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En la inolvidable sala del Empire nos fue dado presenciar, por el año 1931, un suceso de los que no se borran nunca. Por: Francisco García Jiménez Hacía may poco que Carlos Gardel regresara de una de sus afortunadas jiras a Europa. Desde mucho tiempo atras, actuaba solo -por las razones que daremos en otro capitulo- aunque la compañia de Razzano era inalterable en todos los demas aspectos de su cometido. Era una noche de sábado. La calle Corrientes -sin ensanche. . .- hervía de gente dispuesta a divertirse. Los carteles del Empire anunciaban en última sección una película norteamericana y a "Carlos Gardel con sus guitarrístas Barbieri, Aguilar y Vivas". (El negro Ricardo se desvinculó en Europa del gran cantor y, acompañando a artistas de menor categoría -de vuelta en Buenos Aires- había empezado un peregrinaje por cines de barrio que terminaría en la decepción, la pobreza y la muerte.) A duras penas conseguimos plateas y nos ubicamos. La película nos pareció mediocre, en seguida. Además, la afluencia de público era incesante; el rumoreo, creciente. Rectificamos inmediatamente la primera impresión de lo que veíamos en la tela. La película no era mediocre. Era pésima. Con la sala atestada, el público comenzó una grita que se fue haciendo compacta. Y llegó un instante en que se clamaba al unísono: Y se pedía a voz en cuello que cortaran la exbibición de la película. En medio de un escándalo terrible, interrumpieron la exbibición porque aquello se ponía grave. Echaron el telón de boca. Ya la sala con todas sus luces encendidas, persistió el comentario general, a grandes voces, respecto a la estultez del film protestado. El aspecto del teatro era imponente; vendida hasta la última localidad. Pensábamos, apenados, cómo sería el estado de ánimo del cantor, porque no es fácil, de telón adentro, identificar exactamente contra quién esta un público enardecido, y es temerario salirle al encuentro en tales circunstancias. Se alzó el telón. Una silla adelante; tres atrás. Una guitarra reclinada contra cada silla. El rumoreo del público bajó... como si le fueran poniendo tapa. Salió Carlos Gardel, respaldado por sus guitarristas. Una leve inclinación; una sonrisa hacia la sala. El paso rápido hacia su asiento... ¡Y una sola ovación estallante, haciendo añicos el reciente disgusto y echando a volar la generosa simpatía! Se sentaron los cuatro. Templaron dos segundos. Gardel se echó sobre el instrumento, alzó su cabeza junto a las clavijas del mástil, entornó los ojos... Y a un público que cinco minutos antes hubiera sido capaz de prenderle fuego al Empire, le cantó con aire y tono confidencial aquellos versos bellos del tango Margaritas, de Coria Peñaloza: Blanca manojito de flares que un día, No puede aplicarse aquí el lugar común de que "se hubiera oído volar una mosca". Es irreverente.¡Se nos hubiera oido respirar.. . porque no respirabamos! Y los que vimos aquello y to contamos ahora, tendremos siempre guardada en las retinas, como imagen señera de nuestro embrujamiento y del embrujamiento del teatro entero, la figura hermosa y elegante de una dama, en el palco bajo lindero a nuestras butacas de platea, que al empezar Gardel su canto hizo un dulce movimiento de ojos y cabeza como dejándose meter, arrobada... Por: Francisco García Jiménez Del
libro CARLOS GARDEL Y SU ÉPOCA, de Francisco García Jiménez (1976) La 1º edición data de 1946. Luego, en años inmediatos, se conocieron sucesivas reediciones, hasta que el rótulo de agotado prolongó un silencio inexplicable e inmerecidamente pertinaz con aquella primera biografía formal de Carlos Gardel. Ahora, reelaborada y ampliada por su autor, la biografía del zorzal criollo tiene, por fin, un destino justo: la edición definitiva, decantada por el tiempo, y además escrita por un amigo íntimo de Gardel y de su compañero artístico José Razzano, un poeta como García Jiménez, que tuvo el privilegio de ser interpretado en 18 compoisiciones por el mitológico y legendario Carlos Gardel. La vigencia de este libro está dada por sus propios protagonistas, y esa dura y dulce nostalgia a la que, dificílmente, podrán escapar aquellos que vivirán bajo el hechizo de una voz imposible de borrar desde cualquier distancia u olvido... Ediciones Corregidor, 1976. Francisco
García Jiménez (1899-1983)
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