARDEL Y NUESTRO PRIMER ENSAYO EN LA CASITA DE JEAN JAURES

  Ofrecemos hoy a nuestros lectores el segundo capítulo de las memorias escritas por José María Aguilar, en las que relata, paso a paso, los pormenores de su primer encuentro con Carlos Gardel, cuando en septiembre de 1928 se incorpora al conjunto del inolvidable cantor, para acompañarlo en sus interpretaciones. 

 

CAPITULO II

LA PRIMERA AUDICION POR RADIO

  Después de haber estado grabando solos de guitarra para la Victor, un buen día me plegué al dúo Feria-Italo, que venía de Montevideo. 

  Debutamos en el teatro Nacional, con don Pascual Carcavallo. Y en una breve actuación me sentí cada vez más confiado en mí mismo, aunque en realidad, esto no era otra cosa que fruto de la experiencia que iba adquiriendo. 

  No pasó mucho tiempo para que volviera a quedar solo. Aquellos buenos amigos se separaron después de su actuación en el Nacional. 

  ¿Qué camino tomar?… Era necesario, simplemente, esperar que se presentara otra oportunidad. 

  Así ocurría entonces, con suma frecuencia, con los artistas. 

  Y la oportunidad no tardó en presentarse. 

  Un día se me acercó un señor tendiéndome la mano y dándome su nombre: 

  -Debo hablar con usted… Soy Enrique Del Ponte… 

  -Estoy a sus órdenes, señor… ¿De qué se trata? 

  -De lo siguiente, señor Aguilar… ¿Estaría dispuesto a actuar por radio?… 

  Para mí, aquello era algo nuevo. Un montón de pensamientos pasaron en un instante por mi cabeza. Pero se trataba de una oportunidad, indudablemente… No tenía idea de cómo sería aquello, pero respondí: 

  -Cómo no… No tengo inconveniente… 

  Dejamos convenidos algunos detalles y, en definitiva, fui contratado para tocar en una transmisión que se hacía desde el Plaza Hotel, y que tengo la impresión que era la primera emisora que salía al éter. 

  ¿Recuerdos de mi debut en radio?… 

  Cuando miro hacia el pasado, no puedo menos que sonreír… 

 

TRES VECES “IL TROVATTORE” 

  Debuté tocando “Il Trovattore”. ¿Por qué?… Porque se trataba de una audición de categoría que debía tener el carácter de un concierto. 

  Empecé, pues, con “Il Trovattore”, y al finalizar, comenzó a sonar el teléfono. 

  Pedían que se repitiera el número. El señor del Ponte me indicó que debía hacerlo, y yo accedí. Repetí “Il Trovattore”. 

  Al finalizar, por segunda vez se abrió la puerta de la sala desde donde transmitíamos y un caballero, que no recuerdo por su nombre, se acercó a del Ponte y a otras personas que estaban presentes, manifestándoles con gran entusiasmo que debía bisar el número… 

  -Estamos aquí, escuchando con unos amigos. Nos darán una gran satisfacción si hacen que el señor Aguilar vuelva a tocar… 

  ¿Qué se podía hacer? 

  En la actualidad bisar un número por radio es algo increíble. Pero en aquel tiempo las cosas eran de otro modo. Recién comenzaban. 

  Toqué por tercera vez “Il Trovattore”. 

  A continuación ejecuté “Recuerdos de la Alhambra”, de Tárrega y “Manuscrito árabe”, de don Manuel de Falla… 

  Apenas hubo terminado la audición, me llamaron para pagarme. 

  -Aguilar… ¿Cómo quiere cobrar?… ¿En liras o en moneda nacional?… 

  -Como ustedes deseen… Para mí es lo mismo. 

  No recuerdo bien, pero me parece que fue cosa de 120 pesos lo que me pagaron. Y, naturalmente, en moneda nacional. 

OSVALDO VALLE, SPEAKER 

  Después de unas cuantas audiciones en el Plaza Hotel, terminé mi compromiso y fui a acompañar al dúo Pelaia-Italo. 

  Debutamos en la emisora. L.O.Y., actual Radio Belgrano. 

  Los señores dueños de la emisora, en ese entonces, eran los señores Barros y Blanco. 

