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Sacado
del libreto promoviendo 50°
ANNIVERSARIO DEL FALLECIMIENTO Cada siglo de la Humanidad tiene un estilo, y estilo tiene el siglo XX, dicho sin convertir a sus fechas en murallas: algo del siglo venidero ya está instalado entre nosotros, y es historia que el estilo decimonónico sólo agoniza con el conjunto de acontecimientos filosóficos, politicos, bé1icos, técnicos, artísticos, cientificos y sociales que ocurren en torno de la Primera Guerra Mundial. Asi acotado, y estilisticamente visto, nuestro siglo XX puede Sé que es una idea audaz para los atlas de lo humano apabullantemente domesticados por los talentos del hemisferio norte desde el parto del mundo. Pero no es una idea audaz para los anales de la verdad: en cinco siglos de esta América en mezcla rara de culturas indígenas con culturas europeas, no hay personaje tan indiscutido y tan amado como Gardel, transfigurado él en caudillo que se aumenta cada año y jamás defrauda. La omisión de Carlos Gardel en cualquier retrato del siglo XX será tan grave como haber tachado parte del alma de un continente y, con ella, una parte del propio siglo. El talento de Gardel discurre entre principios de siglo y su muerte; en fechas gruesas, treinta años. Como cantor y músico, Carlitos se educa en el repertorio de modos vocales y de cantos de los suburbios ciudadanos del Río de la Plata: estilos, serenatas, vidalitas, tristes, gatos, cifras, tonadas, zambas, chacareras y milongas, que hacen la galaxia lírica de esa franja de la vida en la que to urbano y to campesino se entremezclan, también en los hábitos, en las ropas o en el lenguaje. Gardel crece con esos hábitos, viste esas ropas, habla ese lenguaje, tan naturales de un modo de la existencia "muy siglo XIX", tanto como lo son esos motivos que canta y la manera guitarrera con que se los acompaña. Su técnica vocal es intuitiva, gradualmente enriquecida en la inteligente asimilación de los modelos europeos, básicamente reglados por la lírica italiana. Con su voz soberbia y su tan atractiva presencia, pudo haber sido Gardel
intérprete de Verdi y de Puccini, o un Alberto Williams del canto campesino proponiendo una especie de "lieders" pampeanos a partir de vidalitas, cifras o zambas. Pero Carlitos fue otra cosa, porque "se da cuenta", en un formidable viraje instintivo de su genio de artista. Esto es: mientras los demás, todos los demás -público y artistas de su época- se comportan como si ese estilo de la existencia que viven fuera eterno, Gardel tiene la clarividencia de avizorar el estilo de la existencia que va a sobrevenir. Porque formado entre almas del siglo XIX, él tiene un alma absolutamente del siglo XX. Nacido y crecido en los años inmediatamente posteriores a la publicación del "Juan Moreira", Carlos Gardel comparte con Jorge Newbery la peinada sin jopo y la cars enteramente afeitada de un novisimo figurín masculino y, es, desde su comienzo, en la estética total de su persona, mucho más vecino espiritual de Bing Crosby, de Anibal Troilo y de Juan Domingo Perón, que de Gabino Ezeiza, de Angel Villoldo y de Bartolomé Mitre. En un siglo con una diferente aceleración del tiempo, Gardel, llegado al mundo cuando el fonógrafo aún no ha sido comercializado, alcanza, aún con su muy corta vida, a saber de las primeras transmisiones de televisión, sustancialmente "a tempo" el con la era por la que se apilan sus dias. Es esa alma tan siglo XX que tiene Gardel, el poderoso sustento de su invención de artista. Si su futuro personal -visto, digamos, desde 1910, desecha la posible carrera de baritono operístico, y desestima también ser únicamente un cantor campero- ¿qué queda para él que to que sabe para vivir es cantar? Para los otros cantores, sus contemporáneos, ni siquiera existe la posibilidad de hacerse esa pregunta. En cambio Gardel hace de su propia creación la sorprendente respuesta: será el cantor de tangos. Hacia 1915, Carlitos ha dejado madurar al Tango que tiene poco mas que su propia edad. Lo frecuenta, primero, en sus primitivas bailadas e instrumentaciones clandestinas; luego, en su inicial eclosión publica tras los éxitos de Villoldo y los bandoneones estrellas de Pacho y de Greco; más tarde en to más orquestado y fino de Firpo, hasta precipitarse bellamente el "gotan" en las juveniles melodías de "centro de piano", bien cantables, de Delfino y de Cobián, con su discurso musical radicalmente distinto del de cualquiera otra canción. Y Gardel toma el Tango para su destino creador en un hecho central de su vida admirablemente congruente: él tiene "alma siglo XX", y el Tango será, por excelencia, arte de este siglo. El acoplamiento de Carlos Gardel con el Tango es una lección de armonía. El Tango le da a Gardel territorio y canteras para su talento. Gardel, por de pronto, le hace al Tango la transfusión de su personalidad: Carlitos es hermano de todos los personajes que encarnará cantando; y sella al Tango con su refinamiento inaudito, definiéndole, por to demás, el idioma -matizado entre to arrabalero y lo salonesco-, el registro poético -entre la poesia gauchesca con su derivado urbano de las rimas canyengues y el modernismo rubendareano- y la enjundia temática que bajo su imperio tratarán Contursi, Flores, González, Castillo, Romero y todos, hasta hoy. Y, por último, le regala al Tango cantor to que no tiene -la paleta de la expresión volcándole integro el espectro interpretativo de nuestra lírica campera: lo meditativo del estilo, lo épico de la cifra, la pronunciación fogonera de la milonga, to pícaro de gatos y chacareras, to melancólico de la tonada, es lo que Carlitos trasfunde al Tango, pero sometiéndolo todo con rigor de renacentista, a espíritu rotundamente ciudadano, con ademán interior de principe atorrante y delicadeza total en la sintesis misteriosa y asombrante. Carlos Gardel es el profeta de ese Tango que ha tenido su génesis en la ciudad multánime, en la gran ciudad porteña que ha recibido a la mayor parte de la migración más grande y más corajuda que conoce la historia de la Humanidad, Tango que, por gracia de su genio, de la primera gran canción ciudadana en la memoria de toda canción, reformando el mapa cantante del continente hasta perfilarse diáfanamente como el único arte entrañablemente compartido en las genuinas devociones americanas. Documentado de cabo a rabo en la fonografía, el arte de Gardel, por algún fenómeno tal vez energético y aun no definitivamente detectado, asoma perpetuamente reflorecido por la vacilante escotilla de las prehistóricas tecnicas de registro del sonido. Asi, indestructible testimonio y versión exacta y fidelísima de su ser, esa obra de Carlitos ya será, para siempre -por igual que las de Igor Stravinsky, Charlot o Pablo Picasso- revelación sustancial del estilo de nuestro siglo. Porque el alma grande de Carlos Gardel es, por excelencia de tiempo, calidad y altura, un alma del siglo XX. HORACIO FERRER
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