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SU
VIDA
Los primeros años:
Parece
no haber dudas acerca del origen de Gardel: todas las pruebas
señalan a Toulouse como su ciudad natal. Era el año 1890 y
en el hospital Saint Joseph de la Grave nacía Charles Romuald
Gardes, según el certificado de "padre
desconocido". No tardaría la madre en emigrar hacia la
Argentina, su condición de madre soltera había hecho mucho más
difícil la situación en Toulouse. No fue por capricho la
elección de viajar hacia la Argentina, más precisamente
Buenos Aires. Después de Nueva York, Buenos Aires era la
ciudad con mayor cantidad de habitantes de esa colectividad.
Sabemos
que Carlos Gardel sólo tenía dos años cuando llegó a
Buenos Aires. Se sabe con exactitud es que el 2 de abril de
1901 regresó como pupilo en el colegio Pío IX, de los
salesianos, con el nombre Carlos Gardes. En los libros del
colegio no consta la edad y se especifica en un documento:
"Patria: no se sabe". En 1902 su nombre figura entre
los de un grupo de alumnos considerados dignos de alabanza. Lo
que ocurre entre 1902 y 1912 es parte de la leyenda, del mito
Gardel. Si todo fuera claro en su vida, Gardel no sería un
mito. El mito es la ficción, y la ficción sólo crece en los
baches de la historia.
SUS COMIENZOS: trayectoria musical y profesional.
Gardel ya era un habitual cantor de cafés y comités. Hacia
el año 1911 se produce su encuentro con el cantor uruguayo
José Razzano, que lo transformaría en el impacto musical de
la década y marcaría el rumbo de su figura. Así, rápidamente,
formaron el dúo que descollaría en la década del 10. La
iniciación profesional de Carlos Gardel, según lo han
establecido los gardelólogos, debe ser fijada en 1912, cuando
el cantor ya tenía 22 años.
El
gran cantor de aquellos años era Arturo Nava. Nava debió de
haber sido entonces para Gardel lo que Gardel es ahora para
cualquier muchacho que sueña con ser cantor de cantos: el
modelo, el ídolo. Pero Gardel no cantó tangos hasta 1917;
los cantores y cancionistas de tango no aparecieron hasta
1923.
Gardel
formó pareja, en 1912, con Panchito Martino, que era un buen
cantor y un músico de inspiración fácil (al parecer era
Martino quien creaba el repertorio de la pareja). A la pareja
Gardel - Martino siguió, en 1913, el cuarteto Gardel -
Razzano - Martino - Salinas. Fue Salinas quien enseñó a sus
compañeros, que cantaban al unísono, a hacer las dos voces.
Gardel y Razzano grabaron varias canciones de Saúl Salinas. Más
tarde Gardel las regrabó, ya como solista famoso.
Aquel
cuarteto inicial Gardel - Razzano - Martino - Salinas se
convirtió pronto en el terceto Gardel - Razzano - Martino, y
algo más tarde, en 1913, cuando Panchito Martino hizo rancho
aparte, en el dúo Gardel - Razzano. El dúo que Gardel y
Razzano formaron en septiembre de 1913 debió tener bastante
éxito.
En
enero de 1914 ya aparece animando el fin de fiesta de un
espectáculo ofrecido en el Nacional Centro por la compañía
de Francisco Duchase y Elías Alippi. Todavía no debía de
estar muy claro el género cultivado por el dúo, porque el
diario"Crítica", al hacer la crónica del espectáculo,
decía: "Los conocidos payadores Gardel - Razzano fueron
muy festejados".
Gardel
era simpático y entrador. Se hacía amigos con facilidad.
Para entonces Gardel había grabado ya 15 canciones para
Columbia, acompañándose con su guitarra. Son grabaciones de
1913. Cifras y estilos; poesías que ha tomado de aquí y de
allá y a las que ha puesto música; un vals A Mitre, sobre
una poesía de Belisario Roldán; el estilo La Mariposa, sobre
los versos del poeta ladrón Andrés Cepeda; la canción
Brisas de la tarde, sobre una poesía de José Mármol.
