Por
César Bianchi
El hijo bastardo, el cantor
que homenajeaba a su Buenos Aires querido,
el que (dicen algunos) se olvidó de su
tierra y el que (para otros) la reivindicó
siempre que pudo. Los tacuaremboenses pasan
del chovinismo más exacerbado a la
indiferencia total. Gardel en la patria del
mate y la necesidad de apropiación. Y aunque
cada día cante mejor, sus canciones se
escuchan poco.
Valeria Costa
se inscribió en el certamen de belleza
porque le encanta desfilar. “Sólo quiero
divertirme”, dice a lo Cindy Lauper, de
quien nunca escuchó hablar. Tiene 15 años,
el pelo negro, ojos almendrados y una
delgadez para la ocasión. Con la voz tan
bajita que es casi un susurro dice que le
gusta bailar cumbia los sábados en Castilla,
el boliche de moda en Tacuarembó.
Cuando le pregunto por Gardel, Valeria sólo
dice: “Es como el representante de
Tacuarembó. Nació acá… y ta”. A Valeria no
le gusta Gardel, ni el tango, y le importa
más saber qué banda de música tropical
llegará desde Montevideo a tocar a Castilla
que ponerse a defender la nacionalidad del
Mago.
Pero está concediendo una
entrevista en la terminal de ómnibus Carlos
Gardel de Tacuarembó, se anotó en el
certamen “La Pebeta de Gardel” en el marco
de la Semana Gardeliana que organiza la
Intendencia de Tacuarembó, y tres días
después de la charla estará encorsetada en
un vestido negro brilloso con vivos rojos,
medias can can, pañuelo rojo que cae hasta
promediar el vientre, maquillaje de mamá,
labios salvajemente pintados y el pelo atado
en un moño para que calce bien el “gacho”,
como llamaba Gardel a su sombrero. Habrá
cambiado las zapatillas por unos tacos que
le darán vértigo y tendrá que explicarle a
todos los presentes quién era Gardel, qué
significa para los tacuaremboenses y qué se
necesita para promover el tango en la
ciudad.
Como si lo
supiera. Como si ellos, los
organizadores, lo supieran.
***
Lo que le pasa a Valeria con la figura
de Carlos Gardel es lo mismo que le
sucede a Juan Ramírez, un mozo jubilado
de la ciudad, o a Ruben Rodríguez, un
taximetrista octogenario que no deja su
Opel Ascona porque tiene deudas: les
importa Carlos Gardel tanto como la
cotización del Dow Jones.
Pero
todos reconocen en él al emblema que
Tacuarembó parió al mundo, aunque crean,
con la mayoría de los lugareños, que el
Zorzal Criollo nunca en su vida
reivindicó su cuna, y en cambio prefirió
dedicarle loas a Buenos Aires. Para
desmentir tal versión, arraigada en el
pueblo como la moda de los tatuajes en
los futbolistas, hay un grupo de
gardelianos y otro de oportunistas.
La semana de Gardel, establecida por ley
en Uruguay, se festeja en el norteño
departamento de Tacuarembó y no en la
capital. Hay premios a periodistas y
escritores que vienen de Montevideo,
concursos de belleza y de canto, visitas
guiadas al Museo Carlos Gardel y clases
de tango. Todo organizado por la
Fundación Gardel junto a la Intendencia
Municipal del departamento. La
celebración tiene como referencia la
fecha de nacimiento del cantante, la que
él mismo declaró cuando tramitó su
nacionalidad argentina (y aclaró que
había nacido en Tacuarembó, Uruguay): el
11 de diciembre de 1887. Aunque, afirman
algunos estudiosos, el engominado era
tan coqueto que solía quitarse tres años.
A dos
días del aniversario de Gardel, la
ciudad ni se entera de la inminencia de
la fecha. María González, una vendedora
de discos truchos en la vereda, ofrece
desde el El Cuarteto de Nos hasta lo
nuevo de Ricardo Montaner o compilados
de merengue, pero ante la consulta por
un disco de Gardel, dice sin culpa que
no tiene nada.
