Carlos Gardel: centenario y tango inacabable
Es probable que alguna vez nos llame a silencio, en las explicaciones sobre el origen del descubrimiento de América, la portentosa conjunción de factores que engendraren aquella deslumbrante realidad. Es también posible que se hable menos de los protagonistas principales e indirectos de la hazaña, y en la Aldea Global se teorice acerca de una extraordinaria migración europea iniciada a fines del siglo XV que se volvió abrumadora en el XIX y comienzos del XX. Sería injusta cualquiera de las dos alternativas; aunque ciertamente ambas significan tanto que apreciarlas por separado, nos colocaría en posición errática y fatalmente tendenciosa, importa apuntar las dos variantes —el Descubrimiento y las migraciones- para encontrarnos con el artista de una sociedad híja de aquellos hechos. Sociedad joven y pujante en sus deseos de afirmación de sí, de su identidad diferente en el mundo. A la vez, es difícil entrar como espeleólogo en la historia de Carlos Gardel cuando tenemos al alcance de la mano su voz, su arte global, y hasta la figura en el celuloide. A veces lo más práctico, honorable, sería enmudecer y reservarse a ser entero oído para escucharlo. Garde! creó la voz y el hecho-canción de una enorme porción de aquella realidad americana. Es el actual aeda valido de los medios de comunicación más modernos de su ¿poca. Se valió de las fórmulas técnicas para entregarnos su "presencia virtual''' en lo que mejor hizo: el canto. Advertimos de ''-su época" porque, más allá de su actualidad, Gardel con su tiempo ha entrado en un territorio inmemorial. Calles y personajes cantados encarnan una ciudad que fue y ya no es, un mundo.., tan legendariamente retratado que por ello más vivo es para nosotros.
Es que
aquella masa de emigrantes que
temperamentalmente componían el Río de la
Plata no tenía próceres, epopeyas ciertas. Y
las ofrecidas por los poetas e historiadores
oficiales siempre tuvieron un regusto a
utilería, a hombres enfriados en el mármol
de las estatuas, a marcialidad ya flaca de
hazañas. Y como ese nuevo pueblo creó una
lírica con sus raptos de coraje en la pelea
individual, un coraje de esquinas, en Gardel
encontró la figura, mejorada con el
tiempo... y los recuerdos que embellecen. En
correspondencia con sus contemporáneos
rioplatenses, Carlos Gardel formaba parte
del componente aluvional que en el tango
bailó la mezcla de orígenes y la alegría de
inventar una tradición. Parece probado que
nació en Toulouse (Francia) el once de
diciembre de 1890, hace cien años. Por tal
hecho no cuesta admitir que lo llamaran el «francesito
» cuando formaba parte de las pandillas
callejeras con criollos, italianos,
españoles, siriolibaneses. En largas y a
veces desveladas correrías infantiles por el
popular barrio del Abasto fue perfilando
rasgos que marcarían su destino. Allí
abandonó las palabras y los giros de su
lengua materna, e hizo suyo un castellano
típico del Río de la Plata. No es ocioso
recordar que entre la población aluvional,
en sus arrabales y ambientes fronterizos, se
labraba permanentemente una jerga viva, el
lunfardo, que integraba voces provenientes
de otras lenguas, como el caló, y el puro
gusto de la inventiva. Era seña de identidad
y pertenencia; servía, a la vez, para
ocultarse en el arduo oficio del vivir de
los descasados y transterrados. Junto a las
habilidades que la escuela de la calle
fomenta y exige (cuando niño allí se ejerce
de aprendiz de todo), empezó a despuntarle
la fascinación por el canto. No ocurre en su
caso lo que en otros inmigrantes infantiles
—italianos o españoles, pongamos por caso—
en quienes aires de la tierra natal campean
en la iniciación.
En Gardel fueron los temas criollos, y al
promediar la infancia el impresionante
impacto que ejercieron los cantantes de
ópera internacionales que él oía y observaba
desde los camerinos de los teatros. Tal vez
por huérfano, o por un misterioso empuje que
le dio su temprano don de gentes.
Según
algunos datos, ya cantaba en el coro escolar
antes de frecuentar las bambalinas de los
teatros líricos. Era excelente colegial,
pero su universidad no se agotaba en las
preocupaciones de las aulas. Tuvo como signo
propio el gusto en deambular por la calle a
cualquier hora del día o de la noche. Quizá
las curiosidades del emigrante, o las del
huérfano que debe apurar su maduración, o
una intuitiva rebeldía al ostracismo que
suele conllevar la pobreza... Por testigos y
algún acta policial es conocido que un
sujeto con su nombre y características, en
varias ocasiones entró en comisaría por
delitos menores, siendo aún niño. Era su
madre, la siempre elegida destinataria de
sus últimos confesados desvelos, obviamente,
quien iba a rescatarlo.
Después, adolescente, fue habitual del
Mercado de Abasto, recinto donde los
hombres, arrojados a la darwiniana ley del
más apto, probaban habilidades, y muchas
veces sus destinos. Allí pasó a ser «el
Melenas», y luego «el Morocho del Abasto».
Trabajó en diversos oficios de mercado y de
barrio, participó en pandas y en pendencias,
y, sobre todo, comenzó a ejercer la
gravitación de su privilegiada voz cantando,
La tradición payadoresca de largo aliento en
tierras sudamericanas se explicitaba en
un «cantar a contrapunto», improvisando:
A un cantor lo llaman bueno
cuando es mejor que los piores,
y sin ser de los mejores,
encontrándose dos juntos,
es deber de los cantores
el cantar en contrapunto...'
Pero, hacia finales del siglo XIX, los
payadores comenzaron a fijar en la
repetición los mejores versos de sus
improvisaciones. La figura del payador que
improvisa, paulatinamente va dando lugar al
cantante que interpreta un tema fijado.
Esto tiene una consecuente
obligación
de
perfeccionamiento
musical. Ya no se atiende tanto, o sólo, a
la historia que se menta en las
interpretaciones, como a la «versión» que
cada vocalista entrega a su auditorio. Por
mor de condiciones naturales Carlos Gardel
no tuvo la facilidad para improvisar de los
payadores que aún tallaban en su juventud.
