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Sportivo Zorzal Nota del 1 del 8 de 1995. EDUARDO RAFAEL
Esto nació a comienzos de los años 80. Estaba releyendo a Raúl González Tuñón. Volví a encontrarme con su "Aquí anduvo Carlitos / soñador de pequeño/ su infancia fue un baldío de ainenti y barrilete/ la música dulzona de acordeones lejanos/ y cantos aprendidos de viejos verduleros...". Me quedó repiqueteando en el alma "su infancia fue un baldío..." e instintivamente lo asocié a potrero, calle, pelota. Y me hice preguntas para las que no tenía respuestas: ¿habrá jugado al fútbol? ¿Se podrá hablar de un Gardel deportista? Me dio vergüenza no tenerlas y me propuse reparar mi ignorancia. Fue entonces cuando decidí consultar a un testigo libre de toda sospecha: Edmundo Pucho Guibourg. -Es muy probable que haya jugado a la pelota en el hueco (baldío) del Orfelinato Francés, en las calles de San Luis, Gallo, Anchorena y Córdoba, cuando todavía era el francesito -dijo Guibourg-, pero sé, con certeza, que después, ya grande, hizo deportes por necesidad - Nunca le gustó privarse en las comidas y de ahí su tendencia a engordar. Por eso salía a correr. Él lo llamaba "trotar". Ahora le dicen practicar aerobismo. Lo acompañé en al-gunas ocasiones. Salíamos con un grupo de amigos desde el Once, llegábamos a Palermo y regresábamos. Andábamos en short y remera, por las veredas, y nuestros compañeros más frecuentes eran, entre otros, José González Castillo, el padre de Cátulo, Héctor Quiroga y Julio Scarcella. Esa tendencia a engordar lo llevó a Gardel a someterse a clases diarias de gimnasia. Se dice que en 1916 llegó a pesar 118 kilos y a partir de 1928 y hasta 1933 se estabilizó en 76. Hacía gimnasia en su casa pero también, durante varios años, en la Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA o Young Men). Guibourg sostiene que le gustaba jugar a la pelota vasca. Lo hacía en la Young Men pero también en un frontón que había en Anchorena y Rivadavia, "donde nos daban unas alpargatas que tenían sudores del tiempo de Garay". Era un lugar bravo porque allí se apostaba plata grande. Como distracción prefería el juego de bochas. Iba seguido a una cancha que tenía la cantina Chanta Cuatro, entrando por el lado de Guardia Vieja. Y a otra que estaba en Billinghurst y Tucumán, muy cerca del tambo de los Pizarros, Según Guibourg, sus compañeros permanentes eran José Razzano y dos de sus amigos más íntimos: Alfredo Deferrari y Emesto Laurent. En la Young Men confirmaron que Gardel fue asociado de esa institución desde 1920 hasta 1925. En ese entonces vivía quien había sido su profesor en las clases de gimnasia, Enrique Pascual. Lo encontramos en su casita de Villa Lugano. Era un español de Cataluña, nacionalizado argentino, con tres hijos, siete nietas y un bisnieto. En su juventud había practicado lucha grecorro-mana y boxeo. Además, era kinesiólogo y tocaba el violín y el bandoneón. Pascual, nacido el mismo año que Gardel, nos dejó este testimonio. "Yo vivía frente a la casa de Razzano, en la calle Sarandí. Conocí al dúo en una especie de centro criollo que ellos mismos habían creado en Sarandí, entre Victoria (Hipólito Yrigoyen) y Alsina. Se llamaba El Pacará. Tiempo después vi a Razzano en el hall de la Asociación Cristiana. Lo traía Enrique Glücksmann, gerente y socio de su hermano Mex, en cuya casa Gardel-Razzano grababan sus discos. El dúo comenzó a concurrir a la clase de gimnasia que yo daba a las 16.45, una clase muy especial porque muy pronto se juntaron en ella Juan de Dios Filiberto, Guillermo