  Tengo un recuerdo imborrable de nuestra audición inicial. 

  Actuaba de speaker, anunciando las audiciones, el señor Pablo Osvaldo Valle. 

  El tiempo habría de hacer que nos volviéramos a encontrarnos muchísimas veces en las más diversas alternativas. 

  También tuve oportunidad durante esas audiciones en la que después fuera Radio Belgrano, de conocer a uno de los dúos más famosos del Río de la Plata. Me refiero al que integraban Magaldi y Noda. 

  Nos hicimos amigos entonces; fuimos compañeros de trabajo y seguí su trayectoria con admiración y simpatía. 

  De L.O.Y. fui a tocar a Radio Nacional, que estaba instalada en la calle Estados Unidos: allí conocí a un periodista y escritor, de la redacción de ANTENA, que se encontraba instalada en la calle Bartolomé Mitre. Creo que fue el primer periodista que se ocupó de mi, dedicándome un artículo en su revista.

 

JUNTO A SEIS GRANDES NOMBRES 

  Continué actuando, de teatro en teatro, de cine en cine y de radio en radio… 

  Durante los años siguientes, fui acompañante de grandes figuras. 

  Sus nombres lo dicen todo: 

  Azucena Maizani, Libertad Lamarque, Príncipe Azul, Alberto Vila, dúo Gómez-Vila y dúo Irusta-Fugazot. 

  Ya mi guitarra -si no yo- era conocida. Y supongo que estimada por quienes la buscaban para hacerse acompañar en sus interpretaciones. 

  Mientras tanto, el haber acompañado a tantos intérpretes de tanto valor en su distinta modalidad, me había proporcionado una mayor experiencia. Me sentía seguro de mí mismo… Pero naturalmente, no consideraba de ninguna manera haber alcanzado el lugar que ambicionaba. 

 

ME OFRECEN TRABAJAR CON GARDEL 

  Ya he recordado que en la vida del artista tienen mucha influencia los altibajos proporcionados por las oportunidades, que llegan y se van. 

  En ese tiempo, mucho más que ahora, la vida estaba llena de alternativas. 

  Un día se estaba en la gloria. Se ganaba bien y se gastaba mejor. 

  Dejemos estas reflexiones… 

  Lo que ocurrió, sacudiendo mi vida y dándole un rumbo nuevo, fue lo siguiente. Y trataré de relatarlo, paso por paso, tal como aconteciera. 

  Era una tarde del mes de septiembre Es decir, primavera… 

  Yo estaba parado en la esquina de Lavalle y Suipacha. Tenía en un bolsillo del pantalón 25 centavos. 

  Estas cosas suelen suceder. Y son muy naturales. 

  En eso oí una voz conocida que me decía 

  -¡Pero amigo Aguilar!… ¿Por dónde ha andado metido?… Está igual que Admunsen, perdido… 

  (En esos días se había perdido el famoso explorador y cada día llegaban noticias desalentadoras; las expediciones enviadas en su busca regresaban sin haberlo encontrado.) 

  -¿Perdido?… Por aquí no más he andado… 

  -Bueno… Yo lo buscaba para esto… ¿No le gustaría trabajar con Gardel?… 

  -¿Con Gardel?.. Trabajaría hasta gratis… 

 

CIEN QUE SE HACEN TRESCIENTOS 

  Hablamos unos minutos más. 

  -Carlitos lo ha escuchado… Le parece que andará bien acompañándolo… De modo que si en principio está conforme, mañana mismo puede empezar a ensayar… 

  Todo quedó convenido con estas palabras. Y recuerdo que Razzano, mirándome, me dijo de improviso: 

  -A propósito… ¿Tiene plata?… 

  Yo vacilé un segundo y en seguida contesté: 

  -Sí… cómo no… Ando bien… 

  Volvió a mirarme Razzano y ahora me dijo: 

  -En ese caso… ¿No me podría prestar cien pesos?… 

  Yo acariciaba las moneditas que tenía en el bolsillo del pantalón. ¿Cómo salir del paso?… 

  Pero Razzano, hombre ducho y que se había dado cuenta de todo, se rió de buena gana y llevando una mano al bolsillo del chaleco sacó varios billetes de cien. Hizo un rápido aparte y me ofreció trescientos pesos. 

