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Transcripcion:
Jack Lupic
24 de abril de 2004
Aporte del articulo: Jorge Muscia
Conocimos a Le
Pera hace unos años, siendo redactor teatral del viejo y
desaparecido diario "El Telégrafo", cuando era jefe de
la sección el malogrado Emilio Bastida. Muchacho activo, pero
tranquilo, se desenvolvía con gran habilidad en el turbulento
mundillo de las candilejas. A la muerte de Bastida, reemplazó a
éste e su jefatura, e hizo sus primeras armas en el teatro,
escribiendo algunas revistas con Alberti, Sofovich y Romero. Después
pasó al diario "Ultima Hora", bajo las órdenes de
Julio F. Escobar. Obtuvo algunos pequeños éxitos; pero su
verdadero camino estaba en las letrillas de tangos y canciones,
pues desde la primera que escribiera para Gardel, todas sus piezas
constituyeron un verdadero éxito.
Dada su natural
reserva, Le Pera no era muy conocido de la mayoría; pero, no
obstante, era muy apreciado por los artistas y muy querido
entre sus camaradas. Se ignora si queda algún familiar en el país.
Nacido en el Brasil, fué traído a ésta muy pequeño. Sus padres
disfrutaban de una buena posición y eran propietarios
de una
fabrica de calzado ubicada en las calles Boedo y San Juan. Alfredo
estudiaba, y a su tiempo ingresó a la Universidad, entretanto que
desempeñaba un puesto en el establecimiento paterno. Debido a
veleidades del comercio, su padre hubo de liquidar el negocio y
marchó con la madre a Europa. Le Pera recibía una pensión, pero
le hormigueaba el instinto de aventura y decidió emprender nuevos
rumbos. Le atraía el periodismo y el teatro y a ellos comenzó a
dedicarse. Fué la del infortunado Le Pera una vida relativamente
fácil; activa, pero no muy bulliciosa, firme y segura. Obtuvo sus
primeros éxitos como autor de letras, iniciando su amistad con
Gardel a quien acompañó desde, entonces a todas partes.
Hizo los
primeros argumentos para las cintas de Gardel, pero éstas no le
hicieron muy feliz y aunque permanecía siempre fiel al gran amigo
y maestro, le disgustaron siempre los procedimientos que se
utilizaban en Norte América para con la labor de Carlitos. Y así
lo dice en un párrafo de una de sus últimas cartas fechadas en
San Juan de Puerto Rico, el 19 da abril del corriente año y
dirigida a su amigo, el popular cronista del cine don Adolfo R.
Avilés:
"Ellos están acostumbrados
a ganar mucho dinero con las películas de Gardel, sean malas o
buenas, y están dispuestos a seguir haciéndolo sin importársele
un cobre de la reputación del artista y las consecuencias futuras
de tanto film mediocre. Yo he empleado toda la escasa
influencia que tengo sobre Gardel para hacerle renunciar a toda
actuación futura en EE. UU. y para que haga sus próximos films
en la Argentina No sé sí lo conseguiré. Carlos cree en la técnica
americana con los ojos cerrados sin advertir que el trabajo que se
hace en nuestros films puede hacer en Lanús o en Hawai con simple
cámara y un cajón de kerosene donde haya un receptor de
sonido..."
"Mi impresión personal es
definitiva acerca de las películas españolas hecha en EE. UU.
Creo que será imposible mejorarlas..."
"Yo le deseo a Carlos, a
quien quiero bien y en quien creo firmemente, una sola cosa: que
no vuelva a hacer películas en español fuera de la
Argentina..."
En otra parte
de la misma carta describe pintorescamente el cordial periodista
la fascinación ejercida por el inolvidable creador de "Mano
a Mano" sobre el bello sexo:
"No puedes imaginarte el grado de popularidad de Gardel en
esos países. Su llegada significa una fiesta nacional. Miles de
personas le esperaban en el puerto (y el barco llegó a las 6,30
de la mañana.) y su arribo cada noche en el teatro señala una
agitación increíble en los centenares de gentes que le
esperaban, truene, llueva o haga un calor sofocante."
"Las mujeres aquí están
desatadas por él. A veces Gardel quería hacer mi elogio en las
reuniones femininas, en
vano. Las muchachas me miraban con lastima... y se iban con
el ..."
Es todo cuanto
sabemos de Le Pera. Acumulada la atención de nuestros colegas
sobre el zorzal, el pobre periodista fué injustamente olvidado...
Hemos querido salvar ese lamentable olvido, pensando con pena en
que en algún lugar lejano de Europa dos viejitos han de evocar,
temblorosos, el recuerdo del hijo querido que un día dejaron en
la ciudad de su juventud y que ya no volverán a ver jamás...
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