ANDRÉS CARRETERO

 

BREVE HISTORIA

DEL TANGO

 

 

 

 

 

"Breve Historia del Tango": Texto realizado especialmente para el Portal del Libro, por el Sr. Andrés Carretero, Investigador e historiador; Académico de la Academia Nacional del Tango.

 

PRIMERA PARTE

 

La Palabra Tango[1]

 

Las acepciones de la palabra tango son muy va­ria­das y una síntesis de ellas es lo si­guiente:

1)Corral donde se ordeñan las vacas,

2)Lugar donde se vende leche,

3)Lugar donde bailaban los negros,

4)En las misiones jesuíticas, lugar pa­ra per­noctar y descansar los viajeros y vi­sitas,

5)Voz de origen quichua, que sig­ni­fi­ca cam­pamento,

6)Palabra de origen africano, en idioma kim­bundu, que sig­ni­fica lu­gar cerrado, círculo, co­to, (mtango),

7)Lugar de concentración de los ne­gros capturados antes de em­barcarlos pa­ra llevar­­los a los puertos de destino, y ser ven­didos como esclavos,

8)Nombre que daban los por­tu­gue­ses a los africanos que les servían de inter­me­diarios para conseguir negros,

9)Lugar donde se ofrecían los ne­gros en pública subasta,

10)Nombre que se daba a las so­cie­da­des de los negros hasta 1813 y de libertos, mu­latos y mestizos, con posterioridad e­sa fecha,

11)Instrumento de percusión (tam­bor) y por extensión nombre que se daba al baile practicado al ritmo de su sonido,

12)Corrupción de la palabras Shangó, dios del trueno y de las tormentas en la mi­tología yo­ru­ba, de Nigeria,

13)Baile de gitanos,

14)Baile de negros,

15)Reunión de negros, para bailar al son de sus tambores,

16)Lugar donde bailan los negros,

17)Derivación del vocablo tanger, que significa ejecución de un instrumento mu­sical,

18)Danza de la isla de Hierro,

19)Lugar de baile, en general,

20)Baile andaluz de origen africano,

21)Baile de origen afrocubano,

22)Baile de gente del pueblo,

23)Baile de ínfima categoría social,

24)Bailar,

25)Reunión de negros bozales para bailar al son de sus tambores y otros instrumentos,

26)Cierta danza popular de Nor­man­día, Fran­cia.

De ellas se derivan tres constantes: 1) Lu­gar cerrado, pero no hermético, 2) Lu­gar de baile o el bai­le en sí; 3) Presencia o influencia directa del negro o de su mú­sica.

Por ello, es posible que entre las acep­cio­nes dadas por el blan­­co y los fenómenos sociales de­­sig­na­dos con la palabra tan­go,  en distintas épocas y circunstancias, pue­den haber dis­cor­dan­cias, pero en la actualidad, sí a lo que pre­­ten­dieron de­signar o/y sig­ni­fi­car.

Como consecuencia, la trayectoria del tan­go, des­de sus re­mo­­tos orígenes, debió su­perar limi­ta­ciones é­ticas formales o fun­­­damentales. Las mis­mas se han de pro­yec­tar por casi me­dio siglo más, o sea, has­ta bien entrado el siglo pasado.


Origen Musical

 

Sobre la base de las músicas existentes en Buenos Aires para la década de 1870, (música de ori­gen africano, fol­cló­rica, cam­pesina, can­to por ci­fra, payada y tam­bién la eu­­ro­pea), el gusto popular se fue in­clinan­do de manera progresiva sobre a­que­llos ritmos, sonidos y composiciones que le re­sul­taban más gratos, más afines con su propio sentir y por ello hay que a­no­tar la preeminencia de la música de­­ri­va­da de ritmos negros, a la que se super­pu­sie­ron has­ta fusionarse en un nuevo ritmo, el candombe[2], ya muy desdibujado y sin la pre­pon­derancia de años anteriores, la gua­jira fla­men­ca y la cubana, habanera, fan­dango, fan­dan­­guillo, tango andaluz y  tango flamenco. El re­sultado, en la etapa de formación de un nue­vo ritmo fue la aparición del tango congo, tan­go negro, tango argentino, etcétera

Se produjo otra vez el fenómeno de trans­­cul­tu­ración al producirse una fu­sión del rit­mo lento y acompasado en otro más vivo, más rápido, más cor­­ta­do, que es el característico de la mi­lon­ga. Es­te ritmo se adaptaba más a la mo­­da­li­dad de los pa­yadores que la aceptaron de in­me­diato, pro­­du­cién­dose entonces la a­pa­ri­ción del con­tra­punto mi­lon­gueado.

La músi­ca de payada que tie­ne tiempos rá­pi­dos, pa­­ra llenar los intervalos vo­cales y los len­­tos o me­nos rápidos, para acom­pañar las vo­ces payadoras, ver­sificadas o no.

Los gui­ta­rreros criollos, a­portaron al incor­porar­se a la música, que se hacía cada día más urbana:

1) La con­dición de ser músicos y cantores intui­ti­­vos; creadores desde la nada;

2) No se ajustaban a ningún patrón musical co­no­­ci­do y

3) Crearon sus propios patro­nes musi­cales, para lue­go también recrearlos con total liber­tad.

Con ello lograron llegar  a la mi­longa y  fi­nal­mente al tango.

En ese proceso de la transculturación mu­sical rom­pieron, con la mú­sica europea, he­ren­cia blanca; con el llamado can­dombe, con los otros ritmos ya mencionados, herencia indirecta africana, para com­po­ner con los tro­­zos selec­cionados, u­­ni­dos en la creación o re­­creación a­nó­­nima, fres­ca y re­pentista, su pro­pia música.

Lamentablemente, por ser analfabetos mu­sicales no han dejado en ningún pen­ta­gra­ma las etapas de las ruptura ni de la crea­ción que le siguió.

El negro aportó junto con la música, sus instru­men­tos musicales, la mayoría de los cuales eran tam­bores y el mestizo crio­llo la guitarra y la flauta. Lue­go se a­gre­garon en los primeros tiempos el vio­lín, la corneta y otros instrumentos de vien­to.

Ese aporte musical con su pro­ceso de trans­culturación, también coincidió con el aporte de la inmigración y de la emigra­ción campesina. La  pampa iba perdiendo su horizonte infinito, la usarse los campos con sembrados de ce­rea­les y la formación de estancias, en un proceso bas­tante acelerado de modernización capi­talis­ta, ligado al comercio internacional que se pue­de fijar con fecha bastante cierta en el viaje del trans­porte Le Frigotifique, (1876),que llevaba en sus bodegas carne enfriada, abriendo las posibilidades del consumo de nuestras carnes en todos los países el mundo.

 

Organitos y trompetas

 

Para fines del siglo XIX los organitos o pia­nos mecánicos como también se los llamó, estaban bastante difundidos en Buenos Aires, pese a que su precio no eran barato, pues costaban entre 400 y 600 pesos a los que había que agregar los derechos de importación, pues eran importados de Europa. Su número relativamente alto dio lugar a que existieran para el mismo tiempo casas dedicadas a brindarle service y reparaciones, pues el uso lo desafinaba o rompía, interna o externamente. Cada afinación se cobraba $ 3. y cada cilindro giratorio en promedio se cotizaba  $ 70. Eran de madera esos cilindros, dependiendo de la calidad de la misma la duración de cada uno, pero una duración estimada era de algo más de un año y medio.

Las músicas brindadas por los organitos eran muy variadas, pues abarcaban desde zarzuelas has­ta cuecas, zambas, incluyendo los llamados tan­gos, todavía no terminados de estructurar como ta­les. También incluían trozos muy bien selec­cio­nados de la llamada música clásica, muy grata a los oídos europeos, especialmente a los italianos

Los hubo de distintos tamaños, pues había para ser llevados colgados del cuello, insertos en ca­rri­tos con ruedas, empujados por los organilleros, o mon­tados en carros tirados con caballos. Cual­quiera de ellos tenía como escenario principal las ca­lles de la ciudad de donde eran convocados a to­car en conventillos, peringundines, prostíbulos, plazas o casas de familia. Entraron en declinación a medida que los discos de pasta y los aparatos reproductores, se fueron propagando desde el cen­tro a los barrios

Fueron los propaladores de la música que más gustaba a la gente, no sólo del tango, pero a me­dida que éste ganaba sectores de la clase media el re­pertorio de sus cilindros fue desplazando a los que tenían otras músicas.

Otro elemento propagador de sonidos tangue­ros fue­ron los cornetas de los tranvías, que anun­cia­ban su paso con breves trozos de los tangos más po­pulares. Eran unas pocas notas, pero suficientes para que fueran reco­nocidas por los transeúntes, como perte­ne­cien­tes a los tangos que estaban más en boga. En e­sos anuncios no se incluyeron notas de otro ti­po de música, posiblemente por la dinámica que el desarrollo del tango tuvo.