Acá
los comercios cierran al mediodía para
que sus dueños y empleados duerman la
siesta, el diario de la localidad no se
agota y la gente va a la plaza Colón a
tomar mate y mirar la fuente sin agua
pero con más graffitis que una pista de
skate. En el pueblo, cuando alguien
entra a un bar, saluda a todos los
presentes como quien llega a un
cumpleaños. Por las calles de Tacuarembó
no se escuchan tangos.
Tacuarembó
parece una ciudad silenciosa, sin
alardes más allá de la tienda de ropa El
Mago, la silueta de un sombrero que
identifica a la intendencia o los
retratos de Gardel, obra y gracia de la
Fundación.
César “Cerito” Escayola
me confirma tal histórica discreción,
que linda con la pacatería. El hombre es
un maestro jubilado de 63 años que pasa
sus tardes charlando con amigos y
cuidando a su anciana madre, pero todos
los años cuando se acerca la fecha de
nacimiento o de muerte de Gardel es
requerido por la prensa mundial. Lo han
venido a buscar de la CNN, History
Channel y decenas de canales porteños.
Siempre dice lo mismo y pierdo la
ilusión de tener una primicia: en su
casa no se hablaba de Gardel porque era
tema tabú.
Escayola es descendiente de Carlos
Escayola, más conocido como “el coronel
Escayola”, el padre –dice la leyenda- de
Carlos Gardel. El tío abuelo de César
era Carlos Segundo Escayola Oliva, “El
Pato”, último hijo legítimo del coronel.
El coronel Escayola, jefe político del
departamento, comisario, hombre bohemio
y amante (además) del teatro, era amo y
señor de estas tierras a fines del siglo
XIX. Por aquellos años en blanco y negro
las minas de oro hacían que europeos que
venían a hacer la América recalaran en
Tacuarembó. Así, dicen, llegó Bertha
Gardes, una francesa procedente de
Toulouse que fue sirvienta en lo de
Escayola.
El
general fue un semental de temer: tuvo
15 hijos legítimos, pero en total se le
adjudican unos 50. Desposó a las tres
hermanas Oliva Sghirla, conforme iba
enviudando: se casó con Clara, quien
murió en 1871, luego con su hermana
Blanca y fallecida ésta, con María
Leila. Fue ella quien dio a luz a
Carlitos, dice la tesis. Pero la oveja
negra de la familia fue producto de un
amorío impuro: María Leila era la
ahijada de Escayola y el hombre la
desvirgó cuando tenía apenas 13 años.
Había que deshacerse del bastardo porque
las malas lenguas señalaban al general y
cuchicheaban por lo bajo. El descarriado
se fue en brazos de la criada francesa y
décadas después se convirtió en el
artista rioplatense más importante de
todos los tiempos.
Pero
de todo eso, “Cerito” Escayola se enteró
por los libros. “Mi viejo se ponía un
gacho y decía ‘¡igualito al tío!’. Pero
su madre, o sea mi abuela, se enojaba.
Se escuchaba tango en casa, pero no se
podía hablar de Gardel. Mi abuela Blanca
falleció en 1974 a los 84 años. Un día
le pregunté por Gardel y me contestó:
‘esas no son cosas de niños’. También le
pregunté a otra señora, vecina nuestra,
Beba Calcagno, que murió hace una década
con 103 años. Y también me cortó en
seco”, confiesa.
La
presencia de Gardel en la vivienda de
César es tan discreta como el orgullo de
los tacuaremboenses por él: apenas un
llavero con su rostro y en una pared un
cuadro con la fachada del teatro
Escayola que supo inaugurar el coronel
en 1891, luego fue cine y hoy es el
local de “una secta” como la llama a la
Iglesia Universal del Reino de Dios.
César
Escayola tuvo una oportunidad más para
sacarse la duda sobre el parentesco con
el Mago.
Cuando
estudiaba magisterio en Montevideo
compartió cuarto con su tío abuelo, “El
Pato” Escayola,
último
hijo legítimo del coronel. Una noche
ambos habían compartido un vino tinto y
cuando el tío abuelo estaba algo alegre,
le preguntó a bocajarro: “Abuelo, ¿qué
hay de cierto de lo de Gardel?”. “El
Pato” suspiró y le contestó: “Se va a
contar esta historia cuando yo me muera,
antes no”.