De allí que él comenzara cantando temas
«compuestos», recopilados por él mismo, en
colaboración, o por otros. Sin embargo,
numerosos biógrafos aseguran que entre otros
fue el payador Arturo de Nava quien le
enseñó los rudimentos del canto y de la
guitarra. No puede pasarse por alto su
frecuentación desde adolescente de los
teatros de la época. El inepto payador y ya
deslumbrador cantante popular, sabía o
intuía que en el canto de aquellas voces
universales estaba la técnica que le abriría
las puertas definitivas. Frecuentaba las
trastiendas de los teatros, donde él mismo
aseguró que había trabajado de ayudante de
utileros y tramoyistas. En la platea de las
grandes salas luego, y en los propios
camerinos, indaga la técnica del canto, la
forma de trasmitir situaciones dramáticas o
cómicas al público. Desde sus comienzos como
cantante criollo fue de a poco introduciendo
adornos vocales aprendidos de esta tradición
lírica, que, más tarde, volcará en su
creación del tango canción. Es de señalar, a
la vez, que aquellos juegos o ensayos de
entonar «a lo Caruso» o «a lo Tita Ruffo»
trozos de arias operísticas, los practicó
durante toda la vida. Ciertamenente, el
llamado con justicia, «Rey del Tango», se
colocó presto al lado de la lírica
occidental, por vocación y olfato de músico.
Mas adelante, ya instalado en la
profesionalidad de cantante, se acompañó de
la infalible didáctica de maestros de canto,
cuidando en extremo las prodigiosas
cualidades naturales de su voz.
Hasta aquí datos, referencias de comprobable
normalidad en el hacer de una existencia.
Sin embargo, desde los orígenes hasta el
último instante trágico de su vida,
incluyendo la consabida blanca sonrisa
gardeliana, se continúa alimentando las
oscuridades de una leyenda. Creemos vano el
pontificar verdades objetivas, pues el
propio Carlos Gardel se encargó de
escamotearlas. Dueño de una peculiar
intuición acerca del mito que poco a poco
iba encarnando, fue mezclando la baraja,
alumbrando y ocultando claves. Es posible
que supiera de su creciente leyenda
intemporal, incluso más de lo sospechado por
muchos de sus biógrafos. Con el pretexto de
objetivarlo, congelarlo en la «palabra
escrita» se le adjudicaron rocambolescos
orígenes nacionales, le hicieron «macró» y
«gigoló», cantante de partidos políticos que
subrepticiamente le habrían sostenido, y
sabueso de la fama. Ante la proliferante
confusión sembrada por numerosos biógrafos
cabe preguntarse todavía cuál es la «verdad»
de su vida, cuáles los datos «fidedignos».
Al final no faltan recursos, reservas
«emocionales» que nos devuelvan siempre a la
voz y otra vez... a la leyenda. Carlos
Gardel, desde la luna del disco y desde su
enigmática sonrisa, aún sobrevuela en
intacta perseverancia. Y a todas luces, su
figura vaticina mítica intemporalidad.
Descubre muchos rasgos de su personalidad la
observación de la sociedad cuyos personajes
encarnaba en su canto: esa manera de
exposición dramática, esa «breve pequeña
ópera» que es el tango. Una sociedad que no
tenía antigüedad alguna a la cual atarse;
soportaba el vértigo del devenir
transformador —para bien y para mal—
inventando sobre la marcha la tradición
necesaria. Gran parte de sus componentes aluvionales se vieron obligados a hundir el
pasado en el mar, sus lenguas, y hasta sus
mismos apellidos castellanizados a la
intemperie. El hombre y la mujer eran por
sus obras —las propias—, y poco o nada por
las de los antepasados que portaban. ¿Raro
había de ser que Carlos Gardel se valiera
del escándalo respecto a señalables
orígenes? ¿Raro que se dijera uruguayo,
francés o argentino? Durante varios años una
tesis pergeñada por Erasmo Silva Cabrera,
que firmaba «Avlis» (notorio revés de
Silva), adjudicaba a Carlos Gardel el
nacimiento en Tacuarembó, Uruguay. Según «Avlis»,
había sido hijo del coronel Carlos Escayola
—cacique político y reconocido mujeriego— en
naturales amores con Manuela Bentos de
Mora, El poderoso coronel Escayola
valiéndose de sus tratos con la «Compañía
Francesa de Oro del Uruguay» habría mediado
para que una emigrante francesa con un hijo
natural, doña Berta Gardés, adoptara a su
también ilegitimo, mayor nueve años que el
francesíto. Según esta teoría, Carlos
Gardel, cantante, después de muchos años de
haber sido hermano del hijo verdadero de
Berta Gardés, por la muerte de éste,
ocurrida a principios de la década del 20,
habría pasado a ser el hijo único,
fundiéndose con el otro, con el muerto.
Berta Gardés de madre verdadera de un hijo y
postiza del hijo de Manuela Bentos de Mora y
de Carlos Escayola, habría pasado a madre
única del hijo único, Carlos Gardel. Ruidoso
revuelo de supuestas pistas y especulaciones
levantó el teorema de «Avlis». En 1987,
Jacobo A, de Diego, en un artículo en el
suplemento de «Tango y Lunfardo» del diario
La Campaña (Chivilcoy, Argentina), dio por
tierra con esta teoría afirmando que la
—entre otras— ciudadanía uruguaya de Carlos
Gardel fue otorgada por el jefe de la
policía de Tacuarembó (Uruguay) en 1914, a
pedido del empresario teatral Santiago
Fontanilla que la solicitó para trasladar a
Carlos Gardel a una actuación en Río de
Janeiro. El trámite, por otra parte nada
inusual en aquel entonces en el Río de la
Plata, se debió a que por la guerra del 14
resultaba peligroso viajar con ciudadanos
extranjeros (francés e italiano para el caso
de Gardel y de otro integrante del elenco),
ante una posible requisa que pudiera hacer
cualquier barco alemán.
Tales argumentos parecen tranquilizar las
sospechas, devolviéndonos al acta de
nacimiento de Charles Romuald Gardés,
labrada en Toulouse el once de diciembre de
1890.
En el año 1970, el periodista Luis Ángel
Formento descubrió otra razón para
prestidigitaciones documentales con la
nacionalidad. Carlos Gardel, al ser
ciudadano francés, estaba obligado a servir
en el ejército durante la primera guerra
mundial. De ahí que por las mismas fechas
pasara Charles Romuald Gardés a llamarse
Carlos Gardel. Portó durante años carnet de
identidad argentino, donde el funcionario
policial amigo le asentó como nacido en
Avellaneda, Buenos Aires, el once de
diciembre de 1890, Parece que más tarde, ya
famoso con el nombre de Carlos Gardel,
perdió aquel carnet de identidad de
conveniencia, y ante el nuevo problema
consiguió otro donde figuraba como ciudadano
argentino por adopción, nacido en
Tacuarembó, Uruguay, el once de diciembre,
pero tres años antes que en Toulouse, en
1887. El certificado no era un acta de
nacimiento sino
una fe de nacimiento extendida por el Cónsul
General del Uruguay en Argentina.