 


Primeros nombres de tangos

 

Posiblemente el primer nombre que se di­vulgó ca­si sin límites, fue el llamado Que­co, o El Que­co, que se­gún estudiosos y críticos e­ra el ade­cen­tamiento del nombre da­do al pros­tíbulo. A este nombre se lo deriva de un tan­go an­daluz llamado Quico, diminutivo afectivo que se daba a los llamados Francisco, adaptado a la idiosincrasia porteña.

A ese tango, le siguieron o coincidieron Se­ño­ra Ca­se­ra, Al Salir los Na­za­re­nos, Andate a la Re­co­leta, Dame la La­ta, Bar­to­lo, Señor Co­misario, El Pal­­mar, y muchos otros cu­yo nom­bre ori­gi­nal se per­dieron o fueron a­de­cen­tados como Sa­cu­dime la Per­sia­na, Co­brate y Dame el Vuel­to, La Cara de la Lu­na, El Cho­clo, Ca­ra Sucia, Tierrita, La Cha­carera y mu­chos más.

Todas esas designaciones corresponden al pe­río­do en que el tango encontró en los in­quilinatos, pros­­­­tíbulos y ambientes del pobre­río trabajador, su re­fu­gio y su ambiente tem­po­ral. A ello se agregó el argot o lun­far­do carce­la­rio, pues muchos de los concurrentes a esos ambientes, pasaban tem­po­ra­das encarcelados.

Pero lo atrapante de la melodía musical le permitió incursionar progresivamente en otros am­bientes más e­le­vados en la escala so­cial, coincidiendo con la aparición de la pequeña y ba­ja clase media, por lo que fue­ron apa­re­cien­do o­tras compo­sicio­nes con tí­tulos alejados de esos ambientes que eran rechazados, ahora referidos a cues­tio­nes po­líticas el momento, como U­nión Cívica, personajes des­ta­ca­dos como Don Juan, Don Esteban o temas pa­trió­ti­cos como Sargento Ca­bral, Independencia, 9 de Ju­lio, nombres de studs, de caballos de carrera, de ne­go­­cios importantes como A la ciudad de Lon­dres, (tien­da muy surtida y elegante) Gath y Chaves, (igual que la anterior) Ca­ras y Ca­retas, importante pu­bli­ca­ción pe­rió­dica, La Na­ción, el diario de Mitre, Pi­ne­ral u­na bebida y nom­bre de un caballo de carreras, médicos des­­­ta­cados u hospitales don­de alguna vez debie­ron a­cu­dir o estar in­ter­nados los autores.

También apa­recieron El Porteñito, El Ma­yordomo, La Mo­ro­cha, Mozos Guapos, Mi Noche Tris­te, Fe­licia, El irresistible, El Pollito, El Caburé, U­na No­che de Garufa, El Ca­cha­fáz, El Fle­te, El Ae­ro­pla­­no, Vea...Vea, Cham­pag­ne Tangó, La Bi­blio­teca, Ma­tasano, 18 ki­lates, El Taura, En­trada Prohibida, Ho­­tel Vic­toria, etcétera.

Siguiendo los nombres de los tangos y u­bi­cán­do­los cronológicamente es posible de­li­mi­tar las dis­tin­tas etapas o tiempos so­ciales, pues los autores, por su in­ter­me­dio, fueron la ex­pre­sión de medio socio­ló­gi­co que vivieron.

 


Editores

 

Como se ha indicado antes, la difusión de los Con­servatorios de Música y Acade­mias Musicales per­mitió ele­var el nivel cul­tural de los músicos y con ello mejorar la ca­lidad de sus interpretaciones, al mis­­mo tiempo que de­jar es­critas sus creacio­nes.

Al difundirse la música en la baja clase me­dia apareció un mercado que pedía la música para interpretarla en sus casas o reuniones so­ciales, como eran los cumpleaños, bautis­mos, ca­samientos  fiestas patrias, mezcladas con o­tros ritmos de orígenes muy diversos. Con­sis­tente en la edición de las partituras de los tan­gos. Como muchos de los músicos instintivos no sa­bía llevar al pen­ta­gra­ma las notas de su crea­­ción, de­bieron re­currir a a­mi­gos para ha­cer­­lo. Un apoyo importante en esta tarea de llevar al pentagrama las música de los tan­gos iniciales correspondió a los directores de las ban­das musicales el ejército, policía, parro­quias y agrupaciones de colectividades euro­peas, como fueron la española, italiana, por­tu­guesa y francesa, quienes al mismo tiempo que gra­­ficaron las com­po­siciones silbadas o tarareadas, corregían errores ele­mentales, co­me­tidos al carecer de cultura aca­dé­mica, los ins­piradores. De todas maneras, la di­fu­sión de la música ani­mó a al­gunos edi­tores a imprimir las mú­sicas, co­rriendo el albur de no ven­derlas.

Entre quienes iniciaron este negocio fi­gu­ran los nom­bres de Breyer, Ortelli, Fran­calanci, Prelat, Juan Ri­varola, Me­di­na e Hijo, Grin­berg, Perrotti, Luis Ri­va­ro­la, Casa De Pau­la, Ri­ccordi, Vivona. Julio Korn, Pi­rovano, David y Al­berto Poggi, Or­telli Hnos., Feli­pe­tti, La Salvia y Juan Ba­­lerio. Muchos de estos nombres figuraron en las décadas de 1930 y 1940, editando partituras. El último de los nom­brados fue el pri­mero que pagó de­re­chos de au­tor, pues los o­tros pira­tea­ban las com­po­si­ciones al amparo de u­na le­gislación defi­cien­te. Cuando el tango se di­fundió en Europa, e­xistieron e­di­tores de tan­gos en Francia, España y otras na­­cio­nes.

 

Grabaciones en discos

 

Ese remoto origen de la grabación sonora  (1807), quedó como tal hasta que en 1877, en que Charles Cross (francés) y Thomas A. E­di­son (nor­tea­me­ri­ca­no) lograron cada uno por su cuen­ta, gra­bar y reproducir sonidos en placas (dis­cos).

El aparato perfeccionado fue patentado por Edison en 1898 y se lla­mó originalmente pho­no­graf, de donde de­riva fo­nógrafo. Con pos­te­rio­ri­dad se lo llamó gramófomo (voz o sonido gra­­ba­­do).

El tamaño de los discos y sus veloci­da­des va­ria­ron, por lo que se agre­gó un re­gulador de velo­ci­dad a los aparatos re­pro­­ductores para a­de­cuarlos al gusto del o­yente.

La música grabada tuvo mucha aceptación en la clase media y alta, dando lugar a un verdadero auge de casas que vendían dis­cos y  aparatos repro­duc­tores, llegando a  con­­tarse por mi­les, en muy po­cos años. Ese fenómeno se re­gis­­tró también en Buenos Ai­res, ya sea de las fabricadas en el extranjero, como en Bue­nos Aires.

Alrededor del año 1895 empezaron a co­nocerse en nuestro país los primeros ci­lin­dros Pathé y Edi­son, los cuales se po­día escuchar únicamente por me­dio de au­ri­culares, pues era muy débil el sonido que emitían, al contactar la membrana re­pro­duc­tora. Los tenían como una curiosi­dad en algunas casas de familias pu­dien­­tes y también algunos negocios del viejo Pa­­seo de Julio, en los locales de tiro al blan­­co, la mujer gorda o barbuda, donde por diez cen­ta­vos se ofrecía la novedad al pú­blico que ha­cía cola, aguardando turno para es­cuchar el so­nido producido por el a­pa­­­ra­to, ya que era una novedad atrayente..

Casi a fines del siglo pasado -tal vez en 1897- lle­gó el señor Lepage con los pri­me­ros fonógrafos a cor­neta, los cuales ser­vían tam­bién para la gra­ba­ción. Todavía no se había in­­ven­tado un dispositivo que permitiese la pro­duc­ción y re­producción de cilindros y de discos en gran es­cala. Por eso, los artistas que te­­­nían que grabar sus interpretaciones, se veían en la obligación de es­tar continuamente fren­te al aparato re­gistrador, para sa­tisfacer la de­manda del pú­blico. ávido de esas no­ve­dades.

Los artistas preferidos para las citadas fe­chas e­ran Alfredo Gobbi, como eje­cu­tante y Eugenio G. Ló­pez como recitador. El mismo em­pre­sa­rio, para 1900, importó u­na máquina gra­ba­do­ra de discos, pero de una sola faz o ca­ra utilizable. En ella, Go­bbi grabó Ga­bi­no el Ma­yoral, acompañado por su es­­posa, pasando en muy breve tiempo a gra­bar tan­gos, siendo a­com­pa­ña­dos en esa la­bor por Ángel Vi­lloldo.