  -Tome, hombre… Y no se preocupe. Y ya sabe… Váyase mañana a lo de Gardel, con la guitarra… Ya sabe donde vive, en la calle Jean Jaurés. Carlitos lo va a esperar a las 4 para ensayar… 

 

MI ENCUENTRO CON CARLITOS 

  Al día siguiente, a las 4 de la tarde, en punto, tocaba yo el timbre en la casa de Gardel, en la calle Jean Jaurés. 

  El mismo Gardel en persona, en mangas de camisa, salió a recibirme. 

  -¿Cómo te va, Indio?… ¿Te encontraste por fin con Razzano?… Entrá… Hacé de cuenta de que estás en tu casa… 

  Al oír que me llamaba Indio le dije: 

  -Ya veo que está al tanto del asunto… por lo de Indio… 

  Se rió, contestándome: 

  -Mario Pardo me pasó el santo… 

  Entretanto ya estábamos en la casa. Allí me encontré con Ricardo (El Negro) y Barbieri. 

  Barbieri, mirándolo a Ricardo, después que nos saludamos, le dijo: 

  -Ahora sí que vamos a sentir lo que es tocar la viola… 

  Como les ocurre a todos los recién llegados, yo no sabía qué terreno pisaba y si aquellas palabras iban en serio o no. 

  A todo esto, me dijo Gardel? 

  -Bueno… pelá no más la viola y a ver si nos hacés escuchar algo… 

 

MI PRIMER ENSAYO CON GARDEL 

  Sacamos las guitarras y recuerdo que la primera canción que ensayamos fue el “Ay… ay… ay”, de Pérez Freyre. 

  Esa canción me valió un aumento de trescientos pesos. 

  Tengo que explicar cómo ocurrió. 

  Apenas habíamos comenzado a ensayar yo paré la guitarra. 

  Gardel, sorprendido, se volvió y me dijo: 

  -¿Qué te pasa?… ¿Por qué parás la viola? 

  -Carlitos… Estamos mal. Aquí vienen dos tonos diferentes de lo que estamos haciendo… En mi menor, dominante de fa sostenido… 

  Gardel me escuchó sin decir palabra. Dudó un segundo y luego, con un gesto característico de su mano derecha, extendida con la palma hacia abajo, me dijo: 

  -Un momentito… 

  Y se fue hacia el teléfono. Discó un número y preguntó por Eduardo Bonessi, que era, como se sabe, maestro de canto… Cuando Bonessi vino al teléfono, Carlitos habló: 

  -Che, Eduardo, decime… Cuáles son los tonos correspondientes del “Ay… ay… ay”, si lo canto en re mayor… 

  Luego escuchó en silencio la respuesta, diciendo de vez en cuando: Ajá… ajá… Por último le dio las gracias a Bonessi y volvió donde estábamos nosotros y dirigiéndose a Barbieri y Ricardo les dijo: 

  -Este sabe… Hagan como hace el Indio… 

  El ensayo siguió, sucediendo varias canciones. 

  Cuando terminamos, Carlitos me llamó aparte y me dijo: 

  -Bueno Indio… Yo había hablado de darte 600 pesos mensuales… Pero, como vos sabés… te voy a dar 900… ¿Estás conforme?… 

  Yo no cabía en mí de contento. Y se lo dije: 

  -Nunca me habían pagado tanto… 

  Se río Carlitos y, como consejo, me dijo: 

  -Pero no lo digás, hombre… Hacete valer… Si te achicás sos hombre muerto… 

  -Es que es la primera vez que gano 900 pesos… 

  -Bueno… está bien… ¿Y estás contento de trabajar conmigo?… La radio y los discos van a ser aparte… 

  -Cómo no voy a estar contento… 

  -Me alegro… Y estás en libertad… hasta mañana a las 4, que seguimos… A no fallar… Ah… Otra cosa… Cuando necesités “vento” pedile a Razzano o a mí…. 

