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Don Pancho Taurel, Hombre Providencial El relato de Razzano recogido por la pluma de Francisco García Jiménez Razzano era aficionado a la pesca con aparejo. En camaradería con su tocayo Franco, preparaban unas sólidas bolas de afrecho y se dirigían a pescar la sabrosa boga desde el murallón del río, al cual llegaban costeando lagunas del Bajo, donde abundaban nutrias y gallaretas. Todo ese paisaje agreste es hoy la atrayente Costanera de nuestra ciudad, y sus jardines adyacentes. La boga es un pez criollo que abunda en aguas estivales y que una vez atrapado conviértelo el horno en delicado manjar. Pero la dificultad estriba en traerlo prendido al anzuelo. Tiene pequeños y cortantes dientes que emplea con rapidez asombrosa para cortar el hilo de la línea en cuanto se siente enganchado y arrebatado a su elemento. Razzano como los demás aficionados de baquía, preparaba sus aparejos con ramazones terminales que aseguraban en anzuelo a tanzas de crin trenzado, para hacer ineficaces los dientecitos de la boga. Y así fue posible que en un atardecer de 1913, volviera para el centro de ciudad con una presa de tres kilos. Tomó por la Avenida de Mayo, desde la plaza, y al llegar a la esquina de Perú, abstraído en sus pensamientos que giraban alrededor del más apetitoso modo de rellenar aquel pescado, oyó un saludo: --Adiós, Orientalito.—Se volvió. Era don Pancho Taurel, hombre que había sido muy rico y que, aunque ya no en la brillante posición de otrora, conservaba su planta respetable. ..—Hola Don Pancho..--. El señor Taurel estaba en el umbral de una confitería de mucho tono en la época. Razzano se acercó respetuoso ante sus preguntas: --¿¡Qué dice, Orientalito..? ¿Qué es de su vida? ¿Para donde va?.. --Vengo de pescar. Aquí tiene la prueba. Es una boga. ---¡Buen tamaño! – Me voy para mi casa para prepararla y comérmela..--¿Y eso es todo lo que piensa hacer esta noche?. El Oriental sonrió. Los tiempos no eran de color de rosa y acaso don Pancho no anduviese desacertado... A eso de las diez, véngase por esta confitería – agregó Taurel—Van a caer algunos amigos míos. Toda gente muy bien. Les va a gustar oírlo cantar a usted. A Razzano se le iluminó la cara y se le oscureció la boga. Ya le sobraba el paquete. --¡Como no que vendré, don Pancho!....Pero, vea; yo tengo un compañero que canta como un ángel. Anduvimos juntos por la campaña, y hacemos unos cuantos dúos que serán de interés para su rueda. Yo lo traería...si a usted no le parece mal. ----¿Y cantará como usted?...---fue el reparo halagador de don Pancho. --¡Mucho mejor!. Ya va a conocer al Morocho y verá como le gustará. ---Bueno. Tráigalo. Y no falten, que habrá unos buenos pesos. La gente que vendrá esta noche es espléndida. No pierda tiempo. Hasta luego. Con las alas en los pies salió Razzano para su casa. Se acicaló, se puso encima los mejores trapitos que tenía y salió a campear a Gardel por lo del gordo Yiyo, frente al Abasto. Ya eran cerca de las ocho de la noche. –Dígame, Yiyo; ¿no lo vio al Morocho?----Caramba, José....Hace un rato se fue de aquí. Me palpito que andará por la calle Nueva Granada. ¿Sabe donde le digo?... Razzano sabía lo suficiente para tomar el rumbo exacto hacia el lugar de un idilio que su amigo mantenía de un tiempo atrás. Apuró el paso hasta una casa de la calle Nueva Granada (hoy, Boulogne Sur Mer) y ya con el llamador suspendido en la mano para golpear, apareció Gardel por el zaguán ( Razzano, al relatarnos esta escena, dijo emocionado:-- ¡Lo estoy viendo aparecer con aquella pinta inconfundible....inolvidable). Se dieron un abrazo. Hacía un mes que no se veían. --¿Cómo te va Oriental? ¿Qué andás haciendo?. ---Te vengo a ver, Morocho, porque tenemos que ir a un sitio a cantar para algunos señores. Es buena gente y vamos a pasar un rato agradable. Se había hablado de cantar y ya a Gardel le resplandeció el semblante y era de la partida. Pero estaba viviendo las mismas dificultades de su camarada...y arriesgó esta esperanza:¿Habrá unos pesos?. –Estate tranquilo. Es gente de primer orden. ---Y...bueno. Aquí me tenés, José. A tus ordenes. ¿Con qué guitarra vamos?. Ni El Morocho ni El Oriental tenían guitarra. Echaron a andar hacia la casa de un hermano en el cariño de ambos: Alfredo Defferrari. --¿Tendrá la viola Alfredo? ¿No la habrá prestado?. De la casa de Alfredo Defferrari ----calle Rincón entre Victoria y Rivadavia- salieron al rato, portadores de la guitarra prestada, envuelta en un paño negro por todo estuche.......Estuvieron a la diez de la noche como “ fierro”, en la Confitería Perú. Don Pancho Taurel los presentó a la rueda, en la que se hallaban entre otros, don Pedro Carrera, senador y dueño de la estancia La Ballena, de Necochea; don Cristino Benavidez, jefe de la policía de la provincia y un señor chileno, hombre culto, de fina sensibilidad y de grandes dotes musicales, autor de la famosa canción ¡Ay, ay, ay!; Osmán Pérez Freyre. ........Taurel