Por la naturaleza de la música y las letras que in­cluían, las composiciones de fi­nes del si­glo pa­sa­do y primeros años del pre­sente, los dis­cos de tan­go grabados tenían un mer­cado to­davía restrin­gi­do, al no ser muy a­cep­­tado por las clase media media ni la al­ta. Por eso, los dis­cos, casi siempre ter­mi­naban en perin­gun­di­nes, trinquetes, pros­tí­bulos, casas de baile o ca­fés que uti­li­zaban la novedad del fonógrafo pa­ra atraer clientela

Entre los pioneros na­cio­nales corresponde nom­­­brar a José B. Tagini, que fuera pro­pie­tario de varias pro­duc­toras de discos, don­­de grabaron mu­chos artistas de nuestra mú­sica po­­pu­lar, tan­to payadores, recitadores co­mo tan­­­gue­ros, y con­ce­sionario de empresas nortea­me­ri­canas.

Le sigue en esta mención Alfredo A­mén­dola, pro­pie­tario del sello Atlanta, en el que grabaron tam­bién pa­yadores como Be­ti­niti o tangueros co­mo Augusto P. Ber­to, Garrote, para los amigos. Pa­ra au­men­tar la di­fusión de la música se formó u­na banda musical del mismo nombre.

La Primera Guerra Mundial no im­pi­dió que A­mén­dola re­gistrara la marca Te­le-Phone, en la que grabaron des­de Ca­na­ro hasta Juan Ma­glio.

Las casas comerciales que vendían dis­cos y apa­ra­tos reproductores se mul­ti­pli­ca­ron desde el centro a los barrios y entre e­llas se en­cuen­tran la famosa tien­da Gath y Chaves y  Avelino Cabezas. En los medios, es posible en­con­trar a­­vi­sos anuncian­do las bondades de los apa­ra­tos, pre­cios, ven­tajas de tener en casa las mú­­si­cas o las voces pre­feridas y las faci­lida­des de pago que se otor­gaban. En esos a­vi­sos es posi­ble apreciar algunas di­ferencias, es­­pe­cial­mente en las bocinas. La tien­da antes men­cio­nada, ante las posibilidades casi in­fi­nitas del mer­ca­do consumidor de dis­cos, con­trató a Alfredo Go­­bbi, padre, con su señora, y a Ángel Vi­llol­do para que se ins­talaran en Londres y luego en París, y así gra­bar con buena calidad so­no­ra, las com­posi­cio­nes de mayor éxito, en el mer­ca­do local.

Paralelamente ingresó al mercado la mar­ca Vic­tor, por intermedio de con­ce­sio­narios, grabando en Bue­nos Aires y Mon­tevideo.

Por su parte Carlos D. Nasca, fue el pro­pietario del sello Era. Por su afición a las cosas gauchas, se ves­tía con chiripá y co­rralera. Esto hizo que se le lla­ma­ra el gau­cho Relámpago. En su sello h­an que­­da­do grabadas composi­cio­nes de im­por­tan­tes mú­si­cos e interpretaciones de prin­ci­pios del siglo pre­­­sen­te, a pasar de la cor­­ta duración comercial que tu­vo.

Continúa en esta ennumeración  el se­llo Pa­thé (francés), que anunciaba la novedad de no ne­ce­sitar púas pa­ra lograr la reproducción sonora, que en realidad era u­na viveza pu­bli­ci­ta­ria, pues usaba púas de zafiro de muy lar­ga du­ración.

La marca Odeón (U.S.A.), también se ins­taló en Bue­nos Ai­res por intermedio del conce­sio­nario Max Glücks­man. Le corresponde a esta marca el haber grabado in­terpreta­cio­nes de Gardel-Razzano.

Para 1919 la industria inicia su ins­tala­ción en Ar­gen­tina al radicarse la marca O­deón Argentina. Esta mar­ca y su conna­cio­nal Victor, quedaron casi com­ple­ta­men­te dueñas del mer­ca­do a partir de ese año. Desde entonces se contrató a mú­sicos y can­to­res para que se tras­la­daran a Es­ta­dos U­nidos a gra­bar con mayor a­porte téc­nico, en sus centrales, y lograr así me­­jo­res reproduc­ciones fo­nográficas.

El sistema mecánico subsistió hasta 1926 en que se produjo la innovación téc­ni­­ca de grabar por el sis­tema eléctrico que introdujo la utilización  del  mi­cró­­fo­no.

Se estima, en base a datos ciertos, que la prime­ra gra­bación eléctrica realizada en Bue­nos Aires es del 8 de noviembre de 1926, en el se­llo Odeón. Des­de entonces hasta a­ho­ra, se han multi­pli­cado los sellos grabadores, con las consi­guientes altas y bajas ocasionadas por los vai­venes del comercio y la in­dus­tria, de la mis­ma ma­nera que se han mul­ti­plicado los re­gistros de in­terpretaciones con la mejora en la calidad y fide­li­dad de las voces y las músicas, al mejorarse la tecnología usada.

 

Conjuntos iniciales

 

La cantidad de músicos que se ganaban la vida brin­dan­do mú­sica en los lugares recién mencio­na­dos, no fue­ron muchos y tuvieron en común, ser guitarreros, vio­li­nis­tas o flautistas, que se ga­naban la vida en ese oficio, o sea, eran profesionales o semi profesionales, que lograban reunir por día has­ta dos pesos o algo más, tocando en varios lu­ga­­­res cada tarde o noche, o en ambas, de­pendiendo de la de­­manda.

Por eso, sus “repertorios” debían tener un nú­me­­ro mí­ni­mo de veinte compo­si­ciones, para poder cobrar por pie­za brin­dada $ 0,10, pasando el plato o el sombrero, que era la forma de re­cibir la retribución. No todos los bai­la­ri­nes y oyentes pa­ga­ban, por no tener la moneda ne­ce­sa­ria.

Al terminar de brindar el repertorio, se  dejaba el lugar a o­tro u otros músicos, para di­ri­girse a un nue­vo local donde se re­pe­tían las composiciones del reper­to­rio. Esto se repetía tres o cua­tro veces por noche, lo­gran­do que al amanecer, se hubieran re­u­­nido 2 a 5 pe­sos.

Cuando en un lugar se presentaban dos o tres músicos, de un mis­mo instrumento o variados, se presentaba el pro­ble­­­ma de hacer coin­cidir los “repertorios” y repartir las fun­­­cio­nes de primera y se­gun­da voz. Una vez resueltos e­­sos prole­gó­me­nos, se procedió co­mo se ha des­cripto, hasta que el sol a­lumbraba las calles.

Poco a poco se fueron dando dos fenó­menos pa­ralelos: uno, coin­cidencias de com­po­si­ciones, con o sin variantes y el o­tro, la u­nión de dos, tres o más músicos, de ins­trumen­­­tos distintos (dos gui­ta­rras, o dos violines, una flau­ta, por ejemplo), quie­nes coin­cidían en un nú­mero mínimo de com­­­posiciones, armando o es­truc­­turando al unirse, un re­per­­­torio aceptado y reclamado por el pú­blico ante el que ac­­tuaban.

Esta forma de presentarse y brindar música en forma indi­vi­dual o grupal, se fue dando entre 1870 y 1885. Tam­bién en este pe­ríodo se fueron a­fir­mando las bases de los pe­queños conjuntos (dú­os, tríos, cuar­te­tos), que más adelante han de ser lo predominante de una nue­­va etapa. Esos conjuntos fue­­ron al i­ni­ciarse, muy ines­ta­bles, pues no siempre los músicos coincidían en los re­per­torios, las horas de reunión para brindar música, y los lu­gares donde hacerlo.

Es difícil hacer mención completa de los mú­sicos ini­cia­les.. A pesar de ello es posible rescatar los nom­bres de quienes se destacaron co­mo in­tér­pretes de algunos instrumentos. Por ello se puede indicar  co­mo gui­tarris­tas a: El Par­do Canevari, El Pardo E­mi­­lia­no, El Ciego Ro­setti, El Ciego As­pia­zu, los her­ma­nos Ma­nuel y Fermín Ruiz, Ga­bino Navas (desta­ca­do pa­­ya­dor), Gabi­no Gardiazabal, etcétera.

Como flautista es posible mencionar a Juan Fir­po, Fran­­cisco Ramos, Lorenzo Ca­purro, El Crespo Emi­lio Vi­llel­cho y al­gu­nos otros me­nos tras­cen­dentes.

Entre los clarinetistas figuran Arturo Gan­dol­fi y Juan Pé­rez. Es entre los con­tra­bajistas  los nombres de Don Vi­­cen­te, cuyo apellido se ha per­di­­do, y a An­drés Espinosa entre los que hay que mencionar.

Por su parte los pianista más des­ta­ca­dos fueron Ha­rold Phi­llips, Pancho Nico­li­ni, Ron­ca­llo, A­rau­jo y o­tros nom­bres per­didos e irre­cuperables, como la ma­­yo­ría de los mú­sicos pio­neros.