Battaglia, Nicolás Fregues, Francisco Lomuto, Manlio Francis y Julio Scarcella, entre otros. Desde un palquito que estaba a la derecha del salón, Adolfo R. Avilés acompañaba en el piano los movimientos gimnásticos de esa que, por la profesión de la mayoría de los asistentes, se la llamó "la clase bohemia". En aquellos años ser cantor o artista equivalía a colgarse, para siempre, el cartelito de bohemio." Enrique Pascual conservaba de Gardel recuerdos precisos: "Me parece estar viéndolo, con uno de esos mamelucos de cuello alto que le cubrían hasta el mentón. Usaba, además, una faja de lana que le ayudaba a absorber la trans-piración. Aun en pleno trabajo físico nunca perdía la oportunidad de mostrar su buen humor. Una vez, en el anexo que tenía salida por el número 189 de Paseo Colón, le pedí que hiciera unas cuantas flexiones para que le diera un poco de trabajo a los músculos abdominales. Carlitos, que ya se había sentado en el suelo dispuesto a empezar, observó que se acercaba Federico W. Dickens, que era el director del Departamento de Educación Física, lo reconoció y, como creyó que estaba en pleno trabajo, exclamó entusiasmado: _¡Oh, muy bien señor Gardel! Eso es muy bueno. "-Verdad que es una buena idea -le respondió mientras comenzó a inclinar el busto hasta tocar con los brazos extendidos la punta de sus pies. Se flexionaba y contaba: 265, 266, 267..., simulando que lo hacía desde mucho tiempo antes. Dickens reparó en la cuenta y volvió a felicitarlo, esta vez completamente asombrado. Cuando se fue, Carlitos soltó la carcajada... "En los primeros tiempos -agregaba Pascual-, después de la clase de gimnasia Gardel bajaba hasta el subsuelo donde yo mismo recomponía con masajes su cuerpo cansado. Pero después, cuando ya había conseguido un verdadero estado atlético y un cuerpo estilizado, prefería jugar a la pelota a mano limpia, en cancha chica y cerrada. Lo he visto varias veces y puedo asegurar que era realmente bueno en eso". Gardel no pudo escapar, y es lógico, a la afición por los dos deportes más populares de su tiempo: el boxeo y el fútbol. Sabidas son sus preferencias por el turf, pero siempre encontraba tiempo para relacionarse con ídolos que, rápidamente, se convertían en sus amigos. Cuando di comienzo a esta investigación vivía Nicolás Preziosa, un italiano de Bari que llegó al país todavía bebé -tenía siete meses- y repartió su interés también entre el fútbol y el boxeo. Jugó en Estudiantes de Buenos Aires y practicó boxeo en el Boxing Club Buenos Aires, en Sarmiento y Cerrito, y en el Círculo Policial. A los dieciocho años se fracturó una pierna jugando al fútbol y a los diecinueve consiguió la licencia para trabajar como segundo, en el rincón de los boxeadores. Esa licencia llevaba el número 2 en la Capital Federal. Por sus manos pasaron púgiles que hicieron la historia grande del boxeo argentino, desde Luis Ángel Firpo -a quien dirigió en su última etapa - hasta José María Gatica, Ricardo Calicchio, Andrés Selpa, Alcides Gandolfi, Sabino Alfredo Bilanzone... Gardel se relacionó con Preziosa cuando, antes de adquirir en 1921 por 30.000 pesos –moneda nacional- la casa de la calle Jean Jaurés (entonces llamada Bermejo), vivía en un lujoso departamento en Rincón 137, con entrada lateral al Hotel Victoria. Está comprobado que a Gardel le gustaba el boxeo. Era amigo de Pepe Lectoure -el tío de Tito-, de Enrique Sobral, quien después fue durante muchos años masajista de los jugadores de Boca, de Luis Ángel Firpo y de Eduardo Ramos Oromí, que fue uno de los mejores jurados. Según Preziosa, cuando salía