Gardel es la única persistencia auténtica de la sentimentalidad de Buenos Aires.Creo que esta afirmación puede ser aceptada en block a poco que cada porteño quiera enfrentar su sentimentalidad entendiendo por tal el conjunto de sentires (no digo sentimientos) que tipifican una actitud interior no razonada sino cumplida es lo que los psicólogos llaman vivencia es decir, un acontecimiento interno experimentado por el yo. Pero si tal modo de vernos está genéricamente permitido, el problema no es tan simple si nos obligamos a bucear un poco en su profunda significación.
Y es que muchas cosas del porteño y de lo porteño se dan en Carlos Gardel en una curiosa conjunción de particularidades. Veamos algunas como un modo de adentrarnos en la porteñidad y tal como lo intenté en mi Geografía de Buenos Aires de 1963 y que el tiempo y los tiempos han refrendado.
En primer lugar su origen; a pesar de que serias investigaciones parecen haberlo precisado, en el Gardel que hemos sentido nadie lo conocía bien y se decia a ratos qua era uruguayo o nacido en Entre Ríos. No había an el ánimo del común una explicitación precisa, pero el porteñismo no es una filiación, es una presencia, la investigación huelga; está ahi se llama como dice y es porteño porque la ciudad necesita que lo sea, y pone an el personaje el íntimo impulso que se pone en el adoptado al que se dota de una voluntaria y generosa legitimidad.
Además Gardel se viste con cuidadoso esmero, está a un milímetro de la afectación pero no cae nunca an ella, es decir tiene pinta que es la elegancia qua se crea a sí misma sin recrearse en ella. Tiene su pinta pero no es nunca un cejetilla cosa que el porteño rechaza.
Este aspecto tal vez no sea bien comprendido por las actuales generaciones que por rezones muy complejas que no he de analizar aquí, han perdido de la presunción en el vestir y se han habituado a un atuendo que oscila entre la comodidad y el desgaliche; pero para la generación que "vio" a Gardel, esa "pinta" sin presunción era un signo y un sello, casi un estigma feliz y positivo que no entra en la sentimentalidad de los jóvenes de ahora fácilmente melenudos y descorbatados. Gardel, gomina y chambergo, se viste como debe vestirse un porteño, con acento tan auténtico que la porteñidad parece nacer en él y de él.
Pero por sobre los atributos externos que han logrado ser eso, atributos, hay también en Gardel modalidades que atraen la aprobación consustancial del porteño: no es un engrupido, y si lo es no lo parece; todo el mundo lo siente cerca, cualquiera se anima a hablarle, a preguntarle o a exigirle; tal vez no lo haga pero el
porteño adivina que lo podría hacer y no pide más. Esa modalidad, real o presumida, es esencial para el porteño que si no es amigo de Carlitos, no duda de que pueda serlo.
Y hay por fin entre muchas otras una circunstancia peculiarisima pero, a mi juicio determinante: Gardel ha logrado el éxito, pero la ciudad que se lo concede no admira en él tanto el resplandor del triunfo cuanto la dureza del camino, la ausencia de arribismo o improvisación; la ciudad sabe que trabajó en teatruchos y cafetines, en cines de barrio, que se
dedicó años y años subiendo peldaño a peldaño los tramos de la consagración, pero eso no se le ve. Al público porteño no le gustan los héroes; en Gardel el triunfo que sabe laborioso se le aparece fácil, natural, liviano.
Pero por sobre esas cosas Gardel no trae un mensaje trascendental o un cumplimiento cultural, no viene a dar trabajo sino a moverse an el plano hedónico de una canción expresiva y en esa latitud todos nos podemos encontrar sin compromiso. Carlitos viene sólo a cantar para el porteño que se recata y casi se avengúenza de cantar. Primero la
canción (porque estuvo lejos de cantar sólo tangos) y luego el tango son sin duda efusiones reprimidas (Buenos Aires como conjunto no canta), el porteño siente en Gardel el personaje que los extravierte y los libera.
La prueba de este aserto es que se ha hecho sentencia aquello de que Gardel cada día canta mejor lo que al fin de cuentas significa que el porteño sigue sintiendo que canta para él y que canta en él, de un modo en el que a fin de cuentas el porteño no ha logrado todavla. Y en ese juego Gardel se trueca en un depurado personaje de tango, en cuanto el tango es una nostalgia que el porteño no quiere reprocharse.
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