Por su parte los bandoneonistas más desta­ca­dos y po­sibles de rescatar del olvido fueron Do­mingo San­ta Cruz, (pa­­dre) y Domingo San­ta Cruz, (hijo), Pe­dro Á­vi­la, El Par­do Se­bas­tián Ramos Mejía, To­más Moo­­re, El Sargento Gil, El Lom­bar­dito Má­xi­mo, “Ca­bo”, “Cocó”, Ma­­zzu­che­lli, Chappe, Zam­bra­no, Solari, Váz­­­quez, Rosendo Men­dizabal, El Ciego Ru­perto, Ra­­­­mos, etcétera.

La existencia de mo­tes, puede ser to­ma­do como indicio del ambiente perdulario o de músicos de origen africano, en la ges­­tación inicial de la música y la coreografía.

 

Primeras Orquestas

 

Ya se ha indicado con anterioridad, los músicos iniciales, carecían de es­ta­bilidad la­bo­ral y dependían de mu­chos fa­ctores para poder ac­­tuar en los lugares re­ser­vados para brindar mú­sica y baile.

Por tener una vida musical  aza­rosa, debían te­ner otra ocupación pa­ralela, que a­segurara un ingreso mínimo para sub­sistir. Es por e­llo po­sible de referir como ejemplo, el caso de Vi­llol­do que, además de mú­si­co y creador de mú­si­ca, fue ti­pógrafo.

De todas maneras, es posible bosquejar la com­posición de las primeros con­jun­tos mu­si­cales, pues ca­re­cían de la es­truc­tura de to­da ver­­dadera orquesta, al mis­mo tiem­po que de con­­ti­­nui­dad. Esas agrupacio­nes iniciales se for­maban casi siempre con vio­lín, flau­ta, cla­ri­­nete, arpa y acordeón, pero depen­dían, como se ha di­cho, de muchos fac­to­res. Por ello pre­do­minaron en los lugares don­de brindaban mú­sica y baile, los dúos y tríos, que eran más fá­ciles de formar y man­te­ner.

En el período inicial, los músicos eje­cutaban pie­zas de dos o tres partes, a­gre­gán­doles a veces, al­gunas cosas que las in­ven­taban en el momento de la ejecu­ción.

Ello indica que en los primeros tiempos predominó la eje­cu­ción némica y  la in­cor­po­ra­ción de partes crea­dos de ma­ne­­ra re­pentista, inter­calándolas, mien­tras se eje­cu­taba la pie­za re­cordada. Esto es lo que en­riqueció la música y a los músicos ini­cia­les, por la li­bertad crea­do­ra que tenían.

Dado el in­flu­jo de la cultura musical europea di­fun­di­da por los músicos de ese origen y por el primer Con­ser­va­torio Gutiérrez que e­x­is­tió y sucesivos, la ge­neración de mú­­si­cos analfabetos fue sucedida por la de mú­­sicos le­tra­dos musicalmente. Con ello se lo­gró me­jo­rar y elevar la calidad de las com­posi­cio­nes, pe­ro se perdió la creación re­pentista mientras se ejecutaba, quedan­do reservada a las com­­po­si­cio­nes llevadas al pentagrama.

En realidad, los grupos musicales for­ma­dos a fi­nes del si­glo pasado y años ini­cia­les del presente, fue­ron bandas, cu­yo mo­delo eran las bandas mili­ta­res y como en ellas, pre­do­mi­na­ron los instrumentos de viento, ropas al estilo hún­garo o germánico, faltaron los ins­tru­mentos de cuerdas ca­si por completo. Esta característica ha de cambiar al in­tro­du­cirse el bandoneón y el piano.

Al mismo tiempo fue posible ir for­man­do con­jun­tos mu­sicales que se a­cercaran pro­gre­sivamente a la formación de­­fi­ni­da como or­ques­ta[3].

Es por ello que se produce en los con­juntos o a­gru­paciones musicales el des­pla­­zamiento o reem­pla­zo de ins­tru­men­tos. Así, el arpa y el a­cordeón ce­die­ron lu­gar a la guitarra y al ban­do­neón. Tam­bién se dio el caso de algunos mú­sicos, que, buscando ma­yor sonoridad in­cor­po­ra­ron la guitarra de nueve cuer­das y de la que dejó buen recuerdo Aspiazu, en el tiem­po de su actuación en el Hansen.

Esto no sig­ni­ficó la desaparición de tríos o dúos, si­no que los for­taleció, pues al me­jo­rar la calidad mu­sical de sus integrantes se pudo o­frecer al pú­bli­co mejor música pa­ra escuchar y para bailar.

Es en este pe­río­do que se difunde la fama de Juan Ma­­glio, Augusto P. Berto, del tano Ge­naro R. Es­pó­sito,  Ga­rro­te Vi­cen­te Greco, E­duar­do Arolas o Ar­tu­ro La­vieja, pues fue­ron contratados asi­dua­men­te pa­ra animar la reu­niones en trinquetes, a­cademias, pe­rin­­gundines, prostí­bulos, ca­fetines, bodegones y cafés ba­rriales.

 

Lugares para bailar

 

En el período inicial, considerado entre 1880 y1920, el prestigio al­canzado por la casa de María la Vasca, hizo que pro­liferan otras  con el nom­bre de la mu­­jer más importante, como madama o pro­pietaria, o sea, la que dirigía el nego­cio. Por ello es posible de encontrar en los documentos del Ar­chivo Municipal los nombres de María la Negra, Ma­ría la Leo­na, María la Mechona, María la Lar­ga, Ma­ría la Ligera, Emilia Castaña, Jua­na de Dios, Ma­riana Manfredonia, Leo­nora Mer­co­cich, Consuelo Mar­tínez, Elisa Bi­sa, Paula Petrovich, Laura López, Ma­ría la Dulce, María la Flautista, o María la Ju­gue­to­na, etcétera.

También tuvieron pre­­dicamento entre el elemento mas­­culino y tanguero el Café de Adela, el de A­ma­lia, el de la China Rosa, los bailes de Pe­racca, los rea­lizados en los Andes, los del Olimpo, los del Eli­sée, al que la cró­ni­ca considera como el primer ca­ba­ret que e­xistió en Buenos Aires. Estaba situado en los altos del Bar Maipú. Seguían sub­sis­tiendo los ca­fés de la Boca, Palermo, Ba­rracas y el Centro, lo mis­mo que muchos de los trin­que­tes, a­ca­de­mias y peringundines.

En todos esos lugares se lucieron los bailarines y bailarinas. Pero lo importante en este período de la his­toria del tango, es que se di­fundió de ma­nera si­lenciosa pero firme hasta llegar a algunos sec­to­res de la clase media-me­dia y alta con núcleos o bol­­so­nes de oposición, rechazo y condena mo­ral.

 

Impronta europea

 

Se supone que la pri­me­­ra remesa de partituras tangueras, se hi­zo en un viaje reali­zado por la fra­ga­ta Sar­miento alrededor del mun­do, en 1905. Co­rres­pondían a la música del tango La Morocha.

En Europa en general y en Francia en par­ticular, los años que van desde 1890 a 1914, marcan el auge de la lla­ma­da belle épo­que.

La clase alta europea en general se dis­tin­guió por el alto estandar de vi­da y un ritmo casi desenfrenado de sa­tis­fac­cio­nes hedonistas. Esto último llevó a una relajamiento de las costumbres y lí­mi­tes permitidos en las vin­cu­la­ciones so­cia­les que iban desde participar en fies­­tas ru­fianescas de los macrós, hasta el con­su­mo de  drogas[4].

La suma de circunstancias ma­teriales y espi­ri­tuales, hicieron de París la capital mundial por antonomasia del re­fi­na­miento social, arte, buen gusto en to­das las ma­nifestaciones cotidianas y por ello, po­der realizar u­na visita o vivir una tem­po­ra­da en esa ciudad, da­ban una pátina de dis­tinguida superioridad.

La clase rica argentina, se hizo la o­bli­ga­ción de visitar o vi­vir en París, para al­can­zar la belleza, cultura, re­finamiento, y la distinción.

Pero cometió el error de con­fun­dir la posesión de riqueza ma­te­rial, como con­di­ción suficiente para adquirir material y es­pi­ritual el am­biente soñado y ambicionado como con­­sagratorio en materia social

E­sos gastos dispensiosos e in­jus­tifi­ca­dos le va­lie­ron el sobre nombre des­pec­tivo de ras­ta­cueros, (ras­taquoure en fran­cés), que se aplicó en general a to­dos los su­d­americanos que lle­vaban un nivel de gas­­tos dispendiosos. pero ca­rentes de contenido cultural, educacional y relaciones so­ciales que eran pro­pios de la clase que for­maba la esencia de la be­lle époque.

La sorpresa de esa clase, fue en­contrar que la ciudad de París, o por lo me­nos el sector  que tenía vida so­cial y nocturna muy agitada en tor­no a ma­nifestaciones exóticas, que iban entre lo ru­fianesco a lo extraño, habían acep­ta­do al tango ar­gen­tino en sus mejores sa­lo­nes familiares y lugares so­ciales de mayor res­petabilidad.

