ESTRÁZULAS, UN DIPLOMÁTICO ENTRE GOMIAS Y GOTAN

Por Juan Carlos ESTEBAN

26 de octubre de 2011

Ed.: Siguiendo los pasos de la conocida fabuladora que nos cuenta "La falta de Certificado Escolar del Gardel en Montevideo, porque los alumnos "se anotaban de Palabra", Estrázulas fabula que Gardel nació en “un año incierto del siglo XIX” y "documentos que existían de Tacuarembó y ya no existen”. Demuestra una vez más el desesperado acta de promover la desacreditada y poco coherente historieta auxiliada con salvavidas de plomo.

                              En la galería de los próceres del macaneo ocupa un lugar destacado Enrique Estrázulas, sinuoso Diplomático de Carrera, recientemente rescatado por un Pasquín de Punta Alta. No sabemos ahora cual es su destino consular. No nos extraña que haya pedido ser vicecónsul y refugiarse en Toulouse.

                                 Además, es muy conocido en el mundillo de los ases de las letras, donde presume de escritor y poeta.

En 1999 escribió un intrascendente guión para cine que, modestamente, tituló “Nunca fui Gardel”. Posteriormente se encargo de demostrar que su conmovedora franqueza fue recompensada. No llegó a ser ni siquiera el Negro Ricardo.

                                 Según un enjundioso estudio de un tal Rufinelli, la obra “Tiene el mérito de la vivacidad del lenguaje coloquial y de invención de situaciones”.

                                 Nosotros podemos dar fe que, como inventor, Estrázulas no le va en zaga a Nelson Bayardo, de macilenta memoria...

                                 El guión imagina a Gardel naciendo en una carreta de campo, pasando la infancia entre yuyos y animales. Sin embargo, pocos años después lo ubicaría alumbrando en la estancia Santa Blanca que, hoy, ya es monumento histórico, no así la carreta de campo.

                                 Todos recuerdan que, contrariando las aproximaciones onomásticas de los AVLIS y BAYARDO, que se juegan por los años 1881 y 1883, sin las correspondientes pruebas – tal su costumbre – el poeta y procónsul asentó el nacimiento en “un año incierto del siglo XIX”.

                                 Pasemos por alto tan singular descubrimiento y vayamos a un artículo del 24 de junio de 1993 publicado por “El País”, época feliz, donde nadie los desmentía, y bolaceaban a sus anchas.

                                 El diplomático ambulatorio se despachó con una revelación de su cosecha, que desmintió olímpicamente, a los popes de la historieta.

                                 “A Gardel la nacionalidad se le otorgó auténticamente probada por documentos que existían de Tacuarembó y ya no existen”. Por ejemplo – inventa – la partida de nacimiento arrancada; acta de bautismo desaparecida”.

                                 ¿Si desaparecieron, quien lo informó de su contenido?  No lo revela.

                                 Parece que, según sabuesos de INTERPOL, se pudo seguir “los subrepticios pasos del Sr. Defino” cuando sobornaba, 50 años después, al Intendente de San Fructuoso y envolvía en la sotana al párroco local.

                                 ¿Gardel, por lo tanto, tuvo tiempo, durante su vida, de regularizar su identidad y no seguir indocumentado?

                                 El Sr. Estrázulas y Cía. no pueden usar con tanta liviandad y descaro un argumento que se cae por su propio peso. Basta que dicho Señor se decida a fotocopiar y constatar, mediante escribano, la falta de folios numerados, cronológicamente, para demostrar el ilícito.

                                 En el Código Civil y la ley Nº 1430 del 11 de Febrero de 1879 obliga a foliar y numerar las hojas del Libro de nacimientos (Actas del Estado civil). Además debía figurar la inscripción en la Libreta del padre, tutor o quien lo inscribió. Por otra parte en el Ministerio del Interior debían ser remitidos periódicamente los registros asentados (Arts. Nros 4º, 5º, 6º y 7º). Si la inscripción se hace en país extranjero, los agentes consulares debían remitir de inmediato al Ministerio respectivo copia legalizada de las Actas del Estado Civil que hubieren autorizado (Art. 90 ley 3028/06) de modo que estaban los duplicados, en el Ministerio del Interior. 

                                 ¿Cómo queda entonces la teoría de Nelson Bayardo de la no inscripción por temor al escándalo o que la ley no lo permitía?

 Sabemos muy bien, que por el artículo Nº 34 de la ley 1468/880 se prohibía al juez y los testigos inquirir sobre la paternidad aún sospechando la falsedad de lo atestiguado.

                                 Ya en el artículo Nº 217 del Código de 1868 “estaba prohibida toda Indagación de paternidad.

                                 A parte, la no registración estaba penada con prisión o multa. (Artículo 23 de la ley Nº 1430 de 1879) de modo que la Fabulación de Bayardo y sus discípulos sobre la “indocumentación” de Gardel quedó absoluta y doblemente desacreditada.

                                 Yo creo que en este enredo, el Revisionismo Histórico del que hace gala una célebre glosadora podrá resolver semejante desaguisado. Ella sostiene tercamente que Gardel fue un indocumentado, “algo que alguien no consigue comprender” agrega.

 Tendrá sus razones que expondrá ante algún tribunal.

                                ¡Cuidado”!  No vaya a ocurrir que a nuestro Cónsul y poeta le cueste perder de ascender y, aún peor, su brillante carrera diplomática.

                                 Este díscolo especialista, “en su condición de intelectual, que cumple funciones culturales”, según el diario “El País”, se empeña en desairar a sus “Tres Maestros, en sus “investigaciones” y a su no menos aventajada discípula que, con tanto entusiasmo, abrazó el estudio  de la historia y el Revisionismo.

                                 En el reportaje que le concede el matutino uruguayo, Estrázulas afirma, muy suelto de cuerpo, que “a Gardel le fue otorgada la nacionalidad uruguaya, en 1920” cuando, bien sabemos que fue un salvoconducto, válido por un año, en la condición de desamparo que únicamente se le otorga para auxilio y protección consular (Art. 79, Ley 3028/06).

                                 En fin, este “intelectual”, convicto y confeso “ex francesista” en sus años de lucidez, “se encontró en 1990 con Horacio Ferrer, quien es un viejo amigo y le abrió los ojos al respecto”. Y como todo converso arrepentido, se alineó en la legión “revisionista”, con el mismo entusiasmo que le “sugieren” los escalafones consulares.

                                 Desde entonces y en cuanta ocasión se le presenta, se olvida de sintonizar con los “Tres Chiflados” (A.B.yP.) y la embarra con su propia versión, ampliada y corregida.

                                 Por eso, si la cronista de marras, resigna su suficiencia de iletrada, le recomendamos que proponga a los dispersos “investigadores” que andan desorientados, cada cual con su propia versión, un simposio o retiro espiritual, para que armonicen las “tesis” y unifiquen la fábula, con los deshilachados restos de opinólogos inadvertidos.

 
JUAN CARLOS ESTEBAN

Publicado con permiso de Juan Carlos Estaban el 26 de octubre de 2011. 
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