El Adiós

La Opinión, 24 de junio de 1975


ANIBAL VINELLI

El 4 de febrero de 1936, el féretro que contenía los restos de Carlos Gardel llegaba al puerto de Montevideo. Venía de Colombia e una caja de cinc y corcho recubierta por el lado exterior con madera, rústica. El viaje se inició por tiempo desde Medellín y por el mal estado (de los caminos tardó ocho días en llegar al puerto de Buenaventura, donde se lo embarcó.

En Montevideo, aquel 4 de febrero, fue velado por cuatro o cinco horas en la Aduana. Por la noche otro barco lo transportó a Buenos Aires junto con los integrantes de la comisión argentina de homenaje: Libertad Lamarque, el doctor León Elkin, Francisco Canaro y José Razzano.

El 5 de febrero amaneció en Buenos Aires con un sol rajante que presagiaba otra jornada calurosa. Desde las primeras horas de la mañana la gente comenzó a llegar al puerto en pequeños grupos y para las once se había reunido una multitud calculada en unas treinta mil personas. Los diarios de la tarde destacarían luego el “gran despliegue policial", nada menos que veinticinco agentes enviados por el Departamento de Policía y quince soldados de Caballería. Adelante, en el embarcadero de Dársena Norte, separa-das por la policía de la multitud, una cien personas, entre ellas Sofia Bozan, Pierina Dealessi, Títo Lusiardo, Celedonio Flores, el candidato a diputado por el radicalismo Reynaldo Elena, Charlo, Irineo Leguisamo y el cuidador Francisco Maschio.

Se anunciaban algunas ceremonias que no se pudieron realizar porque a las 11.30, cuando el barco estaba por atracar, se produjo un tumulto y el piquete de Caballería cargó. Por un momento renació la calma y el féretro fue desembarcado.

Una hora después se vio salir, desde los salones de la Aduana, al pequeño grupo que llevaba el féretro. Nuevos desórdenes y violentas escenas entre Razzano y Lusiardo, secundados por la policía, con los espectadores que a toda costa querían acercarse. "El pueblo a pulso", gritaban muchos. Pero los restos fueron colocados en una carroza y José Razzano dio la orden de marcha hacia el Luna Park, donde se haría el velatorio.

Más gente se siguió sumando al cortejo que acompañaba el ataúd, que estaba roto y sin agarraderas por los continuos forcejeos. Algunos intentaron cantar el Himno Nacional pero los chistidos los silenciaron: en cambio, entonaron tangos de Gardel.

Retiro, Leandro N. Alem, el Luna Park, son las 13.30. Miles de personas comienzan a correr aun antes de que el féretro llegue, al estadio, procurando una buena ubicación en las graderías.

A las 14 comienza el desfile en dos columnas que se mueven incesantemente por delante del féretro, plateado, con tapa de roble oscuro. Hay quienes se quedarán en las gradas hasta el día siguiente: "Allí comen y descansan -cuenta La Razón- apartando apenas la vista del féretro. La Municipalidad dispuso que se exima de gastos al entierro."

Cuando son las 21 se cierran las puertas, porque no hay más lugar. Unos muchachones, para poder entrar, prenden fuego a una montaña de papeles delante de una puerta enrejada. Hay corridas pero no se llega al pánico. Los discursos se suceden desde las 23. Hablan Enrique García Velloso (por la Casa del Teatro), Segundo Pomar, Paquito Bustos, el compositor Roberto Zerrillo y Claudio Martínez Payva. La cantante Azucena Maizani leyó una carta que desde Hollywood envió la actriz Rosita Moreno, partenaire de Gardel en el cine. Después, las orquestas de Francisco Canaro y Roberto Firpo ejecutaron dos veces Silencio, "con refuerzos de otras agrupaciones". Muchas coronas, hasta una enorme de la casa fonográfica donde grababa el cantor. Tiene forma circular y en el centro hay un disco, con etiqueta roja sobre la cual está escrito con grandes letras el nombre de Carlos Gardel. A la mañana siguiente, el nuevo ataúd, porque lo han cambiado por otro de mayor consistencia, sale del Luna Park. Son las 10 y en las manijas de adelante puede distinguirse a Irineo Leguisamo y a José Razzano, que lo cargan en una carroza tirada por ocho caballos. Se ponen en marcha por la calle Corrientes: al carruaje lo custodia un escuadrón de la policía montada que sólo permite acercarse a los miembros de la comisión de homenaje y a algunos amigos personales.

Llegando a Callao, pasan por delante de un bar. En la puerta han colocado un gran retrato del cantante y un trío de violín, guitarra y bandoneón toca tangos.

Están cruzando Pueyrredón cuando el cortejo se detiene: a su encuentro marchaba un grupo de gauchos a caballo llevando la enorme corona que el autor teatral Alberto Vaccarezza dedicó a Gardel. Tenía forma de herradura y en su interior podía apreciarse un gran retrato del cantor. Los gauchos se ponen al frente y sigue la marcha. Cerca de Gascón se incorpora otro grupo, esta vez gauchos y chinas con trajes regionales en una carreta tirada por bueyes, éstos y aquéllos pertenecientes a la Compañía de Sainetes Alberto Vaccarezza, según dice un cartel.

El calor aumenta y hay varios desmayados por los 30 grados que marca el termómetro a las 14.

A esa hora llegan a la Chacarita y ahí también se escuchan discursos. Nuevamente hay cargas policiales y todo se hace muy confuso. Hay quienes se suben a las bóvedas para ver mejor y algunos caen por las claraboyas dentro de los panteones. Irineo Leguisamo se desmaya en un apretujamiento y es retirado para atenderlo. La Asistencia Pública se ocupa de veinticinco casos de desvanecimientos, numerosos contusos y una persona con fractura de pierna. Cinco mujeres sufren crisis nerviosas. Pero los discursos prosiguen. Vaccarezza comenzó su invocación -también fue uno de los oradores-con estas palabras: "En nombre de Dios y de todos los pájaros cantores que saludan a Dios todas las mañanas. Zorzal Criollo has volado tan alto que el fuego del sol quemó tus alas y ¡de qué muerte mejor pudo morir aquel que vivió cantando!". Dicen que todavía dijo algunas cosas más.

A las 15.30 terminó todo y la gente comenzó a dispersarse. En los diarios de la noche todavía fue noticia de primera página hasta en sus más increíbles detalles. Los vespertinos Crítica, Noticias Gráficas y La Razón rivalizaron en titulares y cantidad de información. Todos se ocuparon de un caso en sí mismo conmovedor e ilustrativo de eso que suele llamarse fervor popular, por más que en su momento se lo divulgó demagógicamente. “Entre los casos demostrativos del fervor popular -pregonaban los diarios de la tarde- vale la pena mencionar el de Ramón Bitimone, de Flores. Este muchacho amigo de Gardel no quiso dejar de rendirle su postrer homenaje. Caminando dificultosa-mente (apenas si puede mover las piernas) salió al mediodía de su casa y llegó agotado por el esfuerzo pasadas las 20. En uno de los grabados aparece Bitimone próximo al túmulo." El título de la información fue "Un lisiado". Dos días después, Gardel dejó de ser noticia de primera página. Su lugar lo ocupaban los disturbios en Siria, el estado de salud del ex príncipe de Asturias y, entre los acontecimientos nacionales, "un auspicioso suceso político: el conocido dirigente de Avellaneda, señor Alberto Barceló, aceptó la candidatura a diputado".

(La Opinión, 24 de junio de 1975.)


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