Todos
los gardelianos cuentan la anécdota que
sigue vigente de generación en
generación: el día que falleció Gardel
en un accidente de avión en Medellín, el
24 de junio de 1935, su hermano Carlos
Segundo entornó la puerta de la farmacia
en señal de duelo. “El Pato” murió el 11
de noviembre de 1979 y a partir de 1980
comenzaron a acosar a “Cerito” Escayola
con preguntas.
A
“Cerito” le gusta el tango, sobre todo
Jorge Valdés y Julio Sosa, un uruguayo
indiscutido que también triunfó en
Argentina. “Tacuarembó es muy especial”,
cuenta el último Escayola. “No es que
sea apática, pero cómo decirlo… es
callada. Sólo cuando se ponen a hablar
con gente de afuera sale el tema de
Gardel”, cuenta, como si eso le
molestara.
-¿Usted siente algún orgullo por ser
sobrino nieto de Gardel?
-Eso es
personal. Prefiero guardármelo- dice,
continuando la herencia familiar del
misterio.
-¿Y, dígame, acá no hay
una calle que se llame Carlos Gardel?
-(Piensa) No, no hay.
Si será discreta Tacuarembó, que sí
tiene una calle con el nombre del
tacuaremboense más mentado y “Cerito”,
oriundo y criado acá, nunca se enteró.
***
Carlos Arezo, ex edil local y actual
director de Cultura de la Intendencia de
Tacuarembó, es un político del Partido
Nacional que fue fan de los Beatles en
los tempranos 60 hasta que en 1967 leyó
“Carlos Gardel, el gran desconocido”, la
investigación de Erasmo Silva Cabrera.
Desde entonces abrazó la causa
gardeliana como si fuera un rencor.
Le
explico, en su despacho, que quiero
saber cuánto de Gardel tiene la ciudad
pero él prefiere enumerar los datos que
lo confirman oriental. Dice que con los
estudios siguientes de Nelson Bayardo y
Eduardo Paysée González ya no quedó
dudas de su gen tacuaremboense, que el
pasaporte hallado tras el accidente
mortal en Colombia lo decía bien
clarito, que de puro localista decidió
crear la Fundación Carlos Gardel y la
Semana Gardeliana. Y que en cuestión de
meses saldrá a la venta el libro
“Gardel: dignificando la verdad
histórica, 50 años de investigación”.
Le
pregunto si existe una calle Carlos
Gardel. A regañadientes dice que sí. “La
vamos a cambiar”, agrega. Claro, está en
un barrio de la periferia, donde viven
obreros en situación precaria. Es una
calle corta de tres cuadras, sin
cibercafés, sin edificios, sin bancos,
sin entretenimientos, con gente sin
remera sentada en sillas de plástico y
tomando mate para matar el ocio.
Arezo,
quien también conduce un programa de
radio por las mañanas, lanzó la idea de
rebautizar a la plaza Colón como Carlos
Gardel, pero la idea –con el apoyo del
intendente Wilson Ezquerra- no tuvo eco
en la gente. Él lo sugirió en su
programa y los oyentes comenzaron a
llamar para rechazar la propuesta. En el
plebiscito planteado, el genovés de
melenita rubia le ganó al héroe local
que alcanzó el estrellato con El día que
me quieras.
“Acá,
como en el resto del país, hay un 70%
que cree en la tesis tacuaremboense y un
30% que discrepa o tiene dudas”, estima
Arezo, cortando grueso. Le suena el
celular, pero el ringtone no es un tango
de Gardel, ni una milonga. Suena
folklore.
Su
compadre Heber Moreira, ex presidente de
la Fundación Gardel, hace una confesión
que a Arezo no le gusta nada. Moreira
revela: “Vos le preguntás a un
tacuaremboense de a pie por Gardel y te
contesta ‘¿qué me importa si ese nunca
dijo que era de acá?’ ¡Grave error!
Están los archivos: ¡siempre lo dijo! A
él le bastaba decir que era uruguayo, y
sin embargo aclaraba que era de
Tacuarembó”, insiste Moreira.
Qué
mejor que preguntarle a los lugareños de
la menospreciada calle Carlos Gardel.