del Círculo Policial, Gardel hacía una parada obligada en el Café de los Angeli-tos, y se integraba a una rueda conformada habitualmente por sus amigos personales Ernesto y Gabriel Laurent, Alfredo Deferrari y Armando Defino, a los que se sumaban Razzano, Roberto Casaux, Armando y Enrique Santos Dis-cépolo y Mario Folco. Con frecuencia también solían llegar Cátulo Castillo y Celedonio Esteban Flores en una etapa de sus vidas en la que, todavía, estaban más cerca del boxeo que de la poesía tanguera. A Luis Ángel Firpo lo veía en La Real, una confitería de Corrientes y Talcahuano (esquina sudeste), sitio obligado de sus encuentros con Julio De Caro y el Malevo Muñoz (Carlos de la Púa). Esa amistad que prodigaba a Firpo lo llevó a acercarse a los gimnasios de boxeo. Juntos llegaban, a veces, al del Linco1n Boxing Club, en Santa Fe y Callao, donde además del Toro Salvaje de las Pampas entrenaban Kid Charol y Luis Rayo. También se lo vio en los gimnasios de la Asociación Nacional y el de LAiglón. En el de la asociación, que estaba en Solís al 200, trabajaba Justo Suárez; en el de LAiglón -en la calle Florida entre Bartolomé Mitre y Cangallo, donde hoy está la galería Boston- entrenaba y peleaba el uruguayo Ángel Rodríguez, quien alcanzó sorpresiva fama al noquear a Luis Angel Firpo, en la primera pelea de éste como profesional. Gardel era amigo de os dos y los admiraba, como admiraba a Justo Suárez, a Luis Galtieri, Luis Rayo y Vicente Ostuni. Preziosa aseguraba haberlo visto en el ring side la noche de las peleas Julio Mocoroa-Justo Suárez y Galtieri-Ostumi. Cuando Gardel llegó al Centro nació su afición por el Racing Club. La cosa fue así. El dúo Gardel-Razzano era, en 1914, el número atracción en la compañía teatral de Elías Alippi y Francisco Ducasse. El debut se produjo el 9 de enero, en el teatro El Nacional, con una obra de género libre titulada El Paraíso, que era promocionada como el último éxito en París, donde había alcanzado más de seiscientas representaciones. En esa obra, Gardel-Razzano hacían el fin de fiesta a veinte pesos moneda nacional por noche. (La entrada a platea costaba dos pesos y cincuenta centavos al paraíso. El sueldo de un obrero no llegaba a los cien pesos por mes.) Durante esas actuaciones en el teatro El Nacional, Gardel se hizo muy amigo del Flaco Alippi, fanático hincha de Racing, el campeón del año 1913. Alippi lo hizo hincha de Racing. Nicolás Preziosa, que también lo era, afirmó que los tres -Alippi, Gardel y él -tenían como punto de reunión el café Ideal, de Corrientes y Paraná, adonde Gardel solía llegar tarde porque antes pasaba por el hipódromo. Desde allí salían hacia Avellaneda, en busca de la vieja cancha de tablones. Preziosa aseguraba que fue él quien le presentó a Agustín Magaldi, una tarde -no podía precisar el año pero estimaba que era a fines de la década del 20- en que Racing jugó un amistoso con Newells Old Boys, equipo que todavía no estaba afiliado a la AFA. Magaldi era amigo del boxeador Sabino Alfredo Bilanzone, Los dos eran rosarinos. Juntos habían ido a la cancha y allí se encontraron con Gardel. Preziosa, que estaba con él, le presentó a Magaldi y a Bilanzone, su pupilo. Fanático del fútbol y de Huracán fue Guillermo Barbieri, uno de sus guitarristas. Fiel, hasta la muerte. Barbieri vivía en Parque Patricios, en Rioja y Rondeau. Allí se juntaban Gardel y sus cuerdas todos los jueves. Para ensayar y contar cuentos. A esos ensayos solían concurrir varios jugadores de Huracán, correspondiendo a las continuas visitas que les hacía Barbieri cuando entrenaban. Los