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LA CANCIÓN MODERNA, Nº 429 LA VERDADERA VIDA DE CARLOS GARDEL SU INFANCIA.
El 24 de junio, dentro de muy pocos días, se cumplirá el primer aniversario de la desaparición de Carlos Gardel. Ya sabe el lector, como lo sabe el pueblo, lo que ha significado para Buenos Aires, para todo el país, la trágica muerte de este pájaro cantor, que, como ninguno, supo poner su nombre, su voz, su sonrisa bondadosa y su vida abnegada, en el sensible corazón popular.
Quien era Carlos Gardel? ¿De donde provenía? ¿Donde nació? Para poner en claro, ordenadamente, estos aspectos de su primera infancia, ha debido llevarse a cabo una, intensa "búsqueda" periodística. Largas horas de conversación con la anciana madre de Carlitos Gardel, la viejecita que vive hoy con la misma angustia del fatídico 24 de junio del año pasado, cuando en la humilde casita de Toulouse, se enteró de la terrible desgracia. En sus pupilas, constantemente veladas por la emoción del recuerdo, se descubre la imagen de su muchacho muerto, que vive en sus labios, a su alrededor, y hasta en el constante ademán de caricia de sus pi
adosas manos viejas. La viejecita no se resiste a conversar de su hijo. ¿Como
se va a resistir si no piensa en otra cosa; si su vida actual es una esperanza
turbia de que su hijito volverá, de que no es posible que se haya ido para
siempre sin decide su ultimo adiós, sin besarle en la frente, y con aquella voz
que se hacia tan tierna para decirle: "vieja, viejita"?
FUE INQUIETA SU INFANCIA
Y así una vez, y otra vez, hemos llegado hasta su casita de la calle Jean Jaurés, y sobre la amplia mesa comenzó a desfilar la vida gráfica de Carlitos Gardel, desde sus primeros años mientras en en conversación florecía, al través del recuerdo minucioso, el otro Carlos Gardel, el que recorrió el mundo ante el aplauso triunfal de todos los públicos; el que ganó el corazón de cuantos lo conocieron; el que supo despertar en el alma de esta viejecita un amor que no es posible traducir en palabras... La anciana tiene toda su vida en estas cajas que
guardan sus preciados tesoros... Las mira, las toma entre sus manos, y un
recuerdo y otro, de distintas épocas, revive en sus labios...
No podía vivir junto a la incomprensión de mi madre y decidí abandonar Francia. Carlitos tenia algo mas de dos años. Les diré, que la la única verdad sobre la fecha de su nacimiento, es el 11 de diciembre del año 1890, y que nuestra llegada Buenos Aires fue el 23 de marzo de 1893. Poco tiempo después comencé a trabajar en el taller de planchado de doña Anais B. de Muñiz, que es esta misma señora que me acompañaba actualmente. —Nosotros ya hemos vista más de una vez a esta viejita encorvada por los años y sus achaques, y que quiere a doña Berta como a una cosa sagrada. —La vida en ese tiempo —prosigue la viejita— era muy dura, y por mi trabajo me era materialmente imposible atender a Carlitos. Entonces fue que resolví entregarlo a una familia que lo quería como a un hijo, y de quienes éramos casi vecinos. Así la case de doña Rosa C. de Franchini se convirtió en un verdadero hogar para mi hijito. Ustedes pueden ir a visitar a los hijos de esta señora, porque la pobrecita ha muerto hace quince años, y ellos le dirán como era Carlitos cuando chico, sus inquietudes, y cuanto corazón tenia.
EN LAS CALLES DE BUENOS AIRES UNA FAMILIA HUMILDE Y BUENA.
Para completar esta parte tan íntimamente ligada a la vida de Gardel, resolvimos, junto con Armando Defino que nos acompañó en toda esta búsqueda, visitar a la familia Franchini, que vive en un extremo de Villa Devoto.
Allí nos fuimos un frío sábado por la tarde. Una de esas tristes tardes del otoño porteño. Es una casita modesta, con un arbusto de mandarina tras la reja de entrada. Allí viven varios hermanos, que nos reciben con las manos extendidas en una franca cordialidad. Saben a qué vamos. Vamos a hablarles de aquel muchachito que durante cinco años fué hermanito de ellos, en quien adivinaban un destino extraño a la humildad de ellos mismos. En las paredes del modesto comedor donde nos sentamos, hay muchas fotografías de Gardel. Ellos las ponen sobre la mesa, y sobre los vidrios fríos pasan los dedos de este hombre y sus hermanas, gente de trabajo, de dedos rudos pero con una sensibilidad tan tierna... Miran con orgullo una fotografía casi reciente de Gardel, en la que éste aparece vistiendo un pulcro frac, con su sonrisa de muchacho triunfante sobre la vida poderosa...
