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GARDEL
EN PARÍS
Revista “Aquí
Está" 1949
Por Horacio Estol
Si alguna vez se
propone -¿y porqué no?- crear el Día del Tango, sugiero que se opte
por el 2 de octubre. En la historia de nuestra música popular debe
haber muchas fechas memorables, pero va a ser difícil encontrar alguna
que se compare a ese 2 de octubre de 1928, cuando Carlitos Gardel y el
tango afrontaron
un teatro repleto en el pleno París de los Campos Elíseos.
Las
damas de los palcos, que se habían subido los tapados, los dejaron caer
sobre el respaldo de las butacas; los señores que habían hurgado en
los bolsillos, buscando el número del vestuario, lo volvieron a
guardar; y todos, franceses que no entendían una palabra de lo que ese
hombre estaba cantando en el escenario, cedieron al mismo
encantamiento mágico de la voz, la pura voz de Carlos Gardel, dándole
ternura infinita a una canción. No importa lo que cantó, porque para
ese público todas las letras se fundieron en una sola melodía, sólo
interrumpida por el oleaje de los aplausos que hacía de pausa entre una
y otra canción. Tampoco importan otros detalles de esa noche, porque
nada podría agregarle fuerza al hecho definitivo y concluyente que
quedó establecido al terminar el espectáculo: Gardel había
conquistado al público con cuatro canciones....—Por supuesto –agrega
Guibourg --, después fuimos a festejarlo....Lo mismo que Guibourg
pudieron decir el noventa por ciento de los argentinos que esa noche
estaban en París, porque todos habían acudido al Fémina, conjurados
por la presencia de Gardel. Y, es claro, estaban también todos los “muchachos”
que vivían en París: los Pizarro, Bachicha, Ferrer, Melfi, Mateo,
Lomuto... Todos fueron a festejarlo. Los autos fueron del “ roind
point “ de los Campos Elíseos hacia la Concordia, después siguieron
a la Opera, de allí a la Trinidad y, enseguida, repecharon a la
derecha, esa calle empinada que es Pigalle y que va a dar a la plaza
donde Montmartre tiene su noche más intensa. En El Garrón, Manuel
Pizarro dirigía todas las noches, a la una, un verdadero concierto de
puchero criollo, que era lo que mejor cuadraba luego de los aplausos del
Fémina, porque hacía juego con el tango. Y aquella noche, mientras
Gardel organizaba su plato con el buen apetito dispuesto que nunca le
faltó, comentaba el suceso como si hubiera sido un espectador--¡Pero
mirá estos franceses!.¡Quién podía decir que iban a entrar así con
el tango!. Sí, el tango “ entraba “ en París.
Ese triunfo de Gardel
era un espaldarazo para una historia que ya tenía quince años de
antigua.
Virtualmente, la historia del tango en París comenzó en la calle Entre
Ríos, esquina Independencia, donde estaba el café El Estribo. Allí
tocaba el “ tano Jenaro “ , y en el subsuelo tenía su academia de
baile el vasco Aín; de modo que había ambiente de tango como para que
pasara cualquier cosa. Se reunía una barrita como de quince músicos,
entre los que estaba Celestino Ferrer, que un día se entusiasmó cuando
alguien tuvo la ocurrencia de decir: --Y si nos vamos a tocar a
París...¿qué pasa?—¡París, vamos! –dijo Ferrer-. Después, en
ese mismo París, Ferrer me contaba que, de entrada, todo el mundo se
acopló al proyecto. Pero a medida que la cosa se iba haciendo seria,
empezaron a achicarse. –Al final –me decía Ferrer – quedamos
tres: Loduca, Monelos y yo. Después, por ahí, cuando ya estábamos
sobre la marcha, se nos agregó el vasco Aín...El vasco razonaba bien—Ustedes
son unos pipiolos...Cómo van a meter el tango si nadie sabe bailarlo,
¿eh?. Voy yo; les enseño a los franchutes lo que es una quebrada, y ya
está. Y los cuatro se fueron a París. Por las dudas el vasco Aín se
llevó un fonógrafo y unos discos. Y gracias a ese fonógrafo, después
en París, pudo dar lecciones a domicilio. Solo que tenía que ir con
él otro de los muchachos para cargar el armatoste. Eso fue en 1913.