Ciertamente los juegos de espejos con su
identidad nacional sirvieron a las chanzas y
«cachadas» gardelianas. Ante las insidiosas
preguntas al respecto contestó: «Nací en
Buenos Aires,,, a los dos años y medio de
edad». Por otra parte, en diversas ocasiones
celebró curiosos cumpleaños que le
endilgaban varios años más que los tuviera
según el acta de nacimiento fechada el once
de diciembre de 1890.
Lo cierto es que si somos paisanos de algún
país o paisaje geográfico y urbano, Gardel
lo es del Río de la Plata. El refrán
popular, todavía más concluyente, dice que
«uno no es de donde nace, sino de donde
pace». Carlos Gardel, argentino, porteño,
rioplatense nacido en Toulouse, tierra de
trovadores, y fallecido en Medellín,
Colombia, país amante del tango, el
veinticuatro de junio de 1935.
Durante los siglos XVIII y XIX, sobre un pie
musical heredado de Andalucía, se cantaba
improvisando a contrapunto. Con la antedicha
paulatina fijación de composiciones se
abrieron nuevas perspectivas a comienzos de
siglo para la canción criolla. Empezó a
institucionalizarse, en lugar del
contrapunto, el cantar a dúo, con sus
variantes en terceto y cuarteto. Carlos
Gardel se convirtió en beneficiario de tal
modalidad. Su fama se extendía primero en el
barrio del Abasto y amenazaba extenderse
—por calidad— hacia otros recintos. Debía
probar para ello cualidades con otros
cantantes en parecidas condiciones. Fue en
una casa de la calle Guardia Vieja, ante un
tribunal de unas treinta personas, donde se
midió con José Razzano, llamado «El
Oriental» por provenir del oriente inmediato
a Buenos Aires, Uruguay. Aquel encuentro,
que se planteó como torneo, acabó siendo el
comienzo de un dúo en 1911, mantenido en una
extensa discografía (iniciada en 1917) con
repertorio casi exclusivo de canciones
criollas hasta el año 1925.
Fue un período bastante largo y público en
gran parte, como para que nuestro personaje,
Carlos Gardel, definiera importantes trazas
de su vida. Y para que se abrieran los
cauces por donde correrá su leyenda. Si bien
el tango había definido abiertamente su
perfil musical y la fuerza dionisíaca que
hizo bailar esa genuina, inédita tradición
popular surgida de la mezcla, no existía aún
como canción. Aunque los músicos del tango
sí compartieron patios y recintos sagrados
con los cantores criollos. Fue al poco
tiempo de aquel encuentro con Razzano, en
1913, cuando se produjeron dos hechos
promisorios en la vida de Gardel. Por un
lado sus primeras grabaciones discográficas
de temas criollos —es obvio—, en el único
sistema de entonces: el acústico. Y en otro
orden, una escena apoteósica, rayana en
increíble epifanía vivida como un sospechoso
exceso por el propio homenajeado. Una noche
en que el dúo Gardel-Razzano cantaba en una
confitería porteña, fueron invitados a
continuar la velada en el Armenonville, el
más lujoso cabaret de entonces; lujoso en
aquellos años de las primeras y asombrosas
vacas gordas en Argentina, país que
ostentaba el cuarto lugar en ingresos per
cápita del mundo, y cuya capital era la
séptima ciudad que inauguraba una línea de
costosos trenes subterráneos. El cabaret era
recinto prácticamente exclusivo de la
aristocracia adinerada, verdadera
beneficiaría de aquel enorme caudal de
divisas que entraba en el país de las
exportaciones agropecuarias. Después de un
impresionante éxito entreverado de bises y
aclamaciones, Gardel y Razzano fueron
llevados en andas por la calle adyacente. El
«francesito» andariego de calles y salpicado
de pendencias, el cantante de bodegones y
dudosos tablados de barrios y pueblos, fue
ovacionado, subido repentinamente a la
epifanía por los «niños bien» de la
oligarquía porteña. A la vez, aquella misma
noche comenzó a sonreírle la fortuna por
mérito propio: el empresario los contrató
allí mismo, ofreciéndoles una remuneración
diaria equivalente a la que hubieran
supuesto mensual. En andas de los «niños
bien» Carlos Gardel incrédulo murmuró a su
compañero Razzano: «Mira, José, yo creo que
nos están agarrando para la farra». Y
todavía incrédulo, cuando escuchó la oferta
del empresario: «José, ¿estás seguro? Por
esa plata soy capaz hasta de lavarles los
platos, además de cantar».
El destino lo ponía en brazos de una fama
auroral a la que Carlos Gardel respondería
con perseverante encomio en su
perfeccionamiento artístico.
La
intelectualidad sudamericana estaba en
afanosa búsqueda de símbolos y pautas que
definieran la identidad de las jóvenes
repúblicas. Es, paradójicamente, en el Río
de la Plata más numerosa la intelectualidad
que se cierra al tango, música de fusión e híbridaje. Emparentados o pertenecientes a
las clases dirigentes -propietarias de
campos de dos mil y tres mil kilómetros
cuadrados de superficie—, veían en la
inmigración una necesidad a la vez que una
amenaza. La quisieron a toda costa europea
para suplantar al indígena y al mismo
mestizo; la requerían para cultivar sus
campos y edificar modernas ciudades. Sin
embargo, sospechaban que aquel aluvión
traería cambios que iban a comprometer su
condición social y que poner en práctica los
ideales escritos en las constituciones
liberales, sería otra cosa que meros textos,
Asimismo, el «canto criollo» que,
alternativamente con trajes de gaucho o
smoking, practicaba el dúo Gardel-Razzano,
era como un término de unidad en la
polémica, una salida encomiable para los
mismos conservadores. Mentaban temas
camperos, amores separados por la reja de
una ventana, endechas, olvidos, aires
frescos del amor y de la vida que se
referían más a memorias elaboradas que a
aquel presente. La manera de cantarlos era
lo original y conmovedor. De ahí que para
agasajar a intelectuales llegados al Río de
la Plata, como Ortega y Gasset, Eduardo
Marquina, Jacinto Benavente, se contrató al
dúo. Igualmente fueron contratados para dar
sabor criollo (nacional) a los homenajes
auspiciados para miembros de la Corona
británica y la italiana.
La afirmación del tango como música que
prendaba a la juventud de entonces era un
hecho que incluía a los hijos de todas las
clases sociales. Los «pibes músicos» en
palcos de café, salones y cabarets,
demostraban a las claras que el tango se
hacía con aquella movilidad social fruto del
crecimiento económico y de la inmigración.
Había nacido la orquesta típica que
incorporó el piano en su conjunto
—definitivamente-, en la primera década del
siglo. Amén de violines, contrabajo, algún
tardío clarinete o flauta, el bandoneón
sentaba su presencia como el corazón que iba
a latir en la orquesta para siempre. Los
tríos rudimentarios de la era empírica iban
siendo desplazados por estas orquestas de
gran sonoridad, ejecutantes de bellísimas
composiciones, competitivas y favoritas a
los oídos educados en la gran música lírica
de Occidente.
