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Como
conocí a Gardel
Entrevista
a Juan Canaro, realizada el 9 de
agosto de 1972, por Oscar Zucchi
Mi hermano el
finao Francisco vivía en la calle
Paso 55. Entonces yo todos los días
tenía que llevarle la comida y
despertarlo a las tres de la tarde.
Yo estaba sentado en un banquito en
la puerta de la pieza de inquilinato
que ocupaba Francisco.
Bueno, una tarde de
esas, llegan dos señores con las
guitarras con su funda negra. Se
paran frente a la puerta y
preguntan: "Che pibe, ¿Vos sabés
dónde vive Canaro?"
- Acá les contesté, es mi hermano.
- ¿Lo querés llamar?
- No, todavía falta un cuarto de
hora para las tres y si lo llamo
antes me mata.
Yo ya tenía la cacerola que era el
despertador antiguo. Bueno se
quedaron ahí parados, uno de ellos,
siempre lo recordaré, estaba
peinado con raya al medio y dos
onditas a cada lado, bien pegaditas,
un chaleco de fantasía con botones
de nácar y una cadena con una
medalla grande en el pecho. Claro,
yo nunca había visto una persona así
y lo miraba.
Finalmente llegó la hora y entro y
le digo: "mirá, hay dos señores
que te buscan", no me habían
dicho sus nombres ni nada.
Mi hermano con esa voz que tenía
dice: "Pero que me vienen a
escorchar".
- Y bueno, hay dos señores. ¿Los
recibís o no los recibís?
- Preguntá quienes son.
Cumplí con el encargo y le digo a
mi hermano quienes eran.
- Ah, sí, deciles que pasen, que
pasen, cambió cuando supo que se
trataba de Gardel y Razzano.
- Allí lo conocí a Gardel, yo sabía
que había un cantor que se llamaba
Gardel, pero nunca lo había visto
ni escuchado. Gardel cantaba con José
Razzano cerca del Mercado de Abasto,
en una fonda donde acudían a comer
los que cargaban frutas y verduras
en el Mercado.
Ellos se ponían en una mesita y
cantaban ahí. Yo le pregunté a mi
hermano donde cantaban y entonces
fui, pero no me dejaban entrar
porque todavía andaba de pantalón
corto.
Pero me paré cerca de la puerta y
pude escucharlos, cantaban como los
dioses.
Allí mis oídos sintieron esa voz
que creo que nunca más escucharé
otra tan hermosa.
Gardel era un hombre que no fingía.
¿Me comprende? Él agarraba
cualquier obra, pero él la hacía
linda, le buscaba la vueltita a
todas las piezas. Ud. habrá
escuchado mil discos de él, cosas
que no puede cantarlas nadie porque
uno dice esto no sirve, pero él las
transformaba.
Nunca le dijo a un autor "Esto
no sirve". Él le decía al que
le llevaba una pieza: "Pibe,
dejáselo al de la guitarra, que
cuando llegue el momento te lo
hago" y lo hacía.
A él no le importaba el nombre del
compositor, de dónde venía ni
nada, eso lo tuvo siempre. Yo nunca
le pedí que me grabara nada, pero
él a mí me ha cantado muchas
cosas, "El pangaré",
"Desengaño", "El
pinche", "El olvido",
me ha cantado muchas cosas.
Después en el año
28 lo encontré a Gardel, que Dios
lo tenga en la gloria, lo encontré
en la calle Aduana de Madrid, una
noche, donde yo tocaba a la una de
la mañana.
Yo estaba comiendo un sandwichito
que allá le llaman
"pepitos" hechos con
jamón serrano, y por ahí lo veo al
"Morocho" que venía
caminando y le pregunté que andaba
haciendo por ahí. Venía un poco
enojado.
- ¿Qué pasa?
- Nada, estoy esperando un giro de
Max Glücksmann para irme a Buenos
Aires.
Lo que pasaba era que andaba
buscando a su secretario, que se
había hecho "piedra
libre" con la
"guitarra".
No te preocupes querido –le dije-
yo tengo comodidades, podés comer y
dormir en mi casa mejor que en
cualquier hotel, mi señora hace
unos chivitos al horno, a vos que te
gusta comer esas cosas, y lo
acompañamos con ese vino que viene
alambrado, Marqués de Ristal.
Y así fue, venía a casa a almorzar
y yo tenía a mi hijo en la cunita y
Carlitos le cantaba tangos al pibe
que se ponía nervioso.
Desgraciadamente, este hijo está
enterrado en París.
Gardel era un hombre todo corazón,
no tenía peros de nada, para todo
el mundo era igual. Era capaz de
cantarle a cualquiera en la calle,
sin orquesta, sin guitarras, sin
nada de nada.
Entrevista a Juan
Canaro, realizada el 9 de agosto de
1972, por Oscar Zucchi, y publicada
en su libro "El tango, el
bandoneón y sus intérpretes".
La
trascripción aportada por
Alberto
Rasore, Buenos Aires, Argentina.
Muchas gracias.
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