 

FESTEJANDO MI BUENA SUERTE 

  Salí de lo de Gardel con Ricardo y Barbieri y fuimos hasta la calle Corrientes, donde tomé un auto… En aquel tiempo tomar un auto no era cosa de todos los días: pero yo estaba en la gloria… Hasta le di cincuenta centavos de propina al chofer, cuando llegamos a los “36 billares”. 

  Allí me encontré con unos cuantos amigos que al verme me hicieron saber su alegría: ya estaban enterados de que me había hecho llamar Carlitos y, claro está, era una satisfacción muy grande para todos los que me estimaban. En seguida se armó una mesa: estaban alrededor mío Luis Sienra Caxaravilla (El Gordo), don Alfredo Gopsi y Víctor Galieri… Todo se volvió felicitaciones y felices augurios… 

  Después del aperitivo fuimos a cenar y más tarde volvimos a escuchar allí mismo, mientras tomábamos café, la gran orquesta de Pedrito Laurenz… 

  A todo esto la mesa se había agrandado. Y entre los que estaban conmigo festejando mi incorporación al lado de Gardel, recuerdo a Rafael Iriarte, el pibe Ernesto, Famá, Néstor Feria, Italo Goyeche, Cadícamo, Sciammarella, Pagés, Pesoa y otros. 

  Recuerdo que esa noche regresé a casa al amanecer. 

 

En el próximo número: 

EL DEBUT EN EL “MAJESTIC” Y EL PRIMER VIAJE A LA CONQUISTA DE PARIS…


YO ACOMPAÑE A CARLOS GARDEL

 Por José María Aguilar

El guitarrista que compartió la vida luminosa del cantor, hasta el minuto de la tragedia 

INDIO.. ¡NOS VAMOS A PARIS -ME DIJO GARDEL LLENO DE JUBILO- ¡LES VAMOS A ENSEÑAR EL TANGO!

CAPITULO III

FESTEJANDO MI INCORPORACION 

  Para todos mis amigos y más ampliamente para todos cuantos me conocía, el hecho de haberme incorporado al grupo de Gardel era consagratorio. Y como la gente suele ser generosa y sabe alegrarse con la fortuna ajena (no todo es egoísmo y mezquindad), claro está que los festejos por mi buena suerte no terminaron en un día ni en una noche. 

  Aparte de la repercusión que tuviera en el centro, es decir, en la calle Corrientes de aquel entonces, también en el barrio la noticia causó sensación. Al día siguiente ya sabían algunos amigos; y los vecinos no tardaron en enterarse y entonces llovieron los pedidos: 

  -Tráigalo a Carlitos… 

  -¿Cuándo lo va a hacer venir al barrio? 

  Les parecía la cosa más fácil. Y no dudo de que Gardel los hubiera complacido, si eso hubiera sido posible. 

  Las muchachas, desde luego, no eran las menos interesadas en que Gardel fuera a mi casa y que allí pudieran conocerlo personalmente… hablar con él… 

  Ya su personalidad se agrandaba por todo Buenos Aires, en un anuncio de lo que habría de ser andando el tiempo. 

 

LA AMISTAD CON FRANCSICO MASCHIO 

  Sacar a Carlitos de su esfera, de sus distracciones habituales no era imposible, pero sí difícil… 

  Ya en aquel tiempo le gusta mucho la Avenida Vértiz. 

  Todos sabemos lo que es eso. 

  Había mucha amistad con don Francisco Maschio, de quien guardo uno de mis mejores recuerdos por su bondad y hombría de bien. Hablando de don Francisco podríamos usar la expresión del que dijo: un criollo caballerazo. Y lo era. 

  Con Carlitos se profesaban gran afecto. Ya he de hablar de algunas fiestas en lo de Maschio, a donde me llevó Carlitos, dondé él cantaba con gusto -porque se sabía entre amigos-. y donde yo lo acompañé con mi guitarra. 

  No hubo nunca una nube entre ellos. 

  Maschio admiraba a Carlitos como cantor y como hombre.

“AÑORANZAS” Y “TENGO MIEDO” 

  Al día siguiente de nuestro primer ensayo con Gardel, y después de haberme dado el alegrón de comunicarme que ganaría un sueldo con el que yo no había soñado y que lo debía en mucho a su generosidad, fui para continuar ensayando a la casa de la calle Jean Jaurés, como se llamaba entonces. 