A su vez, el dúo Gardel-Razzano, como otros
afines en su género, había madurado el
estilo criollo enriqueciendo con mejores
arreglos vocales el antiguo y uniforme
«cantar por cifra». Pero, a todas luces,
aquel mismo público que bailaba el tango y
que asistía entusiasta a las presentaciones
de los cantantes, temperamentalmente estaría
reclamando un nuevo género. Los temas
criollos tuvieron notoria aceptación porque
Buenos Aires evocaba al fondo de sus calles,
inmediata, la profunda gravitación de la
pampa. La moda afrancesada no podía
ensordecer ante aquella húmeda y pródiga
llanura que era fuente de la riqueza urbana.
Sin embargo, la urbe en sí misma, con su
bullente devenir transformador, carecía de
expresión propia. La genuina música de esa
urbe, el tango, balbuceaba un horizonte de
palabras, una manera —aún inexperta— de
contar sus propias, cotidianas, hondas
historias. Por ahí andaba Villoldo...,
algunos anónimos copleros, autores de
sainete que acoplaron temas a los tangos.
Letras que sin llegar a convencer
definitivamente, iban de labios en oídos, de
punta a punta, preludiando la gran novedad
que se reclamaba de una vez. Se observan en
el dúo Gardel-Razzano desarrollos
diferenciados que al final serían
divergentes. Carlos Gardel aparece tentado
de buscar la expresión artística que
planteaba y deseaba aquella nueva entidad
histórico-social; y, evidentemente, a pesar
de la enconada resistencia que opusieran los
sectores oficiales y tradicionalistas,
estaba a todas luces en el tango. Música y
danza que ya representaban/ante propios y
extraños, un perfil genuino, inédito y
diferenciador de la nueva cultura
rioplatense. No tenía letra definitoria,
pero ya se trabajaba en tal sentido. En 1917
Pascual Contursi, un vate popular a caballo
entre la tradición payadoresca y las
exigencias de la urbe moderna expresada en
el tango, fue quien dio con la forma
letrística justa. No fue sobresaliente
compositor musical, antes bien fue un poeta
popular —además de autor teatral— que
utilizó la música de tangos ya elaborada.
Carlos Gardel, en reuniones de amigos, en
cafetines y cabarets de Buenos Aires y
Montevideo, conoció la letra que Pascul
Contursi —también zapatero y anarquista—
había escrito para el tango «Lita» del
músico Samuel Castriota. Contursi lo
entonaba con convicción pero sin demasiada
calidad interpretativa. Parece que José
Razzano era renuente a incluirlo en el
repertorio del dúo. Era que Pascual Contursi
se asomó como contrariando en su letra el
paulatino adecentamiento que ya pugnaba en
el tango. Hace abierto uso del lunfardo, esa
jerga del arrabal, y narra una historia de
amor entre personajes que no son otros que
los mismos actores de la forja del tango.
Percanta que me amuraste
en lo mejor de mi vida.
(...)
Y si vieras la catrera
cómo se pone cabrera
cuando no nos ve a los dos.
(...)
Y la lámpara del cuarto
también tu ausencia ha sentido
porque su luz no ha querido
mi noche triste alumbrar.
Con esta letra Carlos Gardel, sobre música
del tango Lita, construyó una obra nueva
para la que propuso, convenciendo a músico y
letrista, el título Mi noche triste. Lo
estrenó como solista en el canto, acompañado
en guitarra por José Ricardo, El éxito fue
espontáneo. De súbito había encontrado la
forma definitoria del tango-canción,
pautándolo para siempre. Hay en la primera
grabación de 1918 un sesgo de prisa al
cantarlo, se nota quizá demasiado brillo en
la voz de Gardel; pero sobre ese mismo molde
trabajaría sus copiosas interpretaciones del
tango-canción... y la impecable versión
posterior de Mí noche
triste de 1930.
Continuó cantando a dúo con Razzano temas criollos; es más, hasta la última época de su vida perseveró con zambas, estilos y tonadas. Sin embargo, desde aquella creación arquetípica en 1917, se sucederá la inclusión cada vez más proliferante de tangos, siempre sólo, con acompañamiento de mejores guitarras e incluso de orquesta.
No puede entenderse el tango-canción fuera de este alumbramiento. Carlos Gardel introdujo en el tango el valor definitivo de la palabra; canta imponiendo en las inflexiones de la voz él drama narrado en el poema, une letra y música en una forma auroral y futura, encuentra el tono que inexorablemente deberán consultar todos los cantantes de tango.
A cuenta de inventario y de arqueología para nosotros, aunque es seguro que no para el protagonista, fue también en 1917 cuando Carlos Gardel actuó en su primera película muda del cine argentino: Flor de durazno. Para sorpresa de acólitos y desinformados, allí aparece un Carlos Gardel que pesa 118 kilos, (para 1,71 metros de estatura). Y, obviamente, con «pesados», sobreactuados gestos de inexperto, imposible actor. Hechos que importan a la historiografía, y fueron el trepidante toque de alerta para el cantor. Comprobó que desconcertantes golpes de la suerte en su carrera (intentó abandonar repetidas veces la filmación), le iban grandes. Aparte de proponerse el arduo trabajo de mejorar su probable condición actoral, juzgó imprescindible bajar de peso. Tenía contras demoledoras: era gran comedor y bebedor. Sin embargo —hijo del rigor y de prometeico destino—, con agotadoras horas de gimnasia, abrasadores baños turcos, y golpes de toalla mojada, logró aquellos bien parecidos 75 kilos con que se lo ve en fotografías y películas. No por el camino de la privación y el ascetismo, sino antes, el de pujar unos excesos con otros.
Mientras
tanto... más tangos en su repertorio. Y la
carrera de solista que iba cobrando
relevante impulso. En 1922 el dúo grabó
sesenta y cinco piezas; de ellas en sólo
diez se oye la voz de Razzano. Tras el éxito
de primer tango-canción pulularon los letristas y compositores para la nueva
modalidad que había modificado su partitura,
transformándose en «cantable». Carlos Gardel
estrenó e instauró los frutos de aquella
abundante cornucopia. Cuentan diversos
testigos que muchos temas grabados por
Gardel significaron «gauchadas», gestos de
prodigalidad con amigos que «andaban en la
mala». Aunque hay que apuntarlo, el cantor
se reservó siempre condición de demiurgo:
alteró letras, exclamaciones, hasta
sentidos, según su inspiración general o
repentina. Dramatizaba en su manera de
cantar, se posesionaba, volvía gardeliano el
tema, muchas veces sin consultar a los
autores.