En el
barrio Ferrocarril, y como una ironía
pergeñada por algún porteño, la calle
comienza frente a la escuela República
Argentina. En Gardel al 51, Juan Ramírez
está tomando un mate ya lavado una tarde
de calor que se presta más para una
cerveza helada. Ramírez tiene 75 años y
57 de mozo en restoranes. En su trabajo
muchas veces le tocó servir a
gardelianos de saco y corbata que
polemizaban por cómo promocionar mejor
la marca Gardel. Así nació, por ejemplo,
el rostro del Mago en la camiseta del
equipo de fútbol Tacuarembó Fútbol Club.
“Hay
un programa de tangos acá, pero no pasan
a Gardel. A mí me gustan Goyeneche y
Edmundo Rivero”, dice. “Tengo la
impresión de que a la gente no le va ni
le viene el tema”, agrega, cuando pasa
su hija y mira desconfiada. Nancy
Ramírez se entromete para darle la razón
a Moreira: “¡Ese nunca dijo que era de
acá!”, protesta y se mete en la casa.
En la
cuadra siguiente, Marcela Latorre y su
suegro Osclides Da Rosa charlan frente a
un taller de motos. A él “nunca” le
gustó el tango, prefiere escuchar una
música “más alegre” como una polca o un
vals. Ella es una enamorada de los
oldies de los ochenta. La mujer dice que
en la escuela y el liceo nunca le
enseñaron que Gardel era de Tacuarembó,
y ella no está tan segura. Con un
sentido común más parecido a
maniqueísmo, Osclides apunta: “Francés
no era, porque nunca cantó en francés,
¿no?”.
Por
primera vez en 48 horas escucho música
desde un equipo de audio. Es una cumbia
que dice: “Yo tengo una piscina, yo
tengo una piscina, de cerveza fríííía… y
me baño en ella… tres veces al díííía, y
me baño en ella, tres veces al díííía”.
Como
Horacio Quiroga en su Misiones, Gardel
se volvió anécdota, algo muy parecido al
olvido y, en los últimos años,
conmemoración escolar. Lo homenajean los
notables que quieren posicionar a este
pueblo en el mapa mundial, que alguna
vez fue sitio escogido por los primeros
charrúas nómades, recordados por cerros
indígenas y por construir sus propios
cementerios, hoy patrimonios históricos
de la humanidad. Como la voz de Gardel.
En
Carlos Gardel al 111 dos hermanos y una
mujer, todos cuarentones, también hacen
nada mientras chupan una bombilla.
Richard y Daniel García, camioneros,
nunca escucharon a Gardel y crecieron
sabiendo que era uruguayo. “Fue hace
unos años que se empezó a decir que era
de acá”, dice el primero. La abuela de
Marina Dufrechú, ama de casa, sí se la
pasaba escuchando radio Clarín, porque
desde hace décadas “en las horas pares
canta Gardel”, siempre recuerda el
locutor de voz anquilosada.
Los
tres han visitado el Museo Gardel en
Valle Edén y quedaron impresionados por
los documentos exhibidos allí. También
Valeria Costa, la estudiante que quiere
ser modelo, lo visitó, y hasta el
taxista Rodríguez fue hasta allá a ver
de qué se trataba.
Para
Richard García, darle la bienvenida a un
visitante con el busto de Gardel e
inventar una Semana Gardeliana, tiene un
único motivo: rivalizar con Argentina,
que se apropió de la estrella (luego de
formarla). “Con ellos nos peleamos hasta
por el dulce de leche y la carne”,
explica Daniel, como si fuera necesario.
Y se extiende a propósito de la carne
vacuna: que comemos más que ellos por
habitante, que la nuestra es más rica,
que lo dijo Matías Alé –el ex de
Graciela Alfano y Silvina Escudero-
cuando llegó a Montevideo para rodar un
comercial de jabón para lavarropas.
“Mirá, lo de Gardel nace para
contestarle a muchos, que creen que le
sacás al tipo y esta ciudad no tiene
identidad. No te olvides que Paso de los
Toros tiene a Mario Benedetti”, apunta.