—En esta foto —dice una de ellas— doña Berta nos había prometido hacernos dedicar una frase por
Carlitos...Pero después, cuando sucedió "aquéllo"... —Y "aquéllo" es
lo que ellas no quieren nombrar: la desgracia que todavía no pueden
olvidar... —Nosotros vivíamos en la calle Corrientes entre Paraná y
Uruguay, en una casa de inquilinato. Nuestra madre lo
quería a Carlitos entrañablemente, y éste la llamaba "mamá Rosa". Doña Berta venía a verlo muy a menudo, y se puede decir que tenía
dos amores maternos. No lo olvidamos nunca. Era de un carácter muy
vivaz, muy travieso, pero tan bueno... —Y las mujeres, solteras todas
ellas, piensan acaso en el hijo que la vida no les dió, y en cómo lo
hubieran querido, si fuese así como el Carlitos de hace cuarenta
años.— ¡Cuarenta años! Si parece que fué ayer cuando se escapó de
casa, y alguien nos vino a decir que lo habían visto en el puerto,
con otros chicos, vendiendo fósforos. Pero el pobrecito no tenía
noción ninguna de maldad. Tampoco era para tener monedas y
malgastarlas...
"YO SERÉ UN GRAN CANTOR", LE DECÍA A SU MADRE QUE SOÑÓ HACERLO MEDICO OTROS RECUERDOS Y SU VOCACIÓN. —Yo creo— dice uno de los hermanos— que desde muy chiquito soñaba con ser cantor. Él mismo lo decía. Muchas veces, de noche, cuando se acostaba, lo veíamos en la cama con un pequeño palo, a manera de guitarra, y cantaba las canciones de la época, mientras decía: "Yo voy a ser un gran cantor". Y esas palabras que entonces se le oían como ocurrencias de chico, cobran ahora, a través de tantos años, valor de predestinación. "Yo seré un gran cantor"... Y asoma al recuerdo de todos los que estamos alrededor de esa humilde mesa, la evocación de sus ruidosos triunfos, de los públicos que lo aplaudieron en París, en Nueva York, en Madrid, y en tantos escenarios, desde los que despertó la ensoñación de hombres y mujeres, de ricos y pobres, de humildes y poderosos... Manos que se unieron en el aplauso frenético... Ojos de mujer que se humedecieron de emoción... Corazones de madre que apresuraron su latir después de su muerte. Carlitos... Cómo te ha querido esta gente... Bendito sea tu destino breve; tu destino de pájaro que quemó sus alas, que supo despertar esta ternura que vamos recogiendo con Armando Defino, en este bucear de recuerdos. Su infancia fué toda así. Pasamos por él más de un sobresalto. A los siete años se sentaba en las puertas de calle a cantar, y en seguida lo rodeaba un mundo de muchachitos y por intermedio de ellos, muchas familias se lo llevaban a sus hogares durante días enteros. Después volvía como si nada hubiese pasado, y su ternura borraba toda intención de castigarlo. Más tarde doña Berta lo inscribió en el colegio San Carlos y algún tiempo después volvía a vivir con ella... SU CARACTER, — SUS INQUIETUDES. Aquí estamos otra vez con doña Berta. Primero conversamos con ella sobre estos oscuros rumores que se han dado a rodar, acerca de que Carlitos Gardel no ha muerto; que esta loco... en Medellin... Y mientras tratamos de demostrarle que son rumores fantásticos, caemos en la cuenta de que nuestra palabra, lejos de tranquilizarla, ahonda su dolor. Ella querría que fuese la verdad y su palabra entrecortada vuelve a morder nuestro corazón. — ¿Acaso no podría ser verdad que no hubiese muerto? ¡Quién sabe...! En la confusión de los primeros momentos puede haberse escapado... Tal vez por efecto de algún golpe perdió la memoria... Y
aunque estuviese loco, yo lo cuidaría a mi hijito... Y acaso se resignase,
aunque ya no pudiese cantar... Entonces lo coloqué en los más diversos oficios. Tenía habilidad para todos los trabajos. Estuvo un tiempo en la cartonería al lado de la casa que ocupábamos... pero no duró. El dueño lo quería mucho y me lo reclamaba. Después estuvo de tipógrafo y llegaron a pagarle treinta pesos mensuales, cosa que en aquel tiempo, y para un muchacho de su edad, era una verdadera fortuna. Tampoco puedo olvidarme de cuando lo coloqué en una joyería. ¡Pobrecito! A la primera salida, quince días después, vino a verme y me traía un regalito escondido en la mano. Cuando la abrió, vi que dentro había un anillo que el mismo había hecho... para mi... Él mismo me lo puso en el dedo y lo miraba con orgullo... ¡Ah, mi muchachito...! —Y doña Berta vuelve a lagrimear, entrecortadamente...