Mientras tanto... lejos de reduccionismos
«sociológicos», Carlos Gardel cantaba para
el numeroso público de los teatros populares
como para las restringidas salas de los
adinerados. En muchos casos, de una función
a otra con sólo el tiempo para cambiarse de
traje. Y se adineraba él: la fama, los
discos... y a la vez que era generoso en el
gastar, tenía la desenfrenada pasión por las
carreras de caballos. Los «lujos camperos»
fueron urbanizados en el hipódromo; sus
tangos compuestos o arreglados a partir de
este tema son abundante muestra. Sin
embargo, no fue este un rasgo excepcional
teniendo en cuenta la importancia de los
caballos en usos, costumbres y economía del
Río de la Plata. Lo que sí destaca es que
Gardel pudiera convertir en bellísimos
tangos una temática natural y casi privativa
de folclore.
¿Era la representación de aspiraciones colectivas de ser ricos, exitosos...? ¿Condensaba el sueño de los inmigrantes que viajaron para «hacer la América»? En parte es cierto, aunque empobrecedor... Cantaba bien, excepcionalmente bien; encarnaba en el canto a los diversísimos personajes de un vasto horizonte humano: ¿no son fundantes razones para el entusiasmo popular?
Mientras
tanto... ¿Sus amores? ¿Sus mujeres?
Verdadero cono de sombra en la leyenda
gardeliana ha dado tema a quien lo buscara,
desde los que le adjudicaron una encubierta
homosexualidad, tributaria del «único amor
de su vida, la madre», hasta quienes le
vieron tratante de blancas, gigoló
internacional, inveterado y secreto Casanova
del siglo XX. Otra vez la leyenda nos
devuelve a la puerta v al muro del enigma.
Cultivó la amistad masculina sin rodeos, en
las buenas y en las malas, amistades hasta
la muerte en el accidente de Medellín.
Quizá, reprobablemente, muchas horas de
intimidad con la desnuda existencia, con el
desamparo esencial, las compartió sólo con
amigos. Y en ello no escapó a una costumbre,
casi un rito, de estos rioplatenses
integrantes o herederos de aquel torrente
aluvional y migratorio, compuesto en un 70%
sólo por hombres. Es cierto que caben las
precisiones unamunianas para aquella época
de la disociación entre esposa y querida,
madre que siempre era una santa y amantes
siempre prostitutas. En el Río de la Plata
ello se veía aumentado por el hecho
demográfico de la inmigración
mayoritariamente masculina. Los burdeles y
casas de baile donde alboreó el tango son
una flagrante realidad; como bodegones y
cafés que estiraron su aliento hasta la
década de oro del renacimiento tanguero, la
del 40, concurridos por una clientela
exclusiva de hombres.
Por regla de tres, por simple, aviesa
proyección, una generalidad de rioplatenses
caería bajo la presunción de los sospechosos
biógrafos que inventaron la encubierta
homosexualidad de Carlos Gardel. Por
extensión, no escaparían a esta presunción
los numerosos «amigos que se confiesan
abandonados» por la percanta de las letras
de tango.
Respecto a la trata de blancas, es cierto que fue íntimo de notorias madamas, entre otras de Madame Jeanne, en cuya «casa de señoritas» cantó horas antes de conocer la epifanía súbita en el cabaret «Armenonville», en 1913. El tango canción de los primeros tiempos siempre estuvo mezclado con los ambientes turbios y las crudezas de la vida. Gómez de la Serna puntualizó que a diferencia de otras músicas populares «el tango es un tablón para los náufragos y un abismo para las mujeres (...) Tocan otras músicas para que se cierren las heridas, pero el tango toca y canta para que se abran, para que sigan abiertas, para recordarlas, para meter el dedo en ellas y abrirlas al sesgo».
En verdad, hubo amistades no clasificadas
con «Ritanas», «Margots», «Ivonnes», y otra,
quizás espectacular, con la baronesa inglesa
Sally de Wakefield. Se sabe que Carlos
Gardel paseó colgando de su famoso brazo a
la quincuagenaria noble, que correspondía
con suntuosos regalos de gardenias con
pétalos de oro..., y que financió parte de
las películas gardelianas. Hechos, datos,
personajes en momentos de su vida, entre
viajes, «migraciones» por la pirámide
social, intimidades, franquezas y
picarescas. Tampoco faltó la consabida
«novia oficial», aquella Isabel del Valle
con quien compartió pisito puesto por él
mismo.
Reservado, renuente a confesiones públicas,
hay sin embargo dos declaraciones en las que
quizá se perfiló inveterado Don Juan o
airoso Casanova: «¿Para qué hacer
desgraciada a uña pudiendo hacer dichosas a
tantas?» Y otra, tal vez precavida: «No me
faltan, pero tampoco me sobran. Soy yo, sin
embargo, el que no quiere avanzar un paso
más allá de lo prudente con las mujeres.
Anota tres cosas que tengo en cuenta para no
bandearme: cuido la salud, cuido la gola y
cuido la tranquilidad. Si les dedicas más
tiempo que el indispensable, la farra
termina aplicándote la furca al físico, te
arruina la voz y perdés la libertad, sos
esclavo del metejón. Pianor piano...
entonces... aunque me gusten como el arroz
con leche».
En otra ocasión, a una cronista de El diario
Nacional de Bogotá, después que le
insistiera sobre su opinión respecto al
divorcio, hábil contestó: «Debido a mi
carrera, no soy partidario del
matrimonio...»
Hay hechos que agregan luces y sombras,
según el consumidor. Por declaraciones del
folclorista Cristino Tapia, él mismo habría
servido de testigo de un matrimonio secreto
celebrado en la casa que Gardel compartió
con Isabel del Valle, en la calle Rodríguez
Peña de la ciudad de Buenos Aires. No hay
hasta el presente documentos judiciales al
respecto; sin embargo, Cristino Tapia
testimonió que el casamiento secreto fue
obligado por los hermanos de Isabel del
Valle, que tenía trece años cuando empezó
sus relaciones sentimentales con Carlos
Gardel en 1920, Asimismo, estando Gardel en
Estados Unidos, ordenó por carta a su
apoderado en Buenos Aires, Enrique Defino,
que terminara de pagar la última casa
adquirida en la calle Directorio y que la
misma pasara a manos de la familia de Isabel
del Valle. Se han hecho públicas algunas
cartas de Carlos Gardel a Isabel del Valle,
y hay también referencias a ella en cartas
de Gardel a sus amigos y al apoderado. En
estas últimas dice a veces que no deseaba
hacerle perder tiempo a Isabel, y en otras
que quería «terminar con ella y su familia».