Después en 1914, llegó Filipotto. Enseguida hubo un paréntesis largo,
marcado por la guerra. Pero en 1918 empezaron a llegar refuerzos para el
tango. Un día caía Arolas; otro día, Pettorosi. Luego los Tanga,
Rovatti, Fioravanti di Cicco, Bachicha, Melfi, el Tano Jenaro, Canaro,
Manuel Pizarro... Pizarro con su historia, envolvió la de muchos otros,
porque le tocó en suerte transformarse en una especie de organizador
del tango en París. En el primer cabaret donde trabajó , El Princesa,
hizo luego una especie de consulado argentino nocturno, que se llamó El
Garrón; y después como ya lo hemos visto, multiplicó El Garrón
inicial por tres o cuatro más, llegando con su orquesta hasta el
escenario de La Opera... Todo eso, en quince años, le había dado una
alternativa al tango que con el one-step, el fox y el vals completaban
las variedades bailables que se preferían en el París de entonces. Y
la perezosa sensualidad de sus compases hacía juego con aquel clima de
abandono que se tendió sobre esa Europa en la posguerra. Eso había
sido el tango, y eso era todavía cuando llegó Gardel en 1928.
Por eso, aquellos
aplausos del Fémina eran un espaldarazo definitivo; y, por sí sola,
aquella noche del 2 de octubre fue para el tango en París tan
importante como los quince años anteriores juntos.
Gardel anduvo unos
pocos días completamente despreocupado. Pierotti le había dicho que
todo iba bien, y eso le bastaba. Ese plazo le vino bien para hacerse a
las noches de Montmartre; y por más que vivía lejos, allí estaba a la
hora en que hay que estar. Asesorado por los amigos que estaban
asentados allí desde hacía tiempo, aprendió la nomenclatura
indispensable de ese paraje de Montmartre que está bajo la supervisión
legendaria y directa de la plaza Pigalle. Primero que nada, la calle
Fontaine, con El Garrón y Palermo; enfrente el bar Costa, donde se
jugaba el aperitivo al bidú; cruzando la calle otra vez, L’Alssacién,
donde se podía cenar a las 6 de la mañana; después, la esquina, en
que se cruzan siete calles, con el ángulo de la calle Mansart y
Fontaine, esa especie de boliche grande, Chez Boudon, con especialidad
en “ soupe a l’oignon”; para el otro lado, en la calle Chaptal y
Pigalle, una “ brasserie “ Gavarni, donde daba gusto ver tanta felpa
roja; más arriba, en el bulevar, Graff con sus famosas “ choucrout
garni “; por la calle Mansart ,” A la Cloche d’Or “, donde todo
era famoso. Y entretanto, de “ coquille St. Jacques”, “plateau de
St. Antoine grille” y “ roti de veau aux endives”, un buen bife
con huevos fritos, en aquel bodegón de la calle Fontaine, donde yo
encontré su rastro, veinte años después...Claro que no todo era
menú. Tuvo tiempo de echarle una ojeada a mucho más en esos primeros
días auténticos de París: al “ Ta-Ba-Rin”, en la calle Víctor
Massé, donde se encontró –como yo – a Del Carril, un uruguayo que
hace treinta y tres años que está en Montmartre, y que ya es medio
gerente allí, cuando debió haber sido médico, porque por eso fue a
París. A estudiar. Se hizo asiduo también de la Cabaña Cubana, en el
otro extremo de la calle Fontaine, sobre la plaza Blanche. Alcanzó
allí mismo a ver el Molin Rouge cuando era el Molin Rouge y no un cine
como es ahora. Subió al Sacre Coeur, pasó por Lapin Agil, fue hasta La
Coupole, en Montparnasse, donde Bachicha estaba al frente de su
orquesta, y, al cabo, quedó incorporado a esa vida de París que rige
en Montmartre desde las nueve de la noche hasta cualquier hora de la
mañana siguiente; o a la tarde, si es que había que ir a Auteuil
porque corría un caballo de Torterolo.