más asiduos eran Juan Scurzoni -capitán en la década del 20-, Guillermo Stábile y el Negro Prato. A Scurzoni se le ocurrió pedirle a Barbieri que lo invitara a Gardel al vestuario, en vísperas del clásico más clásico en la Asociación, en su época amateur: Huracán-Boca. Fue en 1925. La invitación se la hizo Barbieri en presencia de José Rial, el autor del vals Rosas de otoño. Gardel aceptó, fue al estadio -en aquel entonces también de tablones- y en el vestuario cantó el vals de Rial. Se llevó un banderín de recuerdo y dejó -memora Scurzoni-, "unos pesos para que a la noche pudieran festejar el triunfo". Los pesos quedaron en los bolsillos del Negro Prato, según Scurzoni "un manguero viejo". El partido Huracán-Boca se jugó el domingo 6 de junio y lo ganó Huracán con un gol de Stábile, El Filtrador. Esa tarde fue inolvidable por muchas circunstancias: Huracán se afianzó en el primer puesto y cien aficionados resultaron heridos al caerse un sector de la tribuna oficial, inhabilitada porque todavía estaba a medio construir. El banderín que los jugadores de Huracán le entregaron a Gardel pasó a manos de Barbieri, y de sus manos al estuche de su guitarra, primero, y al más allá, después. Gardel sintió admiración por muchos jugadores. Y una muy especial por Pedro Ochoa, insider de Racing, "el crack de la afición”, según su fraseo insupe-rable. También por Raimundo Mumo, el wing de Independiente, a quien muchas veces le rogó: "¡Largá al rojo, Mumito. Largá al rojo y venite a Racing! ¿Sabés lo que serían Ochoita y vos, juntos?". Le cantó al corazón de Monti y a la efectividad de Tarasconi, capaz de hacer "de media cancha un gol". Cuando la delegación argentina viajó para participar en los Juegos Olímpicos de Amsterdam, en 1928, el equipo de fútbol hizo una escala en Bar-celona para jugar un partido amistoso (perdió 2 a l). Gardel los recibió en Barcelona, se fue con ellos a París y pensaba seguir a Amsterdam cuando se lo impidió un imprevisto viaje a Italia. Los esperó de regreso en París, donde les hizo compartir una noche de garufa en el cabaret El Garrón. Mumo Orsi la recordaba así: "Gardel intuyó lo que pasaba. Después de las dos finales (olímpicas, que terminaron 1-1 y 2-1 para Uruguay), no nos hablába-mos con los jugadores orientales. Habíamos viajado de Amsterdam a París en el mismo tren pero en distintos vagones. En el cabaret, Gardel buscó la reconciliación preocupándose, personalmente, de sentamos intercalados. Justo a mi lado se sentó el Negro Andrade, a quien yo le había dado muy mal de atrás y ya en el suelo le pisé la mano. "Estoy rengo por culpa tuya", me dijo y agregó: "Algún día me voy a vengar". Yo me hice el sordo. Al ratito Gardel anunció: "Voy a cantarles a los campeones sudamericanos el tango La cieguita". Dijo sudamericanos para involucrarnos a todos. Y en seguida, dirigiéndome una mirada, exclamó: "Mumo ¿por qué no sube y me acompaña con el violín? Sabía que lo hacía bastante bien, tanto que algunas noches llegué a tocar en la orquesta de Francisco Canaro. Bueno, arrancamos con La cieguita, cuando un tipo del Olimpia, que estaba allí, me prestó su Stradiva-rius. Cuando terminamos, después de los aplausos, empezaron a cruzarse miguitas, después panes, al rato volaban las botellas de vino. La confraternidad rioplatense se fue al diablo. En medio del desorden vi a un rengo que se me venía encima. No sé si era el Negro Andrade pero, por las dudas, le rompí el Stradivarius en la cabeza ...... Poco tiempo después la revista El Gráfico le dedicó al cantor una página. Tratándose de una revista