  Después del ensayo me preguntó Carlitos: 

  -¿No tenés alguna composición tuya, Indio, a la que le tengas fe y que te pueda cantar en mi repertorio?… 

  Le respondí que sí. 

  Y de inmediato pensé que era otro gesto de Carlitos; porque una composición cantada por él estaba destinada al éxito. 

  -Tengo un par de cosas… Un vals, que he titulado “Añoranzas” y un tango, cuyo título es “Tengo miedo”, en colaboración con Celedonio Flores, el autor de “Mano a mano”… 

  -¿Y no tenés alguna otra cosa? 

  -Sí, Carlitos… Pero como sé que los fox-trots no te agradan, no te hablaba de uno que he compuesto y que se llama “Manos brujas”… Lo terminé hace poco… 

  -No importa… Agarrá la viola y tocame esas tres cosas… Vamos a ver qué tal son… 

  Me escuchó en silencio y cuando terminé, lo último tocado era “Manos brujas”, me dijo: 

  -Mirá, Indio… Te aseguro que son tres monumentos… Vamos a ensayarlos, porque pienso cantar los tres números… 

  -Y así fue. Ensayamos “Añoranzas”, “Tengo miedo” y “Manos brujas”. Gardel cantó aquellas composiciones y las tres se convirtieron en otros tantos éxitos… Es que su interpretación era siempre excepcional, distinta… Sabía dar a los versos una entonación y un sentido como no he vuelto a escuchar, a no ser en sus discos… 

  Ahora, que han pasado tantos años, recordando sus palabras, “son tres monumentos”, pienso que parece cosa del destino que andando el tiempo venga a ser yo quien -con tanta pasión como pongo en la tarea-, sea quien trate de que se haga realidad la idea de un monumento popular a su memoria…

 

MI DEBUT CON CARLOS GARDEL 

  Gardel era muy cuidadoso de la preparación de sus números. Eso lo pude comprobar durante los ensayos. Era exigente consigo mismo y, al mismo tiempo, era exigente con sus acompañantes. 

  No creo que nunca haya ido a debutar sin la seguridad de haber puesto de su parte todo el estudio necesario. Cuando escogía una canción lo hacía después de escucharla muchas veces, tratar de encontrar sus posibilidades de éxito o de repercusión popular, en la emoción del público. 

  Pasaron pues varios días antes de que tuviera lugar nuestro debut; su debut mejor dicho, ya que nosotros éramos simplemente sus acompañantes. 

  Fue en el “Majestic”, de la calle Lavalle (hoy “Paramount”), y de más está decir que resultó todo un suceso. 

  Creo que aquella temporada, en esa sala, constituyó uno de los pasos decisivos en la carrera ascendente de Gardel, que por esos años tomó un ritmo vertiginoso. 

  El público demostraba su entusiasmo reclamando nuevos números. Pedía un bis y otro, sin contenerse ni tener en cuenta si la garganta de Gardel podía soportar un esfuerzo semejante. 

  Pero, ¿qué se podía hacer? 

  De pie, aplaudiendo, reclamando otro tango, los espectadores no querían abandonar la sala. Y esto era cosa de todos los días… 

  Naturalmente, el suceso trascendía por toda la ciudad y cada vez era mayor el número de los que concurrían a verlo, de modo que se agotaban las localidades. Gardel estaba muy contento, y lleno de proyectos y perspectivas, pues llovían los ofrecimientos de todas partes. 

  Sin embargo, no se dejaba seducir por la primera oferta. 

  Es que Carlitos tenía sus planes trazados. 

  Y tenía una mira. 

  París. 

 

LA GRAN NOTICIA 

  Una tarde -estaba llegando a su término la temporada que hacíamos en el Majestic-, Gardel me dijo: 

  -Quedate un rato a la salida. Vamos a tomar algo y te voy a dar la gran noticia… 

  Estuve todo el tiempo intrigado. 

  -¿Qué podía ser? 

  Posiblemente, pensaba, algún nuevo contrato. 