Algunas son poesías que el cantor conserva en la memoria;
otras andarían por revistas y folletos. No hay que olvidar
que aquellos fueron años en que una verdadera manga de
folletos de poesías populares, gauchescas y lunfardas, se
desparramó sobre la ciudad. Además proliferaban, se recitaba
y se cantaba. Y por su puesto también se plagiaba.
En
1917 Carlos Gardel cantó su primer tango, Mi noche triste.
Sin duda, ya había sido cantado anteriormente por su autor,
Pascual Contursi, cuando andaba guitarreando y cantando, e
inventando un género al parecer inmortal, en el Royal Pigall,
en Montevideo.
Pero
mientras los cantaba Contursi, con aquellos tangos -formados
por letras nuevas escritas sobres músicas de tangos viejos-
no despertaba mayor curiosidad.
¿Y
qué ocurrió cuando Gardel cantó esa alegría rufianesca,
combinada con la música de Lita?. Nadie puede saber a ciencia
cierta qué es lo que ocurrió entonces, pero puede inferirse
lo siguiente. Gardel grabó Mi noche triste en 1917, según ha
establecido Boris Puga, y hasta 1919 no volvió a grabar otro
tango, Flor de Fango, del mismo Contursi, sobre El desalojo,
de Gentile. Si el éxito de la versión hubiera sido tan
grande, si la venta del disco hubiera alcanzado las cifras
fantásticas que dice García Jiménez, no habrá tardado
tanto Gardel en grabar el segundo tango. Las cifras fantásticas
debieron de llegar después de que Manolita Poli lanzó Mi
noche triste en el teatro Buenos Aires. No debe olvidarse que
Contursi y Castriota discutieron a propósito de la percepción
de los derechos devengados por el tango. Este fue reemplazado
entonces por ¿Qué has hecho de mi cariño?, una letrilla
improvisada de José González Castillo sobre la música de
Royal Pigall, de Pancho. Entonces no había más letristas de
tango que Contursi y Roldán. Y bien, si el éxito de Mi noche
triste hubiese sobrevenido inmediatamente a la grabación de
Gardel, Contursi y Castriota no habrían esperado el éxito de
Manolita Poli para discutir.
Estamos
en 1919 y Carlos Gardel no es todavía un cantor de tangos.
Ese año grabó dieciocho canciones y de ellas sólo dos
fueron tangos, Flor de Fango y de vuelta al bulín. En 1920
graba, solo o con Razzano, cuarenta y dos canciones, y los
tangos también son minoría en ese número: Ivette, Muñequita,
Qué querés con esa cara! (letra de Contursi sobre La
guitarrita, de Arolas); Carne de cabaret y Pobre Paica (letra
de Contursi sobre El motivo, de Cobián).
Pero
el tango continúa imponiéndose en el teatro y Gardel recoge
los éxitos teatrales. En 1921 graba Margot, un poema de
Celedonio Flores al que hizo poner música por José Ricardo.
Se trata de una creación personal. Además, graba El pañuelito,
Zorro gris, Cielito lindo, La percanta está triste, Muñequita
de lujo, La copa del olvido. Son ocho tangos en un total de
treinta y una grabaciones: el 25 porciento.
En
1922, las cosas no cambian demasiado. Ese año graba Loca (un
tango - cuplé, que había estrenado Evita Franco y cantaba la
cupletista Luisa Sala); Polvorín, un éxito del barítono José
Muñiz; El patotero sentimental, un éxito de Corsini; y le
graba a Canaro Sufra y Los Indios.
Es,
sin duda, en 1923 cuando Gardel se convierte definitivamente
en cantor de tangos; el mismo año en que el tango canción
ganaba a sus dos primeras artistas que hicieron del canto del
tango su actividad profesional. En 1923 Gardel graba cincuenta
canciones y los tangos constituyen la mitad de ellas. Entre
ellos está Padre nuestro, que acaba de estrenar la Maizani y
señaló el comienzo de la carrera de aquella gran
cancionista. Ese año, 1923, es el año del equilibrio: la
mitad del repertorio de Gardel está compuesta por las viejas
canciones camperas que se cultivaban en los centros
tradicionalistas, y la otra mitad por el tango - canción,
expresión del cosmopolitismo porteño que lo mismo se daba en
el idioma insurgente de las letras -empedradas de esos
dialectismos e italianismos que hemos convenido en llamar
lunfardo- y en la cadencia nostálgica de la música. De ese año,
1923, es la grabación de Mano a mano, otro éxito personal de
Gardel. Pero todavía Gardel repite éxitos ajenos; por
ejemplo, Nubes de Humo, creado por Corsini. Y va a seguir
repitiéndolos más tarde: en 1924 va a incorporarse Príncipe,
que había sido un éxito de Marambio Catán, Y Cascabelito,
que lo había sido de la Maizani.