Era bailado, aplaudido y fes­tejado, cuando esa cla­se via­jera adinerada en búsqueda de pres­tigio y dis­tinción, lo despreciaba y conde­naba por ser mú­si­ca y baile de la clase social más baja, tra­ba­jadora en actividades serviles, cuan­do no personificada tan­to en los músicos crea­­dores, como en los in­tér­pretes o bai­la­rines, por hombres y mujeres con cuen­­tas con la jus­ti­cia, que vivían en con­ven­ti­llos o e­ran pros­ti­tutas o rufianes[5]. En esos mo­mentos ha­bía en París, 1902, muchas a­cademias de baile para en­­se­ñar a bailar tan­go -unas 100- con sus res­pec­­ti­vos bai­la­rines que actuaban como maes­tros. Para los parisinos, la cadencia tanguera, te­nía el encanto de lo exótico.

Al mismo tiempo en Buenos Aires las patotas, para divertirse de no­che, lo fueron sa­can­do del suburbio e in­troduciéndolo paulati­na­­men­te en los ba­rrios urbanizados desde las a­fueras al cen­tro.

El año 1912 encuentra a nuestro tango due­ño ab­so­luto de París. Fue para en­tonces que llegaron a la ciu­dad gala mu­chos argentinos dispuestos a oficiar de maes­tros de baile. Entre ellos maestros se destacó Sa­bo­rido, pero co­mo an­tecesores estuvieron los Gobbi y Vi­lloldo.

Esta consagración parisina del tango argen­ti­no lla­mó la atención a muchos de los viajeros y ya de re­greso, se mostraron dis­puestos a re­ver la con­dena ética hacia e­sa música popular.

Paradójicamente el triunfo popular del tan­go en Pa­rís y subsecuentemente en la ma­­yoría de las ca­pi­ta­les europeas, sig­ni­fi­có un cambio en el ritmo. De á­gil, rápido y vivaz, pasó a ser melancólico, lento, me­­­lo­dioso y acompasado, a­cor­de con el estilo de vida or­denado y carente de so­bresaltos o cam­bios bruscos, propios de la clase acomodada.

 

 

 

SEGUNDA PARTE

 

Tangos aceptables

 

Ya para la fecha del Centenario de Mayo es po­si­ble ha­blar de una se­gun­da gene­ra­ción de tan­gos que arranca su na­cimiento al borde del siglo actual y que se jalona en nombres como Ve­nus (Be­vilac­qua), La Morocha (Saborido), El Ota­rio (Metello), El Choclo (Villoldo), El In­cendio (De Bia­sse), etcétera.

Esta generación de tangos tiene tres nue­vas ca­racterísticas distintivas como son:

1)sus compositores tiene la con­di­ción de ser en su mayoría músicos le­tra­dos en materia mu­sical, por haber estu­dia­do o aprendido de ma­nera sis­te­mática, mú­sica. Muchos lo hicie­ron con ins­tructo­res po­co idóneos pero su­fi­cientes pa­ra inculcar las no­ciones básicas y e­le­­men­tales. Otros concurrieron a A­ca­de­mias Musicales o Conservatorios. Al­gu­nos de ellos fueron directores de im­por­tan­tes con­juntos o di­­rectores de des­taca­dos centros de en­señanza (C­i­na­glia, Spá­tola, Hargreaves, de A­lar­cón, Ron­callo, et­­cé­tera).

2)Corresponden a la etapa tran­sa­cional entre las mú­sica campesina na­tiva (tango crio­llo), y la urbana, por lo que la mayoría refleja en sus títulos o en sus le­tras ese contenido hí­brido, al no lle­gar a ser el re­fle­jo de las calles, pe­­ro sí de los campos, o por lo menos del su­bur­bio semirural.

3)Los conjuntos musicales que los inter­pre­tan, a­de­más de contar con mú­sicos de acep­ta­ble for­ma­ción musical, tie­nen la característica de la esta­bili­dad laboral, por lo que ya puede ha­blarse de las or­ques­­tas típicas de deter­minado director. Es­to no im­pli­ca la in­mo­vilidad total entre los mú­sicos.

Paralelamente, los llamados maestros clá­sicos de la música seria, como fueron los in­tegrantes de la lla­mada Generación del Cen­te­nario, cuyas fechas de na­­ci­mien­to oscilan  en las dos últimas déca­das del si­g­lo pasado y con producciones que se conocieron en­tre 1910 y 1916, no al­canzaron la difusión popular de un Vi­llol­do ni de un Gobbi[6]. Algunos fueron creadores de tangos importantes como Qué Ti­teo, No Se­ño­ra, Voy torcido o Ger­mai­ne, de Juan J. Castro, Pedro So­fía o Ló­pez Buchardo respectivamente.

También es de hacer notar que en esa segunda ge­neración de tangos inter­vi­nie­ron inmigrantes ra­di­ca­dos y muchos de e­llos vinculados con la vida ar­tística teatral que incorporaron el tango a las piezas del gé­nero chico español o criollo, como fue­ron Fran­cisco Payá, José Carrillero, E­duar­do García La­lan­de o  Gabriel Diez.


 

Rechazo y aceptación del Tango

 

Se argumentó en Buenos Aires que en Europa  se aceptaba el tango por des­conocer los ambientes so­cia­les y los pro­ta­go­nistas que le habían da­do origen.

De todas maneras, esta oposición de o­pi­niones ha de dar lugar a un replanteo por parte de la clase que se le oponía y que lo con­denaba.

El eco llegado a Buenos Aires sobre el é­xito del tan­go en París y en las prin­ci­pa­les capitales de Euro­pa en general, replanteó en  el seno de la clase di­ri­gente el saber dónde y porqué residía la discre­pan­­cia.

El tango para la primera década del siglo pa­sado ha­bía entrado silen­ciosa­men­te en mu­chos hogares de  la llamada clase al­ta porteña.

Haciéndose eco de las inquietudes de un sector de la clase dirigente, el barón An­tonio de Marcchi, invitó al Palais de Glace, a una reu­nión pa­ra co­no­cer la opinión que merecía el tan­go entre los con­currentes invitados. E­sa reu­nión se programó como con­curso de tan­go[7].

Corría el año 1913, y la invitación fue cur­sada a los miem­bros más destacados de la alta so­­cie­dad, pues figu­ra­ban en­tre sus apellidos los Quintana, Santa­ma­ri­na, Ries­tra, Roca, Al­vear, Lezica Al­vear, Anchorena y o­tros del mis­mo nivel e­co­nómico y social.

Los personajes de la fa­rán­du­la, de la mú­sica y del baile, como Sa­bori­do. José Espósito,  Ce­sar Ratti, Olinda Bo­zán y Ovidio Bianquet, el Ca­chafáz, fueron invitados, para brindar tango como música y como baile. Se nom­bró un jurado que se consideró im­par­­cial.

In­te­re­sa destacar que la cla­se alta porteña em­pezó a re­co­nocer que la música y la danza con­denada éti­ca­men­­te, no tenía nada de con­de­na­ble, que ha­bía equivoca­do sus apreciaciones.

 

Cabarets para el tango

 

Paralelamente se habían difundido de ma­nera a­ce­­lerada los cabarets cuyos nom­bres más im­por­tantes, que han trascendi­do, fueron L´­A­b­bage, Ar­me­non­ville, Ta­ba­rís, Monmartre, Maxim´s y otros. Por e­llos desfilaron Arolas, Co­­bián, Canaro, Fir­po y otros muchos músicos que han de­jado su nombre.

Entre estos se encontraban muy difun­di­dos los ca­barets, como ya se anticipó, y a los nom­bres an­tes citados hay que a­gre­gar el Chante­cler que em­pezó a funcionar en 1924 en el local de Paraná al 400, el Flo­rida, en plena Ga­le­ría Güemes, que era un re­fugio de malas ar­tes de toda laya, el Ab­dullah, que a pesar de su nom­­bre con re­membranzas árabes, da­­ba ca­bida a De Ca­ro, Fresedo o Cobián y a los per­sonajes de la noche que terminaban o la ini­cia­ban patoteado por las calles; Casanova que te­nía la pre­sencia de Canaro, El Folie Berger, con remem­bran­zas francesas y bataclanas crio­llas que se mo­vían al sonido de  Fe­rra­zzano-Po­llero; Novelty, Do­mi­nó, Bam­bú o Empire, que tenían la carac­terística de la frecuente re­novación de sus con­jun­tos, como me­dio de a­trac­ción del pú­blico nocturno.