recordó que los esperaban a comer en una casa amiga, de la calle
Viamonte entre Maipú y Esmeralda, y para allá se dirigieron todos. En
la casa se les tendió una mesa con todos los honores, como los sabía
tender “ madame Jeanne “ a caballeros rumbosos de aquella
categoría. Carlos y José, un par de dientes superlativos, comieron con
ganas. José, mientras saboreaba una brótola a la maitre d’hotel,
regada con Sauternes, se habrá acordado con lástima y desdén de la
boga que esa misma tarde llevaba a su casa para regalarse. Los muchachos
comieron y cantaron. Cantaron y comieron. Ellos cantaban en ayunas,
comiendo, después de comer....y cuando le pidieran. (Al señalarnos
esto, Razzano sonreía pensando en los melindres de ciertos artistas de
ahora...) Cantaron sin hacerse rogar. Hasta muy pasada la media noche.
Las canciones a dos voces entusiasmaban a los presentes. Pérez Freyre
también contribuía a la amenidad de la velada con ejecuciones al piano
y, naturalmente, tocó y cantó su ¡Ay,ay,ay!. El contenido
emocional de esa queja lírica criolla produjo una gran impresión en
Carlos y José, quienes, con su gran agudeza intuitiva, la aprendieron
inmediatamente y un rato después era grato oírsela, acompañados al
piano por el autor: Las niñas de madame
Jeanne mariposeaban alrededor de los cantores, que no tenían pilchas
buenas, ni sortijas, ni billeteras, pero sí juventud y pinta, y un
agraciado surtido de sonrisas, guiños y piropos secreteados que
completaban la “ trampa “ arrobadora de sus endechas. –Ché,
Carlos.. ¿ La rubia está con vos o conmigo...?—A lo mejor con los
dos, Pepe...---Avanti Garibaldi, entonces!!. Pepe estaba viviendo un
sueño: al mediodía, tirando el anzuelo desde el murallón a las bogas;
a la medianoche, el anzuelo estaba por clavar a una odalisca. Se
agachaban sobre la guitarra haciéndola sonar de nuevo con todos los
trinos que a ellos mismos les retozaban dentro de su alma. Gardel alzaba
su cabeza desmelenada, flechando por un espejo a otra hurí morena de la
reunión... Para finalizar con madame Jeanne, Pérez Freyre, Cristino Benavidez, don Pedro Carrera, Pancho Taurel y las huríes, Carlitos le susurra a Razzano: --Levantemos, Pepe...Esta madama se queda con todo el vento de los bacanes...¡y después nos largan parados!-- --Tranquilo, hermano -dijo Pepe, juicioso. Vamos a ver qué pasa...Se quedaron. A Razzano y a Gardel,les seguían sonriendo las huríes. Había clima propicio para que ocurrieran cosas de Las Mil y Una Noches... En las primeras horas de la madrugada, los puntos altos de la reunión en lo de madame Jeanne resolvieron " seguirla " en el Armenonville. Y para allá se fueron en una victoria de plaza, al trote de los caballitos... Del libro CARLOS GARDEL Y SU ÉPOCA, de Francisco García Jiménez (1976) La 1º edición data de 1946. Luego, en años inmediatos, se conocieron sucesivas reediciones, hasta que el rótulo de agotado prolongó un silencio inexplicable e inmerecidamente pertinaz con aquella primera biografía formal de Carlos Gardel. Ahora, reelaborada y ampliada por su autor, la biografía del zorzal criollo tiene, por fin, un destino justo: la edición definitiva, decantada por el tiempo, y además escrita por un amigo íntimo de Gardel y de su compañero artístico José Razzano, un poeta como García Jiménez, que tuvo el privilegio de ser interpretado en 18 compoisiciones por el mitológico y legendario Carlos Gardel. La vigencia de este libro está dada por sus propios protagonistas , y esa dura y dulce nostalgia a la que, dificílmente, podrán escapar aquellos que vivirán bajo el hechizo de una voz imposible de borrar desde cualquier distancia u olvido... Ediciones Corregidor, 1976. Francisco
García Jiménez (1899-1983) Otros articulos por Francisco García Jiménez:
Carlos
Gardel: "Los faisanes del Abasto"
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