|
CULTURA | EL MARTES SE ABRE AL
PUBLICO SU CASA MUSEO DE LA CALLE JEAN JEAURES
Secretos de la vida de Gardel tras
las paredes del Abasto
Clarín
visitó la casa que compartía con su madre, Berta. Junto a
coleccionistas y sobrevivientes de la época, reconstruyó su
vida diaria.
Constanza
Durán. DE LA REDACCION DE CLARIN.
Domingo
2 de marzo de 2003 Año VII N° 2527
Son
casi las 10 de la mañana, Berta se apura en preparar el mate. "Carlitos,
mi muchachito, se está por despertar", piensa. El abre los ojos.
Ella le besa la frente como lo hace todos los días, desde que es
un chico. El Zorzal se levanta y va al hall, donde hace
sus ejercicios matinales. En el patio lo espera Blanquito, su
perro. "Juegan como muchachitos", susurra la mujer que los mira
desde la cocina.
Mañanas como ésa sólo se pueden reconstruir a partir del
recuerdo de unos pocos. O están plasmadas en reportajes que
Berta Gardés dio tras la muerte de Carlos Gardel a revistas como
El Suplemento. La casa de Jean Jaures 735 —en pleno corazón
del Abasto— está ahora vacía. Desde que la madre de Gardel murió
en 1943, pasaron casi 60 años y varios dueños. Al fin, la casa
se recuperó y se le están dando los últimos toques para su
apertura como museo.
Esos ambientes, con necesarias modificaciones, podrán recorrerse
a partir del martes próximo. Recién en junio el museo estará
listo para mostrar la vida de Gardel a través de algunas de sus
pertenencias que prestarán coleccionistas como Bruno Cespi,
Hamlet Pelusso y Angel Olivieri.
Cada habitación, cada rincón de la casa tienen su recuerdo. Solo
faltan los personajes. Pero basta con detenerse en el hall para
imaginar a El Zorzal bajando las escaleras de granito
del patio techado para recibir a sus amigos más íntimos. Como la
familia de Jose Razzano, con quien formó su primer dúo en el año
1914. Y con quienes Berta pasaba las tardes tomando el té en la
sala o disfrutando cenas con largas sobremesas.
"La casa de Jean Jaures fue un sueño hecho realidad. La
compró en 1926, en un viaje a París, a un amigo que vivía en
Francia y que tenía varías propiedades en Buenos Aires", le dice
a Clarín Chichita Razzano, hija de José y acaso la última
testigo de la vida cotidiana de Berta y Carlos.
"Querida, ¡yo bailé con Gardel!", se enorgullece Chichita en su
casa de Flores.
—¿Bailaba bien?
—Pero sí, querida, Gardel era perfecto.
A Gardel la casa le costó 50 mil pesos. El pagó cinco mil al
contado y el resto en cuotas. Pero dicen que no se mudó
enseguida. Recién en 1927 se instaló en la casa. "Esta casa fue
una manera de retribuirle a su madre todo lo que ella le dio.
Tenían un relación increíble: ella estaba a sus pies y él se
desvivía por atenderla", recuerda Razzano.
Antes que Gardel la comprara, en 1917 esa misma casa había sido
un prostíbulo, uno de los tantos que había en la zona. En 1918,
la casa se transformó en una sastrería para señoras. Según los
planos originales, el terreno media 7,65 metros de frente y
28,45 de largo. Era un zona bien conocida por Gardel:
frecuentaba el Abasto desde 1910, donde solía juntarse con
sus amigos en el café O'Rondeman, que estaba en Agüero y
Humahuaca.
Tras la muerte de Berta, la heredó Armando Defino, representante
de Gardel. Su viuda se la vendió a los hermanos Ramos Machado,
que la transformaron en una tanguería. Al fin, la compró el
empresario Eduardo Eurnekian que en 2000 la donó a la Ciudad
para convertirla en museo.
En la planta baja de la casa original había un hall, una sala
que daba al frente, dos saloncitos más chicos (uno era un salón
de vestir, según el plano original), un baño y tres cuartos
intercomunicados. Todos los ambientes tenían salida al patio
techado, con una claraboya. Al fondo, estaban la cocina y una
despensa. En la parte alta, un estudio, un lavadero, un baño, un
dormitorio y una habitación de servicio.
La casa actual mantiene la cocina, la sala de planchado y el
baño intactos, desde la época en que Berta cocinaba sus sopas
diarias y planchaba las camisas de su "muchachito". Están las
alacenas, el mármol de la mesada y los mismos pisos que alguna
vez pisaron los zapatos de Gardel.