Bien pronto esa iniciativa de Antonio de Marchi, impulsó la rea­­lización de concursos de tangos aus­pi­cia­dos por varias em­pre­sas co­merciales, a los que no fueron ajenos mú­si­cos y le­tris­tas de todo nivel y calidad. Ya antes de 1913 se venían realizando concursos, pe­ro es a par­tir de ese año que adquirieron ma­yor im­por­tancia pues una im­­portante par­te de la sociedad estaba a­cep­tando al tango co­mo una música nor­mal y cotidiana.

La euforia de estos con­cur­sos fue en aumento. Así en 1922 tu­vo gran re­so­nancia el concurso organizado por la mar­­ca de cigarri­llos Tango, premiando a El Ramito, So­­bre el pu­­­cho, Mentirosa y Mi­dinette Porteña, en or­den decreciente. La calidad de esas composiciones que­dó con­­sa­gra­da al grabarlas Car­los Gardel, que tenía u­na gran intuición para seleccionar las pie­zas de su re­pertorio. Otro concurso des­ta­ca­do fue el or­ga­ni­zado por Max Glüc­k­mann en 1924, en el que triunfaron  Senti­mien­to gaucho, Pa´ que te acordés, Or­ga­ni­­to de la tarde y Con toda el alma.

Es­ta empresa de discos continuó con los con­­cursos diversificando los géneros al in­cor­po­rar, el foxs -troxs.

En el mismo año, en el concurso aus­pi­cia­do por la Municipalidad porteña, fue pre­miado Caminito de Fi­liberto y Coria Pe­ña­loza. El rea­li­zado por el Cír­cu­lo de la Pren­sa, con la or­ques­­­ta de Julio De Caro, pre­mió a Aquel cuar­ti­to de pensión y Te fuis­te.

A su vez en el con­curso organizado pa­ra com­po­si­ciones musicales sin letra, triun­faron Páginas de amor, Llegué a la­drón por amarte, Bajo Belgrano, De bue­na fe y Llorá hermano, de las que hoy perdura Ba­jo Belgrano (Aieta).

En 1927, en concursos pa­ra com­posi­ciones musicales sin letras, tri­un­faron Sangre azul, Noche de Reyes. Caído del Cielo, Perfume de Mujer, Río de oro, Copetín, vos sos mi Hermano, El silencio, Queja Indiana y Yo Tam­bién era Di­cho­so, que a pesar de per­tenecer a gran­des com­po­si­tores, como Di Ci­cco, Demare, Po­li­to o Lorenzo, han pasado sin transcendencia.

Al año siguiente resultaron premiados en los con­cursos Piedad, Te Aconsejo que me Ol­vi­­des, Alma en Pena, Due­lo Criollo, Fie­rro Chi­fle,  y otros, llegando todos e­llos a ser gra­bados en el sello O­­deón.

Se des­ta­can los concursos aus­piciados por Victor, National Odeón, Glücks­mann y otros. Esos concursos tu­vie­ron su auge por algo más de un quin­que­nio, re­par­tidos entre Buenos Aires y Mon­tevideo.

Esta modalidad de fomentar y difundir el tango no ter­minó en 1930, pues por ini­cia­tiva de locutores con el auspicio co­mer­cial de im­por­tantes empresas, rea­li­­za­ron convocatorias pa­ra concursar con com­po­si­cio­nes musicales y de letras en dis­tin­tas radios.

Con la llegada de la te­le­vi­sión, se volvió a reeditar el pro­ce­di­mien­to, con distintas ca­rac­terísticas, pero man­teniendo la estructura y lo­grando el mis­mo ob­je­tivo.

 

Tango Canción

 

El tango canción es la se­­gunda generación en la pro­ducción tanguera. Es la que reemplaza a los tangos producidos en la épo­ca ini­cial, cuando la música popular estaba re­fu­gia­da, y hasta se puede decir aislada, en los nu­mero­sos con­ventillos, circos, pulpe­rías, prostíbulos, car­­pas y ran­chos de las chi­nas cuarteleras, trin­quetes, a­ca­demias y cafetines.

Esta segunda etapa está relacionada a la que co­­rres­ponde al proceso de urbaniza­ción pro­gre­siva de Bue­nos Aires y por e­llo vinculada y en­trelazada a la vi­da semi­ru­ral de los distritos cir­cunvecinos.

Esta etapa del tango canción, algunos protagonistas o perso­na­jes de sus letras, son crio­llos que se van des­pojando de las vesti­men­tas gauchas, pa­ra cambiar de manera len­ta pero firme, del saco por la corralera y el pan­ta­lón por el chiripá o las bombachas

También coincide con las agrupaciones mu­sica­les -tríos o cuartetos- donde predo­mi­nan el ban­­do­neón, flauta, guitarra, vio­lín y clarinete. Se des­ta­caron Tito Rocatagliatta, Augusto P. Ber­­­to, Eduardo Arolas, Graciano De Leo­ne, Ge­naro Es­pósito, Félix Camarano, Juan Ma­glio, Domingo Sa­lerno y Fe­de­ri­co Lafémina, con lugares muy típi­cos en los barrios o el cen­tro como fueron el Al­ma­cén del Vasquito Ca­be­­zón, T.V.O., en Ba­rracas, En pleno centro, Bar Iglesias, Ca­fé Garibotto, La Marina, Ar­gentino, o de La Turca en la Boca, Café de Los Lo­ros, El Estribo, Ca­fé de Don Pepe, en San Cris­tóbal o en las muchas pulperías dise­mi­na­das.

Esas formaciones iniciales se han de ir pu­lien­do y rees­tructurando has­ta llegar a formar la base con­si­derada fun­da­men­tal -ban­do­neón, flau­­ta y guitarra-  de la llamada Guar­­dia Vie­ja. Algunos de los nombres de los tan­gos, que se pueden recordar de esta etapa son:  A la Crio­lla, Bajo Bel­gra­no, Aparcero, El Estribo, El Ta­­lar, Mate A­margo, Pinta Orillera, Gallo Cie­­go, La Morocha, Sargento Cabral, Tie­rri­ta, El Cuatrero, Recuerdos de la Pam­pa, La Crio­lla, aparecidos al mis­mo tiempo que com­po­siciones con nom­­bres e­mi­nentemente ciu­da­da­nos, com­partían el va­riado repertorio de las or­­questas de aquel en­ton­­ces.

 

Radio y Tango

 

El paso inicial en materia de radio, quedó se­­ña­la­do con la experiencia de un grupo de mu­cha­­chones (Telémaco Susini, Luis Ro­me­ro, Cesar Gue­rrico y  Miguel Mujica), que trans­mitieron desde el teatro Coliseo de Bue­nos Aires, en agosto de 1920, la ópera Par­sifal. Un año transcurrió hasta la fun­­da­ción de la pri­me­ra estación de radio que se lla­mó Radio Club Ar­gentina, o Ra­dio Argentina. Le si­gue una larga serie de estaciones con nombres hoy estrafalarios como Radio Brusa, Coliseo Palermo, Confederación Espiritista Ar­gen­ti­na y otras del mismo tenor, llegando a ser poco más de treinta hasta 1929.

A partir de entonces, por dis­po­si­ción del go­bier­no nacional se les cambió la sigla ca­rac­teriza­do­ra. El auge o bo­om de la radio en la Ar­gentina que­dó manifestado con la aparición de dos revistas de­­ri­vadas de las ac­tividades radiales, como fue­ron Revista de Radio Cul­tura (1923) y Revista La Can­ción Moderna (1929).

Fue la época en que los nombres de Carlos Gardel, Ignacio Corsini, Sacarpino, Caldarella, Ro­sita Quiroga. Azucena Maizani, Francisco Ca­naro, Julio De Caro, Juan Polito, Ángel D´A­gos­tino, Anselmo Aietta, Miguel Caló, Típica Los Indios, el dúo Rosita Quiroga-Agustín Magaldi o Magaldi-Noda Sebastián Piana-Elena Piana, Tania, Amanda Ledesma, Ro­dríguez Lesende y Marambio Catán, sona­ban a diario en los receptores, compartiendo espacios con presenta­cio­­nes de pa­yadas y con­tra­punto.

La ra­dio y del tan­go, que en la década del 20, estaban en un proceso de ex­pan­sión y consoli­da­ción popular, ya que am­bos estaban en pleno ascenso y consolidación social, coincidiendo con un buen nivel de vida.

La permanencia de Gardel fue constante en las radios porteñas hasta su úl­tima actuación en radios ar­gen­tinas, cumplida en la emisión simul­tá­nea entre la NBC de Nueva York y LR4 Ra­dio S­plen­did, de Buenos Aires.

Las emisiones radiales de esta é­po­ca inicial no se restringieron al aspecto mu­sical, pues pro­palaron teatro hablado, o­bras de ra­dio­teatro, que hicieron furor, pro­gramas de­di­ca­dos al deporte, cine, modas, infancia y a­do­les­cencia, co­mo a la política con in­formativos na­cio­nales y extranjeros.

