Se ha dicho y escrito tanto sobre Carlos Gardel, que uno
se siente un pigmeo ante la documentación e investigación
exhaustiva de numerosa gente capacitada sobre las
peripecias, del más grande cantor que diera el tango. El
mismo que inventó la forma de interpretarlo.
La obra de Julián y Osvaldo Barsky es como un gran colofón a
tanto derroche de tipografía, pero siempre habrá alguien
capaz de buscarle un ángulo distinto a la melopea de
investigación y anecdotario que también pueblan mi
biblioteca y discoteca, porque desde pequeño me atrajo su
figura y su canto.
Con mi hermano intentábamos pescar alguna radio uruguaya que
a todas horas ofrecían grabaciones del Morocho y
encontrábamos en el dificultoso dial los primeros temas
gardelianos cuando cantaba con la escoba del Negro
Ricardo y nos deleitábamos con esa voz que subía allá
arriba, donde parecía que iba a quebrarse. Antes de que
encontrase el estándar definitivo y se transformara en el
astro internacional con los temas de sus películas.
Charlando con los amigos, de repente nos encontramos que
también uno ha seguido la ruta de sus andanzas. Ha conocido
gente que frecuentó la amistad de Gardel y nos dejó
anécdotas suyas poco difundidas: Alfredo Gobbi, Horacio
Pettorosi, Azucena Maizani, Mauricio De Vinnent, José Plaja,
Francisco García Jiménez, Antonio Rodio, Julio De Caro,
Pedro Quartucci, Tito Lusiardo, Piazzolla, Salvador Pizarro
y Alfredo Bigeschi, mi compañero de redacción en La Razón.
Recorrí varias casas de Medellín donde se guardaban recortes
de prensa del fatal accidente aéreo y me contaron historias
que se iban transmitiendo de boca en boca porque en toda
Colombia, pero especialmente en dicha ciudad, había un
sentimiento de fervor y cariño hacia nuestro Zorzal.
En el aeropuerto antioqueño –donde rato más tarde estuvimos
a punto de hacernos bolsa con la delegación del Racing Club-
vimos infinidad de placas que lo recuerdan. Sin pensarlo
quizás, acumulé recortes, libros, fotos, historias y por
supuesto he hablado en radio y he escrito en prensa sobre
Gardel. Y hoy me siento obligado a contribuir a esta mega
historia poniendo mi granito de arena en la espesa
bibliografía.
I ) Estuve en Toulouse. Tuve la suerte de sacarme una
foto en el Hospice donde naciera el 11 de diciembre
de 1890, en la Rue Reclusanne nº 78, justo antes que lo
demolieran. Visité la casa donde vivió hasta los 2 años, en
Canon d’Arcole nº4 y por casualidad parlotée un rato con un
señor De la Mata que vivía en el primer piso y que por
supuesto, su apellido me era familiar por el genial
gambeteador rosarino apodado Capote. Me contó que
intrigado por las visitas y los comentarios, había
conversado con algunas personas y periodistas que venían a
indagar datos y como le habían regalado discos del cantor,
se había entusiasmado con nuestro juglar y le encantaba.
Estuve en el Registro Civil de Toulouse, comprobé su partida
de nacimiento y los amables empleados del mismo también me
hablaron de su orgullo por el paisano que había triunfado
tan lejos de su patria.
II ) Mi compañero Esteban Peicovich estuvo en La Bisbal,
un pueblo gerundense de Cataluña y entrevistó a José Plaja,
una especie de secretario-ayudante-traductor de Gardel en
Nueva York contratado expresamente para tal función por
Éxito Productions, que estuvo en el avión fatídico. Una
semana santa que nos fuimos con la familia por la Costa
Brava, atravesamos ese rincón de L’Empordá especialista en
cerámicas y bombones y me picó la curiosidad, tenía su
dirección y me largué hasta su casa.
El incendio del aparato lo agarró tirado en el pasillo de
costado por lo no se quemó uniformemente, y de allí cayó a
la pista donde un operario del aeropuerto lo roció con un
extintor salvándole la vida. Su hermano lo llevó al Medical
Center de Nueva York y debieron amputarle los dedos de ambos
manos, pro lo cual tenía dos muñones y un rostro cruelmente
deformado por las quemaduras. Me dijo que Gardel trataba a
todos con gran respeto, que era cariñoso pero que en los
momentos previos a los vuelos cambiaba repentinamente el
humor y se ponía muy nervioso e irritable. También deslizó
algunas anécdotas y me contó que todas las fotos y recuerdos
que tenía del cantor se los había ido regalando a Roque
Olsen, un futbolista entrerriano que luego de jugar en Tigre
y Racing emigró a España, integró el Real Madrid junto a Di
Stéfano y fue entrenador de muchos equipos. En un hotel de
Sevilla charlé un día con él y me dijo que efectivamente,
cada vez que estaba cerca de Gerona, se pasaba por la casa
de Plaja y éste le regalaba fotos y objetos. Los tenía
guardados en un baúl y se iba a poner a buscarlos.