Y se olvida que en Paso de los Toros, en
el mismo departamento, también nació el
agua tónica y su refresco de pomelo, que
luego compró la Pepsi.
A
ellos les gusta la cumbia de los
ochenta: Karibe con K, Borinquen,
Cumanacao, Sonora Cotopaxi. Quién sabe
si Gardel no hubiera terminado cantando
algo así, si no se hubiera muerto joven.
Arezo, políticamente gardeliano, no lo
descarta: “En su vida cantó 19 estilos
de música, entre criolla, paso doble,
rumbas, milongas, tangos, folclórica. En
el certamen ‘Vení a cantarle a Gardel’
lo abrimos a todos los géneros, porque
antes solo se cantaban tangos de su
repertorio. Si hubiera vivido más
tiempo, ¿no habría hecho algo de rock
lento? Quizás sí…”
***
Ruben Rodríguez me hace precio para
llevarme al suntuoso hotel Carlos
Gardel, un cuatro estrellas que parece
salido de otro lugar. Como todos los
tacheros, es aficionado a hablar con el
pasajero de turno: “Hace poco levanté
una mujer de Tambores que me contó que
su abuelo había conocido a Gardel. Dice
que Gardel lo utilizaba para los
mandados. Y que sabía que cuando
terminara la gira esa por la que andaba
cuando se mató, tenía previsto ir para
Tambores. Yo no sé, eso dicen”, remata y
nota un mohín de asombro mal disimulado.
“Como que él nunca reconoció que es de
acá, mhijo. Para él era todo amor por
Buenos Aires. Se fue de acá y se olvidó
del pago, por lo que dicen, ¿eh?”, se
vuelve a defender.
Tenía
razón Moreira con el resentimiento a
flor de piel de los lugareños con el
“tacuaremboense inmortal” como lo
bautizó Arezo para un sello oficial del
Correo Nacional, que enojó mucho a los
argentinos.
El
hotel que lleva el nombre del Mago es
propiedad del doctor Álvaro Caruso. Lo
inauguró el 11 de diciembre de 2003, día
de aniversario del artista, e invirtió
un millón de dólares en su apertura.
Luisa, una mucama, me hace de guía por
algunas de las 28 habitaciones y dos
suites para exquisitos. Cada pieza lleva
el nombre de un tango de Gardel y en
cada una está la letra de ese tango y
una caricatura del Morocho del Abasto,
como le dicen en el país vecino. El bar
se llama Gardel y ahí están las
reproducciones de su partida de
nacimiento y su pasaporte, entre otras
fotos con aquella sonrisa inmaculada.
En el
restorán del hotel los platos se cobran
en pesos o en dólares. Está pensado, me
dice la chica que está a cargo, para
extranjeros que van de paso a Brasil o
Argentina y paran en Tacuarembó. A ella
siempre le preguntan por la nacionalidad
de Gardel y dice, claro, que nació en
Tacuarembó. Se van desconfiando y
diciendo que la comida estaba riquísima
y qué cómodo el sommier king size.
La mucama no quiere ni aparecer en la
foto de la pieza que se llama “Esta
noche me emborracho”, porque ella no
bebe. A Luisa no le gusta el tango: le
gusta la música romántica de Los
Nocheros, un combo del interior
argentino. Como sabe que vengo por
Gardel, da su aporte: “andan diciendo
que es de acá, que no es de acá, ¡yo que
sé! Fue hace tanto tiempo… Él nunca dijo
que era de acá, ¿no?”
Lo dijo sí,
pero me quedo pensando qué importa.
Antes
de irme de ese pedacito de Montevideo en
el norte uruguayo, casi abrasilerado,
quiero saber si el buen gusto es obra de
Caruso, y la encargada me señala que no,
la decoradora es su mujer, María
Virginia Ríos.
-Pero
el hombre, ¿es gardeliano de pura cepa o
sabe mucho de marketing?
-Jeje, eso
mejor preguntáselo a él…
Algo no cierra. Muchos tacuaremboenses
están ofendidos a la distancia con
Gardel pero no parece importarles mucho
la discusión por su nacionalidad, ni
siquiera su música (aunque cada día
cante mejor, como se sabe). A otros, que
sí les va la vida en cada documento, les
importa conforme siga dando réditos y
puedan colgarse de su gacho. Y las
grandes comunidades gardelianas están
por todas partes, menos en Tacuarembó.