En 1935, después de la muerte de Carlos
Gardel, Isabel del Valle, en un reportaje de
la revista El Rogar, dijo que esperaba a su
amado en julio de ese año para casarse con
él. Las últimas fotografías de la estancia
de Gardel en Buenos Aires lo evidencian en
inocultable intimidad con Isabel del Valle,
convertida definitivamente para las revistas
del corazón en el «amor eterno» del
cantante. Aunque después de su muerte
menudearon las «revelaciones» sobre uno de
los aspectos que más exaltaron mórbidas
curiosidades: mujeres que contaron
rocambolescas historias de amor con Carlos
Gardel. Incluso hijos secretos del cantante
que fantasearon con hilachas de la herencia
mítica. En verdad, hubo siempre una especie
de complicidad inexplicitada entre amigos,
testigos y biógrafos, con la actitud del
propio Carlos Gardel. Quizá partícipes todos
de no escritas leyes generales que hacen a
los personajes destinados a cierta condición
de míticos. Una recurrente tendencia al
secreto... y a la «revelación» cuyo fogonazo
alumbra de golpe aspectos que a la vez se
oscurecen o se trasmutan; dudas,
incertidumbres, luminosas certezas que nos
devuelven —siempre— a la luna del disco para
escucharlo de nuevo, cantando su tango
inacabable.
La voz..., la voz, esa manera de
cantar el viento en las cuerdas de la
garganta... pero el viento de cada uno,
individual, intransferible. La voz,
diferente, única de Carlos Gardel, barítono,
que podía extenderse a registros de tenor y
de bajo, sintetiza la obra de delicada
fusión entre un arte y un destino. Barítono
brillante, con los años su voz fue cambiando
de color, volviéndose más aterciopelada y
grave. Poseía cuerdas vocales de excepción,
instinto de cantante, y clara conciencia de
la importancia de cuidar la voz. Se acompañó
a lo largo de su carrera con el tango de la
ayuda de maestros de canto, Utilizó adornos
vocales propios de la tradición operística
para plasmar el tango-canción «nacido de su
voz». Mas el suyo fue un uso temperamental
de la técnica para expresar en vivida
tesitura climas, hechos, personajes marcados
fatalmente por su inconfundible gardeliana
forma. Pautó la manera de frasear el tango,
de emplear el tempo rubato, definiendo un
modelo, hasta un espejo en el que debieron
observarse todos los cantantes posteriores.
En cada tango cantado por Carlos Gardel está
presente aquella intuición dramática
instauradora de un clima que nos implica.
Era tan notoria su expresividad en vivo, tan
justa la manera de no demostrar esfuerzos ni
agonías que los públicos de otros idiomas se
le entregaron sin reservas. A falta del
conocimiento de las letras, franceses, y
gente de habla inglesa, tarareaban o
silbaban los temas vocalizados por el
cantante. Empresarios de la radio y del
disco intentaron que Gardel interpretara en
francés, inglés e italiano los tangos
rioplatenses. Después de difíciles pruebas,
el artista terminó negándose rotundamente:
«Cómo voy a cantar palabras que no entiendo,
frases que no siento. Hay algo en mí que
vibra al sonido de palabras que me son
familiares, que están hondamente arraigadas
en lo más íntimo de mi ser; palabras que
aprendí en mi niñez, que tienen el
significado de cosas muy nuestras,
imposibles de trasmutar.
Mi idioma, señores, es el español... o mejor
aún, el porteño...» Declaraciones hechas en
Nueva York, cuando actuaba en la N.B.C. a
principios del año 1934: Carlos Gardel, el
artista internacional mejor pagado hasta
entonces en Estados Unidos, donde estos
datos cobran especial elocuencia.
Fue Carlos Gardel quien dio definitiva
internacionalización al tango. Después de
convertirlo en la canción expresiva del Río
de la Plata inició su paseo por el mundo en
España el año 1923. Se presentó con la
compañía teatral «Rivera-Rosas» y en dúo con
José Razzano; los guitarristas José Ricardo
y Guillermo Barbieri acompañaron al dúo;
exhibiendo en los escenarios españoles
lujosos atuendos gauchescos previsibles en
los artistas que venían de la pampa. A sus
presentaciones concurrió la nobleza
española, encabezada por la Reina Victoria
Eugenia y la Infanta Isabel, mientras las
plateas populares estaban colmadas en los
teatros Plaza, Apolo y Price de Madrid. La
aceptación fue promisoria: la suerte estaba
echada. Y lo estaba para Carlos Gardel
convertido en solista absoluto en 1925, a
consecuencia del agotamiento de las cuerdas
vocales de su compañero Razzano. En 1925
regresó a España con la misma compañía
teatral, actuando en Barcelona donde realizó
sus primeras grabaciones europeas.
Desvinculado de la compañía fue contratado
para actuar en Madrid durante la aún hoy
llamada «cuesta de enero». Época en la que
—entonces—, por razón de las nevadas y
retracciones económicas, las salas teatrales
cerraban sus puertas. «Durante aquellos días
Madrid es un cementerio. No se ve un alma
por las calles y las salas tienen que cerrar
sus puertas por falta de público... Iba por
diez días y trabajé un mes, día y noche...
¡Para qué les digo más!...» declaró
entusiasmado el propio Carlos Gardel. Las
grabaciones de tangos se sucedían, ya con el
sistema eléctrico que mejoró notablemente la
limpieza del sonido. Su repertorio de tangos
aumentó por el afán de letristas empeñados
en buscar la «clave de tango» en la voz de
Gardel. No pudo escapar a esta evolución
gardeliana la marcha global del tango, el
progreso de su íntima fibra conectada
entonces a la gran tradición que aportaban
los músicos de conservatorio. Fue a
propósito, cuando el amanecido tango-canción
se afianzó, que músicos de escuela, pibes
provenientes de la clase media, formados en
la lectura del pentagrama, condujeron al
tango a su canonización ulterior. Partitura
en atril y ejecución según arreglos, fue la
marca definitiva instaurada en la década del
20. Inevitable, la conexión Carlos
Gardel-Guardia Nueva salta a la vista. El
tango cantable adquirió estructura en las
composiciones de Enrique Delfino, Juan
Carlos Cobián, y el artífice señalado de
esta Guardia, Julio De Caro.
En 1928,
acompañado por dos concertistas de guitarra,
Carlos Gardel desembarcó en España. En el
puerto de Barcelona el Ayuntamiento, en
nombre del público catalán, le obsequió la
mascota automovilística de entonces: un
flamante Graham Paige para el que Gardel
contrató a un chófer particular: Antonio Sumage, llamado el «Aviador» porque
utilizaba antiparras. Grabó numerosos temas,
actuó en la radio y en teatros de Barcelona,
Madrid, Santander, San Sebastián, Bilbao...