DURANTE SEIS AÑOS
SE LE CREYÓ
MUERTO "DAME LA LLAVE DE LA PUERTA DE CALLE..."
—Nunca me voy a olvidar— dice la vijita con una suave sonrisa— de aquella tarde que llegó a casa a decirme que "esa noche tenía un programa"... Seguramente sería para ir a cantar a casa de alguna familia amiga. Con su carita llena de picardía y ademanes de hombre grande, me pedía que la diese la llave de la puerta de calle... ¿Se dan cuenta? —Y ¿qué edad tenía? —le preguntamos. Doce años. —Y la viejita se queda seria, con la misma seriedad de hace treinta años, cuando le explicaba a Carlitos que a los doce años ningún chico pide la llave de la puerta de calle. Probablemente lo habrá estrechado contra su corazón, acaso para ampararlo de algún posible peligro que lo acechase... Luego reanudamos la conversación... Ahora es el recuerdo de cuando tenía catorce años... Una tarde salió de casa y no volvió. Lo busqué como loca por todo Buenos Aires, pero no lo encontré... Viví unos días muy tristes y casi no podía trabajar. Por la tarde, al terminar mi tarea, salía a recorrer las calles, pero todo era inútil. En una de mis diarias búsquedas, frente a una casa donde había una mudanza ví un gran carro, y sentado en el pescante estaba mi Carlitos, con un aspecto impresionante. Le habían puesto un traje de hombre con pantalones largos, a él, que era muy menudito. Las mangas del saco se las habían dado vuelta hasta el codo. —¡Carlitos! —le dije—. ¿Qué estás haciendo? Y el pobrecito me contestó que estaba trabajando: ¿No ves —me dijo— que estoy cuidando este carro? Mirá, ¡hasta me han puesto un traje nuevo! Lo llevé a casa, lo cambié de ropa y me parecía un sueño volver a tenerlo entre mis brazos. Pero a los pocos días, esa fiebre de inquietud que llevaba en el pecho volvía a separarlo de mí. Yo soñaba que mi hijo sería médico... Si hubiese podido hacerle cumplir ése sueño mío! Pero él siempre decía que quería ser un cantor. Y esto, en aquel tiempo me daba miedo. Como vivíamos frente al Teatro Politeama, y yo trabajaba para algunas figuras de renombre, él solía meterse en los camarines, donde todos lo querían mucho. Había escuchado algunas óperas, y como tenía buen oído las cantaba después, haciendo él solo todos los personajes... Era muy desinteresado. En algunas de las casas donde trabajaba, ni siquiera se acordaba de cobrar cuando se iba; luego cuando yo iba preguntar por el, me pagaban a mí su sueldo, veinte pesos, treinta pesos... Seria difícil describir la ternura que hay en los ojos de esta mujer humilde mientras pasea su recuerdo por esos años lejanos. Vuelve a ver a su hijo pequeño, travieso, inquieto, pero suyo de cuerpo y alma. No conocía entonces los halagos de la fortuna que su hijo puso después a sus pies, pero era feliz... La infancia de Carlitos fue en realidad para ella un dolor entrecortado, una inquietud derramada en sus ausencias y sus regresos. Pero todas las madres del mundo son así. Viven para sufrir por sus hijos, y acaso en el sufrimiento que les causamos, encuentran ellas la razón de su honda maternidad.
ERA EL MEJOR ALUMNO DE LA ESCUELA SEIS AÑOS DE SOLEDAD.