Los tres cuartos originales que daban al patio fueron tirados
para construir la pista de baile en los años de la tanguería.
Ese espacio se bautizó ahora "Aeropuertos Argentinos 2000" y
servirá para exhibiciones temporarias. En otra sala se mostrará
su trayectoria y relación con el tango. Y en la última estará
reflejada su infancia, sus amores, pasiones y amistades.
Memorias del patio
"A Gardel le gustaba estar con gente pero a esa casa sólo
llevaba a sus amigos más íntimos. Lo hacía por Berta, a ella le
gustaba estar sola. Era una mujer muy sencilla, más bien parca",
recuerda Razzano. En el patio, los Razzano, Berta y Carlos se
juntaban a tomar mate. También estaba el matrimonio de Fortunato
Muñiz y Anais Beaux, que vivían en la casa con Gardel.
"Para Gardel, Anais fue como una segunda madre. Por eso
cuando compró la casa los llevó a vivir allí, fue una manera de
agradecerles todo lo que hicieron por ellos cuando llegaron de
Francia", contó Guadalupe Aballe, que es docente e investigadora
de la vida de Gardel. Ostenta un mérito: haber identificado la
escuela donde Gardel asistió en el año 1899.
Aballe revela que la antigua casa de Gardel no tenía teléfono,
lo colocaron recién en 1933. El número era 47CUYO4577 a nombre
de Muñiz. Así figuraba en la guía de Unión Telefónica en la
página 345 de la edición de 1933. Antiguamente los números de
teléfonos iban acompañados de letras. Eso era para los que
tenían que comunicarse por medio de operadoras.
Qué curioso: contra la vereda de Jean Jaures, sesenta y tantos
años atrás, El Zorzal pasaba el tiempo ensayando. Había
allí un piano y una mesa donde Gardel desparramaba todos sus
papeles y contratos. Razzano recuerda que Gardel era de
dormir hasta bien entrado el mediodía "como todos los
artistas". Cada día, Berta le preparaba unos mates para
despertarlo. Y luego, su comida favorita: las pastas.
"Le gustaba vestir bien y asistir a reuniones", dice el
coleccionista Cespi. De sus amores, la historia de Isabel del
Valle fue la más conocida. "A Berta no le gustaba Isabelita
porque sólo tenía 15 años y Gardel la doblaba en edad.
Finalmente se separaron, ella después se casó y se fue a vivir a
Uruguay", explica Cespi.
Su cuarto tenía una cama de bronce, una mesa de luz, retratos de
familiares y amigos y un armario lleno de sombreros. A la
tardecita el lugar de encuentro era el patio. Blanquito, su
perro Fox Terrier, acaparaba toda su atención.
Desde la cocina Berta los miraba jugar mientras la voz de Gardel
salía de la vitrola. "Linda canción", decía su madre, y el
Morocho sonreía felíz por la aprobación. "Esa vitrola, que tenía
la colección casi completa de Gardel, se la regaló Berta a la
familia Ferrari. Ahora está en Olavarría, pero no se podrá ver
en el nuevo Museo", contó Cespi
Después de la muerte de Gardel, el 24 de junio de 1935, su madre
siguió viviendo en esa casa. El cuarto de él permaneció
intacto con los regalos de sus admiradoras y todas sus
pertenencias. Al morir Berta, todo quedó en manos de Delfino.
Un baúl con todas sus pertenencias fue a parar a la Casa del
Teatro, el resto se vendió o se repartió entre amigos.
Ahora la casa está vacía, lista para sobrevivir su propia
historia. Es una mañana movida, con funcionarios, técnicos y
obreros recorriendo el lugar para ponerlo a punto. En ese clima
de preinauguración, se recorta la figura del coleccionista Cespi
apoyado sobre la pared del hall. De a poco, los personajes
vuelven a su memoria y a la casa.
En Jean Jaures 735 suena el timbre. Berta sale de la cocina y
abre la puerta. Es el cantante Agustín Irusta que entra y sube
hasta el cuarto que Gardel usa como estudio. Se escucha una
música. "¿Qué estás escuchando Carlitos?", pregunta Irusta. "A
estos giles", responde El Zorzal con una sonrisa. De
fondo el sonido trae nada menos que a Enrique Caruso y Titta
Ruffo.
Copyright
1996-2003 Clarín.com - All rights reserved
Regresar
a la casa de Gardel
|