Lamentablemente falleció en 1992 y no pude orejear aquellos
recuerdos.
III ) En una oportunidad que cubríamos una gira de la
Selección por varios países de América, en 1968, veníamos
de despachar nuestros telex a los respectivos medios,
juntamente con Vega Onesime, Proietto y Ruprecht, colegas de
otros medios con los cuales compartíamos una suite en el
Hotel el Conde de Caracas, y paramos a tomar algo en un bar
pequeño, tipo Copetín al paso. Estábamos departiendo y se
nos acercó un señor mayor de traje negro, sombrero gris,
narigón, de voz ronca y aspecto entre Jimmy Durante y George
Raft. Nos preguntó si éramos argentinos, -algo evidente-, y
se presentó: Era compatriota y el Jefe de la Sección
carreras del Diario El Nacional de Caracas. Había trabajado
en carreras en Crítica y llevaba años en Venezuela. No
recuerdo su nombre pero lo publiqué en La Razón entonces.
Al final me quedé dialogando con él porque en la
conversación comentó que había sido quien había organizado
la gira de Gardel por Venezuela, previo a la de Colombia. Me
aportó algunos detalles sobre su respeto reverencial hacia
el público, el asedio impresionante de sus fans y las
mujeres y la invitación del presidente Juan Gómez que lo
contrató para cantar en su residencia.
IV ) Estábamos en el bar “Ricardito” de Mar del Plata, con
el pelado Costa, integrante de una tertulia futbolera que
teníamos los lunes en los baños turcos Colmegna, y Adolfo
Pedernera. Costa nos presentó a Horacio Pettorosi que vivía
allí, ya retirado y se agregó a la rueda. Mientras
despachábamos los aperitivos y los variados platitos marca
de la casa nos fue desgranando recuerdos gardelianos. “No
era minero, -decía refiriéndose a las mujeres que se le
atribuyeron- Lo justo para cubrir las necesidades…, en
cambio era muy “escolaseador”. Le gustaba jugar a todo,
especialmente las carreras y a veces teníamos problemas para
cobrar y se atrasaba. Pero nunca nos dejó colgados, al final
cumplía siempre…” Nos contó que cuando compusieron entre
ambos y Le Pera: “Silencio”, discutieron bastante sobre
algunas partes del tema y que en los primeros ensayos Gardel
se emocionaba y tenía que parar, porque el tema lo afectaba
mucho. Un día lo ensayaron delante de Cadícamo en la casa de
Gardel, -donde Enrique había ido a hacer unos retoques a
“Criollita de mis ensueños”-. y también diría éste que el
tema le puso la piel de gallina. Y Pettorosi nos contó esa
historia de que la música de Bandoneón arrabalero era
suya y que se la había vendido en París a Juan D’ambroggio,
“Bachicha” por unos francos que necesitaba para pagarse el
viaje de regreso a Buenos Aires.
V ) Alfredo Gobbi me vareó tempranamente a su lado y con
él aprendí muchas cosas y supe de situaciones, anécdotas y
comentarios sobre el Morocho, que grabó 5 obras de su padre.
Cuando Alfredo Gobbi (p) le ofreció su vals La
entrerriana, Gardel iba a ensayarlo a casa del músico,
cantor y animador uruguayo. Alfredito, con 15 años, lo
acompañaba al piano en esas pruebas y me recordaba que el
cantor le decía: “Sos francesito como yo y estás
metido desde pibe en el tango. Vas a llegar lejos con
semejantes viejos que tenés y tanto talento en el marote…”.Por
entonces no estaba en auge la polémica sobre el origen de
Gardel y esos comentarios no llamaban la atención de nadie,
aunque en Uruguay se estaba fraguando el novelón que daría
origen a un libelo firmado por el argentino Horacio Vázquez
Rial en forma de libro hace 3 o 4 años. En el mismo, escrito
de apuro e impreso en cuerpo 20 para llenar páginas, dado
que el sujeto no tenía documentación ni elementos serios,
denigra a mucha gente amiga de Gardel y termina desbarrando
de manera lamentable haciéndole un flaco favor al cantor y
al tango. Y obligando a poner entrecomillado su oficio de
“escritor”.