Después de los catorce años, viene para la viejecita una época mas dolorosa aun. Todavía lo recuerda emocionada. Carlitos llegó una tarde y le dijo que había encontrado un buen empleo de tipógrafo en Montevideo. Allí se iría con un buen amigo suyo, otro muchacho de su edad. —Esta es la dirección, vieja. —le decía—. Andá si querés a preguntarle a la madre, a ver si es cierto. Y doña Berta, fué a visitar a la señora y claro que ella le dijo que era verdad. La anciana sonríe cuando nos dice: "Claro, el otro le había mentido también a la madre". Pero doña Berta entonces lo creyó. Con qué amor preparó un pequeño baúl para su muchachito. La ropita blanca y también un catrecito, y un montón de consejos. "Portate bien, Carlitos, mirá que ya sos un hombre". Y el le prometió todo, y le dió un beso para la separación que había de durar seis años. —Desde entonces —prosigue doña Berta—, no volví a tener mas noticias de él. Al correr del tiempo, me mudé de la casa donde había vivido hasta entonces, y comencé a perder la esperanza de volver a encontrarlo. Inútil resultó mi visita a la madre del compañero de Carlitos. Tampoco ella sabia nada de él, y como yo, estaba desesperada. Algunas veces imaginé que había vuelto, y recorrí los cafés que acostumbraba a frecuentar, pero la respuesta era siempre la misma: "No sabemos nada, señora". Nadie sabia nada... Así comenzaron a pasar los meses, y con los mesas los años. Esta pobre madre nació para un destino atormentado. Ya entonces creyó que había perdido definitivamente a su hijo. La vida se lo devolvió después, para muchos anos mas tarde volver a
robárselo, pero esta vez para siempre. La viejita
nos dice que ya casi había perdido toda esperanza... Su hijito no volvería mas.
Tal vez una mujer le había robado su corazón para siempre. Pero.. Era posible
que olvidase a su madre, la que lo había querido tanto, la que por él cruzó el
océano y dejó allá en Toulouse, en una casita de los alrededores, a su madre, a
sus tíos, es decir, todo su pasado... Dos días después, mientras doña Berta trabajaba en su penoso oficio, una puerta se abrió y Carlitos cayó en brazos de su madre. Se había ido un niño, y volvía un hombre, con sus facciones maduradas, con la dureza de la vida escrita en su expresión, en su firme voluntad de luchar y triunfar. Habían pasado seis años de silencio y de distancia. El tiempo que cambia la niñez en juventud. Pero nada había entibiado la figura maternal en el corazón del hijo. La quería como siempre, como cuando tenía cuatro años y hacía sus ingenuos paseos en bote tomado de la mano con la hijita de doña Rosa Franchini. Aquellos años que nadie puede borrar del corazón de la viejita...
EL RECUERDO VIVE LATENTE EN SUS FAMILIARES
Carlitos a los cuatro años, y a los diez, a los veinte, y más tarde, cuando todas las mujeres admiraban su porte, su sonrisa, su voz... y ahora... Pero hemos llegado al término de una parte de la vida de Carlos Garde!. Ya tiene veinte años y su destino va a cambiar como si al influjo de una misteriosa fuerza una mano invisible girase el timón de su porvenir... ¿Qué sucedió entonces? ¿Qué mano, que influencia se acercó a su vida? ¿Pronunció Dios una palabra de apoyo a este muchachito sufrido y ambicioso? ¿Por qué milagroso influjo habría de llegar hasta él la fortuna, la ciega y misteriosa fortuna que algunos no han visto ni siquiera una vez en la proximidad de su vida, para sacarlo de la penumbra de su modesta realidad del muchachito pobre e iniciar un vuelo de triunfos sobre el mundo entero? Nada podríamos decir. Ha sido un verdadero milagro social. Nadie en nuestro país llegó hasta tan altas cumbres de popularidad. Gardel llegaba nada más que con su presencia hasta donde no han podido acercarse artistas que dedicaron sus vidas enteras at estudio, y que, arrullados por la música, pasaron los años de la más remota infancia. Carlos Gardel nació en la penumbra de una dura pobreza. Vivió la infancia triste de los niños que viven luchando para ganarse el pan, y que frecuentemente se pierden en un mundo confuso de sueños. El niño que a los cuatro años vendia fósforos en el puerto de Buenos Aires llegó a ganar muy cerca de los cuatro millones de pesos. ¿No parece esto una novela de Carlos Dickens? Moderno David Copperfield, Carlos Gardel vivió también su novela dramática. Drama que conmovió el corazón de millones de hombres y mujeres, que lo lloraron como a un hermano, como a un novio, o como a un hijo, y que hará que su recuerdo quede grabado por mucho tiempo, pues la admiración que en el pueblo había despertado es de las que no se olvidan fácilmente. Carlitos Gardel, que pudo gustar la gloria, triunfó y cayó bajo el peso de sus propios triunfos. Fué su destino. Ya lo veremos, lector. El capítulo que hemos querido ofrecer hoy, ya esta cumplido.
LA CANCIÓN MODERNA, Nº 429 |
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