  Cuando terminó la función lo esperé a Carlitos. Y apenas se me acercó me dijo: 

  -Vení…, escuchá… 

  Y mirándome a la cara me lo dijo: 

  -¿Nos vamos a París?… 

  -¿A dónde?… 

  -A París, Indio… 

  -Yo creía que a la confitería París… 

  -¿Estás loco?… A la Ciudad Luz, nada menos… Es un sueño, viejito… 

  Y luego me preguntó: 

  -Y a propósito… ¿vos “manyás” algo de francés?… 

  -Sí… algo hablo… 

  -¿Qué sabés decir? 

  -Y…, sé decir: “bon jour”, “a tout aler” y “bon soir”. 

  Gardel, que estaba contentísimo, se mataba de risa, porque mi pronunciación, debía ser una calamidad. 

  -No importa… ya te vas a defender… Y comenzá a preparar tus cosas…, porque la “picamos”… 

  Para comprender nuestra emoción y nuestra alegría es necesario saber o recordar lo que en aquellos años significaba París para los porteños… 

  Era una tentación, lejana, pero una tentación… No se podía pasar la juventud sin haberse escapado a París, a conocer la ciudad que se nos hacía maravillosa a la distancia. 

  Y además… Ir con Carlitos, con su voz maravillosa, acompañarlo… Llevar nuestras guitarras criollas a la gran urbe cosmopolita… Hacer conocer el tango, los estilos, las zambas… 

  Realmente, nos parecía un sueño. 

  Y como entre sueños fuimos haciendo los preparativos. 

 

Y ZARPAMOS RUMBO A PARIS 

  En septiembre de 1928 yo me había ido con Gardel: la temporada del “Majestic” se prolongó durante octubre. De modo que fue allá, por los primeros días de noviembre, creo que el día 3, cuando nos embarcamos en el “Conte Verde”. 

  Había muchísima gente amiga en el puerto. Sobre todo, muchos amigos y admiradores de Carlos. Nuestros familiares querían subir a bordo; querían ver cómo ibamos a ir instalados. Recuerdo que cuando subíamos la planchada, muchos subieron detrás de nosotros, colados. 

  Carlitos, muy tranquilo, abría paso diciendo: 

  -Tutti siamo pasagieri… 

  Su buen humor hacía que en la despedida se mezclaran las risas y las lágrimas. Porque, en el fondo, en el momento en que íbamos a zarpar, nos dolía en el pecho la idea de alejarnos de la patria, rumbo a tierras extrañas. 

  Y así fue como, de improviso, a pesar de la resolución de nuestro ánimo y de todo lo que alardeábamos de varones, se nos humedecieron los ojos. Y el pañuelo de la despedida, cuando las voces de las sirenas anunciaban la partida, también estaba húmedo… Sal de las lágrimas, anticipo de la sal del mar que íbamos a cruzar, algunos por primera vez…  

  Y zarpamos rumbo a París. 

  Llevábamos con nosotros un equipaje sentimental: equipaje que se traducía en emociones. 

  Muchos como ya he dicho, iban a ver el mar por vez primera. Eran muchachos porteños, adentrados en la propia ciudad, con el alma untada de esa ternura que da a nuestros barrios una definición inconfundible. 

  Además, para todos, era la realización de esa esperanzada posibilidad de llegar un día a París. Hacer que las voces y las guitarras de Buenos Aires se escucharan allí, en aquella capital del mundo, que era para el pensamiento de todos la Ciudad Luz. 

  No podría definir todo lo que había en nosotros en el momento de la partida.

 

  Cuando la proa del “Conte Verde” enfiló hacia la salida de nuestras aguas, volvimos automáticamente la cabeza; primero hacia el muelle donde quedaban los amigos. Luego hacia la ciudad. 

  ¡Buenos Aires!… ¿Cómo decirte adiós?… ¿Cómo despedirse de él?… 

  Con lágrimas en los ojos, únicamente. 