En
1923 Gardel hace su primer viaje a Europa. Mejor dicho, el que
viajaba era el dúo Gardel - Razzano. Va con la compañía de
Matilde Rivera y Enrique de Rosas, que se dispone a
representar en el Apolo, de Madrid. Enrique de Rosas -que en
realidad se llamaba Dionisio Russo- hizo entonces por España
una tournée muy exitosa, que se prolongó hasta Italia. La
actuación del dúo se limitó al fin de fiesta de la
interpretación de Barranca abajo, de Florencio Sánchez; un
fin de fiesta con pericón por toda la compañía. El que viajó
entonces no fue el cantor de tangos Carlos Gardel, sino el
estilista, como solía decirse. De todos modos, la actuación
del dúo fue muy breve. Mientras de Rosas y su compañía
continuaban su tournée por Barcelona, Valencia, Palma de
Mallorca, y luego Génova, Milán y Roma, lo cantores paseaban
por Tolosa y por París. Parece que el dúo salía demasiado
caro y el empresario resolvió prescindir de sus servicios.
Ese
año, Gardel y Razzano hacen juntos algunas grabaciones. Otras
van a seguirles en 1924 y 1925, pero son muy pocas,
insignificantes en comparación con aquellas en que Gardel se
desempeña como solista. Es que Razzano se ha quedado en
cantor campero y Gardel se ha pasado al tango. Cualesquiera
hayan sido las razones que determinaron la disolución del dúo
en septiembre de 1925, esa disolución debía llegar
irremediablemente por incompatibilidad artística. Razzano,
pese a su apellido, había anclado en el tradicionalismo, que
era como pretender construir enclaves de campo en medio de la
ciudad. Gardel, en cambio, personificaba a la ciudad gringa
que era y es Buenos Aires, y cantaba las letras en que la
ciudad era minuciosamente descripta y sus habitantes
minuciosamente radiografiados. Las canciones camperas, cuando
no son patrióticas, o evocativas, tiene un aire campestre e
idílico. La letra del tango, en cambio, es crudamente
realista y, aunque insiste demasiado en los temas de la vida
airada -quizá porque nació en la representación de un
cabaret-, propone también algunas escenas en las que puede
reconocerse sin esfuerzo al porteño trabajador, que no sale
de noche porque debe levantarse temprano para ir a su trabajo.
Pero lo que cuenta en ellas no es el ambiente que describen y
los personajes que presentan, sino los sentimientos que
expresan. Las letras del tango presentan siempre criaturas
sufrientes, criaturas en pugna con su destino. En el
sufrimiento de esas criaturas; en la lucha, casi siempre estéril,
contra la fatalidad que las condena a sobrevivir en un medio
en el que se consideran extrañas, se reconoce el porteño. No
ha de haber habido entonces costurerita -y eran muchas- que no
reconociera, en la angustia de Milonguita, su propia angustia.
Ni ha de haber habido porteño que no purgara alguna pequeña
o grande felonía gimiendo como el patotero sentimental. Por
aquellos años había muchos y muy buenos cantores criollos.
De ellos, el único que parece haber comprendido que el tango
no era una manía efímera, fue Gardel. En 1925, desligado ya
de Razzano, que era un peso muerto, Gardel se pasó
definitivamente al tango. Seguramente fue ese el año en que
Buenos Aires -la ciudad de Buenos Aires, la ex gran aldea-
encontró su voz.
Ya
definitivamente convertido en cantor de tangos, Gardel hace su
segundo viaje a España en octubre de 1925. Nuevamente viajó
con Enrique de Rosas. Durante aquella estada, entre diciembre
de 1925 y enero de 1926, grabó en Barcelona veintidós
canciones. Salvo un pasodoble y un shimmy, todas las demás
son tangos. Las canciones camperas han quedado atrás. De sus
días de cantor tradicionalista conserva, es cierto, el traje
de gaucho, que vestirá inclusive en una de sus últimas
actuaciones cinematográficas. Exigencias del color local...