deportiva la explicación del motivo de la nota se dio en el título: "El hombre que templó con su guitarra a nuestros footballers: Carlitos Gardel". La firmó Don Gordo y la transcripción de su comienzo sirve como pintura de lo que era Gardel. Escribió Don Gordo: "Con Carlitos Gardel conversé en el Conte, un restaurante de lujo donde su presencia nunca pasa inadvertida por lo mismo que con reverendos saludos y grandes sonrisas se lo disputan los mozos, siempre ávidos de suculentas pro-pinas que él prodiga a manos llenas. Vestido de frac, su cuerpo, que es de atleta, adquiere facciones que lo convierten en verdadero dandy, si es que así puede llamarse a quien puede exhibirse como modelo de la elegancia mas-culina. Está vestido de frac porque en el Colón cantará esa noche Claudia Muzio nada menos que Norna y él, con espíritu selecto al fin, se deleita oyéndola, como se deleita también cuando Gabriela Besanzoni canta Orfeo. La música -la buena música mejor dicho- ejerce sobre su espíritu atracción de imán. Y tanto dejó atraerse que ahora vive cantando. Cantará siempre. Y como buen criollo e imitando al cisne de su milonga, morirá cantando". Enseguida, bajo el subtítulo de "Intérprete popular" se explica el motivo de la nota: "Se ha ganado el honor de esta nota porque en Barcelona primero y en París después, ha estado junto a los footbaleros argentinos alentándoles en todo momento. Se ha ganado ese honor porque es el único compatriota que en tierras extranjeras, templando su guitarra, templó el ánimo de nuestros muchachos. Y se lo ha ganado, además, porque él, con su guitarra ha sido el único que hasta después de la derrota les siguió cantando. Porque le sobraba corazón. Fue -permítaseme la expresión- el hombre que haciéndose intérprete del sentimiento popular argentino inyectó dosis de entusiasmo a quienes lejos de la patria estaban encargados de prestigiar sus colores ...... En el Mundial de 1930 viajó especialmente a Montevideo y cuando por méritos propios argentinos y uruguayos llegaron nuevamente a la situación de en-frentarse para definir el título de campeón, visitó y cantó en las dos concentraciones. Gardel admiraba lo que él llamaba "los magos del balón". Los jugadores lo admiraban a él. De esa visita, Mario Evaristo elogió el excelente humor del cantor. "Llegó a contar como veinte cuentos seguidos", confesó. Los jugadores argentinos estaban concentrados en La Barra de Santa Lucía, en las afueras de Montevideo. Hasta allí llegó Gardel el 11 de julio de 1930. Fue con sus tres guitarristas. Uno era uruguayo, Aguilar. Los otros dos, argentinos e hinchas de Huracán: Barbieri y Riverol. Barbieri llevó ese día a su hijo Alfredo -después gran actor cómico- para que posara como mascota del equipo. Gardel cantó esa tardecita todo lo que le pidieron. Al día siguiente, las páginas de La Razón reseñaron el momento con una gran foto y este título a cinco columnas: "Carlos Gardel llevó al campamento argentino la alegría de sus canciones". En España, Gardel se hizo hincha del Barcelona. Retornemos el testimonio del testigo insospechable. Dijo de eso, Edmundo Guibourg: "Me consta que fue muy amigo de José Samitier. También de Ricardo Zamora, y de casi todos los jugadores del Barcelona. Los españoles lo querían de verdad y cuando en 1931 fueron a Londres para jugar un histórico partido contra los ingleses, Carlos, que estaba en París, decidió ir a verlos. Yo fui con él. Con nosotros viajaron Pierotti -su administrador- y un tal Duggan, propietario de caballos de carrera. Ibamos a salir en el avión, pero Gardel se opuso. No