 

En nuestro próximo número: 

GARDEL EN PARIS, SUS EXITOS Y SU EXTRAORDINARIA POPULARIDAD


YO ACOMPAÑE A CARLOS GARDEL

 Por José María Aguilar

El guitarrista que compartió la vida luminosa del cantor, hasta el minuto de la tragedia 


 
GARDEL, MADRUGADOR Y METODICO HACIA SUS EJERCICIOS A BORDO DEL “CONTE VERDE”, EN EL QUE IBAMOS A PARIS 

  Brindamos hoy a nuestros lectores el IV capítulo de las memorias de José María Aguilar. Penetramos ya en terreno que nos parece historia de ayer. Este viaje de Carlitos Gardel a París señala el comienzo de una consagración que bien pronto habría de alcanzar proporciones mundiales. En el capítulo de hoy están bien señalados y observados todos los detalles, lo que le da un valor documental cada vez más interesante.
 

CAPITULO IV

RUMBO A PARIS 

  Mis lectores habrán de saber disculpar y comprender la emoción que me poseía cuando desde la cubierta del “Conte Verde”, que se alejaba de Buenos Aires, aquel grupo de muchachos argentinos, encabezados por Carlitos Gardel, miraba perderse a lo lejos la ciudad. 

  ¡Buenos Aires!… 

  Ya he dicho que éramos varios los que salíamos por vez primera rumbo al extranjero. 

  Allá, en el muelle, habían quedado pedazos de nuestros corazones. 

  Ibamos detrás de una ilusión. Ibamos conducidos por un infatigable cantor de esperanzas y sueños. 

  Estábamos viviendo, por decirlo así, el comienzo de una de nuestras canciones. 

  Y todos callábamos. 

  ¿Qué significaba nuestro silencio? 

  Carlitos, que tenía toda la responsabilidad de la gira sobre sí, era el más animoso. 

  El más fuerte. 

  Recuerdo que lo observaba de soslayo. 

  El también miraba a Buenos Aires. 

  No podría decir qué pensamientos estaban en ese momento en su mente. Pero sí puedo decirles que el rostro grave, un ligero pliegue alrededor de los labios, los ojos entrecerrados, todo traducía en él voluntad y decisión. 

  Ahí estuvimos buen rato. Nadie quería pronunciar la primera palabra. 

  Hubo de ser Carlitos quien saliera de ese estado. Fue como si despertara de un sueño. Suspiró profundamente, y con tono alegre y despreocupado, con el que quería levantar los ánimos, nos dijo: 

  -Bueno, muchachos… Ya estamos en marcha… ¡Vamos a tomar una copa!… 
 

HACIENDO PROYECTOS

   Vueltos a la realidad, lo seguimos al bar.

   -Whisky para todos. 

  A los pocos minutos estábamos mucho mejor. Y Carlitos, naturalmente, se había dado cuenta de ello. 

  Las conversaciones se animaron y las vueltas se sucedieron. 

  ¿De qué podíamos hablar? Todo era hacer proyectos. París era una obsesión. 

  Pensábamos en un mundo nuevo que se iba a abrir ante nuestros ojos; otras gentes. Y, además, como todos los muchachos de aquel tiempo, estábamos enamorados del nombre de la ciudad hacia donde íbamos; de su brillo de leyenda. 

  Carlitos, que era un verdadero director del grupo que formábamos y su jefe indiscutido, por gravitación personal y por el hecho de ser él la base de todo, alternaba la charla risueña, con las observaciones serias y atinadas. 

  Estaba en todos los detalles. Y se preocupaba por todos nosotros, como un verdadero jefe. 

  Cenamos, y la reunión de sobremesa se prolongó hasta las dos de la madrugada, hora en que nos despedimos, yendo cada uno a su camarote.
 

EL LENGUAJE DE CARLITOS 

  Voy a hacer ahora un paréntesis que le estoy debiendo al lector desde los primeros encuentros con Gardel. 

  Carlitos gustaba de utilizar en su conversación una cantidad de expresiones que hoy son menos habituales; pulcro en el lenguaje cuando quería serlo, manejaba el argot porteño con absoluto dominio. El lunfardo de hace veinte años no tenía secretos para él. 

  Y cosa curiosa; no resultaba chocante. Por lo demás, le daba una expresividad y una gracia que impedían toda crítica. 

  Como es mi deseo que estos recuerdos no estén deformados por ninguna clase de preocupaciones que no sea la de su más absoluta fidelidad, yo respetaré muchas de esas palabras intercaladas en sus frases. 

