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Edmundo Guibourg (1893-1986) tiene un extraño paralelismo con Gardel. Los dos viven en el Abasto. Allí se conocen en 1906. Los dos son hijos de franceses. Guibourg se convierte en crítico teatral y periodista, por lo que se vincula inevitablemente a Gardel. Guibourg es designado corresponsal en París y viajan juntos a Europa en 1923. Uno como cantor y el otro como enviado del diario "Critica". Nada mejor, entonces que su testimonio. Escribe
EDMUNDO GUIBOURG TUVO que ser muy reiterada la
información cablegráfica de ayer para que la gente se convenciera de la
tremenda verdad del accidente en que halló la muerte Carlitos Gardel. Sus
amigos lo podian creerlo! ¿Dónde no tenia amigos? ¿A qué rincón no habia
llegado la magía de su simpatia? De ahi que en los más diversos ambientes
especializados como los del teatro, el cine, la radio, el turf, los deportes,
donde todos se sentían vinculados en virtud de una sorprendente camaraderia a
él, se produjesen expresivas manifestaciones de un dolor sincero e
irrefrenable, y que la pena cundiese en la masa compacta del pueblo, sensible a
la desaparición de un artista que, porque enraizaba en el pueblo mismo, gozaba
de verdadera idolatria.
Su actuación cinematográfica, relativamente reciente, última etapa de una carrera tan pródiga en triunfos, había difundido aun mas su enorme prestigio, haciendo del cantor porteño el artista indiscutiblemente preferido de los públicos latino-americanos. Para consignar la extensión de su fama en tierras de America, bastaría recordar un simple detalle que muchos atibuyeron a versión exagerada de reclame y que era, sin embargo, veracísiomo, el dia que en la capital de Colombia, precisamente el país donde la muerte iba a aguardarle, existiese desde hace tiempo una linea importante de ómnibus bajo el nombre propiciatorio del cantor popularisimo Modesto en sus triunfos Los
éxitos que le consagraron en ciudades europeas son harto notorios y en los
Estados Unidos, adonde se dirigió munido de tales ejecutorias y tremulo, no
obstante, de incertidumbre, a objeto de experimentar en el campo
cinematográfico, no solo fué el absorvente protagonista de films dedicados al
mercado sudamericano, sino que, mediante la poderosa difusión de la radio, vió
de inmediato ante su propia sorpresa, ratificada la nombradia que la favoreció
en todas partes. El las repúblicas de América y en España, él se explicaba su buena fortuna en razón de las afinidades naturales y del vehiculo fácil del idioma común. En París, por la conquista que el tango habia realizado como danza. Pero en Estados Unidos, pais clausurado al tango, le parecía imposible tan fulminante aceptación. De humilde que era, sin modestia afectada, no lo entendia como resultado de mérito personal y lo achacaba a la boga repentina de un folklore exótico; se sentía, eso si, muy orgulloso de representarlo con fidelidad genuina. Sabiase atado a la historia del tango y de la canción rioplatense, pero no se daba él mismo cuenta hasta qué punto había sido su propulso. El tango tenia, por cierto, hondo arraigo cuando él empezó a cantar y los pasos del baile porteño conociase ya en lejos países antes que dejasen de considerarse crapulosos en los salones de nuestra ciudad, pero sin la figura animadora de Carlos Gardel la penetración del tango en nuestra ciudad y en el mundo hubiese sido mas apagada y mas fugaz. Difícilmente hubiese logrado expandirse del mismo modo, al menos en cuanto cancion. De los que hoy lo cantan, dónde sea y cómo sea que lo canten, no hay uno solo que no derive directa o indiretamente, voluntaria o involuntariamente de Gardel y para una legión inmensa surgida a su conjuro la originalidad de este cantor ha creado un medio de vida. No en balde no habrá un solo cantor que no llore. Criollo ante todo Sobre sus restos carbonizados resonará el responso de todos los lugares comunes, que en el clamor lastimero