Están en Buenos Aires, tierra que le dio
oportunidades y lo convirtió en artista;
en Medellín, donde él no eligió morir
carbonizado; y en Japón, donde el 2 x 4
es local. Si Al Pacino hubiera nacido en
Tacuarembó quien sabe si habría bailado
Por una cabeza en Perfume de Mujer…
***
La entrada al Museo Carlos Gardel cuesta
apenas 20 pesos, un dólar. Adentro un
grandes éxitos del Zorzal Criollo
termina y vuelve a empezar, así todo el
día. Por suerte la chica que vende los
tickets es gardeliana, o se hizo a la
fuerza para soportarlo. Adentro hay
documentos de todo tipo, guitarras,
pianos, fotografías de Gardel cuando
niño, cuando nóvel cantante, cuando
famoso. En una está con su tocayo
Chaplin en Europa, en otra con el jockey
uruguayo Irineo Leguisamo y su caballo
Lunático, cuando bebé con Bertha Gardes.
Hay decenas de diarios uruguayos,
argentinos y colombianos.
Un pedacito de una entrevista del diario
El Telégrafo de Paysandú, Uruguay, del
25 de octubre de 1933 reproduce el
diálogo entre el cronista y el
entrevistado, recién llegado. “Anoche
hablamos con Gardel. Recién llegaba y lo
abordamos al subir por la escalera para
subir a su pieza del hotel Nuevo.
-Muy
buena muchachos, ¿Cómo les va? ¿Un
reportaje? Pero che, ya he dicho todo
por ahí… Pongan cualquier cosa, lo que
les parezca. De todos modos, les voy a
cantar la misma milonga que a todos los
demás.
-No,
aquí hay que decir otra cosa Carlitos (porque
ya somos amigazos y nos tratamos así
nomás).
-Bueno, me someto. Pregunte
la carilla esa.
-¿Nacionalidad?
-Un artista o un hombre de ciencias no
tiene nacionalidad. Un cantor tampoco,
es de todos, y sobre todo su patria es
donde oye aplausos. Pero ya que insiste,
uruguayo, nacido en Tacuarembó. ¡Y a ver
si dejan de preguntar eso!
Gardel
lo retó y se fue. Aquel periodista de
los treinta habrá pensado que con esa
respuesta se terminaba la polémica. Pero
no.
Setenta y siete años después, frente a
la terminal de ómnibus Carlos Gardel de
Tacuarembó, Andrea Monzón, una morocha
de ojos vivaces y 18 años, me repite lo
que escribió en el formulario para ser
candidata a “Pebeta de Gardel”: que le
gusta el tango por sus letras y Gardel
es la figura del departamento. Ella, en
tanto, espera que la dejen ir a bailar
el fin de semana al boliche Castilla.
Capaz que tiene suerte y va La Zorra de
Buenos Aires a cantar: “nos ponemos
pillas las pibas cumbieras, le tomamos
todo a ese cheto billetera, te cabe el
descanso che pito corto, te llegó un
mensaje, dice ‘nos vemos en el corso’”.
CÉSAR
BIANCHI (Uruguay). Desde los 13 años supo
que quería ser periodista; hizo el test de
orientación vocacional sólo para conformar a
su madre. En el año 2000 entró al diario El
País, el de ma
yor
circulación en Uruguay, y en 2004 pasó al
suplemento Qué Pasa del diario, donde se
especializó en crónicas y reportajes. En
2007 fue premiado por PNUD y la agencia IPS
en el primer certamen de los América Latina
y los Objetivos de Desarrollo del Nuevo
Milenio y en 2010 fue finalista del premio
de la FNPI con un perfil sobre el entonces
presidenciable José Mujica. Hoy escribe
crónicas en publicaciones de Uruguay,
Argentina, Colombia, México y Chile. Fue
productor periodístico en televisión, es
docente de periodismo en la Universidad ORT
de Montevideo y en 2008 publicó su primer
libro, Mujere$ Bonita$, 14 retratos de
prostitutas uruguayas (Random House
Mondadori).