Y firmó contrato para actuar en París, la
ciudad meta de los artistas y segunda
capital del tango. Allí su estreno fue tan
estruendoso que conmovido el propio Gardel
comentó al «Aviador»:«¡Pero, che...!
¿Estamos en París o en Buenos Aires?»
Carteles compartidos con Maurice Chevalier,
Mistinguette, Lucienne Boyen.. Plateas
ocupadas por el entonces Presidente de la
República francesa y representaciones
diplomáticas diversas... Amistad con Charles
Chaplin y la baronesa Wakefield... Hechos,
anécdotas, aguafuertes que prueban sus
partidas como artista universal con centro
de gravitación en el tango. Eligió
cuidadosamente sus temas, los preparaba, se
ensayaba harto con acompañamientos de piano.
Sus guitarristas eran entonces un trío de
primera calidad que continuaban siendo el
marco musical preferido. En algunas
ocasiones se presentó cantando con
acompañamiento orquestal, aunque
intranquilo, miraba con desconfianza a los
instrumentistas, tal vez celoso de que
empalidecieran su lucimiento vocal. Su
comentado don de gentes no era ajeno a
cierto pudor en los siempre difíciles
momentos previos a la presentación en
escenarios desconocidos. Ya José Razzano, en
los tiempos del dúo, lo advirtió retraído y
tortuoso en la intimidad: «Tan pronto
vencíale el abatimiento, como lo asaltaba un
ansia incontenible de triunfar... Necesitaba
que alguien a su lado le hiciera sentir la
voluntad que por momentos lo abandonaba. Era
un fatalista». En efecto, sabedor de que
portaba un mensaje que podía ser
incomprendido, temblaba entre bambalinas
antes de los estrenos... para luego
posesionarse tanto que en cierta ocasión
rompió una silla, apretando la furia
convocante de la historia que cantaba. Una
noche, su amigo Julio De Caro actuaba por
primera vez en el Palace Mediterranée, de
Niza. La concurrencia de personalidades
artísticas y políticas había paralizado a De
Caro: no podía mover la batuta para arrancar
con el primer tango. De entre el público
emergió Carlos Gardel; subió al escenario y
anunció en correcto francés: «Señoras y
señores: esta noche tocará aquí, en Niza, la
mejor orquesta de tangos del Río de la
Plata, y, por lo tanto, del mundo: Julio De
Caro». Un cerrado aplauso disparó los bríos
del asustado director en el bellísimo tango
Mala junta de su propia autoría.
Junto al extraordinario sentido dinámico y
práctico sobre su carrera artística, Gardel
cultivaba la sospecha acerca de
correspondencias numerológicas, temporales y
mágicas entre distintos acontecimientos que
vivió. Cuentan que su número era el 48,
número de jugar a la lotería, apostar a los
caballos y de sentarse a una mesa - la 48
- siempre reservada para él en «El
Tropezón», restaurante al que concurría a
comer sus pucheretes cuando retornaba de los
pavos trufados en París.
Pero hay mucha más hondura en este terreno
de la sospecha y los oráculos en la vida y
la leyenda de Gardel que ya advertiremos en
sus años finales.
En París se convirtió en artista
internacional del tango-canción, pero
declaró que él «no es nadie, que es el tango
el que triunfa». Se reencontró con el cine,
a medida que sumaba estrenos y grabaciones
que engrosaban la lista superior a las
ochocientas piezas a lo largo de su carrera.
Se le ve en las películas filmadas en
Francia bastante mejorado respecto a sus
experiencias ríoplatenses. Pero no convence
el actor de los diversos papeles que
«comercialmente» le asignaron ante la
enormidad del cantante. Uno espera, en
suspenso, aquellas escenas en que aparece
cantando y donde todas las reservas se van
al suelo. Entonces, la convicción de la voz
nos devuelve la verdad de los personajes que
encarna. Nos parece que el texto literario
fuera insuficiente, que fuera por detrás del
canto. Valoró como nunca se hiciera en el
tango la sustancialidad de la palabra, pero
no intelectualizó lo que cantaba. Lo cantó
con inocencia, sin evidentes elaboraciones.
Es, paradójicamente, la puesta en escena de
una tensa serenidad en el cantar, ante lo
tremendo o lo cursi que esté narrando. El
tango —meridianamente situado en el arte
popular— es arte de pasiones de abajo.
Aquellas situadas debajo de la cabeza,
viscerales, del corazón. El amor, la
traición, el odio, la desolación, la
nostalgia, el sabor del entusiasmo o la
desdicha. No parte de una noción, sino que a
través de una historia —y hasta de un
aguafuerte— que narra, busca encontrarse,
saber qué pasión está en juego. Desde
aquella tensa serenidad busca saber; los
histriónicos, los comerciales que no duran
más de una moda, creen ya saberlo. Cantan
algo que prejuiciosamente ostentan conocer.
Después de filmar en los estudios Joinville
que la Paramount tenía en París, el viaje a
los estudios de Long Island en Nueva York.
Sabidas historias que periódicamente en
pantallas de cine y televisión de diversos
países del mundo se pasan y se vuelven a
pasar, a Carlos Gardel le fascinaba la
técnica norteamericana, aunque defendía
pertinaz el reparto de actores
«latinoamericanos y españoles». Discutía con
directores y empresarios, afirmándose en su
guionista, Alfredo Le Pera, que asociado con
Gardel como tocado por el ángel escribió
algunas de las mejores letras de tango. Los
argumentos en general son débiles y
destinados al suculento mercado del tango.
Quizá pretextuales para lucimiento del
cantante que era quien, en su casi
totalidad, componía la música de sus
películas. Imagínese el vértigo de trabajo
al que estuvo sometido que las últimas cinco
películas se filmaron en sólo nueve meses.
Mucho se ha especulado sobre cuál era el
país del Gardel de los últimos años. Según
Julio De Caro en París añoraba Buenos Aires,
pero se sentía mejor tratado, siendo ya «el
Rey del Tango». Aunque marcado por el karma
del emigrante, aquella copiosa nostalgia del
tango, que tantas veces asoma en Carlos
Gardel, tal vez exprese añoranzas de lo
perdido, de la inocencia ajusticiada por el
paso del tiempo. Elocuente y hasta patética
puede notarse en la interpretación de
Volver, cuya música le pertenece sobre letra
de Alfredo Le Pera. Se cuenta que en aquel
transatlántico de utilería, rolando en un
mar simulado bajo la nieve que caía en Nueva
York, cuando cantó Volver en la filmación,
utileros, periodistas, actores, camarógrafos
y gente que merodeaba por ahí suspendió su
trabajo para aplaudirlo, contagiados de la
emoción que abrazó al intérprete. Quizá
nosotros, testigos lejanos de su memoria,
sabuesos de las aún imperfectas grabaciones
que dejó, caminamos con la sensación de que
Carlos Gardel canta un tango interminable.