  Asimismo Carlitos aparecía hablando formalmente en otros casos. Porque cuando quería serlo, lo era con la más absoluta corrección. 
 

MADRUGADOR Y ORDENADO 

  Continúo con mi relato. 

  Al día siguiente de nuestro embarque nos levantamos temprano y fuimos al camarote de Carlitos, creyendo encontrarlo todavía durmiendo o, por lo menos, en la cama. 

  No fue así. 

  Ahí conocimos otra de sus características. 

  Gardel se había levantado mucho antes que nosotros y estaba haciendo sus ejercicios habituales con toda tranquilidad. 

  -¿Qué tal? -nos dijo-, “apoliyaron” bien?… 

  Todos habíamos dormido a fondo, pues los últimos días, con los preparativos para el viaje, habíamos andado de un lado a otro y estábamos cansados.

  Así se lo dijimos, mientras nos instalábamos en el camarote, y el seguía la conversación. Se dio una ducha, hablando a gritos desde el baño; se comenzó a vestir y demostró estar de muy buen humor. 

  -¡Ya verán como se “morfa”!… Es que realmente es su “debute” este barco… 

  -Y luego, siempre con gestos y ademanes expresivos: 

  -A no “lastrar” muchachos…, sino el “smoking” se lo van a tener que poner con calzador… Yo sé porque se lo digo… Vienen unos platos tentadores que hacen echar panza en unos días… 

  Terminó de vestirse y nos invitó a hacer “footing” por la cubierta. Al dar la primera vuelta nos preguntó si conocíamos al barítono Damiani y a la contraalto Nena Juárez, que viajaban en el mismo barco. 

  No los conocíamos; claro, no eran de nuestra cuerda. 

  -Cuando lleguemos a la línea los van a escuchar… Se piensa dar una gran fiesta; como hacen siempre… Y les anticipo que también nos han invitado a nosotros para que nos hagamos oír… 

  Mientras paseábamos observé que los pasajeros intimaban poco unos con otros. Había cierto estiramiento, y así se lo hice notar a Carlitos, quien, riéndose, me dijo…? 

  -No te preocupés por eso… Siempre ocurre lo mismo al principio. Pero dejá no más que el barco entre a bailar un día de estos, cuando el mar amanezca un poco bravío, y vas a ver cómo en seguida nos conocemos todos… Empiezan a acercarse unos a otros, y todos te preguntan si sabés nadar. 

  El pronóstico de Carlitos se cumplió justamente a los dos días. Hubo viento, amenaza de temporal y mar de fondo. Y se acabaron los estiramientos; todos amigos y compañeros. 

  Recuerdo que ese día, entre bromas y bromas, Carlitos, dirigiéndose a unos pasajeros que nos rodeaban, les dijo: 

  -De todos nosotros, éste -y me señaló a mi- es el que nada mejor… Es como un pez para el agua… 

  Yo lo miraba sorprendido, y el negro Ricardo me preguntó: 

  -¿Cierto que sos tan buen nadador?… 

  Y antes de que le respondiera, lo hizo Carlitos: 

  -¿Bueno?… ¡Bueno es poco!… Ya les digo que es como un pez… Se tira al agua y si no lo sacan… no sale más…
 

UN EXITO ANUNCIADOR 

  Llegó el cruce de la línea y, naturalmente, se realizó la anunciada celebración. 

  Todos los que eran artistas, o aficionados con algunas condiciones como para actuar en público, tuvieron participación en el programa. 

 Debo confesar que me sentía un poco nervioso. 

  El pasaje era más bien internacional. Un público numeroso; más numeroso que en cualquier sala. 

  -¿Qué impresión causaría Gardel? 

  Esos días habíamos estado ensayando. 

  Cuando nos tocó el turno y se anunció a Carlitos hubo una acogida llena de simpatía.

   Carlitos cantó primero “Mano a mano”; y siempre recordaré que, para un público tan diverso, fue excepcional la forma en que lo aplaudieron. Se pidió un segundo número, y Gardel entonces accedió y anunció que cantaría mi composición “Añoranzas”. 

  Era la primera vez que se iba a cantar en público