 

 

Guardia Vieja

 

La formación musical, con­si­de­rada clásica, du­ró mucho tiempo, pues los cambios o mo­difi­caciones no se daban al instante, ni duraban pa­ra siempre. Fue ne­cesario un proceso de adaptación, como tam­bién de estabilidad la­bo­ral, para que el piano integrara el trío básico (trío de pia­no, bandoneón y violín), des­pla­zan­do  la guitarra, de la misma manera en que fue des­plazada la flauta y el clarinete, pero no fue un acontecer rá­pido ni universal. No había suficiente can­tidad de pianistas ni de ban­do­neo­nis­tas capacitados musicalmente, para re­em­pla­zar a los numerosos gui­ta­rre­ros, flautis­tas o clarinetistas ex­pe­ri­men­tados, que co­no­cían una apreciable can­ti­dad de composiciones, lo mismo que lu­gares donde se podía tocar con co­­mo­didad, con la ventaja sobre los nuevos mú­­sicos de tener crédito musical ante los pro­pie­tarios de los locales, pues eran eximios intérpretes.

Hasta 1899 no hay registro de un trío con bandoneón y fue el compuesto por Juan Ma­glio, Luciano Ríos (guitarra) y  Ju­­lián Urdapi­lle­ta (violín), llegándose de a po­co a la época en que el piano empezó a in­­tegrar los tríos o cuar­tetos. Locales como el Tarana, luego Han­sen, El Ve­lódromo o el Tambito, dieron estabilidad laboral y con ella, el tango fue más a­cep­tado por los sectores ba­­jo y medio de la cla­se media porteña, los cafés barriales y del cen­tro, donde se instalaron pia­nos, para permitir la propalación de u­na música que con­quistaba adeptos de ma­nera progresiva y acelerada.

Por su parte el piano y el bandoneón, con el tiempo, han de desplazar a la gui­tarra y a la flau­ta y clarinete, no de manera rápida ni vio­len­­­ta, pues hasta bien entrada la década de 1930, todavía había tríos, cuartetos y or­questas que los contaban como instrumentos per­ma­nen­tes.

Otros locales barriales con piano fue­ron el Café Royal, El Argentino, Castilla, el Café de Garay y Rincón, cuyo nombre se ha olvidado, El Garibotto, y algunos más, mientras en el centro, el primero en te­ner piano fue el I­gle­sias, seguido por el Mar­zotto, el Nacional, el Guaraní, el Gau­lois, el Parque, El Africano, el Ger­­mi­nal, siendo seguidos muy rápido por o­tros que no querían perder clientela.

En los barrios se destacaron locales co­mo La Cueva del Chancho, El Atlántico, El Be­nig­no, el A.B.C., el Boedo, El Pro­te­gido o el Ven­turita.

Entre los salones de baile más re­cor­da­dos, se encuentran además de los siempre men­­cio­na­dos y recordados de la calle Ro­drí­guez Peña, o los correspondientes a co­lec­tividades ex­tran­jeras, Nueva Granada, Pa­lermo Pa­lace, San Jo­sé, Mariano Mo­re­no, 20 de Sep­tiembre y o­tros.

De esa época los músicos que han de trascender en la historia del tango, son los de Da­vid Rocatagliata, Án­gel Villoldo, Ernesto Pon­zio, Juan C. Ba­zán, Augusto Berto, Ge­na­ro Espósito el Ta­no, José Marmón Pepino y su her­mano Ni­colás El Toyo, Luis Teisseire, Sa­muel Cas­triota, Ricardo González Mochila, An­­sel­mo Aieta, Juan Maglio, Alejandro S­car­pi­no, con gran dominio del teclado y por ello lla­mado El Rey de las Va­ria­cio­nes, Vicente Gre­­co, Domingo Santa Cruz el Rengo, Arturo Ber­ns­­tein, Arturo Se­ve­ri­no La Vieja, Carlos Po­sadas, Al­be­ri­co S­pá­tola, Ricardo Brignolo La Nena, Al­fre­do Be­vilac­qua, Vicente Loduca, E­­duar­do Arolas el Tigre del Bandoneón, Ma­nuel Campoamor, Manuel Piza­rro, José M. Bianchi el Ruso, Pedro Polito, Fran­cis­co Fa­mi­glietti, el Tano Juan B. Deam­bro­glio, Ba­chi­cha, Juan B. Guido, el Le­che­rito, Alfredo De Fran­co, El Chu­la Ga­briel Clausi, Cristóbal Ra­mos, Calixto Sa­lla­­go, Armando Blasco, Ángel Mar­tín, Pe­dro Polito, Ro­sendo Mendizabal Jo­sé Re­mondini, bandoneo­nis­ta no vidente y Al­fredo Gobbi, padre, y su esposa Flora.

Les siguen en no menor musical Osvaldo Fre­­se­do, Pedro Maffia, Fran­cis­co Postiglione, Luis Pérez, Fran­cisco Ca­naro, quienes con­so­li­daron la trayectoria tan­guística hasta 1930 y unos años más. El aporte femenino estuvo a cargo de Paquita Bernardo, Marintany, Aída Rioch, Pe­pi­ta Ave­lla­ne­da, bandoneonista, gui­ta­rris­ta y directora, Linda Thel­­ma, Haydée Ga­gliano, Né­lida Federico y Do­ri­ta Miramar, todas ellas verdaderas pio­neras del tango en su etapa de asentamiento en la cla­se media baja.

La época de la Guardia Vieja coincide también con la expansión y prestigio alcanzado por los locales de mú­sica, baile y mujeres, lla­mados ca­ba­­rets, siguiendo la modalidad fran­cesa. A los nom­bres antes indicados, se pue­den a­gre­gar el Florida, Pa­lais de Glace, El No­vel­ty, Casanova, Empire, Bam­bú y  al­gu­nos o­tros que sirvieron de recalada en la tra­­yec­toria de los noctámbulos y de las pa­totas.

La Guardia Vieja, como formación orquestal termina más o menos en la década de 1930, pero no faltaron supérstites de esa época quienes con­tinua­ron con el mismo es­tilo. Entre ellos se pueden mencionar a Ro­berto Firpo (h) (piano, dos vio­li­nes y ban­doneón); Ciriaco Ortiz con gran éxito en sus pre­sen­ta­cio­nes y las gra­ba­ciones co­mo lo hizo Adolfo Pérez Po­cho­­lo, que gra­bó en Odeón, el cuarteto de Juan C. Cam­­bón, ya avanzada la década del 40, pa­ra, en la dé­cada siguiente destacarse el cuar­teto Los Mu­cha­chos de Antes, diri­gi­do por Pan­chi­to Cao, que tam­bién se dis­tin­guió en música va­riada de Cen­troa­mé­ri­­ca y jazz comercial. O­tras a­gru­pa­cio­nes reiteraron la formación clá­si­ca del cuarteto tí­pico, logrando po­pu­la­ridad y un lugar en el gusto po­pular, es­pe­cialmente en el provinciano.

Lugares predilectos de esas formaciones tradicionales fueron: Ca­fé La Buseca de A­ve­llaneda, Cine Real, Ca­fé 43, Café El Nacional, Ca­fé del Ga­lle­go Amor, Ca­fé Los Andes, Bar Do­­mín­guez, Wester Bar del On­ce, Café Pau­lín, Cir­co Fontanella, Bar y Cervecería Au Bon Ju­les, Mon­te­vi­deo,  Café La Cueva del Chan­cho,  Café La Nación,  Ca­fé Fe­rro, de A­ve­lla­ne­da, Glorieta El Tapón, Ca­fé El Ca­­puchino, Ci­ne Cóndor, Café Buen Gusto y  Café El Dan­­te.

 

 

Cine mudo y tango

 

El llamado Séptimo Arte representó pa­ra el tango dos vertientes de con­ver­gen­cia. Una fue la in­ter­vención en las pe­lí­cu­las filmadas sin  sonido y el otro, fue in­ter­ve­nir en las salas de ci­ne, para animar mu­­sicalmente las escenas que se pro­yec­taban mudas y por ello, causaban te­­dio y cansancio en el es­pectador, por la sucesión casi siempre verti­gi­no­sa de imágenes en blanco y negro.

En esta tarea se destacaron algunos mú­sicos del tan­go que eran muy hábiles en interpretar qué mú­si­ca coincidía con la pro­yección de las es­cenas ex­puestas en la pan­talla. Algunos de e­sos nombres fue­ron Ro­dolfo Biaggi, José Ti­ne­lli, Enrique Del­fino, Juan Polito, y Elvino Bar­daro. En salas muy fre­cuen­tadas y cuando se dis­po­nía de cierto ca­pital, se con­trataron con­juntos com­ple­­tos como fueron los de Julio De Caro (Se­lect Lavalle, Real Cine), Anselmo Aie­ta (Pa­ramount, Elec­tric), Cayetano Puglisi, Var­­daro-Pugliese (Metropol), Fran­cisco Lo­mu­to, Francisco Pracánico, Rafael Ro­s­si, et­cé­tera. De la misma manera Magaldi, Cor­sini o Gar­­del fueron convocados para que actuaran en sa­las de cine, pero para entretener cuando se había un descanso entre proyección y pro­yec­­­ción.