quería. A veces pienso que era una premonición y entonces me arrepiento de haber sido yo quien le presentó a Alfredo Le Pera, porque fue precisamente Le Pera quien le sacó esa aprensión. Al final viajamos por mar, en el vapor de la carrera. Nos alojamos en un hotel de Picadilly. El partido se jugaba en la cancha de Arsenal en Highbury, a seis millas de distancia. Por las noches salíamos a hacer footing. Gardel era un gran caminador. Tenía una resistencia brutal. "Una noche íbamos solos, sumergidos en la neblina. ¡Ni un alma en las calles! Taconeábamos y nuestros pasos despertaban la curiosidad de algún que otro policeman. Éramos para ellos, seguramente, una aparición fantasmal. Tal como nos pareció a nosotros el escuchar, de pronto, ruido de corceles. Gardel me tomó del brazo y nos quedamos parados. Vimos algo entre la densa niebla y me dijo: "-Decime, ¿vos viste lo mismo que yo?" "-No sé, tal vez... ¿Qué viste?" "-¡El Abasto, viejo! ¡El Abas-to en el cielo!" "Y lo que habíamos visto, en realidad, era un carro de verdulero que la imaginación de Gardel, acicateada por la niebla y la nostalgia, transformó en una postal, en una reminiscencia de su barrio y del mío, porque yo también era del Abasto, circunstancia que implicó siempre un poderoso nexo entre él y yo". El partido se jugó y lo ganó Inglaterra 7 a 1. "A Carlos no le hizo ninguna gracia el resultado -explico Guibourg-, sobre todo porque los goles se los metieron a su amigo Zamora-" Este partido se jugó el 9 de diciembre de 193 1. El diario ABC, de Madrid, le dedicó, tres páginas y subtituló una parte de la crónica: "Personalidades y Carlos Gardel". En el texto se decía "de España han venido cerca de cuarenta aficionados y el cantor de tangos argen-tino Carlos Gardel, que hizo expresamente el viaje desde París". Edmundo Guibourg, Enrique Pascual, Nicolás Preziosa, Juan Scurzoni y Raimundo Orsi me otorgaron el privilegio de compartir algunos de sus mejores recuerdos en aquel comienzo de los años 80. Hoy son testimonios de un Gardel que yo no conocía. Después volví al otro. Al que sentimos. Al que todos los días, escuchándolo, nos sorprende con algo nuevo. Tal vez porque lo tenía todo. ¿Qué es todo? Ponga el alma y lea conmigo -otra vez- a Raúl González Tuñón: "Lo tuvo todo, duende, victoria y muerte trágica/ el don de la garganta/ y la gracia de la pinta/ el azar lo hizo suyo, lo eligió la aventura/ lo atropelló la vida/ Con él crecía el tango, el amor, la garúa/ el boliche, el otoño, los gorriones, la esquina". Leguisamo solo "Lo vi por primera vez en Montevideo, no recuerdo bien si fue en 1920 o en 1921. Me lo presentó un amigo de Francisco Maschio. Cuando Carlos me vio exclamó sonriendo: ¿Y este chiquitito es el jockey que me presentan?. El otro respondió: Vos jugale a éste que es bueno, haceme caso". "En 1922 me trasladé a Buenos Aires y como teníamos varios amigos comunes -Enrique Pesce, Antonio de Luca, Maschio y otros- tomamos contacto enseguida e hicimos buenas migas. Hasta tal punto que hubo una época que pasábamos todo el día juntos en mi casa de Olleros con Maschio. Él venía siempre y allí charlábamos, jugábamos al tute o al truco, o simplemente no hacíamos nada. ( ... ) Carlos solía traernos las últimas novedades, los discos que grababa como prueba; yo tenía una ortofónica, que entonces era de último modelo. Juntos comentábamos las grabaciones, las criticábamos y después de las discusiones Carlos escribía en las etiquetas las conclusiones a las que habíamos llegado. Todavía guardo esos discos de prueba." (Textual de Irineo Leguisamo al periodista