le adjetivarán con nombres de pajaros canoros y exaltarán la caricia se su voz inolvidable. La musa popular exhumará sendas metáforas en la elogía. El se habia marchado con su sonrisa leal, como esfumándose de pronto en una viñeta de pelicula, radiosamente joven a una edad en que otros encanecen y se agostan; se ha marchado dejando tras si esa imagen riente, en una desaparición brutal, cuya certeza le hubiera asustado, a buen seguro, menos que la idea de un lento y fatal marchitamiento. Por mi parte, prefiero no buscar palabras para traducir una intima congoja y me digo que, en efecto, Carlitos no podia envejecer, él que era un milagro de juventud permenente, de juventud pueril, expansiva, cordial, diafana. Era todo él en abrazo tendido de amigo sin dobleces, ni complicaciones, llanote y sanote como su sonrisa y su carcajada. El azar nos juntó en el mar y en tierras distantes. Asisti a su debut en Barcelona y en su debut en París, compartiendo su inquíetud y más seguro que él de su triunfo. Recorri con él las calles de Londres. de Picadilly a Chelsea, evocando en el silencio nocturno los barrios de Buenos Aires que llevábamos en el corazón. Hablábamos del Abasto, de sus primeras incursiones de pilluelo por la vocacián del canto, en las tenidas de adultos de averia en los comites políticos, donde su orgullo naciente le impidia pasar el plato. Muchos años despues, el tablado teatral impondria su nombre, unido al de Razzano. ¿De dónde era ese cantor tan típicamente local? Se decía que había nacido en Puntas Arenas. En los documentos que le vi exhibir en diversos viajes, aparecia nativo de Montevideo, Acaso fuese en verdad oriundo del mediodia francés, de Toulouse, como la viejecita que ahora no podrá soportar la noticia. Nadie tan esencialmente porteño como él, que por cada casa frente a la que pasase en otra ciudad, evocaba una fachada de su Buenos Aires. Irradiable simpatía Extraño el irresistible influjo de su simpatía. He visto a notables intelectuales y artistas europeos buscar su amistad tan comunicativa. No olvidaré nunca que mientras se vestía en su camarín del Palace de Barcelona, le esperaba pacientemente el partiarcal Santiago Rusiñol, deseoso de echar un parrafo luego en el café y satisfecho el viejecito lustre de abrevarse en esa alegría inmanente del cantor. Ni olvidaré cuado Pieroti venia jadeante a buscarme porque Jacínto Bonavente habia ínvitado a almorzar en Capucines a Carlitos y éste me reclamaba de urgencia, en su timidez atribulada. Carlitos Chaplin, en burgués smoking, eludiendo el estiramiento del "caravanserail" y las tonterías aburridas de los ricachos yanquis en "villegiatura" y evadiéndose de la curiosidad popular, solia llamarlo a Gardel aparte en las tertulias del Palace de la Mediterranée en Niza. Henri Bernstein, almirador del tango, le tendia la mano amiga en los cabarets parisinos. Me parece estar
todavía en la noche febril de su debut en París, en el teatro Femina,
dentro de un marco excepcional. Cuando venció en París Amontónanse los recuerdos a los que tantos nombres se asocian. Visitas largas de Joinville en las que Romero se improvisaba director y Gardel se improvisaba actor, mientras aprendia las penurias del nuevo oficio en él bueno de Leopoldo Froes, el gran comediante brasileño, que enfermo y cansadado, esperaba horas y horas su turno para una pelicula en portugués. Libre de trajin, Gardel recobraba su amplia risa frente a un "mansebullito" de Poccard, que hacia las veces de puchero o trincando en el Mac-Mahon, en la jovial compañia de Juan, Mingo y Begui, en mesa jubilosa en la que se hablaba ni de turf, ni de teatro. Alli daba rienda suelta a su inagotable repertorio de cuentas chispeantes y así lo seguiremos viendo, estereotipado en esa imagen riente que su muerte no nos puede robar, precisamente porque no ha querido, en forma tan inesperada, que se desdibuje. Enlaces:
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