VI ) Y el inventor de toda esta ficción sobre el presunto
origen uruguayo de Carlos Gardel, se llamaba Erasmo Silva
Cabrera que firmaba con las letras de su apellido
invertidas: Avlis. Viajé innumerables veces a Montevideo,
por mi cuenta y profesionalmente. Una mañana estaba en una
librería céntrica donde compré el Informe sobre Gardel,
de Federico Silva que me pareció muy interesante y el primer
libro de poemas de Horacio Ferrer: Romancero canyengue.
También hojeé Gardel oriental – Alegato por la verdad,
de Silva Cabrera. Lo estuve repasando y pensé que era una
novela como había hecho César tiempo con Así quería
Gardel. Lo vi como una ficción rocambolesca y lo
descarté. En el año 67, con ocasión de jugarse el
Sudamericano de fútbol en Montevideo, usábamos allí la
redacción del flamante diario BP Color, al frente de cuya
Secretaría de redacción estaba el recordado Edgardo Sajón,
secuestrado y muerto por los militares argentinos años más
tarde. Y uno de los propietarios era el pintoresco Bernardo
Larre Borges, militar sui géneris, entrenador de
básquet y periodista. Un tipo sensacional que nos dejaba las
puertas del diario abiertas de par en par, esperaba con
Sajón a que termináramos de mandar las crónicas y se venían
a cenar de madrugada con nosotros a una parrilla del parque
Rodó. Una mañana fuimos con Bernardo (su hijo estuvo preso
por presunto tupamaro y cuando pudo sacarlo de la cárcel lo
despachó a España y me lo recomendó especialmente) al café
“Sorocabana” de la Plaza Independencia, frente al Palacio
Salvo. Saludó a medio mundo y me presentó a 3 periodistas de
El País. Uno de ellos era Erasmo Silva Cabrera. Le recordé
su tango Esta noche en Buenos Aires, con música de
Angel D’Agostino y Eduardo del Piano que grabó la orquesta
del pianista con la voz de Angelito Vargas y que siempre me
encantó. Uno de sus compañeros me conocía de vista porque
hacía también fútbol y luego se acercó a nuestra mesa. Y de
pura casualidad salió la conversación sobre Gardel y se
entraron a comentar pormenores de la historia del Gardel
uruguayo, aunque insisto en que no existía la fiebre actual.
Este hombre nos contó brevemente el invento. El propietario
del Diario El País Enrique Scwank cambiando impresiones con
Silva, hablando del pasaporte uruguayo del cantor y del
fervor oriental por Gardel le dijo a Avlis si no se animaba
a escribir un par de notas sobre el tema. Este dijo que sí y
se mandó dos espiches que causaron gran impacto. Y como esas
telenovelas o radioteatros que se alargan o achican según la
audiencia, tuvo que empezar a estirarlas y lógicamente a
fabular porque no tenía argumentos para ensanchar la
historia. Tampoco había sido ése el objetivo inicial sino
simplemente crear un estado de duda, dejar flotando la
teoría del Gardel oriental y vender ejemplares. El hecho
rebasó las previsiones y Silva tuvo que echar mano de una
imaginación caribeña tipo Macondo para enganchar personajes
de todo tipo y entramarlos en forma inverosímil. Le fue tan
bien con el invento que el mismo periódico utilizó aquellos
artículos para editarlos en forma de libro. Y de esa forma
nació el cómic que en los últimos tiempos ha sido
desenterrado por gente interesada en vivir del cuento del
Gardel oriental y de otra de buena fe que se lo cree. Así de
simple.
VII ) Coco D’Agostino era compañero mío y compinche
noctámbulo en el diario La Razón. Hacía la última página
sobre el espectáculo junto a Toni y Formento. A veces lo
venía a buscar su tío: Ángel D’Agostino con su pinta bacana
y sombrerito de pluma incluida, a la salida del Diario y
cuando yo podía les hacía compañía.
Caminábamos por Florida o nos quedábamos en La Victoria de
Avenida de Mayo y Piedras a tomar una sidra helada de barril
con “amaretis”.
Una noche le hable al tío Ángel de Avlis y me respondió
riendo:
- Buena gente, pero sanatero, con esa historia de Gardel… –
- ¿Es un invento, ¿nó? , insistí yo recordando las
referencias del “Sorocabana”. Y el con la seguridad que da
el conocimiento de la cosa, agregó:
-Sanatas… - y le quitó trascendencia, moviendo la mano como
espantando moscas.
En ese momento, no pudimos imaginar la cola que traería
luego este asunto.
José María Otero