Al año siguiente, en septiembre de 1928, vuelve a viajar a
Europa, por cuarta vez, pero ahora va a París. París había
sido, al comenzar la segunda década del siglo, algo más que
la sucursal del tango; había sido su segunda capital. Por
cierto, aquel boom tanguero, que irradió por toda Europa, había
cesado al estallar la primera guerra mundial; pero donde hubo
fuego cenizas quedan y las cenizas del tango persistían en
París. Allí estaba, desde 1920, Manuel Pizarro, tocando El
Garrón, un cabaret a la medida de los millonarios argentinos,
donde a la madrugada se servía puchero a la criolla. Aquellos
eran los años esplendorosos de El Garrón. Allí debía haber
actuado Gardel, pero pedía demasiado dinero y el empresario,
León Volterra, no vio el negocio. Entonces apareció otro
empresario, Santolini, que ya había hecho debutar en el
cabaret Palermo, ubicado en el subsuelo de El Garrón, a la
orquesta de Eduardo Bianco y Juan Bautista Deambroggio
(Bachicha). Santolini había comprado el cabaret Florida y
contrató a Gardel para actuar allí durante tres meses,
previa una presentación en el teatro Fémina.
Todo
esto tiene importancia porque demuestra que Gardel comienza a
ser figura internacional. Y tiene importancia no tanto por la
repercusión inmediata que sus actuaciones hayan tenido en París,
sino porque el haber actuado en aquella ciudad y el haber
alternado, aunque fuera ocasionalmente, con las vedettes más
famosas del momento, aumentó su prestigio local. Y también
porque Gardel parece tomar conciencia de sus aptitudes de intérprete
y aspira a convertirse en un cantante internacional. Ya se
sabe que después de su quinto viaje a Europa, el que emprendió
a fines de 1930, se presentó en el cine Broadway como intérprete
de la chanson française. Al parecer, fue el cine el que no le
dejó crecer las alas, porque lo que querían los productores
era una nueva edición de Rodolfo Valentino adaptada al público
hispano - hablante y que, además, cantara tangos. Nadie
ignoraba que los productores cinematográficos norteamericanos
trataron, hacia la década de 1930, de afianzarse en el
mercado latinoamericano produciendo películas con intérpretes
locales. En aquellos años pasaron al estrellato figuras
inolvidables, como Dolores del Río y José Mojica, como Lupe
Vélez y Blanca de Castejón. El momento no podía ser más
propicio para Gardel, que se vio convertido, de pronto, en un
actor amanerado -aunque no mucho más amanerado que Rodolfo
Valentino-, extraordinariamente fotogénico, capaz de
trasladar a la pantalla su enorme caudal de simpatía y
dispuesto a sufrir en la ficción las peripecias de los
protagonistas del tango.
Después
del éxito de Las luces de Buenos Aires, la Paramount promovió
el encuentro de Gardel con Alfredo Le Pera. Es Le Pera quien
pone su sello en los últimos años de la actuación y de la
vida de Gardel; quién vincula su destino con el del cantor y
quien contribuye a dar a Gardel una nueva fisonomía artística,
de acuerdo con la dimensión y con la heterogeneidad del
mercado al que están destinadas sus películas. Porque Gardel
no es ya un cantor de tangos que canta para los argentinos;
para los argentinos que, si no siempre entienden, al menos
intuyen el lunfardo. Ahora debe cantar en un idioma que puedan
entender los españoles y los latinoamericanos, pero que, sin
embargo, no carezca de color local. La creación de ese idioma
se debe a Alfredo Le Pera. El mérito de Le Pera consiste en
haber escogido las palabras, giros y metáforas que no
violaban la asepsia lingüística impuesta por la índole del
negocio y, sin embargo, tenían sabor a tango.
Hasta
no hace mucho los jóvenes lo cuestionaban. Hoy, si no lo
admiran, lo admiten, porque Gardel está envuelto en el hálito
de lo popular y lo popular es ahora bandera que protege toda
mercadería. Pero la fama de Gardel se ha impuesto de tal
manera, su procerato es tan categórico, tan abrumador, que de
sus contemporáneos que aún viven ninguno osará insinuar la
menor reserva. Los que las tienen las ocultan cautelosamente
para que nadie les atribuya animadversión, y mucho menos
envidia.