Que podría cantar tantos de los muchos que
se escribieron después. Letras que encienden
el reflexivo cigarrillo y hasta lo apagan
como un tiro de final, Probablemente, Carlos
Gardel observaría que su creación absoluta,
el tango-canción, ha enderezado sus palabras
hacia indagaciones más filosóficas, hacia un
«mayor chamuyo» consigo mismo en lenguaje
agónico o literario. Quizá sentiría que hay
dos tiempos: uno donde el cantante, siendo
una cuerda más de la orquesta, logró hacer
bailar a la gente, cosa esta que le podría
alcanzar para un asombro casero, o un
desdén. Y el otro tiempo, donde los
cantantes —escasísimos— nos ponen sañudos,
introvertidos hasta el hermetismo. Pero
sabría Gardel que el genuino tango, aquel
que cuenta una historia, un drama de vida,
pasión y muerte, está en los que él cantaba,
en los matinales de la larga epopeya del
tango-canción, con setenta años de
perseverancia.
El seis de noviembre de 1933, Carlos Gardel registró sus últimas grabaciones realizadas en Buenos Aires. Al día siguiente, redactó y firmó su testamento ológrafo, donde asegura que nació en Toulouse el once de diciembre de 1890. Y que era hijo de Berthe Gardes, a quien nombra heredera universal No debe suma alguna y perdona todo lo que le deben. En el mismo día, siete de noviembre de 1933, festejó su despedida a bordo del barco «Conté Biancamano» que lo trasladó a Europa. Nunca más volvió a ver Buenos Aires, Después de las películas filmadas en París y Nueva York, inició la última gira de su vida. Puerto Rico, Antillas Menores, Venezuela, Colombia.., Hay historiadores que comentan que nunca se había visto en ese mundo de América tal honor de multitudes frente a personaje alguno... Al parecer, el Gobernador de Puerto Rico, como el entonces dictador de Venezuela, lo advirtieron mostrándose reverentes ante el cantante y pugnando por salir en las fotografías junto a él. Gentes de diversos orígenes se apiñaban, deliraban, rompían cercos policiales para acercarse a Carlos Gardel. En su última presentación pública, en los estudios de la emisora La Voz de La Víctor, en Bogotá, visiblemente emocionado expresaba ante la anhelante multitud que lo aplaudía: «...Gracias amigos... muchas gracias por tanta amabilidad (...). No sé si volveré, porque el hombre propone y Dios dispone (.,.). No puedo decirles adiós, sino hasta siempre,., hasta siempre, mis amigos». Después hay abundantes fotografías y crónicas periodísticas... En la última fotografía un inocultable gesto de cansancio o de preocupación. A los quince días, el veinticuatro de junio de 1935, Carlos Gardel emprendería su último viaje, el de retorno a la luna de nuestros discos.
En autobuses
urbanos y de larga distancia, en los
talleres, en almacenes y oficinas, en clubes
y casas americanas, Gardel sonríe o canta,
Más allá de las fronteras de Argentina el
mito gardeliano vive con un fervor que vence
las cinco décadas de su muerte. En 1986 los
periódicos del mundo comentaron que en
Medellín, Colombia, en un episodio de
«tragos y tangos», según el informe
policial, tres muertos acabaron una disputa
entre partidarios del tango y los
partidarios de otros ritmos. Ocurrió el
veinticuatro de junio durante, la
celebración del aniversario de la aciaga
muerte de Carlos Gardel. Es sabido que en
muchos países, para tal fecha, habrá, como
todos los años, exhibición de sus películas,
notas en los periódicos, reportajes en la
televisión, recordatorios radiales. No
faltarán quienes enciendan la vela votiva
que alumbre su alma en el mundo de las
sombras: el mismo rito que se cumple con los
antepasados más entrañables. Es que Carlos
Gardel siempre vuelve universales aquellos
poemas que dibujan la leyenda de las
ciudades que nacieron en las ilusiones de
este siglo. Su centro de gravedad, Buenos
Aires; su irradiación, el mundo latino, el
sajón, y hasta lejanos puntos del planeta
como Japón o Filipinas. El significado de
las letras en el primero, las inflexiones de
la voz en todos.
Se ha dicho que representó una especie de
modelo — ¿pater noster?— para las
aspiraciones de cierto arte popular. Es
curioso que revistiera algunos rasgos
básicos que conformaron la leyenda de los
personajes primigenios, profetas para unos
pueblos, héroes de raíz épica para otros. El
nacimiento en precarias condiciones, de
padre oscuro o desconocido, infancia humilde
e identificable con el más anónimo comienzo.
Así en los primeros pasos de Sargón,
Gilgamés, Moisés, Rómulo, Jesús, etcétera,
nos ilustran acerca de una infancia
amenazada, donde la huida de los padres o el
milagroso encuentro de la cesta portadora
del niño por unos pastores, permite la
sobrevivencia infantil del héroe.
Probablemente doña Berta - de oficio
planchadora— buscara Sudamérica, llevando a
su vastago de tres años, para salvarlo de la
miseria y del «pecaminoso origen». Luego el
niño creció ejercitando su don natural (¿o
sobrenatural?). Lucha contra las
adversidades del destino. Triunfa de forma
estelar y, finalmente, como Ícaro, volando
cerca del Sol es abatido, traspasado a la
inmortalidad por el fuego trágico, el
veinticuatro de junio de 1935.
Qué inefable intuición acompañó al artista
en el conocimiento de este modus operandi
mítico es cuestión que nos asombra. Sabemos
que deliberadamente trató de «mezclar las
cartas» en la precisiones acerca de su
nacimiento, origen, infancia y juventud
primera y, varios temas personales. El
periplo del triunfo era y es una historia
luminosa para todos.
Y la permanente ascesis, el ejercicio para
mejorar y multiplicar sus dotes
excepcionales, también conocida y nunca
ocultada.
En el cementerio de La Chacarita, en Buenos
Aires, donde sus restos descansan, hay un
monumento a Carlos Gardel que visitan miles
de fervorosos seguidores. Entre los dedos de
la estatua no falta un cigarrillo encendido,
para demostrar que el astro continúa vivo en
el mundo de los deseos y la veneración. Es
la testificación que el pueblo ejerce, la
vela encendida por la urbe moderna,
destinada a corroborar que su artista sigue
fumando a perpetuidad. Tranquilo y simpático
vencedor del paso del tiempo, en los hombres
y en las cosas; advirtiendo a sus
conciudadanos, según una leyenda que puede
leerse en algunos muros de Buenos Aires:
«No me lloren, crezcan».
Rafael Flores