No desentonaba en ese
medio. El chambergo inclinado a la izquierda y el ala caída sobre los
ojos, en ese ángulo preciso que él aseguraba al tacto, con dos dedos;
la manera porteña y el aplomo desenfadado de su paso, todo eso que se
transformó en su estilo y que le dió un aire compadrón de gran
señor, todo eso no desentonaba en el París de aquellos días, como no
desentonaría hoy. Hoy y ayer, entre esa actitud porteña y la costumbre
de París no hay ningún choque. El parisiense que pasa por la acera de
enfrente—cuando se trata de hombres jóvenes, sobre todo—puede
parecer un porteño a nuestros ojos. Explicación ésta que serviría
para entender la fácil transfusión de la sangre francesa de Charles
Gardés a la porteñizada sangre de Carlos Gardel. Y que justificaría
también esa vocación parisiense que no fracasa en ningún porteño.
EL FLORIDA
Esa misma semana se
confirmó la habilidad de Santolini. No había tenido más que elegir
entre todos los contratos que se le ofrecían a Gardel, y acababa de de
elegir el que le parecía más interesante. –Es un contrato por tres
meses....--¿Cabaret?...—Si. El Florida. Está en Montmartre...En la
calle Clichy...No era en cabaret del otro mundo. Simplemente uno de las
cinco docenas que se encuentran escondidas por todas las calles de
Montmartre. Estaba en los altos del teatro Apolo, y nunca había gozado
de mayor notoriedad. Gardel fue con Pierotti a echarle una ojeada, y
casi se le va el alma a los pies. Era un local lindo, bien arreglado,
mucha felpa, mucho rococó, mucho “ vestiaire “...—Che..., pero
aquí “ pas “ de clientela...—rezongó Gardel. –Si, no anda muy
bien...--¡Pero, qué rica banana éste!...--¡Callate! Por eso hizo un
contrato macanudo. Ya te dije que Santolini es una fiera...¡Vas a ver!.
Así llegó el día del debut. Esa noche inicial, en el Florida, se
dieron cita otra vez todos los argentinos de París, y Gardel no
necesitaba que se lo dijeran, porque apenas terminaba un número, voces
familiares por el acento inconfundible de Buenos Aires le hacían sabias
reclamaciones: --¡Mano a mano! --¡Viejo Smoking!--¡Muñeca brava!--¡
Como dudar de que eran porteños!... Después, comentando con Pierotti
le decía: --¡Pero aquí los únicos que forman son los argentinos!
¿Para qué vengo a cantar a París? ¿Me querés decir?....—Dejalo a
Santolini...Él sabe. ¿ Estás ensayando esas canciones que te
pidió?...—Si...Pero no me hagas reír. Lo único que falta. ¡Que
cante en francés!. Estos que vienen a escuchar tangos se van a chivar.
Pierotti ¿eh? – y con un tonito frenado, marcándole el compás con
la cabeza, recordó:--Mirá...yo conozco a los marchantes...
Estaba estudiando
unas canciones para cantar en francés, por recomendación de Santolini.
Le había hecho ver que eso sería muy simpático para el público
francés. –Este Santolini es corso, me dijiste, ¿no?—le preguntaba
a Pierotti. –Si, claro.-- ¿Corso de qué?...¿de contramano?...¿De
qué público francés me hablás?..... Pero de pronto cuando Gardel
quiso acordar, el Florida estaba lleno de franceses. Y no era sólo eso,
sino que se trataba de gente que, por su aspecto era de lo mejorcito.
Mujeres con grandes toilettes, caballeros de etiqueta... Pierotti le
recomendó en el camarín: -- Hoy te podés cantar una de esas canciones
francesas , Carlos...—Y bueno...—hizo uno de esos gestos muy suyos,
como para decir que no entendía nada. Después ratificó la intriga:
--Pero, ¿que pasó aquí? ¿ Me vas a decir que Santolini es brujo?...—No
, brujo no. Pero te aseguro que es vivo. Andá y hacé tu número.... Y
Gardel, esa noche, cantó en francés por primera vez ante el público
parisiense, alternando con su repertorio de tangos, y obtuvo los
aplausos estruendosos y unánimes que, de ahí en adelante, se iban a
oír en el Florida todas las noches durante tres meses.
Horacio
Estol
Aporte
por: Angel Yonadi 1/15/2003
10:29:39 AM
Gardel y sus viajes:
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