Gardel
es el tono sobrador y canchereado con que el pueblo afirma su
autoestimación. Ese tono debía ser natural en Gardel, que
era un triunfador salido de la nada. Y si ese tono lo sacó de
la verdad de su vida, aquella lágrima también la sacó de
una verdad íntima, de una verdad profunda, aunque menos
obvia.
Detrás del Gardel trascendente, que es el Gardel triunfador,
está el Gardel íntimo; el Gardel que estudia; el Gardel que
va a los teatros a descubrir nuevas composiciones para
incluirlas en su repertorio; que hace gimnasia para mantenerse
en peso; que vigila sus contratos; que nunca llega con retraso
a una función; que cuando el público lo echa un poco al
abandono, para seguir a otros cantores de atracción efímera,
no se desalienta, ni protesta contra el país; simplemente se
va a Europa, y al resto de América, a buscar a otro público
-otro mercado, como ahora se dice-. Pero no reniega del país,
ni se convierte en un exiliado, ni toma ciudadanía
extranjera, ni cambia su nacionalidad por unos cuantos dólares,
ni se radica en París para aconsejar desde allí a los
argentinos. Siempre vuelve al país, y sólo quiere aumentar
su fama y su dinero para venir a quedarse definitivamente
entre sus amigos, que son de su país.
Gardel
dio al porteño, con el tango canción, la mejor manera de
expresarse, porque con el tango el porteño se expresa sin
agredir a nadie, cosa que no podría decirse de otras
canciones que andan por ahí. Pero también le dejó una
invalorable lección de laboriosidad y de responsabilidad
profesional. Y todo lo que hizo con señorío y alegría. Tuvo
ideas políticas, pero no utilizó su arte para difundirlas,
ni dejó que envenenaran su canto. Creyó en el futuro y
trabajó para conquistarlo. Nadie le dio nada, ni tampoco pidió
nada a nadie.
LA FAMA Y EL ÉXITO
Lentamente, pero seguro, Gardel fue consolidándose en su
carrera. Los años más interesantes de la misma son los que
suceden a su separación de Razzano y los que incluyen sus
primeros viajes al exterior, más precisamente a Europa. Los
discos contribuyeron a construir su popularidad en toda
Hispanoamérica. En Buenos Aires y Montevideo ya era una
superestrella, totalmente indiscutida. En 1925 inicia su
primer gira por Europa: el sitio es Barcelona, donde no tenía
gran fama. A los pocos días, luego de su actuación en el
Teatro Goya, todo cambió muy rápidamente. La Vanguardia, uno
de los diarios más importantes, no sólo de Barcelona, sino
de España, se refiere a Gardel, "como un cantante de
tangos de notable éxito". Esta primera temporada en
Barcelona consolidó para siempre su reputación allí. También
en Barcelona grabó algunos temas para el sello Odeón. Ya tenía
otra ciudad conquistada. Después llegaría el turno de
Madrid...
Después
de su regreso a la Argentina, en 1926, Gardel se dedicó casi
exclusivamente a la fonografía. En los diecisiete meses que
Gardel pasó en la Argentina antes de regresar a España en
octubre de 1927, batió el récord de grabaciones. Pero esta
frenética actividad en los estudios de grabación no lo alejó,
totalmente, de los escenarios, ya que siguió disfrutando
siempre del afecto y el contacto del público. La temporada en
el Grand Splendid en 1926 fue seguida por una quincena en el
Empire y una semana en el Gran Cine Florida, además de dos
cortos viajes hacia Montevideo y Mar del Plata para sendas
representaciones actorales. Hacia fines de 1927 Gardel parte
nuevamente hacia España. De ahí en más, Carlos Gardel se
consolidaría en Europa: Barcelona, Madrid, París, vieron el
éxito rotundo del más famoso de los cantantes de tango.