En las salas barriales, predominó el pia­nis­ta. De todas ma­neras la presentación de e­sos mú­sicos y cantores era un acicate para los en­tu­­sias­tas se­gui­dores que casi siempre lle­na­ban las sa­las, asegurando a las empresas in­gresos tan o más se­guros que los ob­te­ni­dos por pro­yec­tar películas.

La primera filmación realizada en la Ar­gentina que con­tiene un tango, fue fil­mada por Eu­genio Py, para la Casa Lepage pio­ne­ra del fo­nógrafo y del cine en Buenos Aires, ya que pa­ra 1897 inició las filmaciones o ro­dajes de pe­lí­cu­las..

Se estima que para 1901 se filmó el primer cor­to ci­nematográfico que pre­sen­ta­ba una pa­reja bailando tango, pero suel­ta, como e­ra la modalidad prevalente todavía en aquel entonces. Con posterioridad, entre 1907 y 1911 se fil­ma­ron 32 películas, que eran muy cortas, pues la duración más prolongada era de cuatro mi­nu­tos y algunos segundos. Con­te­nían escenas de bai­les variados, no sólo tangos.

Los protagonistas de algunos de esos films fue­ron los esposos Gobbi, Ángel Vi­llol­do, José Petray, Ro­sa Bozán, Eugenio G. López, Humberto Zurlo y po­­si­ble­men­te algunos miem­bros de la extensa y fa­ran­­dulesca familia Podestá. Algunos títulos res­ca­ta­bles son: Ga­bino el Ma­yoral, Buenos Aires Te­ne­­broso, El Pon­­­cho del Olvido, Justicia Criolla, Los To­­ca­yos, Abajo la Careta, Dejá de jugar ché, ché, Sol­­dado de la Independencia, El Pe­chador, Mis­ter Wis­key, Ya no te Acuer­das de mí, El Com­padrito, El Ca­lotero, Bo­he­mia Criolla, El Cochero de Tranvía, Flor de Durazno, En­sa­la­da Criolla, Ga­lle­guita, La Bea­ta, Pica Pica, La Patria de los Gauchos, Perdón Vie­jita, La Bo­­rra­chera del Tango, Los Carreros, Los S­­cru­­­chantes, Padre Nuestro, Santos Vega, La Mu­cha­cha del Arrabal, Mien­tras Buenos Aires Duerme, La Costu­re­rita que dio el mal paso, La Maleva, El Tan­­go de la Muerte, No me Ven­gan con Paradas, La Mujer de Me­dia­no­che, Los Políticos, Re­saca, El Or­ga­ni­to de la Tarde, Mi último Tango, Fe­­de­ra­ción o Muer­te, La Vuelta al Bulín, Ca­rre­ro Car­bonero, La Tri­lla y Justicia Crio­lla, Muchachita de Chi­clana y Una No­che de Garufa, ya que en todos ellos se incorporaron uno o más tangos, como atracción, pues muchos argumentos fueron más que endebles. Muchos son de autor des­co­no­cido

De 1915 es el film de largo metraje y argumento, titulado No­ble­za Gaucha de 1915, se­guido de  Una No­che de Garufa, en el mismo año. En 1916 se filmó Resaca, donde bai­­ló El Ca­chafáz Bianquet, seguido por Fe­deración o Muerte y  Flor de Durazno. En la úl­tima in­ter­vino Gardel

En varias películas se agregó una la banda de  sonido a la cinta de imá­ge­nes, por medio de discos grabados ex­pre­sa­mente para ella. Así son las pe­lí­cu­­las llamadas Viejo S­moking, Ma­no a Ma­no, Ten­go Miedo, Yira, Yira, En­fun­dá la Mandolina, et­cétera. En las Memorias de Francisco Canaro se deja cons­tan­cia de los entretelones no claros que rodeaban a algunas de es­tas filmaciones.

 


 

Cambios en el ritmo

 

El bando­neón como ins­trumento eje o con­duc­­tor de la música del tan­go, le fue qui­tan­do de manera progresiva, pero irre­ver­si­ble, el rit­mo acelerado derivado de la mi­lon­ga, según opiniones de algunos. Otros sostienen que la in­­cor­poración pro­gre­siva del cantor fue el fac­tor que llevó a esa len­tifi­cación.

Se ha de­jado de considerar la falta de duc­ti­bilidad de los bailarines inexpertos que se a­gre­gaban masivamente a dia­rio.

Contribuyó al aumento de los baila­ri­nes el crecimiento demográfico de la ciudad, po­sible de com­probar por intermedio de los Censos na­­­­cio­na­les y municipales rea­li­za­dos entre 1869 y 1914. 

Se com­prueba un sensible aumento de los sectores jóvenes, hom­bres y mujeres, entre los 20 y los 40 años. Ese aumento poblacional, coin­cide con la can­ti­dad de solteros de ambos sexos que había en la po­bla­ción en general y en­tre los inmigrantes en es­pecial. Esa ju­ventud necesitaba distracción y es­par­ci­­mien­to ac­ce­sible. Ello fue posible en las reuniones de bai­le, que al mismo tiempo da­ban oportunidad pa­ra relacionarse, vin­cular­se y hacer vida social mí­­ni­ma.

No era fácil incorporar a esa juventud co­mo bai­larines, desconociendo lo elemen­tal de la co­reo­gra­fía practicada por los lu­gareños.

Hubo, dos maneras de fa­ci­litar esa in­cor­po­ración: una consistió en ha­cer más lento el rit­mo del tango  y la o­tra, en simplificar la co­reo­grafía. También in­fluyó, y en no poca medida, el tiem­po ne­cesario para que los músicos de fi­nes del si­glo pa­­sado que eran analfabetos mu­si­­cales, a­pren­die­ran de por sí, la digi­ta­ción ne­ce­saria o trataran de cur­sar estu­dios en conser­va­torios o academias. Ese tiem­­po impres­cin­dible, también influyó en relan­ti­zar el ritmo bai­lable y cuando se ad­quirió la di­gi­tación há­­bil y eficiente, se la utilizó en me­jorar la mu­si­ca­li­dad, y no imprimir ve­lo­ci­dad.

Ese aprendizaje benefició a los neófitos  pues les per­­mitió poder aprender mejor los pa­sos ele­men­ta­les y así concurrir a las pis­tas o sa­lones y no hacer un papel de­sai­rado.

Este es, posiblemente, el nacimiento del lla­mado bai­lar liso, en el tango.

El mencionado proceso de adaptación y depu­ra­ción que se registra en los grupo mu­sicales consis­tió, además de eliminar o ad­mitir instrumentos, en du­plicar el nú­me­ro de algunos de ellos, como fueron los bandoneones o violines. Por su parte la guitarra fue re­le­gada has­ta desaparecer por completo. Con el tiem­po, y de manera muy lenta, su lugar or­questal fue o­cu­­pado por el contrabajo, pe­ro esto se dio en las a­gru­paciones que te­nían estabilidad laboral, pues el con­­tra­ba­jo como el piano, no son instrumentos de fá­cil ni rápido traslado.

Los pasos ele­men­tales, agregados al ritmo me­lodioso y ca­dencioso, impreso por el ban­do­neón dio a las parejas de bailarines de tangos el as­pecto de seriedad que se ha mal in­ter­pre­tado co­mo tristeza.

Ya para fines de la década inicial del si­glo pre­sen­te estaba formado y en plena di­fusión el lla­mado sex­teto típico, cons­tituido por dos ban­doneones, dos violines, con­trabajo y piano.

Su presentación y actuación, en la ma­yoría de los lo­cales, se rea­lizaba desde los bal­cones o tarimas ele­vadas, para per­mi­tir la expansión so­nora hasta to­dos los rin­co­nes del salón.

Ro­ca­ta­glia­tta, Delfino y Fresedo fueron con­tratados por la fir­ma grabadora Victor para que en Cad­men, Es­tados Unidos, procedieran a gra­bar tangos. Esas gra­baciones aparecieron ba­jo el nombre de la Or­ques­ta Típica Se­lect, que son ver­da­de­ras joyas de colección.

Para la juventud de la clase media que ya había acep­tado el tango como un baile nor­mal y corriente, es­­taban las llamadas con­fiterías que se dividían en bai­lables y no bailables. Estas últimas eran para es­cu­­char músicas muy va­riadas, entre la que se in­cluían tangos, pero es­paciados por la in­clusión de mú­sica europea, cen­­troa­me­ri­cana o jazz. Eran los lu­gares prefe­ri­dos para hacer sociedad entre quie­nes em­pe­za­ban o intentaban empezar un noviazgo, los gru­pos familiares, o las mujeres que salían con sus amigas a charlar y ver vidrieras.

Entre las confiterías bai­lables es posible ci