Eduardo Eggers, en Mundo Argentino, 1965.) © La Maga - Todos los derechos reservados Diario La Razón ( 12/7/30) Primer Campeonato de Fútbol en Montevideo. Carlos Gardel lleva al campamento Argentino la alegría de sus canciones. Como lo habíamos anunciado con anterioridad, el máximo cancionista criollo, concurrió al Hotel de la Barra con el plausible objeto de solazar a los jugadores compatriotas con sus cantos. Gardel, aunque esto sea por demás conocido, goza de gran popularidad entre los campeones argentinos, varios de los cuales, entre ellos, Paternoster, recordaban los agasajos que recibieron en París de paso por Amsterdam, y las horas de camaradería y recordación del solar, vividas al conjuro de las canciones que Carlitos les cantara, con su buena voz y su exquisito gusto netamente porteño. Acompañado por sus guitarristas Barbieri, Aguilar y Riverol, llegó Gardel al atardecer, siendo recibido con general simpatía, y allí mismo, en medio del salón comedor, adornado con banderas argentinas, se hizo rueda común y familiar, iniciándose la sesión con tangos, que la muchachada aplaudió con verdadero entusiasmo. Decir más no cabe; Gardel cantó poniendo en su voz inflexiones que dejaban ver claramente el enorme interés que tenía en dar satisfacción a esos bizarros jugadores, que en el aislamiento del hotel lejano, esperan ansiosamente el momento de defender los prestigios del deporte nacional. Figura luego en la nota periodística, la respuesta dada por el artista, al solicitársele su opinión sobre el posible ganador del torneo: " En fútbol es más difícil de acertar que en las carreras, y ya sabemos que en el hipódromo no acierta nadie... que no sea Leguisamo. Pero en fin, sin aventurar nada y descartando, por no conocerlos en el deporte, a los brasileños y a los yanquis, diré solamente que los rioplatanses serán los más difíciles de vencer, y que si llegan a la final habrá que tirar la monedita para saber quién gana. Ambos son buenos y juegan un fútbol maravilloso y artístico, " y ahora que veo a los nuestros tan alegres y decidores, cabe esperar que, ganando o perdiendo, lo sabrán hacer como buenos crollos , es decir, con todos los honores". Aportado por: Angel Yonadi, 6/12/2003 Una
nota publicada en “El Gráfico”, el 23 de junio de 1928. EL HOMBRE QUE TEMPLÓ CON SU GUITARRA A NUESTROS FOOTBALLERS: CARLITOS GARDEL Con Carlitos Gardel,
y digo Carlitos, influenciado por la sincera admiración que con su
trato siempre afable y cortés ha sabido inspirar a cuantos lo han
tratado una vez, conversé en el Conte, un restarurant de lujo donde su
presencia nunca pasa inadvertida. Cuando los
footballers argentinos llegaron a Barcelona, Gardel fue a recibirlos.
Los acompañó hasta el hotel. Les presentó amigos. Les facilitó
gestiones. Los llevó a pasear. Y de noche con su inseparable guitarra,
fue a decirles que no estaban lejos de la patria. Les informó de lo que
era el Barcelona, hízoles comprender que el triunfo sobre éstos no
habría de resultar fácil, y el día del partido y no obstante el
resultado, Gardel afirmó solemnemente que nuestros compatriotas
resultarían los campeones del mundo. Fueron de España a
Francia y él los siguió. Hecho amigo de todos y cada uno de los
footballers, supo que necesitaban su eficiente colaboración y la
dispensó sin hacerse rogar. Con ellos llegó a París. Y en honor de
ellos dio una comida con "champagne" y todo, a la que
asistieron cuanto argentinos pobres hay en París. Aportado por: Alberto Rasore, 2/7/2004 Otros articulos relacionados:
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