Luego llegaría Estados Unidos, y el cine. En los estudios de
la Paramount, en New York, como antes lo había hecho en los
estudios de Joinville, en Francia, Gardel filma películas que
son un éxito y que extienden su fama a toda América. Gardel
ya tenía pensado, en realidad lo habían pensado los
productores norteamericanos de sus filmes, lanzarlo a cantar
en inglés. Lamentablemente, cuando todo parecía inspirado
para su gran despegue en los países angloparlantes, el lunes
24 de junio de 1935, estando de gira, la tragedia lo alcanza
en Medellín, Colombia, adonde había volado desde Bogotá, ya
que se encontraba realizando una gira de actuaciones artísticas.
El desconcierto ganó rápidamente el corazón de sus
admiradores en todo el mundo. Por sólo algunos segundos, el
destino trágico y malévolo consigue hacer callar su voz. El
tiempo, demostraría lo contrario: Gardel había ingresado,
casi tímidamente, en la inmortalidad.
SU MUERTE El fin del zorzal criollo:
El
lunes 24 de junio fue un día invernal en Buenos Aires,
fresco, húmedo y triste. La noticia del accidente de Medellín
se propagó rápidamente por la ciudad. José Razzano se enteró
al salir de la estación de subterráneo de Callao. A pesar de
todo lo ocurrido entre él y Gardel, quedó abrumado por el
pesar y vagó sin rumbo y desconsoladamente por las calles. La
metrópoli estaba desconcertada: era como si se hubiera
cortado la voz de Buenos Aires mismo, como comentaría el periódico
Crítica al día siguiente.
La
verdadera dimensión de la tragedia pudo apreciarse a la mañana
siguiente, con extensos informes enviados desde Medellín a
todos los diarios. Aún La Prensa y La Nación, los medios de
prensa más serios y solemnes, dedicaron varias columnas a la
noticia, aunque Crítica, previsiblemente, encabezó la marcha
con sus grandes titulares y su prodigiosa compilación de
reminiscencias sobre el cantor. En los teatros de Buenos
Aires, los artistas (incluidas las intérpretes de tango como
Libertad Lamarque, Tita Merello y Sofía Bozán)
interrumpieron su actuación en escena para pedir al público
un minuto de silencio; algunos interrumpieron el trabajo por
un día. La pena tan inmensamente sentida en Buenos Aires era
compartida en otros lugares. El ataúd llegó a New York el
martes 7 de enero de 1936. Después de un encontronazo con las
autoridades norteamericanas Delfino obtuvo el permiso para
dejarlo en la Funeraria Hernández del barrio latino, donde
los integrantes de la comunidad hispanoparlantes pudieron
presentar sus respetos durante una semana. El viernes 17 de
enero el ataúd fue llevado desde el Harlem hasta el muelle
48, donde se lo embarcó en el buque Pan América, que zarpó
rumbo a la Argentina al día siguiente. En el último día de
enero el buque llegó a Río de Janeiro. Varias delegaciones
brasileñas subieron a bordo con ofrendas florales. Cuatro días
más tarde, le tocó el turno a Montevideo...
A
media mañana del miércoles 5 de febrero, veinte o treinta
mil personas se habían reunido cerca de la Dársena Norte
para recibir al Pan América. No fue tarea fácil trasladar el
ataúd hasta el coche fúnebre que esperaba afuera. La
multitud avanzó inexorablemente mientras la policía
intentaba contenerla. En medio de estas escenas de confusión
el coche fúnebre arrancó, mientras la multitud le arrojaba
una lluvia de flores en su corto trayecto hasta el Luna Park.
La mayoría de los visitantes eran mujeres de toda edad:
sollozaban, arrojaban flores, besaban furtivamente el ataúd
al pasar. Así, cientos de miles de porteños rindieron
homenaje al Zorzal. El desfile continuó toda la noche y se
prolongó hasta el amanecer del jueves 6 de febrero, un día
que Buenos Aires jamás olvidó. A las nueve de la mañana una
numerosa multitud se había reunido nuevamente alrededor del
Luna Park con la intención de seguir el ataúd hasta su
destino final, el cementerio de la Chacarita. Entre treinta y
cuarenta mil personas esperaban el ataúd en la Chacarita,
donde se lo instaló provisoriamente en el Panteón de los
Artistas. Después de un año y medio, se construyó el
mausoleo dedicado a él, junto a una estatua de bronce que fue
descubierta por Francisco Canaro y que mostraba a Gardel
sonriendo.
Fuente:
Revista
Galleries Review
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